Conmemoraciones: 400 Años de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” Miguel de Cervantes Saavedra

Enfermedad, salud y Médicos en El Quijote

Juan Mendoza-Vega, M.D.1

Miguel de Cervantes SaavedraSe atribuye a Thomas Sydenham, el célebre médico inglés del Siglo XVII (nació en Winford Eagle, Dorset, en 1624 y murió en Londres, 1689) la recomendación de leer El Quijote para quien quisiera un libro en el cual pudiera aprender sobre Medicina. Una frase casi idéntica ponen Rita Monaldi y Francesco Sordi, en su novela “Imprimatur”, en boca del personaje Bedford, un inglés discípulo de Locke y de Sydenham, quien tras un par de observaciones relativas a la córnea seca como signo de fiebre y al tratamiento de las tercianas2 y del “histerismo”, pide que digan al médico sienés Cristofano, con quien ha discutido: “Para aprender el arte de la medicina, que lea El Quijote mejor que a Galeno o a Paracelso”.

¿Es posible, en este cuarto centenario de la inigualable obra de don Miguel de Cervantes y Saavedra, encontrar explicación o argumentos para afirmaciones de esa clase? ¿Qué puede verse en esas páginas venerables, sobre las enfermedades, la Medicina y los médicos de Europa, o al menos de España, en la época de su composición y aparición? Para responder siquiera de modo parcial a estos dos interrogantes, como intentaré hacerlo en las páginas siguientes, por honrosa designación de la Academia Colombiana de la Lengua y de su Director, don Jaime Posada, fue necesaria en primer término una nueva lectura de la inmortal obra, lápiz y libreta de notas en mano, con ojos y entendimiento de médico pero también con la información recabada en algunas fuentes que permitieran establecer la imagen del gran escenario que sirve de local y ambiente a las famosas aventuras.

España en los tiempos del Quijote

España en los tiempos del QuijoteCuando se gesta “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, reina sobre “las Españas” don Felipe II (1527-1598) que sucedió a su padre el poderoso Carlos V de Alemania y I de España cuando éste decidió en 1556 encerrarse para siempre en el monasterio que los frailes jerónimos tenían en Yuste, en la provincia de Cáceres; quizá influido por el desencanto del Emperador, Felipe se empeña en imponer en su corte la rígida y casi fúnebre severidad del traje que contrasta mucho con el derroche y boato de otros entornos reales europeos, además de fortalecer en la Península y en las extensas posesiones de ultramar el respeto por la fe católica romana, que para el efecto cuenta con instituciones tan poderosas como el Tribunal de la Santa Inquisición y el brazo armado de la Santa Hermandad. Cuando la muerte se lleva al monarca, en 1598, lo sucede su hijo Felipe III (1578-1621), varón piadoso e inteligente pero de escasa habilidad política, cuya equivocada gestión inicia la decadencia española y permite sucesivos despoblamientos de villas y ciudades, algunas de las cuales llegan a perder más del sesenta por ciento de sus habitantes en el lapso de veinte años.

Conquistadora de un verdadero Nuevo Mundo, al principio de este período España goza de riquezas no imaginadas y ha comenzado a vivir su “Edad de Oro”, que durará hasta la mitad del Siglo XVII y le permitirá tener una posición de visible influencia sobre Europa en lo militar y político –recuérdense las victorias del Duque de Alba en Flandes, la de don Juan de Austria en Lepanto que detuvo el avasallador poderío musulmán- pero también en el arte, con pintores de la talla de Doménico Theotocópulos “El Greco” y Diego de Silva y Velásquez, y en la literatura con Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca y el propio Miguel de Cervantes, para citar solamente a tres de las luminarias.

De las tierras recién descubiertas y en trance de conquista, no sólo llegan metales y piedras preciosas sino abundantes novedades que pronto contribuyen a cambios fundamentales en la vida europea, empezando por las recetas médicas y las costumbres alimentarias. El tomate, la papa o patata, el maíz, el chocolate, los diversos y picantes chiles, entran temprano y sin dificultad a las mesas y cocinas, al tiempo que sus diversos preparados autóctonos ganan el paladar de conquistadores y colonizadores desde más arriba de Yucatán hasta el Río de la Plata. El guayaco o palo-santo, el bálsamo de Tolú, pero sobre todo la quina o cinchona, ofrecen cualidades tan apreciables para enfrentar enfermedades milenarias como la malaria, que su búsqueda y comercio es uno de los renglones más activos entre la Madre Patria y sus posesiones.

