Letras, El Aleijadinho (1730 – 1814)

Darío Maldonado Romero *

En Colombia no faltan historias de la enfermedad que torturó al Aleijadinho, cuya duración larguísima, origen incierto, importancia individual y colectiva y tratamiento infructuoso hasta reciente data, tiene aspectos sicológicos fragmentariamente mencionados, aunque impresionantes y, a veces, premonitorios. En el Brasil tuve la oportunidad de conocer las estatuas del Escultor Enfermo Antonio Francisco Lisboa que en su octogenaria vida se destacó como tallista, político, partidario de la Independencia Nacional, amigo de la magia y benefactor de sus congéneres mulatos, durante el florecimiento de la explotación del oro y la trata de esclavos en la época más brillante de Minas Ceraes.

Niñez y adolescencia

Hijo de una negra bellísima de quien sólo se conoce el nombre Isabel y de un famoso escultor portugués Manuel Lisboa, fue criado en la casa de un tío e iniciado en religión, música y latín por el párroco Fray Felipe de quien fue acólito, demostrando excepcionales capacidades intelectuales y artísticas; como era cabezón y contrahecho (mongólico) no servía para alférez ni soldado pero el papá lo dejaba entretenerse en su taller con piedras y maderas; Fray Felipe lo adiestraba en el diseño y el tío en ornamentación de iglesias y otras construcciones.

El papá lo llevó a su casamiento y en la fiesta dijo duro para que todos lo oyeran: ¡Hijo mío Dios te bendiga! dejándolo así reconocido. El primo Felicio de 11 años, conocía todos los suburbios y gentuzas del pueblo y en una excursión en busca de negras por tierras encenagadas fueron precipitados por un alud a una laguna, Antonio no pudo defenderse y quedó inconsciente y con grandes lastimaduras.

Al recuperarse Fray Felipe le llevó un cuadro de la Cena de Leonardo da Vinci para que se entretuviera diseñando y le dijo: “Fíjese, casi todos hablan, pero son las manos las que dicen lo principal; Jesús, los apóstoles y el traidor usan las manos para hablar y éstas parecen diferentes.”

“El gran artista que pintó La Cena en la pared del refectorio de un convento de Milán dejaba correr la vida de sus pinceles; en ese cuadro, fíjate bien, casi todos hablan pero las manos son más expresivas cuando hay cosas importantes que decir; trataba se de saber quién se atrevería a vender al Maestro; ¿me estás acompañando? Es la Santa Cena, ¿la viste bien?” Explicó el fraile. Antonio confirmó moviendo la cabeza y dijo: ¿Me la prestais? Oyéronle la voz después de dos semanas! El fraile había curado al mulato. Por la noche el papá le corregía los diseños y una vez le preguntó qué era lo más bonito que había visto y al responderle que un santo echando candela por las manos, le explicó que eran los estigmas de San Francisco y que le hiciera de ellos un buen diseño. Desde entonces para Antonio las manos fueron su obsesión.

Manuella estimulaba para compartir su oficio y lo llevaba a comer en las tabernas, visitar amigos, atender convites a bailes y serenatas. Para festejar la asignación de un contrato Manuella llevó a su casa, vistió la mejor ropa y se entregó a la prestidigitación arrojando monedas de oro al amplio regazo de María, su esposa, que no sabía ser alegre ni entendió el juego. Manuel atrapó una moneda de oro que caía, lanzó un improperio y se fue con Antonio a beber en otras partes. Bien bebido y estimulado por canciones eróticas dijo a Antonio: he hecho obras pero no he sido sino rematador; quiero que seas más que tallador y contratista, olvídate de la oficina y quédate con Xavier de Brito que tiene mucho que enseñarte.

A la mañana siguiente entró Fray Felipe con el maestro de Brito traído para las tallas del altar mayor y le había informado que Antonio trataba de ser un buen tallista; lo invitó a su casa, hablaron largamente, le dio elementos para un diseño y se fue a beber vino; al volver miró el diseño y le dijo: No sabes eso y tengo que enseñártelo; lo tomó de ayudante y trabajaron varios años. La última semana de su vida le dejó con el párroco un rollo bien protegido y con dedicatoria: el diseño de San Francisco que a primera vista le pareció detestable!

Juventud y perfeccionamiento

Cuando los responsos en el cementerio habían serenado los rostros de la esposa y los hijos de Manuel, sintió Antonio que quedaba completamente solo; sentóse en el lugar que él ocupaba en el taller y tomando un trozo de madera dedicóse a liberar de allí un Profeta, anunciador del futuro.

La fundición de oro se volvió el centro nervioso de Vila Rica y el Gobernador buscó en Río de Janeiro un hombre de talento para burilador de moneda y encontró a José Gomes Batista que hacía treinta años era grande artista. Doña Teresa de Albarenga hizo una reunión en su casa en que se habló de un magnífico diseño de Antonio de quien dijo Gomes Batista que era (ea, mulato, y contrahecho pero un gran artista. Después en casa del Gobernador hubo una sabatina a que fue invitado Antonio y examinado de pies a cabeza, le enseñaron el asiento y todos consideraron que el Lavatorio para San Francisco era una creación genial. “Obra de mi padre!” exclamó Antonio.

