El Libre Albedrío y la Posibilidad de decidir

Intuición

La definición del término “libre albedrío” se refiere al “obrar por elección reflexiva y con la voluntad no gobernada por la razón, sino por el deseo; de tal manera, existiría un libertad de resolución sometida a aquella (la libertad)” propia a la ajena. La libertad sería para obrar de una u otra manera o no obrar.

Una vez planteado estos conceptos generales observemos cómo la capacidad del ser humano para determinar sus acciones depende del punto de vista biológico, filosófico, metafísico, ético, geológico, político, histórico, psicológico y social. Es así también como nos encontramos con el “concepto del libre albedrío como una concepción más de una posibilidad y una ilusión, en la que se afirma la libertad de la voluntad para decidir. Aquí llegamos a lo que podríamos llamar voluntarismo o indeterminismo psíquico, pues existe esa franja indeterminada para decidir y su opuesto sería el determinismo en el cual no habría otra escapatoria para la comprensión de que los actos están determinados con influencias como las necesidades470, los deseos, condiciones físicas, circunstancias externas más allá del control individual y colectivo. El indeterminismo psíquico se pega al libre albedrío y a la libre voluntad, y, aún más, se pone en íntima conexión con las leyes universales; sin embargo, la secuencia de causa y efecto de toda acción son parte de aquella realidad universal que actúa como parte de una cadena interrumpida de causalidades las cuales para la teología terminan en una causa o en un principio al cual le damos el nombre de Dios o Di­vinidad471; es aquí a donde siempre arribamos. He aquí otro cuestionamiento; si lo anteriormente es válido entonces tampoco habría libre albedrío absoluto, por que los actos serían motivados por la primera supuesta causa (Dios), en su orden divino total, racional e irracional.

He aquí los argumentos de Platón cuando expone que el ser humano “puede disponer de sus propias acciones, pero que tan solo de aquellas que estuvieran de acuerdo con el bien o la ar­monía del todo, entonces serían en realidad libres” (Prezioso F., 2003). Muchos años más tarde el filósofo holandes Baruch Spinoza refiriéndose al libre albedrío como autodeterminación lo concibió como la adaptación a la naturaleza de Dios y a la propia del mundo; a él le siguió Kant refiriéndose a la necesidad de la consciencia moral, al imperativo categórico de la razón y a cómo la libertad es un postulado necesario. De una u otra manera, nos encontramos con la autodeter­minación, (como hecho consciente, basado quizás en motivaciones inconsciente), la cual puede ser concebida como parcial y para otros total pues involucra la voluntad y se enfoca en los juicios de decisiones, en que participa siempre el otro y así lo social. El mismo concepto de libertad ha sido discutido desde diferentes perspectivas, aun se ha llegado a afirmar que la libertad es una creencia, un deseo, una necesidad mas no una realidad.

En textos anteriores hemos expuesto algunos de los conceptos filosóficos y nos acercamos o tocamos la línea de lo teológico y religioso. Esto nos sitúa en una posición compleja y compli­cada porque nos referimos a religión, a cultos y creencias y así lo hacemos también a la fe; y de tal forma llegamos al destino el cual está protegido por la denominada supuesta “primera causa Dios”, siempre y cuando se cumplan sus supuestos mandamientos que lógicamente de alguna manera aquel, Dios, ha comunicado al hombre472. La fe nos amarra y atrapa y nos quita la libertad de cuestionar más no de sentir porque al mismo tiempo estamos amarrados con ese sentimiento de “Fe” que nos impide movernos en los principios de causalidad y otras creencias. De aquí par­timos a sus consecuencias morales en sus diferentes actos determinados por todo lo que implica la creencia y la fe.

Téngase en cuenta cómo “el budismo sostiene que no existen en el mundo los placeres inmere­cidos y los castigos injustificados, sino que todo es más bien producto de una justicia universal473. Es así como aparece el proceso kármico por las leyes morales naturales más que por medio del sistema del juicio divino; el karma de cada individuo determina asuntos como su belleza, su inteligencia, su longevidad, su salud y su nivel social y económico” (Prezioso F., 2003); es así también como se llega (en el pensamiento budista) a la idea de reencarnación para con ella seguir la flecha causa-efecto, desorden-orden y así llegar a la unidad armónica. Por su parte el concepto de reencarnación no es cuestionado, sino es más una explicación e interpretación para satisfacer incógnitas todavía no resueltas y con ello determinar el destino.

