Historia: La Locura y el Buen Sentir de Don Quijote de la Mancha

La existencia de caballeros andantes era parte integrante de su realidad interior, de su verdad caballeresca.

Al cura que le dice: “Mi escrúpulo es que no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros andantes que vuestra merced, señor Don Quijote, ha referido, hayan sido real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes imagino que todo es ficción, fábula y mentira y sueños contados por hombres despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos”, Don Quijote responde con mesura: “Es un error en que han caido muchos que no creen que haya habido tales caballeros en el mundo, y yo muchas veces con diversas gentes y ocasiones he procurado sacar a la luz de la verdad este casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y otras sí, sustentándolas sobre los hombros de la verdad”. Es decir, sobre los hombros de aquella verdad escurridiza que siempre ha buscado y casi nunca encuentra.

El hidalgo partió de la idea de la existencia real de Amadis de Gaula antes de decidirse a restaurar por su cuenta la caballería andante. Esa verdad en la que creía a pie juntillas, era de tal manera auténtica en su mente, que le permitía afirmar ciegamente: “La cual verdad es tan cierta que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadis de Gaula”. La imitación de aquel caballero de las gestas antiguas, el hecho mismo de imitar sus hazañas, sustituía en la mente del hidalgo al pensamiento y a la conciencia de la capacidad para ejecutar el bien. Le era preciso a Don Quijote mantener la fingida idealidad propiciante de la acción, a la vez que imaginarla practicable en el servicio del bien. La ilusión de “verdad” en su psiquis, conducía lógicamente a una discrepancia entre lo que decía y lo que hacía, entre sus palabras y sus acciones: “Lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto”, afirmaba don Diego, el Caballero del Verde Gabán

Las creencias en encantamientos fantásticos, en filtros del amor y en la existencia de monstruos y gigantes, eran comunes en las gentes ilustradas de aquellas épocas; eran parte integrante de una concepción mágica del mundo, de aquel “realismo mágico” al que se han referido con acierto algunos escritores. Un notable personaje del siglo XVI, por ejemplo, Ambrosio Paré, considerado como el padre de la moderna cirugía por sus esfuerzos por aplicar el método científico al desarrollo de su arte y por su sensatez extrema en el ejercicio de su profesión médica, creía sin dudar un solo instante en la existencia real de brujas y hechiceras a las que se debía aplicar el mandato severo del Exodo: “No dejarás que viva la hechicera”.

Y pensaba además, de igual manera, en la posesión de los hombres por demonios y espíritus infernales dueños de un poder infinito: “Los que están poseidos, decía Paré en alguno de sus escritos, hablan con la lengua fuera de la boca; lo hacen también por el vientre y por las partes naturales; hablan lenguas desconocidas; hacen temblar la tierra, tronar, relampaguear; levantan el viento y arrancan los árboles de raíz, cambian de lugar las montañas, alzan un castillo en el aire y lo colocan donde quieren”.

La historia de Don Quijote, que se condensa en el esfuerzo de las armas al servicio del bien, se inspira en un sentimiento reverencial ante una verdad establecida, una realidad que se transforma sin embargo en sinrazón en su mente confusa de caballero andante. Para Don Quijote, el pensamiento y las acciones tenían por fin salvaguardar esa verdad. Es por esto que afirma que el caballero andante debe ser “mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”. En el ánimo del hidalgo manchego, esa verdad, su “verdad” de caballero andante de otros días, sólo podía suscitar su activo y decidido afán por defenderla.

Hacia el final de su existencia, disipadas ya las “sombras caliginosas de la ignorancia”, y recobrado el “juicio libre y claro”, abandona Don Quijote su desvariada adhesión a la verdad de la caballería andante.

Derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, cesa su defensa activa de la verdad caballeresca y se transforma su disposición anímica frente a la realidad: “Perdóname, amigo, le dice a Sancho al final de la obra, de la ocasión que te he dado de parecer tan loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caido, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo”. Lo que sigue de allí en adelante, son las vivencias melancólicas de sus últimas horas y su extinción del plano existencial que había iluminado con el brillo pleno de su identidad, su personalidad y su verdad.

En el año de 1621, un curioso humanista inglés de nombre Robert Burton, que no era médico, escribió un extenso tratado sobre las enfermedades de la mente que bautizó con el título de “Anatomía de la Melancolía”.

El libro es un análisis exhaustivo de esas afecciones, conocidas genéricamente por entonces como melancolía. La melancolía, sinónimo de la locura en aquellos días, tenía tres acepciones diferentes: era ante todo la tristeza infinita; era por otra parte el temperamento melancólico para el cual las perturbaciones de la mente se explicaban como debidas al exceso de bilis negra en el organismo y en especial en el cerebro; y era finalmente la enfermedad mental propiamente dicha, la psicosis, como diríamos hoy, que conduce fatalmente al desquiciamiento total de las facultades del alma o del espíritu. Estos tres tipos de enfermedad mental, en el sentir de Burton, eran producidos las más de las veces por demonios y espíritus del mal; en otras ocasiones, por los malos efectos del amor y de la lectura exagerada y constante de los libros escritos. En El Quijote, locura y melancolía son expresiones de frecuente ocurrencia que aparecen desde el primer capítulo hasta el último de la magistral obra.

