XII. El azar determinista en algunas obras literarias

obras literarias azar determinista

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

Introducción

En este capítulo trataré de mostrar el ejercicio del “azar determinista” en la incógnita y/o encuentro de temáticas en las obras literarias que se originaron por una necesidad intrínseca de poner afuera lo reprimido (retorno de lo reprimido inconsciente) para conseguir un orden, y para lo cual el Yo del sujeto se vale, entre otros mecanismos, el de la intuición de la cual me ocupo con mejor detalle en el capítulo XV. Empero se hace alusión a la confluencia entre el observador lector o analista con la obra, las temáticas y los personajes para descubrir deter­minadas esencias.

Después me ocuparé del azar determinista en la obra: “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, en “El Quijote” de Miguel de Cervantes, en la obra “El puente de San Luis Rey” de Thorton Wilder y en Mario Vargas Llosa: “La tentación de lo imposible”. En el des­empeño de la práctica cotidiana el lector podrá detectar cuantos elementos personales apare­cen del autor (o del lector) pues uno es el que piensa y escribe y otro el que lee y se identifica con los personajes que actúan proyectándose en uno o varios personajes a la vez; así mismo el lector elige sus autores favoritos o sus tendencias y necesidades, así como el autor lo hace con sus escritos.

Por lo tanto cualquier estudioso se expondrá y tendrá la posibilidad de encontrar partes suyas en la elección de cualquier texto o parte que escoja libremente, más cuando las obras literarias fueron escritas para la humanidad; más aún, recordemos a Goethe cuando escribió: “vemos lo que conocemos”, o “vemos lo que queremos” o a Kant cuando dice: “…a priori, sólo conocemos de las cosas aquello que nosotros mismos hemos colocado en ellas” (391) (vemos lo que queremos ver). Obviamente algunos de las interpretaciones que me per­mito realizar, analizando estos textos ya enunciados corresponden al psicoanálisis aplicado, y por lo tanto tienen el sesgo psicoanalítico.

El psicoanálisis y la literatura un encuentro. La búsqueda de esencias. El azar determi­nista, la intuición y el destino.

Al referirme en estos textos al psicoanálisis y a la literatura no haré alusión al concepto de azar determinista puesto que ya está explícito en forma pormenorizada en capítulos ante­riores; con respecto a la intuición, solamente menciono algunos conceptos con respecto a ella pues en el capítulo XV desarrollo igualmente este tema, de la misma manera lo hago con “el destino” al cual le dedico los capítulos XVI, XVII y XVIII.

Entiéndase que en parte el inicio del proceso del conocimiento estudiado por la ciencia o en el proceso creativo se realiza a través de la actividad mental intuitiva e inconsciente, en las cuales se incluye la preconcepción, el conocimiento prelógico y a la vez la interrelación afectivo emocional para establecer paralelos y convergencias con las capacidades sensomo­trices, las operaciones concretas y formales. Es así también como podemos aseverar que “los hechos están ahí” y el “observador” solamente los encuentra, determina y designa, produ­ciéndose así el proceso de la creatividad.

En el encuentro mencionado o en el descubrimiento del hecho, pueden ocurrir eventos de la cotidianidad comunes para todos o que tienen algo particular o no definido antes, e inclusive no hallado. De todas maneras, existen fenómenos biofísico químicos con la participación de un ordenamiento matemático, cosmológico, socio­lógico, económico e histórico; es así como hablamos de ciencias blandas o duras.

Recordemos aquí como existe una necesidad intrínseca de poner afuera un orden con nue­vas relaciones, mundos o armonías. El conocimiento mismo pertenece a un proceso que tiene su propio desarrollo, pero que siempre está cambiando. De la misma manera se encuentran nuevos sistemas, nuevas leyes, funciones y hechos que tienen sus fenómenos particulares y generales. Entiéndase también que el ser humano no es poseedor de la verdad ni del conoci­miento mismo y sólo abarca una parte de ellos.

Al analizar cualquiera de las obras literarias el observador lo hace con su capacidad intui­tiva, y, por supuesto la validez y calificación del trabajo no es exacta, pues sólo actúa como un instrumento más en el análisis. En el análisis mencionado operan distintas actitudes desde las “sanas, reparadoras, develadoras, reconstructivas, de apoyo, críticas constructivas hasta las destructivas, envidiosas, deformadoras y tendenciosas”, de acuerdo con cada sujeto.

