Cambió de analista

(Por qué se puede cambiar)

Es mi deseo exponer aquí otro fenómeno que puede ocurrir antes, durante o después del entrenamiento analítico, y es el que se refiere al cambio de analista en el  análisis personal. En el entrenamiento o en el proceso analítico nos podemos encontrar ante tal situación; esto es importante dilucidarlo en cuanto a sus motivaciones y repercusiones.

Por lo general, cuando se piensa en “cambios”, la mayoría de las veces los referimos a la vivencia de frustración, ansiedad, depresión, culpa, o a los deseos de gratificación. Obviamente no es lo mismo cambiar un profesor por otro que hacerlo con el analista personal, con quien se vive toda la íntima profundidad de la persona en ese proceso de conocimiento y aprendizaje de “si mismo”. El profesional que desea prepararse para ser psicoanalista debe conocer los diferentes fenómenos y vicisitudes que pueden ocurrir en todo ser humano que anhela un cambio, y, en especial, si éste está referido a su psicoanalista, con quien ha compartido su monto interno pasado y presente.

Lo importante al plantear este tema es estudiar el fenómeno de cambio, sus motivaciones, sus dificultades técnicas, procesales, sus ventajas y desventajas, sus aspectos positivos y negativos, sin entrar a juzgar el cambio, al analizado (paciente o candidato), al analista o al Instituto, aceptando a la vez que no estamos exentos de juicios valorativos. Algunos investigadores de este tema enfatizan más acerca del aspecto de la disociación, de las ansiedades paranoides, de la importancia de la contratransferencia en el segundo analista; al contrario, otros pueden hacer hincapié en el duelo ocurrido en el cambio. De todas maneras nos enfrentamos con las motivaciones conscientes racionalizadas y las inconscientes latentes que mueven al cambio.

Existen diversas motivaciones para la sustitución del analista, entre ellas hay que contemplar aquellas que se produce por la seducción o inducción del analista que mueve a su analizado a cambiar de profesional (objeto) e irse con otro analista y/o ideología técnica, o modelo conceptual bien ya idealizado (as). También cabría referirse a los fenómenos de idealización, desidealización y disociación del primer analista, y del segundo,  alternativamente, y como deben  manejarse, desde el punto de vista técnico, uno y otro.

El analista elegido para el cambio debe estar preparado para no caer en estructuras resistenciales con la nueva idealización que hace su analizado, el cual no sólo se disocia, para no ver y vivir su duelo por la pérdida y por las ansiedades francamente paranoides que se despiertan inicialmente, sino que trata de seducir a su nuevo analista, o bien lo ataca dejando su idealización en el antiguo, con lo cual trata de manejar sus análisis. La idealización puede también, en estos casos, llevarse a  relaciones sustitutivas, con el cambio, de tipo “acting-out” (2); de tal manera tratan de recuperar con este tipo de objetos, el objeto analista, perdido, idealizado, disociado y/o atacado envidiosamente, movido por la misma pérdida. Esta disociación e idealización es la que debe trabajarse muy concienzudamente, estando alerta a las posibles contraidentificaciones a que puede eventualmente verse abocado el nuevo analista, y de tal manera producirse una perturbación de la contratransferencia y con ello también del proceso analítico.

Es también observable cómo en los momentos en que predomina el enfrentamiento analítico de los rasgos de carácter, éstos muestran su origen en la elección de dos o más objetos (analistas) en el trascurso de la vida; no signifique esto que las eventualidades vitales del analizado se deban desconocer como otras de las vicisitudes y motivaciones para el citado cambio. Distintas a las vicisitudes observables son aquellas que se presentan en los analizados cuando se están modificando internamente o se despiertan posibilidades de cambio y, con ello, ansiedades, las que movilizan resistencias masivas que les hacen desea cambiar de analista. Esto último también puede ocurrir cuando sienten que pierden el control del análisis (analista), que los lleva a un desequilibrio de sus defensas y a un equilibrio de sus funciones; aunque el analizado equilibra sus cargas tanáticas, en el cambio intenta recuperar el control, lo cual debe analizarse.

Sucede algunas veces que los analizados, en el transcurso de sus análisis, se dan cuenta de que la lección de su primer analista fue hecha con base en idealizaciones que “en este momento no funcionan” y, entonces, resistencialmente desean y aun provocan el cambio; en algunos caso los analizados no pueden tolerar la transferencia de los elementos muy primitivos y de sus ansiedades, las que buscan así camuflar y ocultar con el cambio. Es decir, con la sustitución de analistas pueden manifestar aparentemente un deseo de un mejor análisis, cuando es todo lo contrario, pues con el cambio sólo desean soslayar sus dolores narcisísticos y en ocasiones duelos y ansiedades paranoides, sustentados en rasgos narcisísticos proyectados y/o identificados con uno u otros analista.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando el cambio es forzoso, por las reglas institucionales? Pienso que esta es una experiencia importante que va a repercutir muy seriamente en el siguiente análisis, y debe analizarse, no sin tener en cuenta que frecuentemente se crean grandes resentimientos por parte del primer analista y del analizado por esa pérdida y cambio a la fuerza, por obligación y por regla; sin embargo, no deben confundirse los problemas institucionales con los analíticos.

