Pócimas venenosas y mágicas

De la despensa de las brujas a los magos de las letras

A continuación describiremos los preparados elaborados con sustancias dotadas de propieda­des psicotrópicas y empleados, al margen de sus indicaciones clínicas, con otros fines no terapéuti­cos, en el marco de la tradición mágica durante el Siglo de Oro español, y en concreto las pócimas venenosas y narcóticas, de uso preferencial en el ámbito del delito. La trascendencia literaria de estos preparados, elaborados por personas no cultivadas, ajenas a la materia médica y perseguidas por los responsables eclesiásticos, es tal, que constituyen una parte de gran relevancia en el discurso narrativo de algunos textos literarios.

Las pociones mágicas eran bebedizos ela­borados por brujas y hechiceras con diferentes objetivos: curación de enfermedades, hechizos o envenenamientos. El término «poción» deriva del latín «potio», que significa «bebida»; técnicamente, en el ámbito de la terapéutica, una poción era un preparado líquido de un peso de cuatro a seis onzas que se administraba en forma de cucharadas. Sin embargo, a nivel popular, este término rápidamente derivó hacia la acepción de «veneno» y se enmar­có en la cultura de la magia, vinculándose a una amplia variedad de efectos, como la amnesia y la sedación, el enamoramiento, la transformación y la metamorfosis, la invisibilidad o la invulnerabilidad. Como «bebedizos o pociones de bruja», estos plantas y otras sustancias, se asociaron estrechapreparados, obtenidos del caldo de la cocción de mente al mundo de los venenos­. 32

La elaboración y distribución de venenos en la época áurea estuvo en manos, excluyendo las propias de la profesión médica, de personas de grupos sociales marginales vinculados a la práctica de las «artes mágicas y oscuras». Estas prácticas hechiceriles, en los territorios de la Corona española, anclados en viejas y acrisoladas supersticiones, se entrelazaban, habitualmente, con el ejercicio laboral de otros actores sociales, como adivinos, saludadores o sanadores33. Del mismo modo, brujas y hechiceras, sobre todo en los grandes núcleos urbanos, estaban muy vinculadas al mundo de la germanía34 y del hampa35. Entre las múltiples acti­vidades de estas asociaciones delictivas, además del robo, del control de las casas de juego y de los ajustes de cuentas por encargo, se encontraba todo el submundo de la prostitución (Deleito y Piñuela, 2013). Los burdeles eran regidos por las denomi­nadas «madres», que, en muchas ocasiones, ejer­cían también el oficio de brujas36. De hecho, estas mancebías, denominadas también, curiosamente, boticas, no sólo ofrecían el servicio de las meretri­ces o servían para su hospedaje, sino que servían de centro de distribución de pócimas y venenos, debido a la gran demanda de estos preparados37. Los fines criminales de la cofradías de malhechores y de las envenenadoras por cuenta ajena solían ser muy diversos (Ferraris, 1907); desde intoxi­caciones agudas con fines puramente homicidas, hasta intoxicaciones crónicas, con dosis bajas de veneno, con objeto de dejar indefensa a la víctima y enmascarar el fin último del delito, que bien podría ser una incapacitación legal, la modificación de la voluntad o del juicio del envenenado, e incluso un adulterio. Y, por supuesto, también se disponía de su venta para la comisión de suicidios.

Los ingredientes tóxicos de las pócimas ve­nenosas procedían en exclusividad de la misma naturaleza, fundamentalmente del reino vegetal, y se venían utilizando simultáneamente como remedios terapéuticos desde tiempos remotos, a dosis más bajas, salvo ciertas excepciones, como la cicuta o el acónito; en menor medida, existían algunos minerales empleados como venenos, como el arsénico o el mercurio, mientras el resto procedía del reino animal, especialmente peligroso y temido (cantáridas o venenos de serpientes y escorpiones, por ejemplo). Entre las plantas cabe mencionar la adelfa, la verbena o el tejo (Taxus baccata), aunque entre todas ellas destacan las plantas de la familia de las solanáceas38, como el beleño39, el eléboro, la belladona, la mandrágora o el estramonio (López-Muñoz et al., 2005). Tampo­co hay que olvidar al opio, prototipo, como se ha comentado, de agente sedante (Postel y Quétel, 1987). Otras plantas empleadas en la elaboración de las pócimas fueron el apio (Apium graveolens), la cebolla albarrana (Urginea maritima), la artemisa (Artemisia vulgaris), la lechuga venenosa (Lactuca virosa), la higuera silvestre40 (Ficus carica) y el ciprés fúnebre (Cupressus sempervirens).

Entre los ingredientes de procedencia animal cabe resaltar las sustancias obtenidas de ciertos anfibios como sapos y escuerzos. De hecho, los sapos siempre han estado presentes en la simbo­logía asociada a la brujería41. De ellos se obtenían ciertos líquidos42 que se empleaban en la fabricación de las unturas para el vuelo a los aquelarres43 y también constituía un ingrediente básico para la elaboración de muchas pócimas44. Y entre los in­ gredientes de origen mineral destaca el arsénico45, considerado como el rey de los venenos. Durante el Renacimiento, el arsénico constituyó el agente letal46 más importante del «arte del envenenamiento» (Pelta, 2000). La toxicidad del arsénico es recogida por Lope de Vega en El santo negro llamado San Benedito de Palermo (1612): «Quando no pueda vengar, / mi cólera de otra suerte / le tengo de dar la muerte, / echándole rejalgar / en la comida, pues soy / del convento cocinero» (Acto 2º, v. 695). El dramaturgo también utiliza este mineral, de forma simbólica, en El llegar en ocasión (1615): «Laura.- ¡ay amor inhumano! / ¡ay basilisco encubierto!. / O qué fingido tesoro / estaba la estimación, / y como tus gustos son, / arsénico envuelto en oro» (Acto 2º, v. 325).


