La despensa de las brujas: el uso extraterapéutico de las plantas psicotrópicas

Centrándonos en el motivo del presente trabajo, y como hemos comentado, hay que resaltar que prácticamente las mismas sustancias de origen ve­getal que formaban parte del arsenal terapéutico de la medicina durante la Edad Media y el Renacimiento también eran empleadas, en el entorno mágico de la época, como venenos o agentes recreativos en el ámbito de las prácticas de hechicería y brujería, como, por ejemplo, las pociones de bruja11. Entre las hierbas que integraban estos preparados ela­borados en el marco de las prácticas de brujería cabe mencionar a las plantas de la familia de las Solanaceae, todas ellas dotadas de propiedades psicotrópicas, como el beleño (Hyoscyamus albuso niger)12, la belladona (Atropa belladona)13, la man­drágora (Mandragora officinarum)14, el estramonio (Datura estramonio)15 y el heléboro (Helleborus niger o Veratrum álbum), además de otras especies, como la valeriana (Valeriana officinalis), la verbena (Verbena officinalis), el acónito o napelo (Aconitum napellus), la cicuta (Conium maculatum), la adelfa (Nerium oleander) o el opio (Papaver somniferum), prototipo, este último, de agente sedante (López- Muñoz et al., 2005) (Figura 2).

Plantas dotadas de propiedades psicotrópicas

Sin embargo, son muy pocos los procesos europeos por brujería donde se hiciera constar a ciencia cierta la utilización de estas sustancias. En algunos juicios inquisitoriales, como el del famoso caso de Zugarramurdi (1610), se confirmó el uso por parte de las lamias de pócimas y ungüentos elaborados con estas plantas alucinógenas, como la mandrágora16, la dulcamara, «hierba mora» o «to­matillos del diablo» (Solanum nigrum), el beleño17, la belladona o el estramonio, que eran cocidas en sus famosos calderos junto con grasas y otras muchas sustancias (Figura 3) (Levack, 1995). Aunque estos brebajes y ungüentos se emplearon asiduamente durante la Edad Media (Harner, 1973; Caro Baroja, 2003), esta tradición aún perduraría en España durante el periodo renacentista.

Obra de Lamiis y Phytonicis MuelieribusEn cualquier caso, las hechiceras y brujas so­lían ser unas perfectas conocedoras de la botánica natural y de las propiedades de las plantas. Como muy bien afirma Faggin:

Como manipuladora de filtros, ungüentos y venenos, la hechicera pertenece a la historia de la ciencia. De ellas, Paracelso afirmaba haber aprendido más cosas que de todos los profesores de las academias. La hechicera representa el recurso directo a la naturaleza y a sus propiedades secretas: a la terapéutica sacramental de la religión, ella se contrapone con una terapéutica material (Faggin, 1959, p. 76).

Brujas, hechiceras y sustancias psicotrópicas en los textos literarios del siglo de oro

Como ya se ha comentado, la brujería en Es­paña era cosa más libresca que tomada por real y a menudo parecía existir solo como delirio teológico de tratadistas o como motivo para la manifestación artística, siendo estos personajes objeto central de diferentes obras literarias del Siglo de Oro español. Además, estos personajes tenían un fácil entronque en el ámbito de la literatura picaresca tan en boga a partir de la publicación de La Celestina.

Los trabajos de Persiles y SigismundaEn los textos cervantinos podemos leer todo tipo de actividades relacionadas con la brujería, desde el uso de objetos de naturaleza mágica hasta invocaciones demoníacas y ritos diabólicos realizados en los conventículos. La obra más repre­sentativa, en este sentido, es, sin duda, la novela ejemplar El coloquio de los perros (1613), donde se relatan las prácticas brujeriles de una comunidad de brujas llamadas las Camachas18. Este tema también es recurrente en la novela Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), donde se narran tres episodios relativos a brujas o hechiceras (Figura 4). En sus obras, Cervantes muestra una amplia pléyade de mujeres vinculadas a la práctica de la magia; ancianas brujas desahuciadas socialmente, hechiceras étnicas, moriscas y judías, condenadas más por su vinculación religiosa que por sus artes prohibidos, y prepotentes magas. Mujeres, todas, con cierto desarraigo social, despreciadas por la población, que venden y usan sus saberes por intereses amatorios y eróticos o son cautivas de una vulgar adicción farmacológica.

Lope de Vega aborda el tema de las hechiceras y brujas en dos obras teatrales, El caballero de Olmedo (1620-1625) y el drama cortesano El vellocino de oro (1622), en el poema La Circe (1624), y en la narración en prosa dialogada de género celestinesco La Dorotea (1632). En la tragi­comedia El caballero de Olmedo19 se recurre a una alcahueta celestinesca, elaboradora de cosméticos y otros brebajes y frecuentadora de cementerios y encrucijadas.

