Mito de la prohibición del conocimiento: Gilgamesh

Mito de Gilgamesh - angustia muerte

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

§ Mito de Gilgamesh o la angustia por la muerte. Este mito es un poema épico escrito en escritura cuneiforme en doce tablas y aparece a través de la historia en Sumeria por los años 3200 a 2750 años a.C., cuando surge Gilgamesh rey de Uruk quien divinizado se transforma en personaje legendario (317). En el mito en la tablilla 7, el personaje Enkidú paga la culpa por la muerte del padre representado por el Toro del Cielo y Humbaba y es enviado al infierno por una lenta muerte que lo lleva a la oscuridad y a “no poder conocer nada”, no sin pasar por el “reconocimiento de todo, ese espacio infernal antes de morir”. En el mito aparece el personaje llamado Utnapishtim que era mortal y se vuelve inmortal.

En la tablilla once, la penúltima, Gilgamesh se da cuenta de que el anciano con quien ha estado hablando es Utnapishtim, el Lejano, y le pregunta cómo recibió la inmortalidad. Éste le narra la historia. En una reunión secreta, los dioses resolvieron destruir el mundo con un diluvio y no revelar el juramento a ningún ser vivo. Pero Ea (uno de los que crea­ron la humanidad) le reveló el secreto a Utnapishtim (el equivalente de Noé), aunque no directamente, sino a las paredes de su casa. Le aconsejó construir una gran embarcación, llenarla de animales, oro y plata, y luego abordarla con su familia y cerrarla. Entonces vino el diluvio. Sin embargo, los dioses se arrepienten y exclaman: “Hemos tomado ini­cuas decisiones en nuestra asamblea, ¿por qué hemos decidido tales maldades…? ¿Por qué hemos decidido destruir a nuestro pueblo? Acabamos de crear a nuestros amados hombres, y ahora los destruimos en el mar.”

El diluvio dura siete días y siete noches. Cuando la luz regresa, Utnapishtim abre una ventana y ve que los hombres han sido convertidos en piedras. La embarcación está encallada en el monte Nimush. Al séptimo día, Utnapishtim lanza una paloma, la cual vuelve; luego libera una golondrina, que también regresa; y finalmente deja ir un cuervo, que no regresa. Utnapishtim abre la barca, saca los seres vivos en todas las direcciones y sacrifica una oveja a los dioses (318). Entonces llega Enlil, el que había propuesto des­truir a todos los humanos. Está furioso por la supervivencia del hombre. Acusa a Ea de traición, pero éste lo mueve a piedad. Entonces Enlil toma a Utnapishtim y a su mujer y los bendice: “En un tiempo Utnapishtim era mortal. A partir de ahora es inmortal, que viva en la lejanía, donde nacen todos los ríos. Utnapishtim ofrece a Gilgamesh una opor­tunidad de hacerse inmortal permaneciendo despierto durante seis días y siete noches. Gilgamesh acepta y se sienta a la orilla del mar, y en el mismo instante queda dormido. Utnapishtim le dice a su mujer que todos los hombres son mentirosos y que Gilgamesh negará haberse quedado dormido. Gilgamesh duerme durante seis días y siete noches. Utnapishtim lo despierta y Gilgamesh, asustado, dice: ‘sólo dormité un instante’.”

Utnapishtim le señala el envejecimiento del pan que han puesto junto a él, el cual ahora está mohoso. Gilgamesh se pregunta qué hará y a donde irá, y siente la muerte. La mujer de Utnapishtim convence al viejo de apiadarse de Gilgamesh. A cambio de la inmortalidad, el anciano ofrece a Gilgamesh una planta que lo hará joven de nuevo, la cual deberá sacar del fondo del mar que rodea la Lejanía319. Gilgamesh pone piedras en sus pies y se hunde en el agua. Arranca la planta mágica, pero desconfía de ella y prefiere llevarla a Uruk para probarla primero en un anciano y comprobar su efectividad. Cruza de regreso las aguas de la muerte en una barca. Se detiene a comer y dormir y, mientras duerme, una serpiente se acerca y come la planta (por esta razón mudan las serpientes su piel). Gilgamesh despierta, se pone de rodillas y, llorando, exclama: “¿Para quién he trabajado? ¿Para quién he hecho esta travesía, para quién he sufrido? No he ganado nada para mí mismo.” Al final de su viaje, Gilgamesh llega a las puertas de Uruk e invita al barquero a mirar a su alrededor. Le llama la atención sobre la grandeza de la ciudad e, invitándolo a fijar su atención en las murallas, le señala una piedra de lapislázuli en la que está labrada la narración de las hazañas de Gilgamesh, hecha por él mismo.

