Violencia y Salud (sobre la Violencia Humana)

Capítulo 3

ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

(Barrancabermeja, Julio, 1993. -“Tribuna Médica”, 89: 242. No. 5, 1994).

En Colombia, el siglo XX se puede dividir en dos partes:

La primera se inicia a fines de la guerra de los mil días y termina hacia 1946; la segunda, se extiende desde entonces hasta nuestros días. La primera mitad del siglo fue una época de relativa calma.

En las tres décadas de gobierno conservador que siguieron a la última guerra civil de tres años, la sociedad civil sufrió pocas modificaciones y el progreso económico se hizo al mismo paso del crecimiento vegetativo, sin grandes sobresaltos. Con los gobiernos liberales de Enrique Olaya Herrera y Alfonso López, el país despertó a la realidad internacional.

En el primero, en razón al conflicto con el Perú, y en el segundo, como consecuencia de las reformas sociales y económicas iniciadas en la administración de López Pumarejo.

Con excepción del problema de las bananeras en 1928, el país parecía haberse enrutado por senderos de progreso sin advertir señales de los fenómenos sociales y políticos que en la última mitad del siglo XX trajeron consigo la violencia.

A partir de 1947 se inició la violencia política en vastas regiones del territorio nacional con brutalidad y sevicia de ambos lados nunca vista desde las guerras civiles del pasado. Las matanzas, que dejaron dos o trescientos mil muertos, reflejan una etapa de lucha partidista encarnizada.

Más adelante, aparecieron nuevas modalidades de violencia, ya no de tipo político o religioso como las de algunas contiendas del siglo anterior, sino relacionadas con problemas sociales de tenencia de tierra y con la formación de grandes capitales derivados del florecimiento de empresas multinacionales, que al sentir de algunos, explotaban en su beneficio los recursos naturales sin que ésto se reflejara en la mejoría del nivel socio-económico del pueblo.

Las formas de violencia que vinieron más tarde estuvieron relacionadas con la aparición extensos cultivos de marihuana, coca y amapola, con el procesamiento de narcóticos y la formación de inmensos capitales ilegales.

A ello se agregó el incremento considerable de la delincuencia común, la aparición de sicarios, grupos paramilitares, guerrilla urbana y conflictos internos entre narcotraficantes, además de graves fenómenos sociales como el desempleo y el pobre acceso a la educación y a la salud.

Por otra parte la corrupción a todos los niveles de la vida pública, ha permitido el enriquecimiento fácil e ilícito y la ampliación de la brecha entre los que mucho tienen y los que carecen de lo elemental para subsistir.

Todo lo anterior fue creando una atmósfera propicia para la proliferación de infinitos males, en presencia de un Estado básicamente débil y ante la indiferencia ciudadana.

Los fenómenos señalados han hecho surgir en nuestro idioma palabras y expresiones que antes nos eran desconocidas.

Vocablos como metralleta, carro-bomba, miniuzis, armas automáticas y semiautomáticas, sicarios, narcoguerrilleros etc., engalanan los artículos que aparecen en los medios de comunicación hablados o escritos y son hoy de utilización habitual en todas las conversaciones.

Y la jerga tan particular de los adictos a la droga, empobrece aún más un idioma que nos ufanábamos en hablar bien.

Uno se pregunta por qué ha ocurrido esto en un país señalado como excelente en su desarrollo económico y con índices de crecimiento muy por encima de otros de Latinoamérica o del Africa.

Qué puede haber cambiado en forma tan dramática al hombre y a la sociedad colombiana en el transcurso de tan pocas décadas? Y en el tema que nos ocupa, cómo ha influido una violencia de tan diversas modalidades en la salud del colombiano, hecho que preocupa a todos los que estamos vinculados a la empresa de cuidar y mejorar la salud física y mental de nuestros ciudadanos.

El análisis de los determinantes de la violencia revela la existencia de una extensa multiplicidad de causas:

Cuyo estudio requiere de variados enfoques que se extienden desde el campo de la etología hasta el terreno de la psicología individual y colectiva.

Violencia humana que se puede analizar en el terreno de la criminología, la antropología y la sociología; en el campo de los factores económicos subyacentes; en el de la violación de los derechos humanos, y sobre todo en el transcurrir de la historia.

El estudio multisectorial de la violencia permite, por otra parte, apreciar su impacto sobre la salud del hombre y de la colectividad.

Konrad Lorenz, premio Nobel de Medicina y uno de los etólogos que más ha estudiado el comportamiento de los animales, incluido el hombre, ha definido la agresividad como una “capacidad vital” orientada hacia la interrelación personal.

Una capacidad positiva para vivir y convivir. La agresividad queda en ese contexto precisada como una función vital y comunicante; su contrapunto sería el retroceso y el alejamiento, es decir, la incomunicación y la ausencia de contacto.

Pero el término latino aggredi, del cual deriva agresividad, tiene una segunda acepción más en consonancia con nuestro tema: “ir contra alguien”, “moverse contra alguien con intención de producirle daño”. La violencia es precisamente esa configuración perversa de la agresividad.