Ambos autores, salvo en los textos de ambien­tación mitológica de Lope de Vega, nos muestran los efectos de la sociedad que les tocó vivir y las consecuencias de una atroz persecución religiosa, racial, económica y de género hacia estas mujeres de vida marginal20.


11 En este sentido habría que recordar que el propio término “fármaco” deriva de la acepción griega «pharmakon», que puede significar no solo remedio, sino también veneno, e, incluso, elemento de connotaciones mágicas.
12 En España crecen las dos especies: el beleño blanco, co­nocido popularmente como «adormidera de zorra» o «flor de la muerte», de flores amarillo-pálidas, es más frecuente en el sur de la península, y el negro, o «hierba loca», con flores moteadas y hojas «pelosas», en el norte (Morales, 1995). Suele crecer en las inmediaciones de casas de campo abandonadas y escombreras.
13 En la península Ibérica habita en bosques de montaña, hayedos y robledales, básicamente en la mitad norte. Se denomina técnicamente Atropa en honor de la parca Átropos, la responsable de cortar el hilo de la vida en la mitología griega. Sin embargo, su nombre vulgar, belladona, procede de su capacidad para inducir dilatación de la pupila, propiedad que era muy útil a las mujeres romanas en sus cánones de belleza (bellas donnas) (Muñoz Páez, 2012).
14 Esta planta crece habitualmente en la mitad sur de España, en terrenos húmedos, y florece en otoño (Morales, 1995): sus hojas son de color verde oscuro y las flores blanque­cinas o azuladas, en forma de campanillas, que rodean al fruto, redondo, liso y de olor fétido. Su nombre procede del griego «mandras» (establo) y «agrauros» (deñoso). Pitágoras (ca. 569 – ca. 475 a.C.) llamó a la mandrágora Anthropomorphon, por cuanto su raíz semeja a un pequeño cuerpo humano con sus cuatro extremidades. Lope de Vega identifica la mandrágora, descrita en la Historia Natural de Plinio (23-79), con la planta centum capita, que también aparece recogida en la obra pliniana y de donde parece proceder la información que ofrece sobre ella el dramaturgo en La Dorotea (1632): «Julio.─ Hay una yerba que los lati­nos llaman centum cápita… Tiene la yerba que digo la raíz hermafrodita, y como cae la diferencia a hombre o mujer, así hace el efecto… Ludovico.─ El mismo autor afirma que, por tener essa raíz safo, aquella gran poetissa, quiso tanto a Faón lesbio, que fue sujeto de una de las Epístolas de Ovidio. Julio.- Si Gerarda ha descubierto esta yerba, que las tales llaman mandrágora» (Acto 3º, Escena 4ª).
15 Su nombre procede de la acepción «estremonia» (caste­llano y catalán antiguo), que viene a significar brujería o magia. Suele crecer en huertas y campos de cultivo. Esta planta ha tenido diferentes nombres vulgares y populares como «higuera del infierno», «higuera loca», «berenjena del diablo», «flor de trompeta» o incluso «hierba de los brujos». En algunas regiones de América Latina se le llama «vuelveteloco».  
16 En Alemania, desde el tiempo de los godos, el término «al­raun werzel» es sinónimo de bruja o raíz de mandrágora. De hecho, las brujas admitían que arrancando la planta del pie de los cadalsos (mediante el diente de un perro, que luego debía morir) podían transformar a los hombres en bestias o pervertir la razón, enajenando a las personas (Guerrino, 1969).
17 El beleño es denominado en las islas Baleares como «ca­ramel de bruixa».
18 Esta comunidad de brujas presenta unos orígenes reales, en la localidad cordobesa de Montilla. El número de inte­grantes de esta comunidad fue de cinco mujeres: Leonor Rodríguez, conocida precisamente con el sobrenombre de la Camacha, quien aprendió su «arte» de una hechicera morisca granadina, su hermana Catalina Rodríguez, María Sánchez, apodada «la Coja», Mayor Díaz e Isabel Martín,  
19 En opinión de Ruano de la Haza (1984), El caballero de Olmedo es la obra más representativa de Lope en el terreno hechiceril.
20 En relación al género, hay que insistir en que el mundo de la brujería poseía connotaciones de marcado carácter misógino en el periodo áureo, y se consideraba algo natural la propensión femenina hacia la superstición y hacia el mal, entendidos como una debilidad o como un peligroso poder maléfico, respectivamente, ambos intrínsecos a la mujer (Hutchinson, 1992).

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