Letras, Ideas de Vida y Muerte en Culturas Orientales

Adolfo De Francisco Zea *

Señor Presidente: Es muy placentero para mí en la tarde de hoy entregar a la Academia por su digno conducto, el retrato del Dr. Luis Zea Uribe, mi abuelo, quien fuera miembro de la Corporación por largo tiempo y presidiera sus destinos de 1928 a 1930.y es especialmente significativo para mí por ser usted, mi compañero de estudios y amigo de siempre, quien ocupa hoy con lujo y distinción la Presidencia de la Academia.

Este retrato es copia del que fuera pintado por el célebre miniaturista y retratista bogotano Luis Felipe Uzcátegui hace varias décadas y hace justicia a las inmensas calidades de su espíritu: la frente amplia que traduce una inteligencia prodigiosamente lúcida, rápida y penetrante hasta lo maravilloso, como lo señalara Armando Solano en el prólogo del libro que recogió sus Producciones Escogidas.

Las líneas delgadas de su boca y el mentón recio del estudioso que además de adquirir amplios conocimientos médicos, incursionó con su microscopio monocular en el mundo de lo infinitamente pequeño y apreció con su telescopio el mundo de lo infinitamente grande, lo que lo condujo a ser miembro de la Sociedad Astronómica de Francia presidida en ese entonces por su amigo cercano Camilo Flammarion. Quizás fue el estudio de las maravillas del universo lo que lo llevó un paso adelante a investigar en el campo de los fenómenos espiritualistas que hoy caen dentro de la órbita de la psicología y la para psicología, para lo cual estaba admirablemente dotado. Allí adquirió la certeza absoluta de la existencia del más allá y de un Dios inefable pleno de bondad y ordenó su vida entera a adquirir el Conocimiento, a impregnar todos sus actos con un alto sentido de la ética y a buscar el perfeccionamiento personal en la existencia terrena, que en su sentir, habría de permitirle en sucesivas encarnaciones acercarse cada vez más a la perfección.

Sus experiencias en el campo espiritualista y sus consideraciones de índole filosófica quedaron plasmadas en su libro “Mirando al Misterio” impreso en París en 1922 e incrustado al año siguiente en el índice de los libros prohibidos en esa época. Finalmente, se aprecia en el cuadro una mirada serena y bondadosa que rubricaba toda la labor de su inteligencia, siempre renovada por el estudio y siempre humanizada por el sentimiento.

Tal es el retrato del Dr. Luis Zea Uribe sobre cuya obra médica y su pensamiento filosófico, se ocupará más adelante el señor Vicepresidente de la Academia Dr. Roberto de Zubiría Consuegra.

He querido por mi parte distraer la atención de la Academia en la tarde de hoy para hablar de un tema muy afín a mis preocupaciones intelectuales y espirituales, el de las “Ideas de Vida y Muerte en Culturas Orientales”, como homenaje a la memoria del Dr. Luis Zea Uribe, quien también se ocupaba seria y constantemente de lo que algunos llaman sin razón “las cosas inútiles”.

Disertar sobre temas de antropología y de mitología, tocar el campo de las religiones y las filosofías, podría parecer una osadía por tratarse en mi caso de asuntos al parecer lejanos a mi órbita profesional de Internista y de Cardiólogo. No lo es sin embargo si se tiene en cuenta que se trata de un intento por profundizar un poco más en asuntos de mi interés intelectual muy cercanos al ejercicio de la Medicina como son la Vida y la Muerte y sobre los cuales ya he tenido ocasión de ocuparme. Me refiero especialmente al estudio que presenté en la Universidad Nacional hace tres años cuando tuve el honor de pronunciar la “Conferencia Alfonso Uribe”, que titulé “El Hombre Frente a la Muerte” presentado también en la Academia y publicado en la Revista Medicina.

Por otra parte, muchas de las ideas del Dr. Zea Uribe, nutrido como lo fue siempre en la cultura occidental, son claramente análogas a aquellas que se encuentran en el Hinduismo y en el Budismo, que han plasmado las características de los habitantes del subcontinente asiático, tanto en el pasado como en el mundo de la actualidad. Su creencia, por ejemplo en la reencarnación y la forma como la concebía guarda extraña similitud con la creencia oriental en la rueda de la vida del dios Shiva. De la misma manera su idea del Dios único, no antropoformo como el del Antiguo Testamento, es análoga a la existencia del Brahman o el Atman o Realidad Profunda de los Upanishads.

