Roberto Koch

El sabio alemán Roberto Koch (1843-1910), laureado con el premio Nóbel de Fisiología y Medicina. Koch fue un muchacho diferente a sus hermanos, pues en vez de divertirse con los juegos tradicionales prefería observar cuidadosamente la naturaleza; deseaba ser aventurero, explorar las selvas africanas, los glaciares del Ártico, visitar lejanos países; y cosa paradójica mientras sus hermanos viajaron a probar fortuna en América, su madre lo retuvo a su lado, y en los primeros cuarenta de los sesenta y siete años de su fructífera vida, Roberto deambuló en un área relativamente reducida de su país de origen.

Si quiso ser médico fue para poder embarcarse como galeno de navío y cumplir con sus anhelos de visitar tierras extrañas; pero la suerte le deparó casarse con Emmy, la novia de la infancia, e irse de médico rural a Wollstein. La clientela crecía, y Emmy estaba feliz más no Koch, enamorado de su microscopio. Se inquietó por la muerte de las reses y ovejas de la región, por un misterioso mal que las destruía en 3 días.

Con un microscopio más potente, regalo de su esposa, observó unas pequeñas varitas en la sangre de los animales enfermos; por medio de nuevos caldos de cultivo, procesos de incubación y de esterilización, inoculación de animales pequeños en un rudimentario laboratorio y prácticamente sin recursos pero con técnicas inventadas por él, pudo observar cómo el bacilo del ántrax cumplía con sus propios postulados que años después se volverían clásicos en la ciencia que estaba ayudando a desarrollar: la bacteriología. Fueron estos cuatro postulados los obligatorios para el estudio de las bacterias infecciosas: detectar el mismo microbio en todos y cada uno de los casos en que aparezca la enfermedad, aislar el microbio y cultivarlo fuera del cuerpo, inyectarlo en un animal y producir otra vez la enfermedad, extraer el microbio del animal contaminado para repetir todo el procedimiento.

Se hizo entonces a una reputación, y años después se trasladaba a Berlín a trabajar por cuenta de la Oficina Imperial de Salubridad. Con orgullo patrio se puso a aplicar sus postulados en la terrible enfermedad llamada tuberculosis, y los fracasos iniciales se tornaron en victoria cuando observó las varitas de la “mico bacteria” (que llevaría su nombre), pero sólo al colorearlas con azul de metileno vio también cómo la incubación era mucho más lenta que la del ántrax, pero igualmente fatal. No había duda, las enfermedades infecciosas eran producidas por microorganismos, y la bacteriología, o mejor la microbiología, era una moderna y promisoria ciencia. Vino luego el descubrimiento del vibriocoma del cólera que en forma epidémica causara tantas muertes en Egipto y Asia; el premio Nóbel era consecuencia lógica de tanto esfuerzo investigativo original.

Vacunación contra tuberculosis en un dispensario (Organización Mundial de la Salud)

Fracasó Koch en dos cosas: en la aplicación de la tuberculina como tratamiento de la tuberculosis, cuando en realidad sólo sirve para detectar algunos casos del mal: y en su matrimonio, pues se divorció de Emmy para casarse luego con una joven estudiante de arte, con quien ahí sí, satisfizo todas sus ambiciones de viajar y de descubrir más gérmenes. Injusta recompensar para quien lo acompañó en las frustraciones iniciales, en las largas trasnochadas al frente del microscopio, en las épocas de vacas flacas; el demonio del mediodía lo hizo cambiar de pareja mas no de vocación, y al finalizar su vida había dejado una fantástica herencia de saber, un tremendo “armamentarium” para la prolongación de la vida humana y la gloria inmortal para su nombre y la de su nativa Alemania

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