Si bien el psicoanálisis y la literatura tienen un encuentro que es el hombre, el método de cada uno es diferente; este último es propiamente un programa que se dirige al saber y al conocer. Muchos son los métodos de los cuales se vale el pensamiento analítico, sintético, deductivo, inductivo, dialéctico, fenomenológico de la experiencia interna, causal y destructi­vo hasta llegar al método matemático formal y al genético funcional; por lo tanto la intuición puede ser otro paso en el proceso de investigación y descubrimiento que devela diferentes cualidades positivas o negativas del ser humano, y, además resalta los valores esenciales de la sociedad.

Al hacer ese ejercicio se vale del instrumento del azar determinista, del cono­cimiento del inconsciente y así denota los rasgos psicopatológicos y caracterológicos y su génesis que aparecen en los personajes de la obra literaria, pudiendo relacionar la obra con las características y vida del autor, el cual indefectiblemente se proyecta de alguna manera en los textos.

De una u otra forma salen a flote la multiplicidad de facetas psicoemocionales que acompañan al ser y las características sociales de la época en la cual ocurren los hechos; a la vez, en las obras se participa en la evolución de la historia teñida de neurosis, psicosis, psicopatías, situaciones morales e inmorales virtuales, pasionales de distinta índole o en per­versiones, conflictos y complejos diversos invadidos de traumas con o sin satisfacciones, con carencias e ilusiones infantiles de púberes, adolescentes o mayores.

Aquí podríamos agregar que el hallazgo que realiza el literato o el investigador psicoanalista, no es de dioses, ángeles o demonios, aunque a veces se parecería que así se desea serlo, sino simplemente se trata de seres humanos en evolución y algunos detenidos en ella, o regresados con características de etapas primitivas, los que pueden vivir el infierno en un paraíso terrenal. Por su parte la genialidad del literato es factible que se revele al descubrir nuevas formas o al interrelacionar diferentes y plasmarlos; de tal manera induce o seduce al lector atrapándolo en ese mundo porque aparece el asombro, la incertidumbre, la verdad y las esencias del ser, acompañados de la armonía en el lenguaje.

Con el estudio psicoanalítico de las obras literarias también se demuestra cómo se proyec­tan en ellas, los fenómenos y psicodinamismos, los cuales son encubiertos o develados los conflictos psicosociales. Es por ello que con el psicoanálisis no solo se descubre lo que para algunos es misterioso o ha permanecido oculto o ignorado en el inconsciente; de tal manera, lo que el literato crea es un mundo especial al cual le ponemos el nombre de mágico, trágico o de comedia, maldito, bendito, realista, costumbrista, histórico, aventurero, romántico o eró­tico, o idealista, espiritualista o que justifica cualquier realidad y fantasía; de ahí los nombres del mundo cervantino o quijotesco, macondiano, kafkiano, etc.

“En la literatura encontramos el manejo del tiempo y del espacio en tal forma que, res­petándolos, se trata de hacer de ellos una sola unidad. El escritor muchas veces trata de crear una asociación de instantes discontinuos para integrarlos libremente. En otras oca­siones fragmenta el tiempo y a ese fragmento le da la trascendencia y contingencia para encontrarse con las fuerzas del destino.

El novelista, de una manera u otra, se enfrenta a la contingencia de la témporo-espacialidad del ser humano de acuerdo con el contexto histórico que se vive. El presente se plantea con relación al ayer y al mañana mediante la búsqueda de verdades como asideros de apoyo ante la angustia y el temor a la nada; es como si “la muerte acechara y el amor se escondiera”; como si el Yo se ubicara entre el temor a la muer­te, y “el otro” y “el nosotros” no importaran.

El creador artista-genio trata de romper esas barreras y reducir la témporo-espacialidad a una nueva dimensión. Si el novelista quiere mostrar el tiempo tal como fue vivido; en ese “fue” está implícito el presente y el ahora con una expectativa del futuro; dicho de otra manera, el presente seria la fuente del tiempo, que es indefinido en las dos direcciones: en el ayer y mañana, en el ser y la nada. En ese concepto de la nada hay algo real y fatalista de que el hombre mismo trata de escapar.


391 En “Crítica de la Razón Pura”, Ed., P. Ribas, Alfaguara, Madrid, 1978.

 “El novelista crea un mundo con sus personajes vivientes y aun anuncia la muerte de uno de ellos, pero no se atreve a matar, a todos, puesto que tiene la esperanza de que la vida no se acabe. Cuando el novelista no respeta el tiempo, de todas maneras permanece en él. La verdad del tiempo y del espacio es una necesidad, una esencia del hombre, su principio, su fin y su destino; el tiempo vivido por él y por los demás y el conocer el futuro son objetivos inherentes al mismo artista, que en su creación trata de solucionar. Para él en su obra no hay tiempo, y su espacio es móvil, cambiante y no tiene historia. El novelista en su monólogo o diálogo, plantea un tiempo ficticio o verdadero, el que funciona con su ritmo y con un tiempo. El monólogo interior aparece como la verdadera novela del tiempo; sin embargo, hay una fuerza en el novelista a dilatar o no percibir el tiempo, o ha vivido intensamente; por eso se observa en ocasiones la desorientación; es como si viajara al universo y en un momento dado dejara los puntos de referencia.