Por lo demás, ¿qué ventajas pueden observarse en los cambios? Las respuestas varían desde aquellas que se refieren a cómo el cambio permite analizar las resistencias y facilitar las transferencias de ansiedades y aún cómo el analizado llega a producir aberturas y regresiones que lo lleven a un cambio interno, el que es posible lograr cuando se pueden analizar las identificaciones patológicas que se apoyan en las idealizaciones a que ya hemos hecho referencia, o cuando la envidia, la rivalidad, la competencia, la retaliación, los celos son puestos en claro, así como los deseos de vencer, triunfar, humillar, superar, destruir, en general, al objeto-analista. Es importante tener en cuenta, cómo en ocasiones el analizado decía invertir en la trasferencia la situación analista-paciente a la de padre-niño (analista-niño y padre-analizado), para no sufrir las mismas ansiedades que esto conlleva, con todo lo cual desea triunfar sobre su analista, y así perturbar la relación, no sin presentarse ansiedades persecutorias culpígenas que pueden dar lugar a defensas maníacas o a reacciones depresivas con introyecciones de objetos dañados; esta relación se puede volver catastrófica cuando el analista en la realidad de la situación analítica confirma la fantasía del analizado. He aquí otra indicación y motivación para que el analizado deba cambiar de analista.

Otra de las motivaciones observables para efectuarse el cambio, es aquella que aparece cuando el analizado, al proyectar masivamente lo “malo” en el analista, al reintroyectarse en el analizado, se produce una reacción de reivindicación, lo cual puede llevar al cambio de analista; así como se cambia de analista, también se puede sustituir la técnica y convertirla en una ideología. Así se producen cambios a diferentes niveles, lo que ocurre también por la no solución de los ataques envidiosos con respecto a las figuras pre-edípicas y edípicas, con las cuales no sea han hecho adecuadas o sanas identificaciones (7).

Las identificaciones basadas en idealizaciones revestidas de “cuidados” por parte del analizado, para asegurarse de no haber dañado el objeto analista, llevan al paciente a desear y buscar la terminación de esa relación, debido al incremento de la persecución. Esto mismo puede ser vivido contratransferencialmente por, y con contraidentificaciones por parte del analista, que lo llevan a contra actuar en diversas formas de acuerdo también con las fantasías inconscientes operantes. Cuando el objeto malo es oculto, o se oculta, se convierte en el objeto misterioso, también idealizado mágica y omnipotentemente, el cual es atacado envidiosamente; esto puede ser favorecido por el mismo encuadre, por la técnica y el carácter analítico que configuran la relación del proceso con su regla fundamental de no participación e intervención y sólo con el silencio, la aceptación y la interpretación. Todo este acontecer puede traer fantasías de cambio, muy frecuentes en todo análisis, por la misma frustración y por las ansiedades desencadenadas.

Una fantasía, no poco infrecuente en los analizados, es aquella que se refiere a la no aceptación de la muerte y renuncia a la pérdida y al duelo de su primer o segundo analista; de tal forma el analizado cambia de analista-objeto para que aquél no se acabe, es decir, lo eterniza, o en otra variante, no lo deja envejecer, ya que esto último implicaría la aceptación de la muerte, que significa la gran pérdida. Podríamos decir que en la totalidad de las sustituciones de analista se pueden presentar todas las vicisitudes que ocurren en los cambios, las separaciones, y las pérdidas de objeto. Uno de los problemas con que nos encontramos cuando el deseo de cambio surge, ya sea en el analista o en el analizado, es de cómo manejar la transferencia y la contratransferencia.

Hay casos en que el analista  desea consciente o inconscientemente deshacerse del analizado, pues sus contratransferencias son de tal índole que le mueve hacia el cambio.

