Determinismo, Azar, Voluntad, Necesidad, Posibilidad y Decisión

A todas estas determinismo, azar, voluntad, necesidad, posibilidad y decisión se inter­conectan, no sin ser las interrelaciones complejas y sus conceptos son factibles de contem­plarse unitariamente o relacionarse en forma dicotómica, por ejemplo, determinismo y azar, determinismo y voluntad, o determinismo y posibilidad, o azar y decisión y así sucesivamen­te; de cualquier forma nos enfrentamos con esos principios categóricos y sin embargo con complejidades inherentes a cada categoría; la misma voluntad puede ser determinada con una posibilidad de decisión o no. De una u otra manera nos hallamos en el campo del fun­cionamiento cerebro-mente en donde básicamente está la sensopercepción y la consciencia y en ella las actividades químico-eléctricas de las neuronas, las leyes físico-químico-cuánticas y los principios psíquicos enumerados en otra parte de esta obra. De tal manera, existe una combinación de funciones que en el caso del azar determinista la voluntad y la decisión, hay tres posibilidades de contemplar: la material y la mental por separado o unidos estos dos últimos o el resultado de los dos como tercera posibilidad que nos lleva pensar en una unidad del ser que es materia-mente; puesto que no existe mente sin la materia cerebral que le sirve de soporte físico, químico, biológico y energético.

Desde el punto de vista de las ciencias físicas nos encontramos actualmente con las le­yes de la física clásica newtoniana determinista, de la mecánica cuántica moderna, del pen­samiento complejo y la naturaleza de la aleatoriedad, las tres últimas situadas dentro del concepto del azar. Entre estas dos opciones, en el ser humano determinismo y azar, se en­cuentran la experiencia subjetiva de la voluntad y la posibilidad o no de la decisión. El lector podrá deducir fácilmente que la decisión parte de una sensación de libertad, o es sí o es no”, y si “no es, puede ser fruto del propio azar”, puesto que “la decisión nace del interior de uno mismo” o de la “presión exterior que lo determina” y por ende sin libertad, sino por sometimiento a la autoridad, a lo superior o fuerza mayor, a la ideología, a la creencia, al de­terminismo por el (o los) otro (s); sin embargo, esa sensación está conectada con la conscien­cia, con todo lo sensoperceptual, lo conocido, lo proyectado como un posible acontecer, pero con el problema de lo colectivo, de la realidad, y aún de la consciencia moral. Habrá lectores que puedan argumentar que detrás de cualquier decisión no hay ninguna actividad química y eléctrica en nuestras neuronas las cuales rigen por las leyes físicas. Esto no es así, puesto que unas y otras, “voluntad y decisión” están determinadas por fenómenos psicofísicos (que incluyen los cambios y mecanismos químico-eléctricos con las naturalezas cuánticas determinadas). Aquí se podría argumentar que la consciencia es algo psíquico y nada tiene que ver con lo físico químico; esto se aclarará más adelante, porque no se contraponen sino son funciones que se ponen en acción, y más aún tampoco se opone lo psíquico con lo físico cuántico, sino todo lo contrario, unas funciones explican las otras. Tengamos en cuenta que todavía existen científicos dualistas los cuales argumentan la oposición entre cuerpo y mente, materia y energía sin aceptar el puente entre uno y otro, para aceptar una tercera posibilidad y superar el materialismo o el espiritualismo y así el dualismo. Filósofos, psicólogos, biólogos, fisico-químicos cuánticos y aún los matemáticos, algunas veces, buscan esta tercera posibili­dad en la “unidad del ser” que equivale a la íntima relación entre sus partes físicas (materia, energía, mente y espíritu) y unidad materia-mente, o cerebro-mente, cada una con su energía y su espacio-temporalidad (104).

Si aceptamos que el ser toma decisiones, las cuales no son fruto del azar y que tampoco están determinadas con anterioridad, podemos llegar a una contradicción, porque existe toda una estructura psico-física y psico-dinámica para llegar a la decisión, en toda una serie de pro­cesos del desarrollo de la persona íntima dentro de sus posibilidades, de sus límites y aún de la formación de su carácter y consciencia para tomar la decisión; obviamente aquí debemos incluir la idea que la “voluntad y la decisión” las que están limitadas por el entorno, nuestra propia individualidad e historia vivida y a la heredada (genética), y además influenciadas por la fantasía y la imaginación que nos acompaña a través de la vida; esta última a la vez, en su esencia es continuamente cambiante y por lo tanto inestable y cíclica, con un principio y un término o fin; ese punto final aunque tiene sus variables y determinismos en los programas genéticos está sujeto a aleatoriedades que también pueden ser inferidos por distintos pará­metros, los que son factibles de presentarse en la complejidad determinista, (Parrondo Juan MR., 2002), (105)

