Coincidencia, Azar y Determinismo

Son miles y miles de coincidencias que han pasado y pasan en la cotidianidad de la vida y cada uno de nosotros ha experimentado de alguna forma trivial o no; algunas aparecen desafiar la lógica y resulta imposible atribuirlas a la mera suerte o a la casualidad, más bien las interpretamos como unas fuerzas del destino o del azar determinista. Como ya se ha expli­citado en otra parte, se han construido teorías de la coincidencia por científicos, filósofos y matemáticos o por psicólogos dedicados al estudio de la sensación, la percepción extrasenso­rial, planteándose ellos el interrogante de si esos fenómenos contienen mensajes escondidos u ocasionados por fuerzas desconocidas544. De una u otra manera, las respuestas entran en conflicto y chocan con las raíces de la ciencia; de ahí la pregunta: ¿existen fuerzas u ordena­ciones provenientes de poderes universales, desconocidos? La respuesta no es taxativa; más sin embargo, sí existen todavía fuerzas conocidas y desconocidas que manejan el cosmos. El mismo Hipócrates (460 a.C.), padre de la medicina, creía que el universo estaba unido por afinidades ocultas, así como movimientos comunes y cómo todas las cosas están equilibradas unas con otras. De acuerdo con estas teorías habrían elementos afines, solidarios, interrela­cionados unos con otros. El filósofo renacentista Pico Della Mirandolla en 1557, escribió: “en primer lugar hay un lugar en las cosas por la cual cada una forma un conjunto consigo misma; en segundo lugar, existe la unidad por la cual una criatura está unida a las otras y to­das las partes del universo constituyen un mundo”. A la vez el filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue un filósofo que se opuso al optimismo de Hegel juzgado como “académico mercenario” y “sicario de la verdad” –sostuvo que la vida es dolor, la historia un azar ciego, y el progreso una ilusión y se refirió a cómo existía una simultaneidad de acontecimientos causalmente desconectados, pero en forma paralela y “el mismo acontecimiento representa el eslabón de cadenas totalmente diferentes; de tal forma, el destino de un individuo se ajusta invariablemente al destino de otro, y cada uno es el protagonista de su propio drama, mientras que simultáneamente está figurando en un drama ajeno a él. Esto es algo que sobrepasa nuestros poderes de comprensión y sólo puede concebirse como posible en vir­tud de la maravillosa armonía preestablecida. Todos debemos participar en ella. Por tanto, todo está interrelacionado y mutuamente armonizado”, (Reale G., Antiseri D., 1995).

¿Existe el inconsciente colectivo?

Freud en la obra “Psicología del grupo análisis del Yo”, (1921), trae el examen descriptivo de Le Bon referente a la “mente grupal”, planteándose como los individuos pueden unir, jun­tarse para formar una unidad; para lo cual debe haber algo que lo reúna, ese vínculo puede ser precisamente lo que caracteriza al grupo. Le Bon considera que las adquisiciones particulares de los individuos se borran en él, por lo cual su carácter instintivo se desvanece. Así surge el inconsciente racial y lo heterogéneo queda aplastado por lo homogéneo. Se elimina la superestructura mental cuyo desarrollo en los individuos pone de manifiesto tales diferencias, junto con el fundamento inconsciente, el cual es el mismo en todos los hombres. En el grupo humano hay tendencias o condiciones que deben reprimirse en forma inconsciente. De una u otra manera, en el grupo los individuos exhiben características los cuales no poseen antes, existiendo factores que los explican: 1). El sentimiento de poder que les permite entregarse a un instinto; 2). El contagio y 3). La sugestión. Recordemos aquí el poder de los líderes; por ejemplo, en Rusia con Stalin, en Alemania con Hitler y en Italia con Mussolini, en Cuba Castro y al llegar al siglo XXI nos encontramos con los personajes como Carter y los que se identifican y le siguen en búsqueda de la democracia y la paz; por otra parte está Castro, Chaves, Ortega, Correa y Evo Morales y posiblemente otros que podrán seguirlos, los cuales se apartan de alguna manera de la democracia participativa. Los grupos arriba mencionados (rusos, alemanes, italianos) reaccionaron impulsivamente idealizando su líder y obedecién­dole sin ninguna crítica y razonamiento y otros los opositores fueron anulados o perseguidos; de tal manera, existen los crédulos y los escépticos o los abiertos a cualquier influencia de su líder quedándose sometidos en forma mágica y omnipotente de la palabra.