En esta parte de la escena transcrita de la tablilla 11 se observa el diluvio universal. Parecería que los dioses que crearon a la humanidad también la castigaran con la muerte. Sin embargo, los mismos dioses se arrepienten de la destrucción. Las esperanzas huma­nas quedan depositadas en Utnapishtim, que se salva de las aguas y conserva el cono­cimiento y la experiencia del cataclismo. El hecho de que Gilgamesh no pueda cumplir la condición de permanecer despierto seis días y siete noches sentado frente al mar no representa solamente la realidad, sino también la seducción que el mar (la madre) lleva a cabo mediante el arrullo de las olas y la inmensidad. Gilgamesh no miente, sino que dice la verdad: “sólo dormité un instante”. Esa es la realidad de la conciencia, que quiere estar despierta, y esa es su verdad, que no es la realidad.

De todas maneras, en Gilgamesh continúa la ilusión de la inmortalidad en y de la consciencia, aunque al mismo tiempo subsisten la duda, la incredulidad y la necesidad de evidencia. El héroe necesita comprobar en otros la realidad de que comer la planta devuelve la juventud perdida. En otras palabras, necesita efectuar la prueba de realidad en el otro. Al final, la parte animal, la serpiente, aparece por azar y le roba definitiva­mente la posibilidad de ser inmortal. La serpiente puede cambiar de piel, cosa que el ser humano también hace a cada instante. Sin embargo, al final, el hombre llega nuevamente al principio, a las puertas de donde partió, y sólo le queda lo que él mismo ha hecho de su propia vida. En todo este mito, como en cualquier otro, nos encontramos con un conte­nido manifiesto y un contenido latente (la fantasía inconsciente). Vemos la omnipotencia en Gilgamesh y Enkidu. Presenciamos también el triunfo: Gilgamesh vence a Enkidu y los dos a Humbaba (rivalidad y alianzas). También se presenta el desprecio de Gilgamesh a Ishtar. Duda, ambivalencia, desconfianza e incredulidad están a la orden del día en la vida del personaje, así como la ilusión de la inmortalidad. Las posiciones depresivas y esquizo-paranoides (320) se hacen presentes a cada instante.

En la tablilla 12, observamos cómo Gilgamesh pierde el poder de la realeza del cual Enkidú intenta recuperar para su Señor, no sin antes plantearse una condición en la cual aparece la protección de la figura materna madre o hermana. Gilgamesh manifiesta su queja y tristeza por la pérdida de los poderes, pero también la ilusión de que su amigo Enkidú recupere los objetos perdidos caídos al infierno al cual Enkidú se ofrece bajar; Gilgamesh le hace recomendaciones y le habla de respetar sus instrucciones que se re­fieren a no usar ropa limpia, no usar aceite fino con aroma, no alzar el garrote, no calzar sandalias, ni levantar la voz, no besar a la esposa ni a la hija que se ama, ni golpear a la esposa o a la hija que se detesta, no adornarse (todo está prohibido y por lo tanto determi­nado). Sin embargo, Enkidú no respeta ninguna de las instrucciones de su amo y por eso el infierno no deja subir a Enkidú. He aquí la prohibición y la desobediencia que luego va a aparecer en el Génesis en la desobediencia de Adán y Eva.