En la mayor parte de los animales, la relación cazador-víctima, elemento esencial de la depredación, es de índole fundamentalmente alimentaria y forma parte de la serie de actividades tendientes a mantener el equilibrio ecológico.

El hombre de antaño, al igual que los animales, era depredador solamente para defenderse y alimentarse.

El hombre de la actualidad, el “Homo brutalis” como le llaman algunos antropólogos, se ha constituido en el depredador máximo que aniquila gratuitamente la vida animal y perturba el medio biológico, buscando el logro de un beneficio económico circunstancial muchas veces mínimo, el hombre es el ser viviente, que a diferencia de la mayor parte de los animales, es depredador de su propia especie.

La lucha entre los animales de la misma especie es una prueba de fuerzas, una lucha ritualizada, un ceremonial en el que se pelea para medir las fuerzas con el rival de turno sin que se vierta sangre. Tan pronto como el animal más débil muestra señales de sometimiento o se retira, el combate queda concluido.

Sólo en el caso de mamíferos concentrados en un medio que no les ofrezca posibilidades de alimentarse o de moverse lo suficiente, se presentan combates entre unos y otros. Allí, es el ambiente el que ha cambiado y genera la situación de conflicto.

Ocurre un fenómeno análogo en situaciones experimentales cuando se concentran ratas mal alimentadas, en jaulas pequeñas en las que se pasan corrientes eléctricas. En esas condiciones, la agresividad natural y positiva de los animales se convierte en agresión violenta que termina con la muerte de los más débiles que son finalmente devorados.

Experimentos como estos, muestran cómo, en condiciones de hacinamiento y de falta de alimentos, alteradas aún más por los cambios de ambiente inducidos por el experimentador, se generan acciones hiper-agresivas que conducen a la violencia extrema.

Las bases biológicas de la agresividad son comunes al hombre y a los animales, pero suficientemente diferenciadas.

Las experiencias clásicas de Old y Milner en los años 50, mostraron que existen áreas del sistema límbico, como ciertas zonas del hipotálamo, el tálamo y el núcleo caudado, cuya estimulación produce placer y pone en marcha conductas de aproximación.

Por otra parte, se sabe que la estimulación de algunas zonas periventriculares da lugar a la ansiedad y al temor dando origen a conductas de evitación o huida. Tales hallazgos, avalan un substrato neuroanatómico que hace relación con la expresión o inhibición de respuestas emocionales relacionadas en forma directa o indirecta con la conducta agresiva.

Los estudios de Ferreira en los años 70, sugieren la existencia de zonas encefálicas específicamente vinculadas con la agresividad: la estimulación, por ejemplo, de la amígdala del hipocampo lateral, o la ablación de los bulbos olfatorios, provocan rabia o agresión, en tanto que la estimulación del núcleo caudado, el septum o el hipotálamo posterior, inhiben la agresividad y favorecen las conductas de huida.

El cerebro del reptil, en cuya organización se encuentran la formación reticular, el mesencéfalo y los ganglios basales, se correlaciona con funciones estereotipadas y automáticas de celo, acoplamiento, delimitación territorial y búsqueda de alimentos.

Sin conciencia ni memoria, el cerebro del reptil es incapaz de adaptarse a nuevas situaciones. Más adelante, en el paleo-mamífero, aparece un tipo cortical primitivo, el paleocortex o corteza antigua, que da lugar al sistema límbico.

Esta estructura constituye un paso más avanzado de la evolución y las acciones generadas en ella permiten la liberación de comportamientos estereotipados. (Lea También: El hombre Frente a la Muerte)

Su función es modular las respuestas instintivas hipotalámicas; integrar la expresión emocional y el comportamiento viscerosomático y endocrino; suministrar a la información del mamífero primitivo el tono emocional adecuado; posibilitar el sentimiento de identidad personal y permitir los procesos mnésicos por almacenamiento de experiencias pasadas con su correspondiente referencia afectiva y facilitar, finalmente, los procesos de adaptación al medio sin que aún se posean las estructuras adicionales que permitan la comunicación verbal e interpersonal.

Con el desarrollo del neocortex o corteza nueva, característico de los mamíferos superiores, se alcanza el nivel más alto de evolución que culmina en el hombre.

Con el incremento de las áreas de asociación se obtiene, en el desarrollo conductual, una mejor adaptación al medio a tiempo en que aparece la comunicación verbal y nuevas pautas elaboradas de relación interpersonal con la consiguiente repercusión en la representación mental del mundo.

La evolución filogenética del cerebro muestra la diferente capacidad adaptativa de la especie animal y el distinto nivel de elaboración de sus pautas conductuales.

La agresividad, por su parte, experimenta también variaciones en su expresión de acuerdo a los diferentes niveles de integración. La agresividad humana es diferente cualitativamente de la del animal porque trasciende la estricta defensa de los intereses vitales de la especie y se sitúa en un área invadida por las pasiones y el resentimiento.