Existen otros ítems como los del libre albedrío”, la “libertad de culto” y “destino”, la libertad del descubrimiento o investigación para prolongar la vida de cada cual; a la vez se puede dejar de mencionar el determinismo e indeterminismo biopsicosociocultural de cada cual con que el ser se enfrenta en la vida; de ahí la libertad en sus posibles decisiones. Estos temas son desarrollados con mayor amplitud en otros capítulos.

Cuando nos referimos al libre albedrío y al destino indefectiblemente nos encontramos con la acción y posibilidad de decidir. La decisión implica un decir “sí o no” o un resolver o solucionar “qué soy, estoy, hago o la elaboración y terminación de un problema”; por ejemplo: ¿por dónde debo ir?, lo cual conlleva una determinación con o sin razón, y así se concluye y define la acción desde el pensamiento hasta la conducta. En el decidir está implícita una elección entre una cosa u otra; “voy por la derecha o izquierda, para adelante o atrás, o me detengo y sigo pensando, o dejo que el problema, la situación se resuelva por sí sola”. En todas las alternativas, el yo supuestamente está en libertad; se dice que es un supuesto, porque siempre existen intangibles, razones no siempre acertadas pero elaboradas por el Yo, para decidir en un sentido u otro, o puede ocurrir que la decisión está determinada por múltiples variables o una sola que domina sobre las otras y así la decisión se toma por fuerzas colectivas, o lo contrario individuales narcisísticas imperantes. De todas maneras nos encontramos con los principios del placer-displacer y la compulsión a la repetición, y por ende sin libertad, además de lo genéticamente heredado. Sugiero al lector consultar aquí el siguiente capítulo. Con todo este planteamiento insinúo que el libre albedrío es para decidir y no sólo está condicionado sino depende de múltiples factores que comandan el destino del hombre, no sin antes enfrentarse a la posibilidad de decidir.

¿Qué más se puede preguntar? ¿Cuáles preguntas no se han hecho ya directa o indirectamente? ¿Cuántas interpretaciones de todos los mitos citados y otros más no han sido ya ofrecidas en diferentes épocas? Las respuestas son múltiples y van en distintos sentidos, pues el análisis (la interpretación) puede hacerse desde una cosmovisión multidisciplinaria. El autor de esta obra desea dejar planteadas algunas de las preguntas para que el lector se las haga a sí mismo a través del tiempo, y luego las vaya respondiendo junto con otras personas, o las resuelva por sí solo, en los espacios personales múltiples que nos deja la ausencia del otro, en el silencio que nos acompaña.

En estos momentos nos acompaña también la presencia de nuestra imaginación, que nos hace ilusionarnos a cada paso. Luego del silencio vendrán respuestas propias, las cuales podrán ser o no ser válidas para nosotros mismos. Todo depende de cómo resolvamos la incertidumbre y la certeza que podamos lograr. De todo esto se puede concluir cuán importante es la respuesta que nace del silencio y con el silencio. Este último, en efecto, nos evita las identificaciones proyectivas masivas o parciales que pueden deformar, negar y reprimir las respuestas.

La temática del destino hay que conectarla con la reflexión, de que la “cotidianidad” nos acompaña a cada instante; en este momento aparece como cada uno, decide sobre qué pensar y qué decidir, más siempre están presentes las fuerzas del inconsciente que nos motivan en una dirección u otra, para ser, estar, hacer, tener y sentir, sólo una a la vez o varias al mismo tiempo. Cada momento está determinado, como se expone en otra parte, por su ciclo cotidiano pues se supone, que por lo general la costumbre es dormir en el día, o trabajar de noche; a la vez se siente hambre o sueño a sus horas, se tiene y siente más energía por la mañana que por la tarde o noche, y así sucesivamente; sin embargo hay personas con diferentes ciclos.

En esta época muchas veces nos encontramos pensando en el fondo y trasfondo de lo que se puede vivir para aprovechar con más placer esta existencia. En muchas ocasiones nos encontra­mos solos y en silencio, es ahí cuando se muestran o aparecen más las preguntas, inquietudes, trascendencias, fuerzas del bien y del orden en búsqueda de paz, placer y de sentirse el ser vivo; todo esto también nos lleva a mirar cómo asoma la despedida, el fin de la consciencia y surge el adiós despacio; después no hay nada en la mente viva solo permanece lo que se deja. Cuando llega ese día o momento se volará el último trecho de la existencia para posarse en alguna rama que se meza al viento y se entregue a ese espacio en donde la luz se torna con colores mezclados y luego deviene el azul y el negro para quedar en la nada, en el silencio y también posiblemente en el olvido, pues quedaremos convertidos en partícula, y posiblemente en una nueva luz. Por ahora se trata de percibir por los sentidos y sentir la maravillosa vida que lenta o rápidamente marcha para el indefectible fin.

