“…Y le pego duro”

Algunas madres parece que son muy “afectuosas” pero… tienen las manos demasiado largas. Según creo, aquí se les pega a los niños quizás tanto como en España y en la Rusia zarista. La ciencia califica este error, de brutal, indigno y pernicioso. Ella ordena: no le pegarás a tu hijo nunca jamás y por ningún motivo.

El castigo físico constituye un abuso y su «lógica» es siempre absurda, porque en realidad usted castiga su propia obra, usted castiga el efecto del que es usted la causa. Y esto es por completo cierto y científicamente demostrable.

Alguien responderá: Este niño es muy desobediente, es insufrible, es un malcriado. ¿Y por qué es así? ¿Será por herencia? Se sabe ciertamente que no existe la herencia psíquica o del carácter; pero si existiera, de usted y de su padre lo heredó. ¿Es usted quién cría al niño? Entonces, ¿quién lo malcría? Si no lo cría usted será algún adulto; por lo tanto, usted está castigando en el niño lo que en el niño puso o provocó un adulto. Siempre que le pega a su hijo le hace, en realidad, pagar culpas ajenas. Y ésta no es la opinión personal del que suscribe: el sentido común y la ciencia, repito, lo afirman y pueden demostrarlo.

Bien sé que la verdad duele, y también sé que por saberla no se enmienda la gente. Le pegan al niño porque es el medio cómodo de reducirlo a la obediencia, y se sigue la ley del menor esfuerzo. Pero esa comodidad es, sencillamente, criminal, y lo digo y repito porque este librito no tiene por objeto complacer y disculpar a las madres, sino defender la crianza correcta de los hijos. La buena madre equivocada acepta la verdad, y quiere saberla sin importarle si la lástima o mortifica.

Crianza niños: le pegoNo le pegue más a su hijo a ninguna edad ni por causa alguna, y aunque lo crea muy justificado. Recuerde que si lo hace comete delito contra la naturaleza del niño y su salud mental futura. Esto dice la ciencia y a usted le debe interesar más lo que ella dice que lo que usted opina.

“Es el único medio de hacerle obedecer”, contestará usted. Yo le respondo: el único que usted conoce, y el peor que existe. Criar y educar a su hijo bajo la ley del miedo y del castigo… ¡es una barbaridad! Quizás usted ignora que el miedo puede y suele tornarse en odio.

Los psicólogos saben que muchos hijos han odiado a sus padres, y que no pocos siguen odiándolos. No lo dicen, por supuesto, no lo manifiestan pero lo sienten. Y esto es grave. Porque quien aprendió a odiar a sus progenitores (por la vía del miedo u otra semejante) queda preparado para odiar al prójimo. Venga acá: ¿qué origen le supone usted a la malevolencia que poseen tantas personas? Nada viene de la nada. La maldad no es hija del diablo sino en gran medida de los malos padres.

Por favor, deje de pegarle a su hijo. Y reflexione con calma sobre lo que usted le manda y le prohíbe. ¿Son siempre sus frecuentes órdenes tan naturales y lógicas como usted en un momento dado supone? Y digo en un momento dado (quizás en un momento de emoción u ofuscación) porque después, cuando se calma, usted reconoce que ha sido sencillamente torpe o abusadora. Usted le sigue pegando a su hijo porque poco a poco ha ido perdiendo con él lo que conserva para el peor enemigo: el remordimiento por haber cometido una gran injusticia.

Muchas veces le pegan al niño para que obedezca órdenes contrarias a su naturaleza y opuestas a lo más esencial y respetable de la condición humana. Por ejemplo, cuando se le pega para que no manipule —adiestre sus manitas—o para que no curiosee, o no juegue, o no se reúna con otros… Se estorba la humanización del niño; se bloquea el proceso de su socialización como persona y se combate lo individual que va apareciendo en la lenta génesis psíquica llamada individualización o diferenciación. El niño quiere ser social y apetece ser algo diferente a los demás. Y esto merece respeto.

Todos estos efectos dañinos, aunque no provienen sólo del castigo físico, lo hacen nefasto y abominable. Si los niños pudieran expresar lo que sienten, gritarían: “Nuestros padres nos pegan (y regañan, y ordenan, y coaccionan…) para que no aprendamos a ser hombres o mujeres… Parece que nos echaron al mundo sin saber lo que hacían.

Prefieren que fracasemos en este difícil aprendizaje a tener que tomarse una pequeña molestia y ser un poco pacientes, comprensivos y amables. A veces no pueden soportar ni el menor ruido… Los queremos —diría la imaginaria asamblea del sindicato de los niños— pero sentimos en lo profundo de nuestro ser brotar la indignación y a veces el odio, que por fortuna se olvidan pronto, aunque dejan huellas que no desaparecen por completo”.

Así y más claramente hablarían los niños. Y no lo dirían todo…

Es siempre abusivo y vil pegarle a un niño. Pero si en el momento de pegarle, el adulto está colérico, al error se añade otro agravante. El familiar furioso mientras castiga, grita la prohibición o la orden; pero el niño se da cuenta desde muy pequeño que no le pegan para que obedezca, sino porque el que pega necesita descargar o aliviar una tensión que le produjo otra persona, y que el progenitor cobardemente no se atrevió a descargar donde era procedente. Este es el caso en la mayoría de los castigos corporales. Los hijos son así convertidos en los vertederos de las cóleras y contrariedades de sus honorables progenitores.

¿Qué consecuencias puede tener el castigo así suministrado? Muchas, y todas malas. Al injusto castigo por ejercer el niño un derecho que debía ser sagrado, se suma el abuso, la ira irracional y ciega: “le pegué tanto, que por poco lo mato”.

Y a la injusta obcecación de los padres se añade casi siempre el capricho. Porque lo que motivó la “tunda” hoy, fue permitido ayer o fue quizás premiado, y hace una semana ocurrió al revés. Se castiga o no según esté el humor o “hayan salido las cosas” que la madre o el padre proyectaban.

Hay mucho más que decir de este grandísimo error; pero no es ésta la oportunidad. Yo no vacilaría en suspender el ejercicio de la patria potestad al progenitor o familiar que castigara al menor con ira. Pero hay padres que no pegan sino regañan. ¡Regañan! Con mucha frecuencia insultan al niño, lo avergüenzan, lo repudian, lo maldicen, y hasta le desean la muerte en medio de chillidos y palabrotas más propias de un energúmeno que de un ser humano.

Córtese las manos antes de pegarle a su hijo pequeño. (Si no se atreve, acuda a un buen psicoterapeuta para que le modifique su actitud al respecto).

Para cambiar el régimen de castigos físicos por el régimen de obediencia sensata y natural hay, casi siempre, que buscar el auxilio del especialista. Y querer intensamente que se produzca bien ese cambio.

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