Pero de esa luz, pocos reflejos llegan al pueblo raso español, al campesino que arranca un difícil pasar a surcos cultivados con los mismos métodos y herramientas del medioevo, al hidalgo de pueblo en cuya olla hay de costumbre “mucho más vaca que carnero” y sin embargo, de acuerdo con la organización social tradicional, mantiene con cuidado su ocio que estima ennoblecedor y cultiva un orgullo y un concepto del honor que pueden llevarlo hasta los mayores sacrificios. Porque en esta nación que expulsó de su territorio no mucho tiempo atrás a moros y judíos con la simple razón de que sus creencias amenazaban “la verdadera fe”, lo que más se valora es la pureza de sangre y la condición de “cristiano viejo”, probadas ambas cada vez que se ofrece mediante expedientes largos y complicados, pero al alcance tanto del rico noble cortesano dueño de título y hacienda suficiente, como de cualquiera otro hidalgo, hijodalgo, hijo de algo sin mas ingresos que los pocos maravedíes que puede cobrar precisamente por su condición y mientras no caiga en la tentación de usar sus manos para trabajar.

En los barrios marginales de las ciudades, abundan pícaros de toda especie encabezados por valentones de espada y daga al cinto, cuyo lenguaje salpicado de “hampa”, es decir, de expresiones desafiantes y agresivas sin destinatario preciso y por lo mismo dirigidas a cualquier circunstante, sirve para abrirles un espacio de temor que usan ellos como medio de vida. Los verdaderos valientes se alistan en los famosos “tercios” que, al grito de “Santiago y cierra España” consiguen una y otra vez hazañas sorprendentes, que en algunos casos se habrían tenido por imposibles; muchos dejan sus huesos lejos del terruño, en sepulturas abiertas con prisa junto a los campos de batalla en lo que ahora llamamos Italia, Bélgica, Holanda, o arrojados por la borda de las galeras o los galeones en algún punto del Mediterráneo, del Atlántico y quizá del Mar Caribe. Otros vuelven, maduros a golpes, lisiados por heridas, atormentados por largos períodos de prisión y esclavitud en países musulmanes, a recorrer los caminos de su patria y encontrarse quizá con que no llega la recompensa que alguna vez les prometieron por sus hechos de armas y se les respo de con desapego “busque por aquí en qué se le haga merced” cuando se atreven a solicitar destino en el otro lado del océano.

Como lo han señalado los estudiosos expertos, esa es la realidad en que hinca sus raíces El Quijote, la experiencia que ha vivido Cervantes desde su primera juventud y que necesariamente se refleja en esa ficción que resuelve escribir cuando su edad ya entró en la cincuentena. No forma Don Miguel parte ni está siquiera cerca del estamento superior de la sociedad española, el de los “Grandes de España” titulados, duques, condes y marqueses de rancia aristocracia designados por el Rey, que los llama “primos” y les permite como señal de su distinción permanecer en su presencia con la cabeza cubierta. Tampoco es “caballero” de ninguna de las cuatro órdenes militares, Calatrava, Santiago, Alcántara y Montesa, como sí lo era, en la de Santiago, don Pedro Calderón de la Barca. Tal vez hidalgo, como su hijo literario, y ciertamente letrado aunque no haya constancia de estudios universitarios, escribe don Miguel con su propia vida al frente y así perpetúa su nombre y sus obras.

La Medicina en Europa, en tiempos del Quijote

Al terminar el siglo XVI, la medicina europea está iniciando los cambios que la traerán a la modernidad. Las enseñanzas y libros de los padres de la Anatomía, Andrés Vesalio (1514-1564), de la Medicina Interna, Aureolus Teophrastus Bombast von Hohenheim llamado Paracelso (1493-1541), de la Fisiología, William Harvey (1578-1657) y Miguel Serveto (1511- 1553), de la Cirugía, Ambrosio Paré (1509-1590), hacen ya su camino por las aulas de las universidades, donde arde la polémica entre panvitalistas y mecanicistas.