Todos queremos llegar a esa meta en paz con una música de adentro, con las armonías que busca el ser humano desde la palabra hablada o escrita o las imágenes o colores que tratamos de copiar de la naturaleza misma, igualada por el hombre.

Aquí deseo hacer el relato de más de siete décadas, cuando tenía 12 años en que pensaba cómo el hombre desafiaba las cualidades de la naturaleza tratando de imitar o copiarlas y, al mismo tiempo, se ilusionaba con detener el tiempo, sin poderlo lograr nunca; por más que deseara con­trolar aquella, la naturaleza, siempre se encontraba con lo imposible. Hoy pienso que eso es cierto porque todo cambia a cada instante, la misma luz y formas que percibimos en un instante son di­ferentes, y la tecnología de la fotografía dialógica o digital no han podido reproducir exactamente la realidad externa. Es factible que de igual manera ocurra con el ser humano el cual es irrepetible, y cada instante cambia, se piensa, se percibe, se siente y reacciona distinto. Obviamente podemos trazar patrones y/o perfiles los cuales nos caracterizan pero no igualan y nunca vuelven, pues la vida se componen de instantes que no regresan de forma igual; el tiempo inexorablemente marcha paso a paso dejando una estela de olvidos y de esperanzas de poder vivir cada día como un paso más en la vida o el futuro el cual se divisa a lo lejos; todo esto pertenece a la vivencia de nuestro ser en el mundo y en la temporo espacialidad individual, la cual compartimos. Es así como sin darnos cuenta también envejecemos paulatinamente y poco a poco hacemos consciencia de ello; sin embargo, podemos recuperar esperanzas de más posibilidades vitales gracias a las fuerzas que nos nutre de vida y que provienen del amor, el cual también nos da paz felicidad y realización de nuestro ser; aún más, ¿qué es el amor que nos da vida? La respuesta reside en que aquel com­prende la energía de la integración, de la unidad y de la armonía; y, con ello se consigue la vida; lo contrario nos conduce al desorden, caos y con ello la destrucción del hombre; de ahí el fin y nuestro destino.

En las diversas reflexiones aquí realizadas, de una u otra forma nos hallamos con límites, los cuales no podemos traspasar por ahora, pues pertenece al campo de los secretos de la naturaleza, y por lo tanto sólo nos queda imaginar todo lo que existe incógnito en esa maravilla que es el hom­bre en el cosmos; en este sentido Einstein se refirió así: “Sentir que detrás de cualquier cosa que se pueda experimentar existe algo que nuestra mente no puede abarcar y cuya belleza y sublimi­dad nos alcanza sólo indirectamente como un débil reflejo; esto es religiosidad. En este sentido si soy religioso. Para mí es suficiente con maravillarme con estos secretos e intentar humildemente hacer en mi mente una imagen de la elevada estructura de todo lo que existe”.

De todas formas nos quedan vacíos en el conocimiento y obviamente preguntas que nos aguar­dan, y en algunas ocasiones nos encontramos con el pensamiento mágico omnipotente proyectado en el Ser Dios, y, en él ubicamos la omnisapiencia; de tal manera, detenemos el cuestionamiento convirtiéndose esa franja en el saber hasta cuando alguien aparece, con el “azar determinista”, con otra pregunta, una respuesta y solución. Estos también pertenecen al destino.


470 Cuando pensamos en la idea de “necesidad” ya nos estamos refiriendo a fuerzas deterministas de la na­turaleza que nos mueven con pulsiones (cartas energéticas) en los diferentes sentidos fundamentales, orden y desorden (caos) o armonía o desarmonía. Este tema está ya desarrollado en otros textos de esta obra y en “Cerebro-Mente”. El pensamiento cuántico (2009), así como en “Psicoanálisis y la Teoría de la Compleji­dad” (2002).
471 Con respecto a estas ideas el Académico Adolfo De Francisco se pronuncia: “La divinidad, para mí, es un concepto más abstracto que ‘Dios’, que sería más concreto. Es mejor referirse a lo abstracto (divinidad). Del mismo modo, en relación a capítulos anteriores del libro, estudiar por ejemplo qué es la genialidad antes de intentar definir el genio que es su producto concreto”, (Op. cit., 2010)
472 “Eso sólo es válido para los cristianos y mahometanos, no para el budismo” (A. De Francisco, 2010).
473A este respecto me atrevo a pensar que lo que opera es un orden y equilibrio cosmológico o universal..

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