Comentario a la Presentación del Libro: “Antonio Vargas Reyes y la Medicina del Siglo XIX en Colombia”

Autor: Académico Roberto de Zubiría Consuegra

Académico Jaime Herrera Pontón

Antonio Vargas ReyesPublica, ahora el Académico De Zubiría, la excelente segunda edición de la biografía del doctor Antonio Vargas Reyes, corregida y sobretodo aumentada al entorno en que nació, se educó y vivió el doctor Vargas.

La primera que data de 1973 fue publicada como el Tomo VI de la colección de Temas Médicos de esta Academia.

Está muy bien documentado con relación al nacimiento del doctor Vargas, la serie de médicos importantes que dio la familia Vargas, y que fueron precursores de lo que sería en el futuro Antonio Vargas Reyes.

Después de una infancia muy penosa, por muerte de sus padres y acogido por un sacerdote tío suyo, que lo descuidó hasta que apareció otra tía que era la esposa de Fomiyana, el antiguo gobernador del Socorro durante la reconquista.

Hasta los doce años no había aprendido a leer y escribir. Después fue llevado a Bogotá, donde pudo iniciar sus estudios y posteriormente los estudios médicos, tanto en el Rosario, como en San Bartolomé y su grado como médico en 1838, todo esto relatado espléndidamente por el Académico De Zubiría.

Recién graduado, en 1840, estalló la llamada “Guerra de los Supremos”, donde se alistó Vargas, en el ejército de Santander y al terminar esta viajó a Paris donde volvió a estudiar toda la carrera, graduándose en 1848. Regresó a Bogotá y fue médico del Hospital de San Juan de Dios, donde fue profesor de patología especial, y luego de Materia Médica y al año siguiente de su llegada fue profesor de botánica en el Rosario, hasta que el Presidente General José Hilario López, por ley del 15 de mayo de 1850, llamada la “Ley de libertad de enseñanza plena” suprimió las Escuelas y Universidades del país, pues el “grado o título científico no serán necesarios para ejercer profesiones científicas”.

El 19 de agosto de 1853, dictó una resolución que acabó con los títulos universitarios, académicos y profesionales.

Dice una carta del doctor Justiniano Montoya a don Julián Cock que “como los liberales se habían apoderado del gobierno, resolvieron suprimir los grados científicos y universitarios. Fijaron con mucha anticipación, que el día primero de septiembre de 1853, en adelante no se concedería más grados. Con este motivo todos los jóvenes aprovechados que estaban estudiando, redoblaron sus estudios y noche y día trabajaron sin descanso para poder presentar sus exámenes y obtener sus grados antes de aquel día”.

Ante esa situación caótica de los estudios médicos, Vargas Reyes reunió a un grupo de los más destacados médicos de la ciudad y fundó una Escuela Médica, en 1864 y en “La Gaceta Médica de Colombia“, dirigida por él mismo, dice, anunciando la fundación de la escuela: “para ello contamos con el apoyo y colaboración de los médicos más notables de la ciudad, como son los doctores Silva, Lombana, Sarmiento, Servoin, Vargas (Jorge), Rocha, Malo, etc. e iremos a buscar un suplemento de luces en todos los médicos nacionales…”.

El entusiasmo fue grande, el doctor Andrés María Pardo abrió una clase de Medicina operatoria y el señor Demetrio Paredes se encargó de la cátedra de Química.

Con donaciones se montó el anfiteatro anatómico y un modesto laboratorio de Química. La mayoría de los estudiantes del Hospital se matricularon en la Escuela de Medicina. Su órgano de difusión fue la “Gaceta Médica”.

En el diario “El Mensajero“, el 6 de enero de 1867 encontramos el siguiente aviso: “Escuela de Medicina.

El primero de febrero próximo comenzará el tercer año de las enseñanzas de esta escuela. Las matrículas estarán abiertas hasta el 20 del mismo mes; después de esta fecha no se admitirán nuevos alumnos.

“Para ser recibido en la Escuela se necesita que el alumno compruebe haber hecho por lo menos los estudios siguientes: gramática castellana, francés, aritmética, jeometría, física elemental; i haber cumplido quince años.

Todo alumno al tiempo de matricularse tendrá que presentar una persona conocida, residente en esta ciudad, la cual se comprometa por escrito a responder de su buena conducta, y se haga responsable de los daños que cause en el establecimiento i de los que cause en los efectos de sus compañeros. Debe, también, pagar veinte pesos de lei por cada curso en que se matricule, sin derecho a devolución de cantidad alguna, cualquiera que sea el motivo de su salida de la escuela…”.

La Guía de Forasteros dice que “La Escuela de Medicina recientemente creada i de empresa puramente particular, cuenta en su seno a la mayor parte de los profesores más acreditados de la capital. Últimamente en virtud de un contrato celebrado con la municipalidad

se ha trasladado al hospital de San Juan de Dios donde se dan las enseñanzas…”.

Esta Escuela, ubicada en la carrera de Bogotá Nº 75, funcionó hasta 1867 en que se organizó la Universidad Nacional.

Cuando, después del golpe a Mosquera, el Presidente general doctor Santos Acosta creó la Universidad Nacional, debido al trabajo e interés del general Reyes y del doctor Manuel Plata Azuero, y el doctor Antonio Vargas Vega, que eran senadores por el Estado de Santander y fueron los autores de la Ley del 22 de septiembre de 1867 y fue nombrado el primer rector (decano) de la Facultad de Medicina y automáticamente los alumnos de la mencionada escuela pasaron a la Universidad Nacional.

El doctor Vargas, como lo relata De Zubiría, fue el más importante cirujano de esta época de la mitad del siglo. Es impresionante ver la relación de casos operados, que recogieron y publicaron sus discípulos. Esta relación comprende desde cirugías muy complejas, para ese momento médico, hasta las más sencillas y que comprenden una época que corresponde, primero a la preanestésica, antes de la demostración del éter por Morton en 1846, y segundo después de esta fecha, con relaciones de cirugías bajo éter y bajo cloroformo.

Esto nos hace pensar que la primera demostración con éter en el país se hizo en una de las cirugías del doctor Vargas Reyes.

Es el doctor Vargas, uno de los médicos más importantes del país en el medio siglo XIX, muy respetado por sus colegas y su numerosa clientela, a pesar de su carácter polémico que le ocasionó muchas dificultades, la última con el “tegua” Perdomo, lo dejó adolorido y decepcionado de la profesión, entonces viajó a Francia con su hijo, médico también y luego a Villeta donde murió el 23 de agosto de 1873.

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