Ese enfrentamiento surge entre los sabios, al principio del Renacimiento, por el afán de encontrar una explicación coherente a las realidades del Cosmos y del Ser Humano, considerado como “microcosmos” dentro de aquel. La explicación tiene que concordar con los dogmas religiosos católicos, y por ello ambos grupos declaran que Cosmos y microcosmos fueron creados por Dios; pero a partir de tal posición, surgen las diferencias fundamentales porque los panvitalistas dicen que Dios creó el Universo como un “inmenso ser vivo”, cada una de cuyas partes, estrellas, planetas, objetos todos y por supuesto el Ser Humano, lleva en sí una “fuerza vital” que la hace ser lo que es y tener las cualidades que tiene. Los mecanicistas, en cambio, aseguran que la creación hizo un enorme mecanismo, con sus partes sujetas a las leyes de la física y por lo mismo dotadas con una forma que corresponde a su función. La postura panvitalista apela ante todo a la fe, que permita creer en las invisibles fuerzas vitales, el mecanicismo apela a demostraciones experimentales y cálculos matemáticos para sus explicaciones; no es difícil imaginar que estos últimos ganan partidarios con mayor facilidad que sus opositores.

Los médicos, en gran mayoría, se inclinan hacia el mecanicismo. Aunque persiste la explicación del desequilibrio de los humores, sangre, linfa o pituita, bilis amarilla y bilis negra, como causa concreta de las enfermedades, y por ello persisten también tratamientos como las sangrías y la apertura de “fuentes”3, se vuelve importante conocer la forma de los órganos humanos para poder comprender y explicar sus funciones; las disecciones de cadáveres, prohibidas o al menos censuradas por muchos siglos, se abren paso y en algunas ciudades se convierten en reuniones sociales para las cuales se construyen preciosos anfiteatros. Empeñado en mostrar esa realidad que personalmente va encontrando en las disecciones, Andrés Vesalio escribe los “Siete tomos de la estructura del cuerpo humano” (De humane corporis fabrica libri septem) y los ilustra con la ayuda de su compatriota flamenco Jan van Kalkar, estudiante en el taller del gran pintor Tiziano Vecellio; la calidad de “la Fábrica” como se conoce la obra es tal, que en adelante será inaceptable cualquier descripción anatómica que no tome en cuenta la novedosa visión vesaliana.

Por su parte y a lo largo de su vida, relativamente corta pero abundante en incidentes casi novelescos, Paracelso adquiere también por experiencia directa una visión diferente sobre lo que deben ser el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades humanas y busca diseminarla, contra la anquilosada persistencia de los médicos que enseñan en las universidades.

Al aplicarlas para el análisis y comprensión del organismo humano y de la enfermedad, Paracelso toma las mencionadas ideas panvitalistas y con ellas elabora -en un lenguaje exuberante, rebuscado y con tintes de misterio, que dificulta notoriamente la lectura e interpretación- una explicación que gira alrededor de los cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire) a los que se unen la “quinta esencia” y tres principios o “sustancias”, el azufre (sulphur), el mercurio y la sal. Todos ellos entendidos no como objetos o sustancias sino como fuerzas cósmicas, que tendrán manifestación en las cosas visibles. El ser humano, creado por Dios, es una copia en pequeño del Universo, un microcosmos donde están armoniosamente juntas todas las fuerzas del macrocosmos, que en él constituyen tres “cuerpos”: uno bestial o inferior, de tierra y agua, que realiza lo necesario para la vida animal; otro intermedio o sidéreo, de aire y fuego, en el que está lo que da carácter humano al animal (inteligencia, sabiduría, juicio, capacidades artísticas); y un tercero superior o invisible, espiritual y por ello no sometido a la influencia de otros cuerpos cósmicos como los astros, en el cual reposan la libertad y la vida eterna.

Cualquier alteración de las fuerzas cósmicas será enfermedad; sin embargo, lo será no por la alteración de los humores sino porque permitirá el desarrollo de una “semilla” (semen) de enfermedad que puede estar en el organismo desde su comienzo (el semen yliastrum, como en la ictericia o la gota, por culpa de la constitución del individuo) o puede adquirirse a lo largo de la vida (el semen cagastrum de la peste o la fiebre).

