Homenajes, Académico J. Hernando Ordóñez

Al Profesor J. Hernando Ordóñez con ocasión de su posesión como Miembro Honorario de la Academia Nacional de Medicina

Académico Dr. Hernando Groot Liévano Secretario Perpetuo

Profesor J. Hernando OrdóñezEn plena Segunda Guerra Mundial, en un momento en que la investigación científica estaba semiparalizada en todo el mundo, con excepción de aquella destinada a la destrucción del ser humano, en claro contraste con la situación mundial un joven médico graduado en la Universidad Nacional que poco antes había recibido un título especial de la Sorbona, puso todo su empeño en formar un grupo de científicos para fomentar la investigación en medicina, y en general en biología.

Fue así como Hernando Ordóñez creó la Sociedad de Biología de Bogotá, movido por su deseo de servir al país y estimulado sin duda por sus experiencias en París al lado del profesor Louis Lapique y particularmente del profesor Leon Binet, uno de los más connotados fisiólogos de la época y alentado también por la propia satisfacción de ver el reconocimiento internacional que se hacía a la importancia de sus investigaciones, especialmente las relacionadas con nuevos aspectos de la contracción muscular.

La Sociedad de Biología, muy sabia y crítica desde un principio, a tal punto que una de cuyas disposiciones prohibía los elogios mutuos, bien pronto congregó un grupo numeroso de personas interesadas en las ciencias básicas y experimentales que sentaron ejemplos de investigaciones serias. Sus resultados aparecían en los Anales que vinieron a constituirse en activos difusores de la ciencia colombiana, los cuales aparecieron ininterrumpidamente durante 17 años, desde 1943 hasta 1959, y llegaron a tener canje con más de 150 publicaciones análogas. Su director fue el doctor Ordóñez quien además de haber sido Presidente de la Sociedad consagró todo su esfuerzo a la revista.

Si de los múltiples merecimientos del doctor Ordóñez me he referido en primer término a éste de haber sido el alma de la Sociedad de Biología, es porque estoy seguro de que esta actividad ha sido una de sus creaciones más importantes. En efecto, la Sociedad llegó a constituirse en un poderoso impulsor de varias de las ciencias básicas a mediados del siglo XX, a tal punto que muchos de sus integrantes, además de haber incrementado significativamente su producción científica creyeron necesario organizar sociedades especializadas ya en entomología o en antropología o en botánica, lo mismo que en diversas ramas de la medicina. Si bien las actividades de la Sociedad de Biología decayeron a partir de 1959, tal situación debe entenderse como el fenómeno natural de una madre nutricia que desfallece al dar a luz múltiples productos que en forma independiente siguen sus ideales y principios.

Y qué no decir de las otras contribuciones a la ciencia y a la medicina que se deben recordar, no por desconocidas, sino porque tienen la importancia que hoy quiere destacar la Academia al otorgar la máxima distinción al doctor Ordóñez. En cuanto a investigaciones, la primera y muy notable, el hallazgo de una nueva modalidad de la contracción muscular, la prosténica, sobre la cual nos hablará más tarde, hallazgo que hizo cuando apenas cursaba el tercer año de medicina, trabajando a la usanza de la época, como preparador del laboratorio de fisiología, cargo al cual se llegaba por riguroso concurso entre los estudiantes.

Otras muestras de sus investigaciones fueron los estudios sobre resistencia del sistema nervioso central a la anoxia, el hallazgo de un nuevo tipo de melanosis, la melanosis de Ordóñez registrada así en el Diccionario de Jablonsky, los problemas de salud enalturas y sus numerosas publicaciones las más sobre distintos aspectos de las enfermedades cardiovasculares, aparecidas tanto en revistas locales como en aquellas de reconocida importancia internacional por ejemplo Comptes Rendu des Séances de le Societé de Biologie y los Archives des Maladies du Coeur. Sería imposible detallarlas todas.

Su labor docente, que debe señalarse como una de las más fructíferas, se desarrolló principalmente en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional desde la Jefatura de trabajos prácticos de Fisiología en 1939 hasta la máxima categoría de Profesor Honorario en 1963 dedicada tanto a fisiología como a la clínica médica, en la que el maestro estimulaba siempre en los estudiantes una actitud inquisitiva, trataba con ellos los problemas fundamentales de la vida y enseñaba con su ejemplo la manera para establecer una buena relación médico-paciente.

Con el correr del tiempo el doctor Ordóñez se convirtió en uno de los profesores más estimados en Colombia, miembro de numerosas Academias colombianas y extranjeras, consultor de muchas organizaciones y modelo ejemplar del buen ejercicio de la medicina, aunando en forma permanente la ciencia con el humanismo. Inclusive el Instituto Karolinska le concedió el privilegio de proponer candidatos para el Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Tuve el privilegio de conocer al doctor Ordóñez por allá en 1943 o 1944 cuando asistí a una de las sesiones de la Sociedad de Biología que se reunía en su misma casa de la calle 24 con carrera 7 de Bogotá donde se recibían lecciones de ciencia y de caballerosidad y donde frecuentemente, al terminarlas, había una reunión de camaradas para gozar, del clásico té que nos hacía servir doña Emily, su encantadora e inolvidable esposa inglesa, y escuchar también las armoniosas notas que el dueño de casa arrancaba a su violín.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero no es tiempo que se haya perdido. Muy por el contrario, nuestra vida, la medicina y el país entero se han enriquecido con la magistratura inigualable de J. Hernando Ordóñez. Por eso la Academia exalta su vida como médico ejemplar, como promotor de la investigación, como maestro insuperable y como caballero sin tacha. Reciba Usted, doctor Ordóñez, las más sinceras felicitaciones que hacemos extensivas a sus hijos quienes han seguido su ejemplo de servicio a la ciencia y la cultura: a Jorge en la medicina, a Margaret en la microbiología, y en las artes y las humanidades, a Nora, a Lucía y a María Cristina.

La importante reunión de hoy no puede entenderse solamente como un momento administrativo para reconocer méritos y para entregar un título sino como el acto solemne de magna trascendencia en el que la Academia Nacional de Medicina unge al recipiendario con la altísima distinción de Miembro Honorario de la Corporación.

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