La identidad del analista en la situación analítica

Introducción

Podríamos dividir este tema en cuatro aspectos, para comprenderlo mejor: identidad, analista, situación y análisis. Los cuatro se reducirán a dos: identidad del analista y situación analítica, para después integrarlos y buscar sus relaciones, correlaciones, fenómenos específicos e inespecíficos, así como también los problemas que surgen, en este encuentro, de la identidad del analista en la situación analítica.

Haciendo un breve recuento histórico, en líneas generales predomina el concepto de que el analizado debe llegar hasta su genitalidad adulta, lo que representa una meta terapéutica. A éste se agregaron los conceptos de desinstintualización, de integración, de neutralización, el del reforzamiento  del Yo, el de la canalización de la sexualidad y de la agresividad, el de la maduración a través del desarrollo evolutivo, del “insight” y el de la escuela kleiniana, que se refiere a la elaboración de la posición depresiva en la reparación; hoy nos enfrentamos al concepto del encuentro de la identidad.

I

Ideas básicas de la identidad

A un cuando son diferentes las conceptualizaciones con respecto al significado de la identidad, podemos ver su relación con las ideas básicas respecto a las definiciones de personalidad, individualidad e identificaciones (49), sin embargo, centraremos nuestra presentación en la identidad.

Desde el punto de vista psicoanalítico, entendemos el término de identidad como la identificación del Yo con sus objetos y las vicisitudes de estos en aquel y en relación con el mundo externo.

La identidad al mismo tiempo nos plantea la distinción del “self”; y del “no-self”, y en éstos, el sentido de la imagen corporal; es decir, el “self” abarca al “Yo”, al “no-yo”, al “yo corporal” y al “vínculo” con los objetos externos e internos, y al sujeto como opuesto al mundo de los objetos (20).

La identidad puede ser tanto la “suma” de los objetos incorporados (por lo tanto, lo yoico y los objetos se confunden), como también la suma de los objetos incorporados y la identificación de los mismos, en momentos en que el yo aparece no concordante con los “objetos”, señalamos esto, para destacar que la identidad corresponde al yo y a los objetos históricos como realidad interna actual.

El sentido de igualdad y de diferencia nos permite aclarar los conceptos de “self” e “identidad”. Quizás podamos entender mejor la identidad como la totalidad de los roles del “self”. La identidad conlleva toda la historia del sujeto, sus experiencias y circunstancias. Entendemos que la identidad incluye al “self” y no el “self” a la identidad.

Sin apartarnos del todo de De-Levita (8), quien considera el “self” como la suma de una totalidad de reacciones, y la identidad como el conjunto de los roles actuados, comprendemos que la identidad implica una serie de factores que son: nacionalidad, clase social y económica, origen, raza, educación, formación e imagen corporal; en todo esto incluimos además las experiencias vitales, es decir, lo histórico y todo lo que entendemos como serie complementaría de Freud, donde está comprendida toda la realidad externa y el concepto de lo que De Levita llama “Formantes”. Recibimos del mundo externo, para adquirir nuestra noción de identidad social, un nombre propio y luego el de nuestros padres (en América Latina se acostumbra identificarse con los apellidos del padre y de la madre). Pero hay que tener en cuenta que otros autores definen dos identidades: una del York y otra grupal (6) (11) (46). Queremos agregar también, que el término individual se refiere más al individuo por sí solo, en su mundo interno. En síntesis, la identidad sería la unión entre el individuo y su cultura, su vida intra-psíquica y su relación interpersonal.

II

Las raíces de la identidad

Al analista lo contemplamos dentro de su mundo científico, donde muy críticamente lo podemos observar como un ser que está siempre dispuesto a analizar.

“El estudio sobre la identidad escribe Erikson- se ha vuelto tan estratégico en nuestros tiempos revolucionarios como el estudio de la sexualidad lo fue en los tiempos de Freud” (11). Aquí vale la pena `pensar que esto también es aplicable a la personalidad de analista, pues esta ciencia necesita encontrar su identidad tanto en la teoría como en la técnica.