Diversos aspectos han de  considerarse en la sustitución de analista. En primer lugar, la terminación con el primer analista o con el último, o sea al análisis de la situación de terminación previa y el cambio de analista. En segundo lugar, la fase de elección del siguiente analista, y por último, la elección y luego el comienzo del nuevo  análisis. Todos estos pasos como experiencias del analizado forman parte del proceso analítico del mismo en su secuencia temporal e interdependiente. Cada uno de estos momentos debe ser elaborado y tienen su nexo con la dinámica de la unidad del aparato mental.  En realidad el proceso analítico es uno solo para el analizado; lo que cambia es el analista, con las modalidades inherentes a su personalidad y en sus posibles contratransferencias, sin embargo el proceso transferencial sigue su marcha dentro de la modalidad dinámica del analizado.

Un fenómeno que hay que considerar es aquel que se relaciona con los análisis interminables, cuando el analizado no desea terminar su análisis, que para él significaría quedarse solo, independiente, diferenciado, lo cual puede en ocasiones realizarse por cierto tiempo, pero luego vuelve a retomas o cambios para no aceptar totalmente la separación definitiva, que implica no sólo la independencia sino las ansiedades necesarias para enfrentar la integración.

De todo lo expresado se desprende la necesidad imperiosa de detectar la fantasía inconsciente básica que subyace en el deseo o el acto de cambio que en mi opinión radica en la insatisfacción, en el temor a la perdida y/o los temores y culpas paranoides vividas a diferentes niveles del desarrollo (nacimiento, oral, anal, fálico) en su vínculo objetal transferencial.

También es importante saber cómo manejar el cambio teniendo en cuenta las situaciones inmanejables mediante la sola interpretación (transferencia y extra-transferencia): este último aspecto toca con los temas de la técnica psicoanalítica (1, 3); así también el analista ha de saber cómo decir al analizado que es mejor el cambio, o en el enfrentamiento con el segundo análisis cómo se puede abordar la entrevista inicial y, si es el caso, indicarle que es mejor volver a su primer analista, o que tome un tiempo para examinar (con el segundo analista) el cambio deseado y con ello tocar puntos o aspectos de la realidad.

En los analizados que estructuran resistencias narcisistas, también ocurre la depreciación y devaluación del analista y/o de sus intervenciones que lo inmovilizan, es decir, estos pacientes atacan el análisis y aunque parecen estar funcionando positivamente, es todo lo contrario; en el fondo hay una agresión violenta inhibida y temida con el tiempo de la destrucción del objeto analista. De tal manera niegan toda ayuda y reconocimiento del objeto al cual temen. También en ocasiones aparecen con actitudes maníacas y en ellas se observa las francas negociaciones omnipotentes de la realidad psíquica y de la realidad externa. Estos analizados se falsean a sí mismos su realidad y hacen de su vida una máscara con una necesidad de cambio de objeto(s) (entre ellos el analista personal), buscando y deseando el “redentor” de su ansiedades. Lo importante es poder analizar y resolver el masoquismo, muy primitivo y profundo, que debilita el vínculo y lleva al cambio; así como también es necesario en la contratransferencia no caer en las seducciones y en las contraidentificaciones con el objeto sentido y actuado como víctima maltratada (por la vida y/o el destino), desolado o desvalido, el cual se desea proteger cayendo así en favores (que pueden traducirse en aceptaciones de ataques al encuadre y al analista, por ejemplo: demoras en los pagos, cambios de horas prolongación del tiempo de las sesiones, sesiones extras, intervenciones extratransferenciales); todo lo cual puede representar simples actuaciones, a la vez basadas en “acuerdos”. Por eso es importante, como en todo análisis, tener la posibilidad de hacer una evaluación de las capacidades de auto-análisis, del “insight” y “contra-insight” (6) (8).

En otros casos en que también se presenta la llamada reacción terapéutica  negativa, no hay cambios beneficiosos, y el paciente no sólo no mejora sino trata de impedir cualquier cambio con otro cambio; así también protegen al analista y a si mismo (de la destrucción violenta, locura o suicidio), sí es que las ansiedades y fantasías y cargas destructoras pueden emerger (4) (5).

En muchas ocasiones, cuando el analizado construye una realidad adversa de la situación analítica y la actúa con el cambio, en el fondo sólo es una RRM (reacción resistencial masiva), muy racionalizada y actuada; en otras palabras, es el predominio de la actuación en el cambio.