La vida misma de Zea Uribe orientada a adquirir no sólo conocimientos amplios sobre múltiples cosas, sino Conocimiento en el sentido abstracto de la palabra, a servir a sus semejantes desinteresadamente y con el alto sentido ético que presidió todos sus actos, su desprendimiento de lo mundanal y terreno que lo hermanaba con Epicteto, uno de sus filósofos de cabecera y la riqueza moral que atesoró en su corazón, guardan una increíble similitud con las enseñanzas impartidas a sus discípulos por los grandes pensadores que escribieron los himnos religiosos de la India, que legaron joyas de poesía y de filosofía como el Bhagavad Gita y los Upanishads y que se concretan en el siglo actual en figuras tan dignas de admiración y de respeto como el Mahatma Gandhi y el admirable poeta bengalí Rabindranath Togore.

En abril de 1957 una expedición arqueológica de la Universidad de Columbia dirigida por RalfSolecki, desenterró los restos de un hombre adulto muerto sesenta mil años atrás en la cueva de Shanidar en el norte de Iraq. Los restos pertenecían a un adulto de constitución robusta, musculado a juzgar por las zonas de inserción de los tendones en los huesos, de cráneo un poco aplanado y frente huidiza, cuya cara hacía protusión hacia adelante y cuyo andar de acuerdo a la conformación del esqueleto había sido seguramente inclinado y vacilante. Se le reconoció como un Homo Neanderthalensis, especie o sub especie que convivió por largos años con el Homo Sapiens de Cromagnon, grupo evolutivo al que pertenecemos, en diversas áreas del África, de Europa y del Asia Occidental.

Pero lo más importante no eran los restos mismos de este hombre de Neanderthal sino el hecho sorprendente de que había sido enterrado cubierto de flores. En efecto, las investigaciones de científicos del Museo del Hombre de París encabezados por la antropóloga Arlette Leroi-Gourhan, encontraron cinco variedades de pólenes fosilizados de plantas que cubrieron y enmarcaron el sitio del entierro. Algunas de ellas eran simples retamas y cardos espinosos, que habían servido de soporte a flores de malva rosadas, almizcleras perfumadas, alisos y colas de caballo.

Este hallazgo hizo pensar a Solecki, al descubrir el entierro de flores, que el amor por la belleza se encontraba más allá de los límites de nuestra 0propia especie y que no podríamos negar en adelante a los hombres primitivos la posesión de una amplia gama de sentimientos y experiencias humanas. Para afirmar la humanidad de los hombres de Shanidar. Solecki no se apoyó en el hallazgo de utensilios de piedra o en evidencia de estrategias sofisticadas de subsistencia, sino en ese entierro ritual de flores que le hacía presumir la existencia de algún tipo de lenguaje, un cierto grado de conciencia y un desarrollo inicial de ideas mitológicas, en esos seres primitivos de hace sesenta mil años.

Los antropólogos modernos han dedicado sus esfuerzos a precisar la época en la que apareció el lenguaje en el curso de la evolución de los homínidos, así como su presencia en especies anteriores y paralelas al homo sapiens como es el caso del hombre de Neanderthal. El estudio de las huellas dejadas por el cerebro en los cráneos fosilizados permite suponer que hace dos millones de años existían ya áreas cerebrales lo suficientemente desarrolladas como para servir de base a cierto tipo de lenguaje, en cerebros que aún no habían alcanzado el desarrollo que se encuentra en el hombre actual.

Al mismo tiempo se han interesado también en la evolución de los órganos de fonación que con el correr del tiempo, y al igual que ocurre en el desarrollo del niño actual, fueron descendiendo anatómicamente en el cuello para permitir la vocalización que a su vez depende fundamentalmente de la forma de la cavidad oral y de los labios, y que modifica los sonidos producidos en la laringe. La expansión de ésta es la clave de nuestra capacidad para producir un lenguaje totalmente articulado.

Harry Jerison, neurólogo de la Universidad de California, piensa que los cerebros a través de la historia evolutiva han sido conformados para construir un mundo interior apropiado para la vida habitual y corriente de la especie. En los anfibios es la visión el elemento principal de ese mundo; para los reptiles, un agudo sentido del olfato; en los primates iníciales, el oído fue una adición de importancia; en los primates posteriores, una mezcla de impulsos sensoriales creó un modelo mental completo de la realidad externa. Los humanos añadieron como componente ulterior el lenguaje, o más precisamente el pensamiento reflexivo y la fantasía.

Así equipada la mente humana, creó un modelo interno del mundo que le permitía representarse los retos prácticos complejos y afrontarlos en consecuencia. La reflexión interna y no la comunicación exterior fue la facilidad moldeable sobre la que trabajó la selección natural. El lenguaje fue su medio y al mismo tiempo un elemento eficaz para la comunicación de unos con otros.

El lenguaje y la conciencia introspectiva o reflexiva están ligados de manera íntima, ciertamente en la forma en que muchos de nosotros la experimentamos. El lenguaje y la conciencia, en la postulación de Jerison, parecen haber evolucionado como instrumentos para crear mejores modelos de la mente. La mayor parte de los organismos vivos afrontan los retos del diario vivir de una manera limitada y repetitiva: buscar el alimento, evitar los predadores, localizar sus compañeras.