“Hay un orden subjetivo y otro objetivo del ser en el espacio y en el tiempo de sus rela­ciones, de sus percepciones y concepciones, de su suceder en el mundo.

“Muchos de los novelistas dejan definido el tiempo en sus escritos, en otros se requiere volver atrás y luego adelante; los que solamente plantean el presente, dejando atrás el pasa­do, tratan de negar aquel pasado, no sin crear esa dimensión atemporal; pienso que nunca se recobra el tiempo, lo pasado quedó atrás; el ahora en el aquí es la única posibilidad que tiene el ser humano en su vida; la experiencia de fascinación es la que conlleva este franquear de las fronteras tiempo-espacio, no sin pasar por crisis de ansiedad, aislamiento, confusión y sentimientos de amor, vida y destrucción.

Pienso que lo importante es conocer nuestro propio tiempo intra y extra-espacial para ver sus relaciones y podernos manejar, no sin negar lo dado genéticamente, lo “a-priori” y todas las limitaciones del mundo externo y de su historia. El destino del hombre no es el tiempo y el espacio mismos, es más la manera de vivir que tiene cada cual en su témporo-espacialidad; la conciencia de esta misma tém­poro-espacialidad nos permite buscar una realización; el psicoanálisis nos ayuda a tomar conciencia y a no dejar que las fuerzas destructoras nos lleven a la muerte del pensamiento y a convertimos en títeres, idiotas, que asistimos al entierro del hombre, sin comprender qué significa E=MC2.

“En la poesía es factible traspasar más fácilmente esos límites témporo-espaciales; el poeta es quien más verbalmente logra, con su ritmo musical y con las figuras y metáforas, ir más allá de las dimensiones convencionales (tiempo-espacio), para situarse en una atempo­ralidad asintópica; de la misma manera lo realiza la música con todo su sentido y contexto socio-cultural, (392).

Por lo general el estudio de la literatura nos conduce a ver cómo la producción literaria conlleva un alimento reflexivo al espíritu y contiene elementos humanos trascendentes con o sin propuestas de reformas sociales directas, mas sí con vínculos idealistas y con grandes o pequeñas soluciones a los conflictos del ser, y, algunas veces, con énfasis en la compasión y la dignidad ante las desgracias o rechazos, a las carencias de algunas características en oca­siones sobrevaloradas en el ser humano y en la realidad cotidiana, la cual aceptémoslo está plena de conflictos. La obra literaria no solamente devela sino denuncia y abre las puertas a las posibles soluciones que embargan el alma humana.

Tal vez la ciencia psicoanalítica ha tomado del arte literario valiosas obras o pasajes de las mismas393 para utilizarlas como instrumentos investigativos del funcionamiento mental; este es útil tenerlo en cuenta pues sería como otra herramienta en la investigación del proceso creativo aplicado a un sujeto o a un grupo social; a través de la obra, téngase en cuenta que por medio de aquella (Ia obra) podemos dilucidar problemáticas que a través de los siglos siguen o se transforman y evolucionan con cierta magia, o estrictamente afloran con la cruda realidad de las desigualdades del hombre, mas siempre éste está en la búsqueda del bienestar, aún tomado de la irrealidad de la magia.

Ahora bien, ¿cómo descubrimos las esencias, lo que es la universalidad, el pasar de lo singular a lo general y lo esencial? Todo esto lo vamos a encontrar en la indagación del “qué”, el “ahora”, en la “observación” objetiva y en la aceptación de la intersubjetividad para evitar el subjetivismo solipsista. El literato al construir su obra y comunicarla, obviamente participa con todos sus conocimientos, sus teorías, sus aportes semióticos, su dialéctica, su compren­sión de las obras literarias, de la historia y su conocimiento sobre ellas, su capacidad compa­rativa; a la vez se realiza el análisis para el conocimiento, a través de las analogías para llegar al mensaje manifiesto o latente para que el lector pueda traducirlo, interpretarlo, recodificarlo, reconstruirlo, encontrarlo y obviamente descubrirlo.