¿Que concurre cuando una vez el analizado termina su análisis y después dio un tiempo hace una retoma cambiando de analista? Este hecho puede deberse  a diversos factores, entre los que podemos mencionar: la posible no resolución de ansiedades transferenciales, especialmente paranoides, que también pueden despertarse por actuaciones de tinte pre-edípico y edípico post-terapéutica, que se presentan con frecuencia cuando el analizado ha “terminado” su análisis, habiéndose  creído que se ha terminado con el conflicto. Una pregunta surge aquí: ¿acaso el o los conflictos pueden terminar de resolverse? La respuesta no puede ser afirmativa, pues nunca queda exhausto el trabajo con los conflictos, aún más cuando éstos pertenecen al carácter (pasivo-activo, obsesivo, fóbico, histérico, etc.), o cuando las partes psicóticas de la personalidad son las que emergen y/o toman predominio en el funcionamiento del aparato mental, después de aquella “terminación”,  a la que es preferible llamar “suspensión”. Por su parte, puede que el analizado, una vez suspendido el primer análisis, actúe post-tratamiento y se convierta en “amigo” de su ex-analista; de tal manera  impide así poder hacer una retoma con aquél; de tal forma es positivo que la retoma, el cambio, se efectúe con otro analista. En sociedades pequeñas puede ocurrir que las relaciones societarias intervengan para dificultar la retoma con el mismo analista, o con otro, hasta presentarse la eventual imposibilidad de hacerlo. De todo esto puede concluirse que es mejor ser conscientes de todos estos problemas y también estar dispuestos a aceptar y a admitir el deseo de cambios positivos que puede partir del analizado o del analista.

La culpa y la omnipotencia también son parte de las vicisitudes que ocurren en el, nuevo o segundo o tercer, análisis y analista, el cual puede sentir que le está quitando el analizado a su colega y al mismo tiempo situarse en el posible triunfo con su técnica; “si aquel, analista (el primero) no pudo y/o fracasó, a mí  no me puede suceder lo mismo, pues ya estoy advertido y tengo la experiencia ajena”; esto equivaldría a una contraidentificación maníaca en el triunfo anticipado.

He aquí otra posible situación a la que se ve abocado el segundo o tercer analista; en mi opinión se debe estar alerta y ser consciente de cómo el paciente sabe lo que sucede y puede usar al analista como objeto depositario de su omnipotencia, de su narcisismo y de su culpa.

Otra de las vicisitudes en el cambio de analista es la posible dificulta de diferenciar el objeto cambiado, revirtiendo, en el segundo o tercero, la transferencia inicial, negándose el cambio, ocultando a si las ansiedad depresivas y persecutorias. Esto no significa que el proceso transferencial y/o el analítico es otro muy diferente; lo que cambia, como ya se expuso, es el sujeto analista y no el paciente con las vicisitudes propias del análisis.

El cambio de analista, cuando se lleva a cabo por la muerte “real” del analista, es algo que toca con el punto de unión entre la fantasía y la realidad. La muerte que ocurre, equivale a la realización de deseos tanáticos, produciendo un gran trauma y fractura en el Yo al manifestarse la latente; por lo tanto, el enfrentamiento es no sólo con el deseo sino con el objeto, sus relaciones, sus fantasías y con un duelo que debe trabajarse concienzudamente. Se podría decir que la muerte del analista es un gran impacto en el proceso, que conecta el mundo interno con el externo, en esa se relación dual “sui generis”, que por una parte rompe con la realidad, dejando por la otra (el analizado) toda una serie de vicisitudes de relaciones transferenciales sin resolver, las que deben trabajarse en el nuevo análisis. En algunos casos puede llegar a producirse defensas maníacas o reacciones melancólicas y aparecer los llamados núcleos psicóticos.

De todo lo expuesto se desprende cómo es de importante tener en cuenta, tanto para el analizado como para el analista, todas las vicisitudes posibles en el cambio de analista y cómo pueden, uno y otro, incurrir en actuaciones y contra-actuaciones por identificaciones y contra-identificaciones dentro del proceso analítico o por fuera de él.

Así pues, se deja planteado que existe una serie de aspectos complejos que pueden oscilar entre los puramente prácticos, las motivaciones reales y las inconscientes, las dificultades técnicas y sus implicaciones teórico-técnicas, y la operatividad en la clínica, en la situación, en el proceso analítico y en el encuadre. Se ha destacado, a su vez, su incidencia en el aparato mental, en el proceso de transferencia-contratransferencia, en las resistencia, en las intervenciones del analista, en los medios de comunicación entre el analista y el analizado, en las actuaciones y contra-actuaciones, en los problemas y en los cambios clínicos del analizado, de sus dificultades técnicas que implican aquéllas, y/o de la instrumentación técnica del analista. Aquí podemos incluir las variantes y desviaciones o los manejos técnicos que en un momento dado pueden ocasionar el analista, en los impases, en las falsas terminaciones que es posible lleven al analizado a una reforma cambiando de analista; igualmente las alteraciones vitales de parte del analista (muerte, cambio de ubicación, enfermedad), determinan el cambio; además este llegaría a ser influido por las exigencias que surgen de las reglamentaciones institucionales, que exigirían un cambio compulsivo de analista al llamado comúnmente análisis didáctico.

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