32 De hecho, un tipo especial de bruja fue la «venefica», que significa envenenadora, y era contratada específicamente para estos fines.
33 Comadres, comadronas y alcahuetas, además de herbo­larias y sanadoras, ejercían actividades indiferenciadas, relacionadas con el ejercicio heterodoxo y vulgar de la medicina, y concretamente, en lo que nos incumbe, eran unas perfectas conocedoras de las sustancias tóxicas.
34 El término «Germanía» deriva de la acepción «Herman­dad», pues el mundo de la delincuencia urbana, durante este Siglo de Oro, estaba organizado mediante una serie de normas internas que regulaban las actividades de todos sus miembros (desde una jerga propia a los ascensos en la organización): coimas, cotarreras, rufianes, pegoles, jorgo­linos, mandiles, abispones, postas, birlos, bravos, jaques o jayanes. [Véase, en este sentido, Perry (2012)].
35 Este ambiente de las asociaciones de malhechores y su funcionamiento se encuentra perfectamente retratado en la novela picaresca de Cervantes Rinconete y Cortadillo (1612).
36 Piénsese en Aldonza, la madre del Pablos «El Buscón», a la que Francisco de Quevedo hizo dedicarse precisamente a ambos menesteres ilegales.
37 Hay que tener presente que los venenos adquirieron una enorme popularidad durante el Renacimiento por su rele­vancia criminal, política y militar. Desde la perspectiva social, también influyó sobremanera la alta cota de virtuosismo que el «arte del envenenamiento» con fines políticos adquirió en este periodo; piénsese en la Italia subyugada al papado de los Borgia (1455-1503) y de los cardenales florentinos, quienes incluso desarrollaron su propio veneno, denomina­do «cantarella», «Acquetta di Perugia» o «Acqua di Napoli» (en el que el arsénico constituía un ingrediente básico), o en la corte francesa de Catalina de Médicis (1519-1589) (Corbella, 1998).
38 Lope de Vega se hace eco del carácter mágico y narcótico de estas plantas en su obra El llegar en ocasión (1615):
«Octavio.- Alguna yerva encantada / pise esta noche en la fierce, / o alguna rabiosa perra / de los lobos mordiscada. / Ha dormido en mis vestidos, / pues se ve tan claramente, / que en no conocer la gente / perdí los cinco sentidos… / Tirso.- Alto, yo estoy sin sentido, / del campo truje este mal. / O la mandrágora vi, / o algún pastor me echó sueño / con dormidera, o veleño, / o alguna adelfa comí» (Acto 2º, vv.10-23).
39 Un refrán popular español dice que «al que come beleño, no le faltará sueño», y «embeleñar» viene a significar adorme­cer. En Galicia se conoce como «herba dos ouvidos», pues no se recuerda lo acontecido tras su consumo. Y el Tesoro de la Lengua Castellana o Española de Covarrubias (1611) apunta: «Del veleño entiendo haberse dicho envelesarse, que es pasmarse y estar embelesado, y embelecos los engaños que nos hacen los embustidores y charlatanes, que nos sacan de sentido».
40 Sobre todo si era arrancada de la proximidad de un sepulcro.
41 El sapo era la forma que adquiría el demonio familiar que acompañaba día y noche a las brujas.
42 Hoy se sabe que de la piel de determinados sapos del género Bufo, como el Bufo marinu, se obtiene la bufotenina (N-dimetil-5-hidroxitriptamina), un alcaloide de efectos alu­cinógenos derivado de la serotonina, mediante dimetilación de su grupo amina.
43 Aquelarre viene a significar, en euskera, «llano del macho cabrío».
44 A título de ejemplo, existe constancia de su empleo en el juicio inquisitorial de Fago y Anso (1657-1658), en Aragón. Una de las reas, Gracia Aznárez, confesó que su comunidad de brujas se untaban con una sustancia extraída de un sapo (véase Gari Lacruz, 1993). Del mismo modo, en el más fa­moso de los procesos inquisitoriales por brujería en España, el de Logroño (1609-1614), donde 2000 personas fueron investigadas y procesadas por brujería, incluidas las brujas de Zugarramurdi, la rea Ana Sanz de Ylarduya confiesó que María de Eguilaz, viuda y vecina de Egino, e Ynesa Ruiz de Luzuriaga preparaban los ungüentos elaborados «con el agua que vomitan los sapos», con los que se untaban en el aquelarre de Ezcabita (Fernández de Pinedo y Otsoa de Alda, 2008).
45 Este mineral de color amarillo era denominado por los griegos «oropimente» (auri pigmentum: pigmento dorado) y desde la Edad Media se llamó «arsenikon» (que viene a significar potente o viril). La variedad blanca se denominaba vulgarmente «rejalgar».
46 A dosis elevadas causa la muerte del intoxicado en unas horas por fallos vasculares. A dosis más bajas, pero en casos también de intoxicación aguda por arsénico, al cabo de unas 12 horas tras la ingesta aparecen trastornos gas­trointestinales, como vómitos violentos e intensas diarreas, con una disminución progresiva de la presión arterial, con convulsiones, coma y muerte. Sin embargo, en casos de intoxicación crónica, además de un cuadro intestinal de diarrea, náuseas y vómitos, suelen aparecer síntomas de debilidad y fatiga, por afectación hematológica, e incluso hiperpigmentación cutánea (Ferraris, 1907).

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