Sostiene Paracelso que se puede enfermar de cinco maneras principales:

1) Por acción nociva del Cosmos sobre el organismo humano, y el ejemplo son las epidemias; 2) Por sustancias tóxicas o alimentos que la fuerza vital del estómago no consigue dominar y por ello dañan a otros órganos; 3) Por una disposición congénita o constitucional hacia determinada enfermedad; 4) Por acción del pensamiento, la voluntad y la imaginación, sobre el cuerpo; 5) Por último, se puede enfermar por castigo directamente enviado por Dios, causa de enfermedad que parece aceptación, no sabemos cuán forzada, de las presiones existentes en el ámbito universitario de la época.

Como puede verse, este hombre genial tiene -a la manera del dios Jano de los latinos- dos caras opuestas: una vuelta hacia el pasado, la otra enfrentada resueltamente a las novedades del futuro ya inmediato; propone experimentar como medio idóneo para adquirir conocimientos verdaderos sobre la realidad; para sus medicamentos, que él trata siempre de acomodar a lo que le vaya mostrando la experiencia, acude con preferencia a las sustancias minerales aunque también allí muestra condescendencia hacia los derivados de plantas y animales que vienen de la tradición galénica.

La transformación de la Cirugía con el abandono de la “teoría de la pus laudable”, según la cual toda herida debía supurar para poder curar bien porque de otro modo los humores corruptos causados por la misma herida dificultarían la cicatrización y podrían aún matar al herido, surge de la experiencia militar y tiene al francés Ambrosio Paré como su figura máxima, aunque en la propia España, como se verá adelante, hay también destacados partidarios de la curación “per primam”, sin intervalo de supuración y manteniendo las heridas muy limpias después de que el cirujano las cierra.

La fisiología, en cambio, debe esperar algunos decenios antes de abandonar las ideas todavía mágicas injertadas sobre el humoralismo. En efecto, el inmenso descubrimiento de Serveto sobre la “circulación menor”, el camino que la sangre sigue entre el corazón y los pulmones para oxigenarse y retornar a las cavidades cardíacas izquierdas antes de ir desde allí al resto del cuerpo, queda registrado en un libro de carácter teológico cuyos ejemplares son quemados junto con el autor, en la Ginebra calvinista, por lo que el concepto llega al cuerpo médico solo decenios mas tarde; y Harvey, descubridor de la circulación mayor, no hará públicos sus trabajos sino después de 1620.

Pero el ímpetu de transformación, que forma parte del Renacimiento, ya vibra en el ambiente médico. Muy pronto surgirán la historia clínica como documento que se conserva a la cabecera del enfermo para registrar los cambios de su estado y de sus signos día por día; también, los primeros instrumentos para medir el pulso y la temperatura corporal, que pasan a ser datos concretos del funcionamiento orgánico. Aparecen las mentalidades anatomopatológica, según la cual toda alteración de la salud corresponde a alteración en la forma del órgano u órganos afectados, y la anatomoclínica, que al considerar localizado tal cambio en la forma, busca los medios para “mirar” los órganos, y pone así la semilla de los exámenes que hoy llamamos “de imágenes”: radiografías, escanografías, iconografías por resonancia magnética y varios más.

Los anaqueles de la farmacia Cuando se inicia esa renovación intelectual denominada precisamente “El Renacimiento”, la preparación de los remedios es tarea lindante con la Alquimia; la realiza unas veces el propio médico que receta y en otros casos un especialista, el boticario, en cuyas alacenas se guardan simples, vale decir componentes para fórmulas, del más diverso origen; desde los trozos de momias egipcias, los bezoares o “bezares” obtenidos del estómago de ciertos animales y el musgo colectado en calaveras de ajusticiados, hasta las tradicionales hojas, flores, raíces y cortezas de plantas cultivadas o silvestres, naturales de la región o traídas desde los más exóticos y lejanos territorios.

Guiado por los textos de Galeno, Cornelio Celso, Avicena, Pablo de Egina, por las citas de Dioscórides, Saliceto, Nicandro, el preparador escoge la forma de su mixtura para que los simples no se contrapongan, para que los excipientes4 sean adecuados, pero también para que llegue con facilidad al sitio de acción, y por supuesto, las maniobras de mezclar, agitar, calentar, enfriar, evaporar, destilar, cocer, machacar, extraer, amasar, moldear, colar, y muchas otras, se realicen de modo que fortifiquen el «espíritu” de las sustancias, mantengan o aumenten su “fuerza vital” y quizá se ajusten a las adecuadas influencias de los astros5.

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