El Gran Árbol de la Vida

El Gran Árbol de la Vida

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

Cuando uno reflexiona sobre la naturaleza vegetal y se detiene en el arbusto de la parra o viña, se nos viene las representaciones de los viñedos, el fruto de la uva, los cultivos mi­lenarios, y cómo la naturaleza se organizó para diferenciarse surgiendo asì el reino vegetal, distinguiéndose y caracterizándose los frutales; ¿cómo?

La respuesta está en la disposición de las moléculas del agua (H2O) agrupadas y concentradas para entrelazarse en las moléculas del azúcar, ácidos nucleídos, proteínas, aminoácidos, ácidos grasos, vitaminas y crear mem­branas, células con todas las dinámicas y funciones iónicas a través de los micro canales, los cuales permiten el intercambio atómico con sus diferentes elementos, los que en su orden dan origen a la vida vegetal, la cual por múltiples factores del medio ambiente (posición, presión, calor, humedad, luz, viento) fueron conformando la variedad de las clases y entre ellas, en este caso específico la uva, para luego el animal y el hombre encontrarla y recolectarla con el fin de utilizarla para su manutención y posteriormente realizar las elaboraciones que dieron origen al vino.

Que hace a la vid producir su grosor, los colores, sabores y textura de la vida? La respuesta nuevamente se encuentra en la ordenación de los componentes (membrana, citoesqueleto, núcleo, citoplasma, cromatina, retículo, vesículas, otros órganos celulares con sus elementos moleculares y atómicos, cloroplastos) para diferenciarse y así constituir las clases; de igual manera acontece con el ser humano; y, todo corresponde al destino de cada cual en que se incluye el espacio, el tiempo, los que de alguna manera se conectan con el lejano y maravi­lloso universo.

Así surgieron las plantaciones de las viñas. Ahora, pensemos cómo la planta fue evolucio­nando para arriba con sus tallos, hojas y frutos, y abajo siguieron las fuerzas de la gravedad hundiéndose en la tierra buscando gradientes de vida y fundamentalmente el agua y minerales para luego sintetizar y conformar la macromolécula del azúcar; para esto tuvo que crecer para arriba y para abajo; ese fue su destino y así acontece en nuestro mundo psicofísico y espiri­tual, nutriéndose cada vez más para crear raíces, ramas, hojas y frutos que son la respuesta de la evolución de la naturaleza del universo.

Es así como ocurre con el ser humano; aquí hago la analogía con el desarrollo psíquico el cual es producto de la evolución, la genética, el evidente medio ambiente exterior y el no visto oculto o a veces incógnito e incierto, que en ocasiones lo consideramos escabroso en donde confluyen múltiples factores que se relacionan con el interior y el exterior.

Cada sujeto tiene múltiples raíces, así como ramas, conexiones, factores favorables y desfavorables que hacen fértil o infértil el desarrollo de cada quien; a la vez, cada uno de los seres humanos tiene su esencia que sostiene la existencia.

Cuántas vivencias han pasado desde nuestra gestación y cada una recorre su propio camino dejando sus marcas, recorriendo y abriendo espacios; al mismo tiempo deja marcas perennes de las cuales se encarga la memoria y con ella todas sus vicisitudes. En ocasiones de una raíz surge otro tallo el cual surgen otros más y así sigue eldesarrollo con el afán de prolongar la existencia. Así también sucede con nuestras representaciones mentales las cuales construyen nuestro mundo consciente e inconsciente.

Figura 50. Fotografìa “Ramas del àrbol” de Stephan Reidel, 1990.

Fotografia Raices de la Vid Valle del Colchagua

Figura 51. Fotografìa “Raìces de la Vid” Valle del Colchagua de Marie Christine Onteniente-Picò, 2011.

Cada uno puede viajar y descubrir caminos y volverlos o no propios, de todas formas es un camino, una posibilidad, una esperanza individual o colectiva en el mundo de participación con la naturaleza y la vida. He ahí el árbol de la vida física y psíquica. Todo esto ha sucedido en millones de años para constituir nuestro sistema neurocerebral y psíquico que se interco­necta para cumplir con el destino de la naturaleza.

Obsérvese que aquí en esta selección natural hay una elección a la vez que el estable­cimiento de diferencias, variedades, variabilidades, progresiones y reversiones y aún un carácter puede aparecer cinco, diez o quince generaciones o más en el futuro y con ellos ciertas identidades.

Nótese a la vez cómo existe una íntima interrelación con el medio am­biente, con la adaptación, con modificaciones y variaciones a través del tiempo presentándose la favorabilidad o desfavorabilidad en las diferentes especies en la cual se incluye las etnias; aquí hago la anotación, por ejemplo, de cómo las etnias del África han desarrollado sistemas inmunes para ciertos microorganismos y no lo son para otros. De la misma manera ocurrió en Asia y en Sur América.

La felicidad, la infelicidad, el libre albedrío y el destino

A todas estas ¿en dónde está la felicidad? y ¿a qué llamamos felicidad y dónde la ubica­mos? La respuesta simplemente la tiene el dicho popular “salud, dinero y amor”, los cuales no siempre están presentes al mismo tiempo, aún pensamos si amamos u odiamos, tenemos dinero o salud o no, ¿por nuestro libre albedrío, por el determinismo o por el destino? La res­puesta taxativa no la tengo, sin embargo, cualquiera que sea, está relacionada con el sentirse feliz o infeliz (placer-displacer).

Para muchos la felicidad es tener una familia estable, sana, amorosa, protectora. En muchas ocasiones la felicidad familiar se busca en la religazón (“re­ligare”) del sujeto a una comunidad, volverse a ligar para tener identidad, coherencia y segu­ridad en la colectividad; dentro de esto estaría haber tenido la fortuna o suerte de conseguirlo, pues allí se calman ansiedades, se hace una resonancia con la colectividad, una unificación de identidades, y se entra en una identificación colectiva espiritual; de ahí la felicidad de las congregaciones que se dedican a la oración o al beneficio del otro o entregándose al amor a Dios; llámese esta de cualquier nombre o de cualquier credo.

Se ha querido encontrar la felicidad en la belleza (armonía), la verdad (conocimiento) y en el amor; este puede interpretarse como llenamientos a los vacíos internos y por ende a justificaciones compensatorias del dolor psíquico, de la soledad (abandono), de la ignorancia y disarmonía en cualquier valor transcendente vital; téngase en cuenta que las anteriores mencionadas pertenecen a la frontera de la confusión, del caos; sin embargo, aquella supuesta felicidad transitoria (larga, corta o de instantes) es posible que pertenezca a sentimientos espi­rituales y psíquicos auténticos trascendentes de la existencia en el ser y su esencia.

La vida cotidiana, a la vez, está plena de actos o hechos psíquicos automáticos incons­cientes positivos o negativos o anodinos neutros o alternantes unos con otros y no todos son factibles de ser detectados y analizados para ubicarlos en la felicidad. La felicidad plena está más bien, en el disfrute de sentir la vida y darle sentido a la misma con el equilibrio dinámico y cierta paz interna aceptando el tiempo, el espacio del mundo interno y del externo.

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