En la misma obra Freud habla de la vida mental colectiva, de la sugestión y la libido, de los dos grupos radicales, la iglesia y el ejército, los cuales están presentes, así como el linea­miento de trabajo, la identificación, el enamoramiento y la hipnosis, el instinto de rebaño, el grupo y la horda primitiva, los grados de diferenciación del Yo. En todas estas temáticas podemos encontrar el fenómeno de la información inconsciente colectiva y aún de almacena­mientos de recuerdos colectivamente a la vez que el fenómeno de la comunicación intragru­pal e intergrupal que no pertenecen a casualidad o coincidencias sino a determinantes de comunicaciones inconscientes y en todo ello el demonio de las colectividades.

El matemático británico Adriám Dobbs por los años 60 inventó la palabra “psitrón” para describir la fuerza desconocida que registraba, como el radar, otra dimensión temporal pro­babilística y determinística. El psitrón según el matemático absorbía probabilidades futuras y las transmitía al presente, desviándose de los sentidos humanos corrientes y transmitiendo de alguna forma la información directamente al cerebro. He aquí una materialización y energiza­ción de una función llamada comunicación interpersonal e intragrupal. Esta temática ya está desarrollada en el próximo libro: “Ciencia, magia y pensamiento”. Personalmente propongo para los campos, los fenómenos y función Psi y sus partículas operantes funcionantes, darle el nombre de “psidones” (por los dones psíquicos que tienen). Estas partículas cuánticas, de­rivadas de las frecuencias todavía no bien estudiadas e identificadas serían las que operarían en las funciones psíquicas y por lo tanto responsables del sistema consciente e inconsciente, de la recepción y transmisión de mensajes.

Nuevamente nos encontramos con los trabajados de Paul Kammerer (Director del Insti­tuto de Biología Experimental de Viena). El citado autor escribió un diario en que aparecían hechos triviales, nombres de personas inesperadas, números de recibos, frases de un libro que se repetían en la vida real, observaciones desde un banco del parque de las personas que pasaban anotando el sexo, la edad, el vestido, sus bastones y paraguas, hora, época del año, etc. Esta observación obsesiva y pormenorizada lo llevó a una clasificación en grupos de nú­meros, sin mirar a los que usan los estadísticos, o los jugadores o las compañías de seguros u organizadores de encuestas, y fue así como encontró fenómenos ya descritos anteriormente con secuencias y series, las cuales denominó de la “serialidadconstruyéndose así una ley y a la vez encontrando “coincidencias” que él consideró pertenecían a principios cósmicos que la humanidad todavía desconoce, así como no se entiende completamente el principio de la gravedad. Cincuenta años más tarde Wolfang Pauli (Nobel de Física) y Karl Gustav Jung (famoso psicoanalista) (ya mencionados); el primero postuló el “principio de exclusión” y el segundo la “ley de sincronicidad” como un “principio de conexión” “no causal” ampliando la teoría de Kammerer. Dentro de la sincronicidad estaría obviamente lo sincrónico, lo discró­nico, lo acrónico. Dentro de estos conceptos, según Pauli las coincidencias eran: “las huellas visibles de principios desconocidos” y para Jung “series de manifestaciones de principios universales que operan independientemente de las leyes físicas”. Pauli y Jung concluyeron que “la telepatía, la precognición y las mismas coincidencias son todas manifestaciones de una única fuerza misteriosa que opera en el universo y que está tratando de imponer su propia disciplina sobre la total confusión que rige la vida humana” (Jung CG., 1983) (ver capítulo sobre “Psicología de la vida cotidiana” y la obra “Ciencia, magia y pensamiento”; en preparación).

Personalmente pienso que todos estos fenómenos del inconsciente colectivo, de las coin­cidencias y casualidades, de la telepatía, de la intuición, pertenecen a un hecho natural puesto que el conocimiento está ahí y solamente hay que develarlo, comunicarlo; en ese ahí, es algo témporo-espacial del aparecer y percibir sin consciencia o que no pasa por ella, luego que pertenece al “sistema inconsciente”; de ahí que Freud le diera una connotación de instancia psíquica con el concepto tópico y dinámico.

Existen muchos ejemplos personales de casualidades o de sujetos provenientes del azar o de lo que llamo “azar deterministay que se enlaza con el destino. Lacan refiriéndose a esta temática escribió: “es en relación a los azares que un sujeto puede llegar a amar”, lo que Freud denominó “Neurosis del Destino”, más no está exento de fracasar por un azar o por mala fortuna, o lo contrario que la tenga buena. Aquí una pregunta: “¿Cómo puede ser que sucesos exteriores, del azar, funcionen con tal determinismo en el aparato psíquico? El psicoanálisis da una respuesta y esta tiene que ver con la manera de pensar y de actuar el trauma psíquico. El gran enigma es que el mejor modelo posible para un aparato psíquico tendrá que ser un aparato que evite la repetición del hecho traumático. Pero el descubrimien­to freudiano increíble es que el aparato queda ligado a una repetición del trauma” (S. Freud, Más allá del Principio del placer, 1920).