La identidad, por otro lado, implica un “darse cuenta” y un sentido de “sí-mismo”. Ahora bien ¿cómo se desarrolla el sentido de identidad?

Greennacre cree que hay una correlación entre el emerger de la identidad y el desarrollo de las relaciones objetales; a esta última se la conceptualiza en los varios estados de las identificaciones que, a su vez, componen las diferentes partes de la personalidad que van a delinear el “self” (6). Esto fue ya bien discutido en el congreso anual de la Asociación Psicoanalítica Americana, en Chicago, en el año 1957, donde intervinieron Eisler, Greennacre, Mahler y otros, que expusieron los conceptos de Erikson, Spitz y Freud sobre la “relación dual”, “relación simbiótica” y “relación analítica”, etc.

En la teoría psicoanalítica las relaciones sujeto-objeto, realidad interna y realidad externa, se juntan e inclusive se mezclan, y se yuxtaponen en tanto las consideramos desde el punto de vista estructural; por ejemplo, el objeto va a ser parte del Yo del sujeto; la realidad interna también se puede unir a la externa, entre otras formas, en la conducta, en los valores y/o ideales del Yo, del sujeto, los que a la vez pueden darle un sentido de identidad al mismo.  “El sentido de identidad está basado en la capacidad del Yo para percibirse como una continuidad”, según lo expresa Eisler (42). La continuidad sería del ser y de su existencia en armonía con su presente, pasado y futuro, en el aquí, ahora, halla, antes y después. El sentido de la identidad es progresivo y va paralelo a la maduración en el proceso del desarrollo del sujeto. Sin embargo, parece muy probable que solamente se adquiere el sentido de identidad y de realidad a través de repetidas identificaciones, tal como lo anota Greennacre. Para esta misma autora “la identidad residen en la organización estructural”, y también localiza el inicio de la identidad en su forma preliminar durante la fase anal, pero su desarrollo especial estaría en el periodo fálico o genital, y en el momento en que el niño se da cuenta de su propia existencia en un mundo de objetos externos y hace conciencia de sus pensamientos, de su memoria, de su cuerpo, de sus diferencias y de su similitudes, percibiéndose como una unidad en su grupo.

Para Grinberg, el sentimiento de identidad “implica la noción de un Yo que se apoya esencialmente en la continuidad y semejanza de las fantasías inconscientes referidas primordialmente a las sensaciones corporales, a las necesidades y emociones experimentadas por el Yo a partir del conocimiento, a las tendencias y afectos en relación con los objetos del mundo interno y externo, al súper-Yo y a las ansiedades correspondientes, al funcionamiento específico en calidad e intensidad de los mecanismos de defensa y, al tipo particular de identificaciones asimiladas resultantes de los procesos de introyección y proyección” (19). De tal suerte, este concepto de identidad no es psico-social sino más bien una “continuidad y semejanza” intrapsíquicas “referidas” al Yo Corporal, que se inicia desde el nacimiento y se desarrolla en la fantasía inconsciente y en sus ansiedades y defensas correspondientes.

Si observamos todas estas definiciones y conceptualizaciones, nos damos cuenta que la identidad encierra la idea de lo “idéntico”, entendiendo este término desde el punto de vista psicoanalítico, como la identificación del Yo con sus objetos y sus vicisitudes en su devenir en la unidad del ser. No podemos entrar aquí a discutir los varios modos y formas de identidad, como la real, la racional, la formal, la numérica, la específica, la genética, la intrínseca, la extrínseca, la causal, la primaria, la secundaria, etc., pues todas ellas tienen el común denominador de igualdad y de “lo mismo”, y al mismo tiempo “diferente” en su posibilidad. Tres planos se pueden distinguir en la identidad: el ontológico, el lógico y el psicológico. Cuando nos referimos a igualdad no queremos decir que ésta sea la identidad (12). Por lo expuesto podemos concluir que la identidad no es un mero problema psicoanalítico sino también histórico, sociológico, económico, semántico y filosófico (10). Además son clasificaciones que primordialmente tienen en cuenta el “contenido manifiesto”.