Así sucumbe Enkidú en los infiernos y Gilgamesh lo llora, al tiempo que niega la pérdida de los objetos y expresa en que Enkidú ha sido raptado; aquí se puede observar el desplazamiento que no fueron los personajes Namtar y Asakku, demonios maléficos sino el infierno; no fue Rabisu de Nergal, dios del infierno quien lo raptó, es el entorno: el infierno. Así continua el escrito implorando por sus pérdidas de poder de los objetos pukku y mekku. El dios de los infierno Nergal abre un orificio en el infierno y el fantasma de Enkidú sale como un soplo y se abrazan con su amigo Gilgamesh, quien le pide cómo es el infierno y Enkidú le responde: “si te digo las reglas del infierno que he visto, te sen­tarás a llorar” y dice además: “mi cuerpo, que tu corazón se complacían a acariciar … lo comen los gusanos… como grietas de la tierra…” , Gilgamesh sigue preguntando: “¿… a quien tuvo un … dos … tres … cuatro … cinco… , seis hijos lo has visto tu?” Enkidú res­ponde: “Sí, los he visto …. por su yunta de cuatro mulas…”, “Al que golpeó un mástil… al que murió de muerte prematura en su lecho nocturno … al que murió en la batalla… a aquel cuyo cadáver yace en la cepa … los has visto tu?”. “Si, los he visto,… no tienen su alma descanso en la tierra”. “A aquel que no tiene quien vea por su alma, lo has visto tu?”. “Si, lo he visto”, responde Enkidú, “…come las sobras de las cazuelas, las migajas tiradas a la calle”.

Obsérvese aquí que en el poema se explicita el alma que vive después de la muerte y la necesidad de cuidar de ella y de seguir una vida hasta cierto punto terrenal más allá de la muerte, con protección de las figuras maternas, de los padres (su padre y su madre lo honra y su esposa lo llora). Obsérvese también cómo Gilgamesh al final grita a su madre para que lo libere de la angustia, de la confusión y caos, de la muerte.

En el texto de Richard Hooker transcrito en partes de este escrito no aparece los textos de la tablilla 12, posiblemente por una omisión del autor quien tomó de varias traducciones inglesas y francesas con comentarios en inglés y alemán que provienen del texto babilónico y fueron traducidas por Maureen Gallery Kovacs y por John Maier y John Gardner.

Epoca de los Acadios e Impresion de sello cilindrico

Queda la incógnita sobre el “lapso calami” de Richard Hooker sobre la omisión de la Tablilla 12, en donde contiene el mundo de los muertos, la bajada al infierno, el en­cuentro con los misterios que encierra el “más allá”, o la incertidumbre o la nada y así la percepción del poder de la vida. Nótese aquí (Tablilla 12) la ansiedad que produce el “infierno” o el mundo de la culpa, el castigo, los cadáveres, la destrucción, la fragmen­tación, la confusión y el caos. Es allí es donde es difícil reconocer o conocer por qué no hay vida; sin embargo, hay poder y amos o dioses (masculinos o femeninos). He ahí otra esperanza de otra vida en el más allá, en donde pueden haber banquetes. Es así como se deja consignada también una constatación, una prueba de ese otro espacio de los objetos muertos a los que se teme aún con pánico y que se desean controlar en vida por la ansie­dad ante la nada.

Quiero resaltar aquí también cómo existen lo “conocido”, “lo oculto” y la “recupe­ración del conocimiento de todos los tiempos”, que es el de la vida y la muerte. Gil­gamesh, el gran héroe, poseía todo el conocimiento (nemequ), pero la verdad sobre la inmortalidad “no la conocía y no la conoció”. He ahí también la diferencia entre hombre, dios y animal. Los dioses y los animales no tienen conciencia de la muerte, los primeros porque no mueren y los segundos porque no tienen conciencia. Los hombres y los anima­les se angustian ante la muerte, con la gran diferencia de que los primeros sí tienen con­ciencia del fin de la vida. Ese es el límite en las características del animal, el hombre y los dioses, límite construido por el hombre para alimentarse de más vida y de inmortalidad. Así pues, el límite de lo humano es también un modo de enfrentarse a la inmortalidad.


317 Ver obra: “Ciencia, mitos y dioses”, pág, 373-406.
318 Todo esto es muy semejante al mito del diluvio universal y al personaje de Noé del Antiguo Testamento. Posiblemente se trata del mismo acontecer.
319 El ser humano siempre ha ido tras la eterna juventud y el encuentro del fruto que prohija la vida (por ejemplo la raíz de mandrágora). Los españoles en la conquista buscaron en la Florida la fuente de la eterna juventud y otros lo hicieron en la amazonía.
320 La disociación de los dioses no es otra cosa que la disociación del Superyó en unos aspectos tolerantes y otros represivos. En el deseo de inmortalidad también nos referimos al narcisismo y al ideal del yo unido al Superyó.

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