Pero para los primates avanzados, la vida es significativamente más complicada ya que se introducen elementos impredecibles que no tienen la mayor parte de los seres vivos. Como en el ajedrez, la interacción social es típicamente una transacción entre dos participantes, en la cual cada jugador está listo para cambiar sus tácticas y tal vez sus objetivos en la medida en que se desarrolla el juego, lo que implica que el jugador debe ser capaz de ir desarrollando una planeación hacia adelante.

Un sistema de tal naturaleza se fue estableciendo en los primates superiores, en los cuales niveles primitivos de conciencia, presentes con la emergencia del lenguaje, formaron parte del proceso evolutivo de crecimiento de la conciencia, con el objetivo último de alcanzar la exquisita claridad de la introspección humana.

La creación de los mitos aparece como una marca que señala y distingue a la mente humana moderna. Central en ella está la mitología de la creación, una explicación de cómo y por qué los seres llegaron a tener existencia. Para Edward Wilson, biólogo de Harvard, la predisposición a la creencia religiosa es la fuerza más compleja y poderosa de la mente humana, y con toda probabilidad una parte imposible de erradicar del comportamiento humano.

Es uno de los llamados Universales del Comportamiento Social, cuya forma puede reconocerse en todas las sociedades, desde los cazadores recolectores hasta los estados capitalistas y socialistas de nuestro tiempo. ¿Cómo pudo esta fuerza surgir de la fuente de la conciencia? Cuando los seres humanos tomaron conciencia de sí mismos como individuos, dotados de sentimientos y motivaciones, no solamente atribuyeron sentimientos similares a otros seres de la misma especie, sino también a toda suerte de especies zoológicas, a elementos del reino vegetal ya objetos inanimados del mundo. Sus sentimientos se magnificaron y proyectaron a las fuerzas de la naturaleza y la admiración o el miedo las dotó de características especiales, benéficas o malignas según las circunstancias.

Y tal como la conducta de otros individuos podía ser entendida y a veces manipulada, nació la noción de que el resto del mundo podría ser también entendido y a veces manipulado. Quizás ahí se encuentran los orígenes primigenios de la ciencia y de la política.

De esta manera, tan pronto apareció la conciencia en los seres humanos se presentó también la urgencia universal de dar cuenta y razón del resto del mundo, contar historias de cómo las cosas llegaron a ser, cuáles fuerzas eran buenas, cuáles malignas y cómo se podría influir sobre ellas. De una fase inicial de la conciencia desarrollada para hacer frente a problemas locales de relación interpersonal se pasó a las más altas estructuras racionales del parentesco, el totemismo, el mito y la religión que caracterizan las sociedades primitivas. Con la conciencia del sí mismo, inevitablemente apareció la conciencia de la muerte, el Interés Último que llamara Theodosius Dobzhanzky.

La conciencia de la muerte y la práctica de los enterramientos con ofrendas florales son testimonios elocuentes de un sentido altamente desarrollado del ser y de la muerte. Aun cuando no hay virtualmente evidencia alguna de entierros rituales anteriores a los tiempos de Neanderthal, la práctica ha sido ampliamente aceptada como avanzada en esas poblaciones, en las ya varias docenas de entierros similares encontrados hasta el momento.

Se han planteado múltiples interrogantes sobre la real interpretación de los hallazgos de entierros rituales como el del hombre de Shanidar, sobre los orígenes del lenguaje como medio de pensamiento o de comunicación y su papel en el origen de los actuales seres humanos y sobre la organización de múltiples elementos de la cultura y la conciencia. En el fondo todos ellos se ubican en el reino nebuloso de los enigmas y para obtener respuestas completas sobre ellos, necesitaríamos utilizar la máquina del tiempo que la fantasía de Dean Falk imaginara hace algunos años.

La civilización se inició en la India con el ingreso al subcontinente de pueblos dravídicos, que en oleadas sucesivas, hace cinco mil años se extendieron hacia el sur hasta alcanzar Skri Lanka, el antiguo Ceylán. La cultura que se desarrolló por esa época era de tipo neolítico basada en la agricultura y en la caza de animales. Cuando en el Medio Oriente se edificaban las grandes ciudades de Sumeria y Mesopotamia, y en Egipto se levantaban los templos magníficos del culto de Aman y las grandes pirámides que guardaron los sepulcros de los faraones, los hindostánicos, a excepción de dos complejos de ciudades excavados en este siglo en Harappa y Mohenjo-Daro, establecieron sólo pequeños villorrios en las cercanías de los bosques y de los ríos.

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