Esperaba esa respuesta, repuso don Claudia, el Gobernador: “El diseño fue del Maestro Manuel, pero la ejecución de otro gran artista Antonio Lisboa!” Salió rememorando cada minuto de la reunión en que fue reconocido como el mulato más distinguido de Vila Rica.

La plaza perdió el aspecto sombrío y una manada de niños se precipitó sobre Antonio pidiéndole dibujos. Sacó de los bolsillos lápiz y papel y empezó a pintar un ángel y empujado por el remolino entró a la casa. Al despertar llamó al esclavo para informarle que se Iría para Sabará a reformar la iglesia. Caminaba por su habitación y súbitamente ante el espejo por primera vez percibió arrugas en la cara. Serían los primeros signos de vejez? Tardó en dormirse y se enfrascó en la Biblia, pasando el índice por los renglones como cuando su padre lo instruía.

Madurez y enfermedad

El camino subía suavemente, se oyó un tañido en la Iglesia de Sabará y poco después Antonio estuvo en presencia del Abad que lo esperaba para convenir las reformas de la iglesia a donde Antonio vendría cada vez que le fuera posible y regresó a Vila Rica.

Llegado a las alturas divisó por última vez los contornos de la iglesia para grabarlos bien en la memoria. A media noche pentró a Vila Rica pero no a su casa sino a la de su amiga doña Concepción y una esclava, llevando la vela lo condujo a la alcoba. Antonio arrojó el sombrero y hundió su mano en el cabello centellante de la dama, rompiéndole un peine de oro con suave crujir.

Los rayos del amanecer penetraron por los cortinajes y doña Concepción empujó atrás el dorado cabello y tropezó con la punta afilada del peine roto. Oscura estaba la potente mano de Antonio sobre la blanca almohada; la señora le pinchó el dedo medio, esperando el grito de dolor; Antonio dormía, no salió sangre de la herida; el horror la poseyó: ¡Estaba muerto! Dio un grito y desapareció. Sobresaltado Antonio preguntó ¿qué había pasado? ¿Era un sueño? Subió a su caballo y a galope fue a su casa. Sueño y grito lo seguían.

Los heraldos sobre sus caballos y detrás un jinete solitario, colgando más bien que sentado en su montura, el nuevo Gobernador. ¡Míralo Antonio, peor de lo que se decía! Antonio gritó de todo corazón: ¡viva Vila Rica! y elevó los puños; vio que las suyas eran las únicas manos enguantadas; las ocultó e invitó a don Claudia la casa de D. Teresa; cinco minutos más tarde el salón se había llenado.

Lisboa en el extremo de una mesa alIado de un hombre extraño, oficial del ejército, rostro noble y sufrido, nadie lo llamaba por su verdadero nombre, le había quedado el de su profesión Tiradentes! Todos le pidieron que hablara. “Es por nuestros bienes más sagrados, por nuestro derecho a la libertad espiritual; nuestro país está maduro para administrarse a sí mismo; nos está reservado un gran destino entre los pueblos. ¿Es posible que nuestro futuro dependa de un soberano del otro lado del mar? ¿Qué somos para él? ¿Una tierra de tesoros para su insaciable hambre de riquezas? Don Claudia miraba a Antonio: me temo, dijo, que empezamos a hilar oscuros pensamientos, vamos a dar un paseo.

En todas partes saludaban amablemente a Don Claudia y al ancho, torpe, pero popular mulato Lisboa al que los niños le pedían que les hiciera una muñeca. Empezó a tallar una para Rosita, medio inválida, que le rogó hacerla bonita. La haré como tú, preciosa. Los dos amigos entraron en una taberna para bailar, diversión predilecta de Antonio, que cambiaba a menudo de bailarina en tanto que don Claudia bailaba siempre con la misma.

Una muchacha prorrumpió en un desesperado grito y corrió hacia el grupo de sus compañeras; don Claudio vio a Antonio con expresión horrible, mirando el trapo que se le había caído de la mano izquierda y con dificultad se mantenía en pie; se interrumpió el baile y corrió un rumor por el jardín: ¡el maestro Antonio tiene zamparinha! Don Claudio llegó a tiempo para evitar que se cayera; Antonio se sumió en profundo sueño.

Don Claudio averiguó qué enfermedad era esa y supo que había aparecido en Portugal y venido al Brasil con los esclavos negros pero el nombre lo adquirió en Rio de Janeiro donde una famosa diva italiana conmovió a la ciudad y se le aplicó su nombre a la extraña y temida enfermedad.

Un mensajero dijo con voz altisonante que el Gobernador necesitaba al maestro Antonio, quien acudió inmediatamente, y le dijo: Estimado maestm, mostrándole una estatua, éste es San Jorge mi santo preferido, pero la figura es mezquina; mis consejeros me han dicho que sólo vos podeis ejecutar una verdadera obra de arte. ¿Queréis ejecutarla para estrenar el día de Corpus Cristi? Lisboa apoyado en su bastón se levantó de la silla pero el Gobernador pareció acordarse de algo. Querido maestro puedo pediros un pequeño favor? Tengo el encargo de reducir a los elementos peligrosos y creo que pudierais informarme cuáles de vuestros amigos dejan entrever algo de sus planes y sería posible arreglar este asunto antes de llegar a la violencia! Lo acompañó afuera.