A estas alturas nos acercamos a todos los conceptos científicos que explican el “determi­nismo y el azar”, y con ello nos encontramos con que el hombre puede predecir, asegurar, acertar dentro de ciertas probabilidades las que se refieren o conectamos con los cálculos estadísticos y con ellos están presentes las leyes de la probabilidad. Aceptemos cómo la cien­cia moderna es más humilde de lo que era en el Siglo XIX y aún en el XX, puesto que los postulados filosóficos y científicos han cambiado; no es lo mismo los conceptos de Laplace (Siglo XIX) (106) sobre la concepción del universo “como un efecto de su anterior estado y como la causa de uno que lo sucederá. Si fuera dable tener por un instante una inteligencia que pudiera abarcar todas las fuerzas que animan a la naturaleza y la situación respectiva de los seres que la componen (una inteligencia lo suficientemente enorme como para someter a análisis estos datos) correspondería en la misma fórmula el movimiento de los cuerpos más grandes del universo y del átomo más liviano; para ello nada sería incierto y el futuro, así como el pasado, se presentaría ante sus ojos”, (Laplace PS., 2005). Aquí vale la pena traer la anécdota cuando Napoleón consultó a Laplace sobre en qué lugar de su obra de la mecánica celeste había alguna referencia a la Divinidad y obtuvo como respuesta del sabio Laplace la de “no tengo necesidad de dicha hipótesis”, aquí la pregunta: ¿qué respondió o comentó Napoleón? No se conoce. Cuando Lagrange (otro notable matemático) se enteró de esta anécdota atinó a expresar: “esa es una hipótesis maravillosa”. Fue cuando Emile Borel en su tratado sobre “Las leyes de la probabilidad”, (Borel E., 1932) ejemplificó “con que si colocamos un jarro de agua sobre el fuego, el líquido llegaría a hervir y no se convertiría en hielo; sin embargo, el hecho de que el agua puesta al fuego se hiele no es imposible sino sólo altamente improbable”.

No cabe duda que para todo hombre sensato este grado de probabilidad, debe ser equi­parado con la incertidumbre, pero ésta, no tiene el valor absoluto que un filósofo determi­nista debe atribuir a su determinismo, por pequeña que sea la parte de libertad concebida al mundo, hay un abismo entre un mundo donde esta parte existe y un mundo en donde ella esté instituida” (107). Realmente el estudio de la probabilidad comenzó a mediados del siglo XVII cuando el religioso Blas Pascal y el magistrado Pierre de Ferman intercambiaron correspon­dencia acerca de sus trabajos sobre los riesgos que se tenían que tomar, en el juego. Rápida­mente la nueva ciencia fue desarrollada y aplicada especialmente, por ingleses y holandeses y así surgieron las compañías de seguros, ganadas en la probabilidad.

Eminentes matemáticos como Leibniz, Bernoulli, Gauss, Euler y Keynes por solo nom­brar algunos de distintas épocas, han aportado a estas “matemáticas para hombres prácticos” como la definió Clerk Maxwell.

La ciencia, se valió de las leyes de la probabilidad para “explicar” fenómenos y a partir de ahí determinar nuevas leyes. El caso paradigmático es el de la mecánica cuántica. “Las leyes de la física cuántica son de naturaleza estadística. Esto es: no se refieren a un solo sistema sino a una agregación o conjunto numeroso de sistemas idénticos; no se puedan com­probar por mediciones sobre un caso aislado, individual, sino únicamente por una serie de medidas repetidas”, (108). En toda esta conceptualización se incluyen la capacidad intelectual y/o mental.

“La probabilidad no se utiliza solo en las ciencias exactas. Se ha desarrollado a tal punto que hay quienes pretenden explicar todo fenómeno humano ayudados por la estadísticas.

Piensan como el Marqués de Condorcet, que tenía tal fe en la nueva teoría de la probabilidad que pensaba que podría aplicarse eficazmente a los juicios de los tribunales a fin de reducir a un mínimo el peligro de los fallos injustos. Para tal fin sugirió que con el aumento del nú­mero de jueces en cualquier tribunal, se asegurarían muchísimas opiniones independientes que constituirían una salvaguarda de la verdad, neutralizando las opiniones extremas. Como quienes tienen una fe ciega en las estadísticas actualmente; Condorcet olvidó otros factores, y terminó sus días en la guillotina, juzgado por un tribunal revolucionario, compuesto por muchos jueces, todos los cuales sostenían las mismas opiniones extremas”, (Pedró F., 2002). ¿A todo este final qué podríamos decir de la justicia? La respuesta es obvia.

Todos estos textos nos llevan a concebir que “nada surge de la nada”, que las mismas pul­siones tienen su origen, por ejemplo las organizaciones atómicas, subatómicas, moleculares, celulares, sistémicas e intersistémicas están determinadas no sin confrontarse con lo externo y tener que sufrir las vicisitudes que conlleva el existir y en este último la adaptación, la com­pulsión a la repetición, el principio del placer y displacer.


104 Ver obra del autor: “Cerebro-Mente”. El Pensamiento Cuántico. G. Sánchez Medina y J. Márquez Díaz, Ed. Cargraphics, 2009
105 “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”, A. Einstein, 1919
106 Laplace no supo que Kant ya se había ocupado en la “Historia natural universal y teoría del cielo” (1755) apareció la hipótesis: “según la cual el universo se había originado de una nebulosa” y el mismo La­place 40 años después publicó su obra “Exposición” en que hace mención a los mismos postulados; por eso él le denominó hipótesis Kant-Laplace (Reale G., Antiseri D., (1995). “Historia del pensamiento filosófico y científico”, Tomo II, pág. 727)
107 Op. cit., Emile Borel: “Le Hasard”, 1932 Traducido al español en 1948. Tomado de www.asterionxxi.comn.ar/numero2determinismoyazar.htm
108 Albert Einstein y Leopold Infeld, (1965). “La física, aventura del pensamiento”, Colección ciencia y vida, Editorial Losada, 7 edición. Buenos Aires, Argentina.

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