Con el término amplísimo de locura que ha imperado a lo largo de los siglos, se ha llegado a calificar de locos a toda suerte de personajes reales o ficticios de la historia. Parecería que la locura fuera un inmenso arcón listo para recibir a buena parte de los seres vivientes. Allí cabrían individuos normales que tuvieron delirios transitorios como Simón Bolivar en el Chimborazo, y delirantes patológicos como Ayax, que en su frenesí destrozaba con su lanza y su espada las ovejas de sus compañeros átridas; deprimidos constantes y habituales como Ana Karenina y José Asunción Silva, impulsados dolorosa e inconscientemente a suicidarse, locos razonantes como Hamlet y maníacos inveterados como el doctor Fausto. En ese extraño cajón de la locura, se podrían colocar en igualdad de condiciones los enfermos afectos de neurosis leves y los psicóticos profundos irrecuperables.

El término locura se utiliza con frecuencia en situaciones diferentes a las personales de los individuos. Está loco el tiempo cuando los aguaceros se presentan inopinadamente en tiempos de sequía; locas las multitudes que aplauden frenéticamente a sus ídolos en los eventos deportivos o en los conciertos de música moderna, y locos también aquellos que no comparten las opiniones del establecimiento, o los que se atreven a presentar teorías que se apartan de los paradigmas contemporáneos admitidos como doctrinas oficiales.

Establecer con precisión el diagnóstico de locura, o de melancolía en términos del siglo XVI, no es fácil en muchas ocasiones; no lo era en la época en que Cervantes escribió El Quijote ni lo es tampoco en los comienzos del siglo XXI. La dificultad para establecer un diagnóstico cierto de insania es sabida de antaño; es esa la razón por la que los psiquiatras han tenido que acudir a términos curiosos y en cierta forma artificiales o apenas descriptivos, como los de “locura parcial” y “locura lúcida”, para explicar la situación de aquellos individuos que son tenidos como locos en algunos momentos y como cuerdos en otros. El término “locura lúcida” ha sido empleado, a mi modo de ver de manera incorrecta, por algunos de los cervantistas que estudian las peculiares características de la personalidad del ingenioso hidalgo.

En 1861, Ulises Trelat utilizó por primera vez en París el término “locura lúcida” para designar a ciertos enfermos de la mente que no obstante tener una apariencia normal dejaban ver en su conducta taras profundas y ocultas de los sentimientos, del juicio y sobre todo de la vida moral. Estos casos parecerían corresponder a los enfermos diagnosticados como afectos de “locura moral” por el psiquiatra John C. Prichard en Inglaterra. La expresión “locura lúcida”, que todavía se emplea de manera esporádica, ha desaparecido sin embargo de la Nomenclatura Internacional de Enfermedades de la Mente que rige en nuestros días. Si se toman en cuenta los significados de los términos “locura lúcida” y “locura moral”, tal como fueron propuestos inicialmente, es fácil entender que ninguno de ellos podría en rigor ser aplicado a Don Quijote. Alonso Quijano presentaba evidentemente modificaciones de conducta cuando actuaba como airoso caballero andante, cambios de comportamiento que bien podían ser interpretados como trastornos mentales o delirios transitorios intermitentes; pero en el resto de su vida cotidiana, se comportaba, pensaba y hablaba cuerdamente y su conducta desde el punto de vista moral era impecable. Sus actos extraños cumplidos como caballero andante, y su convencimiento de ser un hidalgo de otra época con la alta misión de deshacer entuertos y defender las causas nobles con sus armas, serían los únicos elementos a partir de los cuales se pudiera configurar el cuadro clínico de un delirio anormal.

Hoy en día, los psiquiatras tienden a considerar la existencia de núcleos anormales del psiquismo, que para algunos podrían ser aspectos extraños pero normales de la personalidad de algunos individuos, y para otros, verdaderos núcleos psicóticos francamente anormales. Corresponderían si se quiere a los llamados estados alterados de conciencia de los que habla actualmente la moderna antropología.

Don Miguel de Cervantes se anticipó a los psicólogos y psiquiatras de los siglos XVIII y XIX al describir situaciones de posible “locura parcial” en Don Quijote. Las relató con perspicacia como acontecimientos de apariencia anormal pero con fondos admisibles de razón; y señaló además, la forma cuerda como el protagonista de su magistral novela advertía la posibilidad de que los demás le tomasen por loco.

Cervantes presenta los desvaríos de Don Quijote como episodios esporádicos de anormalidad psíquica, como estados alterados de conciencia separados por intervalos de absoluta cordura. A don Diego de Miranda, por ejemplo, le era difícil saber con precisión si el caballero andante era cuerdo o estaba loco. En forma ambivalente, el Caballero del Verde Gabán podía pensar que Don Quijote “era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo”. “Ya le tenía por cuerdo y ya por loco, dice, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía disparatado, temerario y tonto”. Y Lorenzo, su hijo, afirmaba: “El es loco bizarro, y yo sería mentecato flojo si así no lo creyese…”.