Se propagó como un incendio que el Gobernador había sido destituido. La despedida fue menos efusiva que la recepción. Habló con voz casi baja y al final de su discurso con voz potente una frase de ¡Gloria a la patria y al Rey! De sus errantes pensamientos lo arrancó la clara exclamación ¡Viva Vila Rica! El público entusiasmado repetía !Viva Vila Rica! Antonio también se alegró por sus amigos pero preguntó: ¿Qué sucederá con el Secretario? Se quedará algún tiempo, agregó don Claudio hasta después del Corpus…Mauricio había traído vino, los amigos brindaron. Que viva la Libertad! exclamó alguno con la segunda copa. Que viva Vila Rica! dijo don Claudio. Que viva San Jorge! murmuró Antonio y ninguno en tendió este extraño brindis.

Radiante fue el día de Corpus Cristi. La víspera se habían llevado a la iglesia las estatuas de San Jorge y el Dragón, esculpidas por Antonio por orden del Gobernador y fueron colocadas completamente cubiertas. Al terminar la misa tronaron las trompetas y el Secretario, encargado del gobierno, con doce heraldos, se abrió paso sobre un caballo blanco; ni una mano ni un gesto de saludo, profundo silencio en la multitud!

Al acercarse a las estatuas hizo tocar una señal: tiró la cuerda y las estatuas quedaron visibles. De algún lado brotó una risotada que como oleaje ensordecedor corrió por toda la plaza: San Jorge, a caballo, con el rostro del Gobernador y, a su lado, sobre el cuello del Dragón, la cabeza de Romao, el Secretario! Enfurecido dirige su corcel contra la multitud gritando: “Canalla! Vil canalla! Me lo pagaréis todos, especialmente el bribón desgraciado que cometió el sacrilegio, vuestro Maestro, el inútil, el lisiado, el Aleijado!”. Espolea el caballo mientras la masa vuelve a estallar en carcajadas; a una melodía de arrabal, le pusieron letra alusiva, que se canta entusiastamente! Rosita, la compañera de Antonio, quiere irse murmurando Alejado! Palabra que a ella le han dicho muchas veces.

Un puñado de niños la toman de la mano y la llevan en medio, arrancando flores y ramas de todos los arbustos de la calle y los jardines; los pocos que han quedado en casa abren puertas y ventanas para ver la extraña procesión que va a la casa de Antonio, abren la puerta y se precipitan a la alcoba arrojando las flores sobre el maestro; con inmenso amor cantan las gargantas juveniles ¡Viva o Aleijadinho!

El Médico

Con el Gobernador del incidente del San Jorge había venido el médico Buenaventura, hombre de gran simpatía y cultura, viajado por África y la India, que se relacionó con lo más granado de Vila Rica. En una sabatina con doña Teresa de Albarenga compartió horas con abogados, poetas, políticos y con el recién llegado Conde Bamacena, nuevo Gobernador, informado de lo que estaba ocurriendo en el Brasil en la lucha por la Independencia, con su principal gestor Tiradentes.

Ahora que debía volver a Portugal sentía cuanto se había apegado a Vila Rica; no podía aceptar que la vida de Antonio fuera agradable. ¿Habría cura para la enfermedad del Maestro? ¿Sospecharía de qué sufría? ¿Su voluntario retiro era el temor de ser reconocido? Llegó a su casa y Rosita le informó que estaba de visita con el maestro Joao Batista pero que se alegrarían de verlo; se saludaron estrechándose las manos. ¿Venís a despediros, señor Médico? No, maestro, Vila Rica tiene poder misterioso sobre mi! -Oh si yo hubiera visto algo de lo que habéis visto en todo el mundo! dijo Antonio.- Mucho más importante que ver es captar profundamente. Cada tiempo tiene su verdad y cada artista la suya, maestro gran parte de vuestra vida y vuestro crear está por delante! Antonio agitó con violencia la cabeza y dijo: Demasiado tarde…me pudro, me pudro estando vivo. Rosita entró renqueando; el médico viendo la angustia en sus ojos le dijo: “El Maestro está enfermo, Rosita, sé buena con él, lo que necesita es amor!” La niña se arrodilló, Buenaventura y Batista en puntas de pie abandonaron la habitación.

Antonio trabajaba en su taller cuando apareció Buenaventura y le informó que los amigos habían sido arrestados en casa de Don Claudia y llevados a Rio de Janeiro y que sólo faltaba Tiradentes. A la puerta de su casa ya no llegaban niños con flores; los vecinos le tiraban piedras a los esclavos y pedían la expulsión del enfermo que le dijo al médico que sería mejor irse lejos. Estaría más allá de los sesenta y las piernas y los dedos ya casi no servían para nada.

Profeta Joel

El Profeta Joel Escultura de Antonio Francisco Lisboa (El Aleijadinho)

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