En esta conceptualización se entiende cómo primero deviene la percepción, el trauma inconsciente, los elementos significativos positivos, y sus señalizaciones, el deseo o los ne­gativos que operan como trauma y luego se repiten para volverse los negativos positivos en el deseo y así convertirse en significantes positivos. La repetición se pone en juego y lo importante sería la percepción negativa que se marca como un elemento dentro del orden de los significantes y a partir de allí el propio aparato psíquico lo repite; de ahí que el sujeto diga: “es algo que en mi me lleva a ser tal o cual cosa”, “es algo que siento de mi interior”, “ es de la voz de mi consciencia que me nace de mi naturaleza”; esto puede ser sentimientos positivos o negativos con explicaciones o sin ellas, con recuerdos o sin ellos, o simplemente percepciones, o presentimientos.

La función de la repetición es algo que el sujeto tiene en su naturaleza a través de la vida cotidiana; más aún, cuando el sujeto duerme, el inconsciente está trabajando en el sueño y lo conduce en ocasiones a repetir masoquísticamente los traumas para repararlos; en esa re­petición es como aparece la “función de la repetición”, pero no todo se explica de tal forma. Freud la llevó al concepto de “pulsión de muerte” en “Mas allá del Instinto del Placer” (S. Freud 1921); sin embargo, la repetición no es lo mismo que el retorno de un recuerdo signifi­cativo. La “compulsión de la repetición” de Freud indefectiblemente implica que esté al lado de lo actuado. Téngase aquí en cuenta que bien podemos repetir para recordar y tratar de resolver y deshacer el problema o el conflicto, como también se repite para repetirlo maso­quísticamente y quedarse sufriendo con él o se repite para reparar.

Lacan introduce a Aristóteles para desmenuzar el término de “azar” y toma el vocablo de” tyché y automatón”; ambos conceptos para Aristóteles tienen un lugar en la teoría de las causas y por lo tanto son determinísticos y se encuentra dentro de lo probabilístico que ocurre siempre e innecesariamente en la mayoría de los casos, más cuando se llama accidental se ubica en el automatón y la tyché, (545).

Aquí vale la pena traer cierta idea del ensayo de Lacan (1984) sobre la “Carta Robada” cuento escrito por Edgard Allan Poe (“The purloined letter”). El cuento en sí trata de como en una carta aparece un texto impreso en la cual se habla de la relación de la reina con su rey y posiblemente la de un amante (obviamente prohibido) lo que significa una carta de amor. La escena de robo de la carta de un presunto amante y de la aparición del rey que surge en el cuento no advierte la existencia de la misma. Aquí nos preguntamos ¿qué decía la carta? ¿era verdad o mentira? ¿por qué se esconde para no ser encontrada cuando se ubica simplemente en un sitio evidente encima del escritorio que cualquiera la puede hallar?; los presupuestos y los prejuicios están presentes; si es robada es algo malo y algo malo se consigna en ella y algún provecho o beneficio se saca de esto (con la posesión de la carta); podría ser el escalar posiciones políticas, y el mismo prefecto que la busca no la encuentra en ningún sitio; sin embargo, la carta se halla y la policía no la encuentra. Aquí la policía es el “superyó” que no encuentra lo reprimido, el contenido latente y lo prohibido, “la verdad oculta”.

Haciendo una relación con las ideas de Schlegel y los filósofos de Jena. Dupin amigo del prefecto señala que “el razonamiento matemático no es otra cosa que la lógica aplicada a la observación de la forma y la cantidad. El error consiste en suponer que las verdades de lo que llamamos algebra pura son verdades abstractas o generales” (Poe, 1989). Aquí vemos cómo la ciencia, la literatura y la intuición se entrelazan, y así mismo nos preguntamos si la carta fue dejada a propósito en un sitio evidente o al azar y estaba determinado no encontrar­la. El mismo prefecto de la policía deplora la necesidad de usar anteojos; sin embargo, en el momento de la recuperación “le permitieron que siguiera como un lunático o un ebrio: el supuesto lunático era, naturalmente, un empleado mío” (Poe, A., 1987).