La frecuencia con que aparecen episodios de sensatez como respuesta a determinados estímulos psicológicos en medio de trastornos evidentes de las facultades mentales de un individuo dado, son índicios claros de las dificultades que suelen encontrarse para establecer el diagnóstico firme de locura en el sujeto que los presenta.

La situación inversa, es decir, la presencia de síntomas extraños transitorios que podrían indicar enfermedad mental en individuos sanos por otros conceptos, tampoco es rara. En esos individuos, el diagnóstico de locura o insania transitoria es a veces difícil de formular y más aún de sostener. En algunos sujetos se trata de sucesos extravagantes y anodinos que se cumplen sin consecuencia alguna de importancia; o bien, de excentricidades peculiares en sus modos de vestir, de comer o de actuar, que llevan a las gentes a calificarlos como “chiflados”, término usado a veces de manera afectuosa y en ocasiones despectivamente. El apelativo corriente de “chiflado” se ha empleado no sólo para calificar a algunos individuos del común de la calle sino también a personas de mayor relevancia intelectual o social. El ejemplo de un personaje bien conocido del siglo XVIII, cuyos modos excéntricos de ser bordearon los límites entre lo normal y lo patológico, sirve al propósito de ilustrar esta afirmación:

Sir Isaac Newton, el célebre cosmólogo inglés, ha sido considerado sin lugar a dudas como uno de los individuos más talentosos de todos los tiempos. Su mente prodigiosa le permitió realizar la hazaña científica de más alta trascendencia quizás en la historia de las ciencias humanas, al formular brillantemente las leyes de la gravitación universal en los mismos momentos en que se dedicaba con pasión al estudio de su pseudociencia favorita, la alquimia.

Newton tenía una personalidad fuertemente obsesivo-compulsiva, talvez con alguno que otro rasgo paranoide. Los individuos con estas modalidades de personalidad se caracterizan por ser disciplinados en exceso y por tener tendencias francas hacia el perfeccionismo; son en general rígidos, ordenados e inflexibles y suelen sentirse atraídos por aquellas actividades que exigen meticulosidad en el manejo de los detalles. A niveles moderados, estos rasgos de personalidad facilitan la competencia dentro de la sociedad en que se vive y permiten a sus dueños descollar en todos los aspectos de la vida.

Difícilmente se podría pensar que Newton fuera un perturbado de la mente. Sin embargo, sus biógrafos relatan dos curiosos episodios auténticos de su vida, que hoy podríamos considerar como probablemente de carácter psicótico y difícilmente como aconteceres banales de la vida de un individuo sano. En efecto, en alguna ocasión, Newton se insertó en una de sus órbitas una aguja de tejer y la movió de un lado al otro para ver qué le podría pasar a su globo ocular; y en otra, se expuso a los rayos del sol con sus ojos abiertos durante largo tiempo para observar lo que podría ocurrir en tales circunstancias. Para fortuna del famoso sabio, ni su herida orbitaria se infectó ni se volvió irremediablemente ciego por la acción de los rayos solares, aunque después de realizar el atrevido experimento tuvo que permanecer en la oscuridad de su habitación durante varios días con el fin de poder adaptarse nuevamente a la luz.

En el caso de Don Quijote se puede afirmar, en mi sentir con certidumbre, que su sólida identidad y su firme personalidad no radican propiamente en sus desvaríos de caballero andante sino en su forma de vida, en su manera peculiar de vivir su existencia. Desde este punto de vista, parecerían irrelevantes las discusiones en torno a la presencia o ausencia de locura en el hidalgo o las divagaciones sobre la importancia que esa condición psicológica pudo haber tenido en su vida de máximo exponente de la caballería andante.

Es necesario pensar que los desvaríos de Don Quijote, a pesar de lo extraño o insólito que pudieran parecer a los demás, estaban respaldados en muchas ocasiones por indudables elementos de sensatez, lo que los diferencia ciertamente de los desarreglos mentales que se calificaban como melancolía y locura en los albores de la Edad Moderna y que se diagnostican como psicosis, demencia o insania en nuestros días. Considero de singular importancia resaltar en Don Quijote su ponderación y su buen juicio en el discurso antes que sus descabelladas aventuras; su prudencia y su honestidad espiritual antes que sus desatinadas proezas; y recordar por su puesto con afecto lo gracioso y extravagante de sus desvaríos y sus amables disparates. Estas maneras de sentir la presencia de Don Quijote de la Mancha, cuatro siglos después de su creación, guardan a mi modo de ver mayor significado espiritual que los vanos intentos por desentrañar la estructura de su psiquismo.

Debo señalar finalmente, como un hecho admirable, que la “locura” que caracterizó la personalidad de caballero andante, adoptada por el hidalgo Alonso Quijano en la gran obra de Miguel de Cervantes, no conduce a Don Quijote al deterioro progresivo de sus facultades intelectuales o de su potencia moral. Por el contrario, lo lleva paradójicamente a situarse cada vez más y más por encima de cuantos le rodean, en razón precisamente de lo que hace y de cómo lo hace.

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