“La identidad humana es una experiencia de la propia continuidad cambiante” (20). Cuando se usa el término “cambiante” se refiere ampliamente al campo dialéctico en donde esta idea lleva en el más amplio sentido la noción dinámica. Sin entrar en las ideas antes expuestas, es nuestro deseo recordar aquí Arries, citado por Lichenstein, quien usa los conceptos de procesos “instrumental” o “tecnológico”, y de “institucional” o “ceremonial”. Para este autor el valor actual de un objeto está determinado hasta cierto grado por su uso tecnológico, y hasta cierto punto por su configuración no técnica, lo que los caracteriza como valores ceremoniosos o institucionales (33). Unos definirán el carácter instrumental del proceso y otros el institucional. La distinción de estos dos va paralela a la diferencia entre el proceso analítico y la situación analítica y técnica, sin embargo, debemos aclarar que unos y otros no son los mismo, pero si se complementa o se interpolan en sus funciones.

Cuando nos referimos al instrumento y a la técnica, nos encontramos con las ideas de estilo, épocas, modos y variantes en el uso de instrumentos, es decir, en el instrumental. Todo esto nos alejaría un cierto sentido del tema central propuesto, el que retomamos después de la digresión que nos permitimos hacer por considerarla pertinente. En resumen, el concepto de identidad se ha basado en la integración, estructural de las funciones del yo, incluyendo en sus conceptualizaciones las raíces  biológicas y psicológicas. Siguiendo esta línea de pensamiento, la integración de la identidad depende del nivel de maduración del yo, y va paralela al proceso de desarrollo del mismo, de acuerdo con sus potenciales genéticos, sus fantasías inconscientes y sus experiencias reales (45).

III

La identidad en la función psicoanalítica

Cuando nos referimos al analista intentamos situarlo dentro de su función, que es la labor psicoanalítica, por lo tanto, analista y labor analítica deben definirse, para lo cual usamos la definición oficial: “El término psicoanálisis se refiere a una teoría de la estructura y función de la personalidad, a la aplicación de esta teoría a otras ramas del conocimiento y, finalmente, a una técnica psicoterapeuta específica. Este  conjunto de conocimientos se basa y se origina en los descubrimientos psicológicos fundamentales hechos por Sigmund Freud” (28). Por lo tanto, de lo anterior podemos derivar la definición de psicoanalistas como la persona y idónea que “aplica” una “teoría” de “la estructura y función de la personalidad” a una “técnica específica”.

De estas definiciones sólo nos quedan limitaciones que nos hacen observar la complejidad en la especificidad de las funciones del psicoanalista, pues en la definición del analista-instrumentador no interviene la función específica dentro del proceso especifico-analítico. Pero al aclararlo surgen una incógnita: ¿Es el psicoanalista sólo el instrumentador de una técnica y simultáneamente sirven de instrumento de la misma? ¿Acaso el analista sólo se idéntica con su trabajo, y es únicamente el análisis, el trabajo, su mundo, sus intereses y sus motivaciones? ¿Cuál es la actitud del analista ante la vida? ¿Su identidad abarca no sólo su trabajo analítico, sino que trascienden a otras actividades? Absolver estos interrogante nos lleva a recordar que en el trabajo analítico hay diferencias en cuanto a la calidad de mismo, ya que cuando nos referimos al analista no podemos detenernos en –la simplicidad de- que la identidad del analista es el simple análisis, y que aún dentro de tal concepción habría diferencia en el tipo de trabajo, bien sabemos que no es lo mismo el trabajo con adultos que con adolescentes, ni con niños, y que es diferente la labor con neuróticos y con psicóticos. Es obvio que la práctica diaria se diferencia de la didacta, a pesar de que la técnica pueda ser la misma, y hay una diferencia entre el análisis didáctico y el terapéutico. El analista didáctico sólo puede intervenir como terapeuta, sin olvidar su función didáctica, que a veces implica dificultades que le impiden conservar la autenticidad de su trabajo, pues está constantemente requerido por otros intereses. Dado que los analistas “didácticos” hacen al vez “supervisión” de casos o ”control”, o dedican alguna parte de su horario a la enseñanza en seminarios de una institución específica, al mismo tiempo, otra parte de su labor se refiere a la investigación teórico-técnica.