De todas formas encontramos que el hombre crea sus enigmas, los hace por que oculta la verdad real; la carta robada está en un lugar real, sencillo, obvio, a la vista, pero el hombre no la ve porque no quiere verla y así ocurre con tantas verdades y realidades, prejuicios en los dimes y diretes y a la vez el azar determinista. (Poe, A., 2002)

Dentro de toda esta contextualización, del azar, de la causalidad, de la coincidencia, ¿cómo puede ubicarse como causa de buena o mala suerte?; ¿acaso tiene que ver con el cam­po intencional e inconsciente donde aparece la sorpresa de lo bueno o lo malo?, ¿pertenece todo esto al deseo inconsciente individual y colectivo?. ¿Tiene que ver con algo articulado con el deseo, del instinto o de la necesidad?; ¿pertenece como ya se explicitó anteriormente a la compulsión a la repetición proveniente de la propia naturaleza?; o ¿son varios de estos ele­mentos que participan o todos a la vez?; ¿qué significa que aparezca en determinado momen­to de la existencia del ser humano algo bueno o algo malo? Esta última pregunta obviamente tiene su respuesta que es posible conectarla con los otros cuestionamiento, y es que siempre el hombre trata de significar y dar significado a lo positivo y negativo y aún a lo neutro que no le toca, y trata de buscar el principio de causalidad o el origen de lo que pasa a través de un análisis; el hombre necesita explicar, significar, conocer, interpretar, responderse para con­trolar sus ansiedades, su ignorancia, su incertidumbre teniendo un significado a través de su capacidad de razonamiento analítico; cuando no es capaz de analizar, de conocer, tampoco es capaz de darle sentido a lo que ocurre.

De una u otra manera, el hombre está predestinado por la naturaleza para realizar la signi­ficación, satisfacer sus necesidades, prepararse probabilísticamente aún con cálculos incons­cientes cerebrales de su propio destino. El análisis es también una búsqueda y se busca en el campo significante todas las combinaciones posibles para encontrar razones al deseo y a lo que aparece en la pantalla de la consciencia que viene del inconsciente. He aquí la relación del azar, el destino y el inconsciente psicoanalítico.

Estos últimos textos nos llevan a la pregunta de lo “acausal” y a sus conexiones con los postulados ya citados de Jung, Rhine y Kammerer de la sincronicidad. ¿Qué se entiende por sincronicidad? Jung nos lleva a pensar que aquella es “la manifestación de una coincidencia significativa, de una conexión acasual”. Aquí nos preguntamos ¿existen coincidencias sig­nificativas y no significativas? ¿Es o son varios hechos psicofísicos que ocurren al mismo tiempo por la presencia de un paralelismo y/o de una conexión entre uno y otro y por lo tanto puede aparecer la coincidencia significante? La respuesta puede ser afirmativa; sin embar­go, entramos a un mundo de especulaciones más cuando no hay realmente una prueba o un estudio probabilístico matemático cuantificado de la coincidencia de un hecho con otro; sin embargo, sí existen la observación de la sincronicidad. El concepto de coincidencia nos lleva a unos márgenes de errores porque muy fácilmente caemos en que muchos hechos pueden coincidir y que coinciden temporalmente. Sin embargo, la sincronicidad planteada por Jung desde el punto de vista psíquico interno del individuo, asociado con un proceso externo a su psique, nos lleva a pensar en la simultaneidad de los hechos y a cierta sincronicidad psíquica y física en la relación vincular de dos personas; por ejemplo de parejas o de padres e hijos o de vínculos muy estrechos que se establecen después de un encuentro, supuesto al azar, que determina toda una historia.

Téngase en cuenta que todos los acontecimientos tienen su ritmo cronológico y con los seres con que nos vinculamos afectivamente con los cuales nos sincronizamos en el acon­tecer del otro (por ejemplo como ya se enunció parejas, padres, hijos, amigos, pacientes en psicoanálisis), o, dicho de otra forma, el aparato mental se sincroniza con el conocimiento en general o en particular cuando se conecta en un punto y penetra en él; es como si se su­mergiera en otro espacio atemporal y/o en la atemporo-espacialidad en que la que se encuen­tran las consciencias y el inconsciente. Aquí nos enfrentamos a una visión interna del sujeto atemporo-espacial; dicho de otra manera, es otra dimensión o dimensión “psi” (Ψ) en la que se reciben (todas las informaciones). Aquí se incluye la telepatía, la precognición o adivina­ción, el presentimiento, la genialidad, la intuición, el descubrimiento y la creatividad. (Ver “Ciencia, magia y pensamiento”, en preparación). Jung clasifica a la sincronicidad en tres tiposel primero pertenece al proceso de simul­taneidad ocurrido en una témporo-espacialidad cercana, el segundo tipo la simultaneidad a distancia (témporo-espacial) y el tercero se refiere a la sincronicidad.


544 Véase capítulo VIII: Física, determinismo y azar
545 Lacan, J., 1964, “El seminario, Libro 11 “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” (Título original: Le Seminarie de Jacques Lacan. Livre XI Les Quatre principes fondamentaux de la psychanalyse, 1964) Traducción de Juan Luis Delmont-Mauri y Julieta Sucre. La revisión de la traducción es de Diana Ra­vinovich con el acuerdo de Jacques-Alain Millar. Editions du Seúl París, 1973. Ed. Paidós, 8va. Reimpresión en argentina, 1997, pág. 48.

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