Los autores en su proceso literario intentan en su mundo mental organizar y dar cohe­rencia a lo comunicado haciendo intuiciones, inferencias, deducciones en forma simétricas, asimétricas o complementarias y “más que suministrar respuestas exactas desarrollan plan­teamientos a partir de los cuales se puede enfocar nuevas realidades internas y señalar la existencia de opciones para la conducta humana” (Maldavsky, 1974) (“Creación, arte y psiquis”, 2003). Lo que sí es importante tener en cuenta es que en los autores literatos puede haber una distorsión del proceso y del sentido del mismo participando con interpretaciones parciales, transitorias, críticas, agudas, crónicas o totales, produciendo también una disgrega­ción, confusión o alienación o deformando la realidad o creando una nueva, lo cual beneficia a algunos, más no a todos.

En la lectura psicoanalítica se trata más de estudiar e investigar la dinámica y las motiva­ciones inconscientes y el contenido latente que puede haber en la producción literaria. En esa investigación se encuentra uno con el sentir, el pensar, el creer, el fantasear, el hacer, el tener y el ser del hombre en su espacialidad y temporalidad; también el fin es comprender mejor el mensaje del autor, el encuentro de las esencias ya nombradas, en y de las motivaciones profundas y detectar, si es posible, igualdades, analogías; en fin descubrir el qué, el por qué, el para qué se “es tal o cual ser” humano, fenómeno, actitud o acciones intramentales e inter­mentales con expresiones preverbales, extraverbales o metaverbales.

También otro aspecto a tener en cuenta es la palabra como puente de unión entre los dos mundos, el literario y el científico; y, para ello hay que pasar de la palabra a la imagen, a la idea con toda la connotación subjetiva y objetiva que esto conlleva y que de todas maneras nos conduce a la vida y a la muerte. Y ¿todo esto para qué? La respuesta esta expresada en otra parte de la obra y se resume en la palabra, “conocimiento”.

El empeño de ciertos filósofos por descubrir en el arte una forma de conocimiento, o de conocer el arte en sus diferentes manifestaciones o fenómenos hasta llegar a su esencia, es quizás otra de las expresiones de la curiosidad y de los deseos del saber como un medio para controlar lo desconocido, la ignorancia y la incertidumbre sobre el abismo, y, así mismo po­der encontrar y pasar por el dolor y el placer, la intranquilidad y buscar el camino de la paz. Es posible que el lenguaje del arte sea otro camino para lograrlo y en él percibir y conocer las armonías que no solamente son expresiones de la creación sino la posibilidad de la misma recreación. Todo esto nos lleva a pensar en que ese sería nuestro destino.

En conclusión respecto al arte literario también nos conduce por el camino del descubri­miento, de lo incógnito, de lo atemporal y del destino. Recordemos cuántas obras aparecieron en milenios antes de Cristo como la del mito de Gilgamesh y más tarde la Ilíada y la Odisea, y luego tantas y tantas otras para llegar al Siglo XXI en que brotan de la imaginación del hom­bre, miles de textos que escudriñan la enmarañada selva de la vida para buscar la anhelada paz y felicidad en el encuentro consigo mismo, con él o los otros, con el mundo y el cosmos, y así con su destino, no sin pasar por el azar y el determinismo.

En cuántas obras los perso­najes, los diálogos o monólogos aparecen con frases claves o con finales fatales, heroicos o de una plenitud, cualesquiera que estas sean y que pueden dejar marcas profundas para trazar nuestro destino ilusionado de la inmortalidad. He ahí también el descubrimiento de verdades que muchas veces no las vemos por qué no la queremos o podemos ver, y al develarlas se llega al ¡ahá!, al ¡“eso es”!, ¡“es por aquí”!.

Es allí cuando nos encontramos con enseñanzas provenientes de raciocinios espontáneos o complejos, o de otras cualidades, o simplemente la muestra del camino de la verdad, la equidad, el orden, la responsabilidad, la solidaridad, el respeto o lo justo que debe haber y ser para nosotros mismos y la colectividad.


392 Tomado de: “Tiempo, Espacio y Psicoanálisis”, G. Sánchez Medina, editorial Tercer Mundo, 1987, pág. 241-242
393 Véase las obras Completas de Sigmund Freud: “Dostoiesky y el Parricidio” (1928), “Un recuerdo infantil en ‘poesía y verdad’ de Goethe” (1917), “El tema de los tres cofres “ (1913), “Los delirios y sueños en ‘la gradiva’ de Gensen” (1907), “La neurosis demoniaca en el Siglo XVII” (1923).

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