Esto nos conduce a nuevos interrogantes. ¿Tiene el analista una identidad en la situación analítica y otra en su vida real? ¿En el caso de los analistas didácticos, su identidad se triplica por el hecho de su función didáctica? Lo que ocurre es que la identidad tiene polivalencias y es polidimensional, o sea que el Yo del analista en sus funciones analíticas debe someterse a ciertas disociaciones funcionales. De suerte que hay diversidad de actividades y también de identificaciones; sin embargo, existe una unidad de identidad. De todo esto surge una identidad en el analista.

Antes de seguir adelante recordemos que el analista de por sí es una actividad no sólo terapéutica  sino investigativa, de “enseñanza de sí mismo”, y de los demás  y  aún más, en la misma investigación interviene el factor terapéutico.

En lo institucional, el aprendizaje de la teoría y de la técnica es una disciplina en lo que se imparte otra forma de enseñanza ajustada al método específico psicoanalítico; pero al definirla así surge otra dificultad, ya que no sólo existe un método, una sola técnica o uno solo esquema referencial, lo que nos lleva a decir que se trata de un “método psicoanalítico”.

El estudiante que se está formando en su análisis didáctico-terapéutico, en la institución de enseñanza tiene que someterse a normas, disciplinas, procedimientos específicos en los que ha de enfrentarse la mayoría de las veces a la realidad de la personalidad de su analista, y también con diferentes esquemas de las distintas orientaciones dentro y fuera del Instituto. Debemos hacer énfasis en que todo esto va a intervenir en su formación como analista, y también en la adquisición de su identidad como tal.

La identidad el psicoanálisis tampoco puede confundirse con el hecho del médico entrenado para ser analista, pues a más de él hay otros elementos que fueron expuestos por Gitelson al afirma que el psicoanálisis es una disciplina que debe independizarse, y entender que tiene su propia identidad, puesto que en sus esquemas referenciales no sólo están los elementos básicos de las ciencias biológicas, sino la psicología, la historia, la sociología, la cultura en general y el estudio de la evolución (17).

La identidad del analista también se ve reflejado en la situación analítica, la asociación libre, los honorarios, la forma de pago de los mismos, la relación diván-silla, la atención flotante (en algún sentido), la frustración en el silencio, la tendencia a no intervenir sino cuando se comprende, la omisión de intervenir extraanalíticamente o establece relaciones fuera del análisis, la de no tomar apuntes, la fijación de las vacaciones, la comunicación de las interpretaciones, la expresión verbalizada de lo comprendido en el esquema referencial utilizado, independientemente de que algunos hayan intentado tomar apuntes, gravar sesiones y establecer la relación silla-silla, o intervenir o no en el análisis de valores o normas éticas.

En resumen, la respuesta a qué es la identidad del analista no es tan simple y tampoco es una sola. La identidad del analista está basada en su status, en sus tendencias creativas y reparadoras que desean establecer una individualidad y una única identidad, y no puede conformarse con el simple rol requerido por el entrenamiento institucional y reglamentario analítico. Las diferencias individuales tienden hacia el reconocimiento de sí mismo y de su rol, es decir, ser conscientes de sí mismo y percibirse como un todo, como una unidad (31). Es importante destacar que la identidad del analista no se adquiere por el simple entrenamiento que el psicoanálisis –por más que sea una técnica de investigación, un método terapéutico y una disciplina psicológica– supone para el analista un hecho vivencial, aún así, no debe confundirse con su forma de vida (50). De suerte que la identidad del analista tiene un sello particular y se crea de acuerdo con las experiencias pasadas y presentes propias de cada analista, y conforme a su grupo, aún incluyendo en él al psicoanalítico, lo que conforma su identidad grupal. Con esta identidad se encuentra el analista ante el paciente que acude a él.

DÉJANOS TU COMENTARIO

DÉJANOS TU COMENTARIO

Please enter your comment!