En ese sentido, Fromm hace la distinción entre la agresividad benigna, propia de los animales y biológicamente adaptativa, y la agresividad maligna, específica del ser humano, cuya finalidad no es la defensa de los intereses vitales ni la adaptación, sino el hecho de ser fundamentalmente destructiva.

Sin embargo, para fortuna de los seres humanos, existe a nivel de la nueva corteza un mecanismo de control de la agresividad, íntimamente relacionado con el razonamiento, que impide el desborde de todos los impulsos agresivos generados en el sistema límbico. Es un control más elaborado que toma en consideración el contexto personal y el social.

La bioquímica cerebral ha logrado detectar algunos de los neurotransmisores que tienen que ver con la agresividad y cuyas acciones se cumplen en las estructuras neuroanatómicas del sistema límbico.

Se sabe, por ejemplo, que la noradrenalina es el agente endocrino de las emociones agresivas, y que la adrenalina lo es del temor y la angustia.

En la esfera de la afectividad, se contrapone la actividad estimulante de la noradrenalina y la función inhibidora de la serotonina. Los comportamientos agresivos son exaltados por la hiperfunción noradrenérgica, al igual que por la hipofunción serotoninérgica.

El refuerzo del control inhibitorio ejercido por el sistema de la serotonina cerebral se incrementa en los animales de laboratorio, y aún en los seres humanos, mediante la administración de precursores de la serotonina como el Triptofano, presente en alimentos ricos en él como el pescado.

Algunos han considerado que las dietas, abundantes en cereales y pobres en triptofano, son factores que activan los comportamientos violentos y criminales.

A nivel individual y desde el punto de vista psicológico, los seres humanos pasan por una serie de etapas formativas del Yo, el inconsciente y la instancia de regulación normativa que Freud llamó el superyó.

La importancia de la noción psicoanalítica del complejo de Edipo, como lo señala Alfredo de Los Ríos, “no reside solamente en lo que éste implica para la identificación sexual y para el ordenamiento de las tendencias incestuosas con el padre del sexo contrario o de las rivalidades con el otro miembro de la pareja parental, sino también en que a partir de esta constelación de factores que troquelan la estructura psíquica de cada uno, se produce la permeabilidad del sujeto a las normas de la cultura y a las leyes del intercambio y del lenguaje.

En otras palabras, es a partir de la formación del ideal del Yo y del superyó, por medio del complejo de Edipo, como todo sujeto se inscribe en el Otro de la cultura y de la Ley.

En conjunto con sus vínculos familiares y grupales que transmiten una posición ética, que tiene concordancia mayor o menor con la ética colectiva del proceso histórico que liga a un sujeto a determinadas instituciones culturales, educativas, religiosas, es como se desarrolla el proceso de “socialización” temprana y la capacidad posterior de interacción interpersonal y social”.

Carencias y condiciones adversas al desarrollo de este proceso, pueden encontrarse en el comportamiento agresivo y violento y actuar en situaciones en las que existen condiciones estimulantes para la agresión y la violencia.

Como lo señala Wertham en su libro “La Señal de Caín”, el hecho de que se pueda determinar en el cerebro una localización vinculada con la disposición a la violencia no significa que exista en el hombre un instinto innato, inalterable hacia la violencia, como lo señaló la escuela criminalista de Cesar Lombroso al referirse al criminal nato.

No existen pruebas neurofisiológicas o de psicopatología clínica que indiquen la existencia de una cantidad de agresividad innata, instintiva y destructiva que se tenga que descargar en una u otra forma.

Los mecanismos que operan en las ratas, por ejemplo, son modificados por centros corticales superiores que están, según Pavlov, socialmente determinados.

El instinto de muerte que postulara Freud, y que ha sido tan controvertido, no puede entenderse como una pulsión de muerte proyectada exteriormente contra otros sujetos; está de por medio la fantasía del ser humano y su tendencia a elaborar mitos, y quizás podría considerarse como uno de los componentes de la agresividad.

En el estudio de la violencia individual es necesario distinguir entre la condición mental patológica del individuo y los fenómenos sociales cuya causa principal no radica en el estado morboso individual.

Desde el punto de vista psicopatológico no existe un tipo único de persona susceptible de cometer actos de violencia.

Los violentos no pueden considerarse siempre como anormales ni sus rasgos constituyen un denominador común; en ocasiones, sin embargo, algunos rasgos se combinan produciendo determinados resultados negativos.

Un rasgo puede volverse predominante en presencia de otros similares; por ejemplo, el individuo inclinado a la violencia puede estar predispuesto para el odio, y el odio abrumador es siempre aliado del temor.

Pero cuando muere el objeto de odio-temor, cesan los sentimientos dolorosos; es la parte mágica del asesinato, con el problema de que el círculo vicioso de asesinato y alivio pueda volver a repetirse.

Existe la inclinación a pensar en el acto violento como un medio para rehabilitarse ante sí mismo y ante los demás.

Hay individuos que usan de sus manos y de sus puños como argumentos rápidos y adecuados para solucionar los conflictos, y es evidente que la prontitud para la pelea a menudo proviene de la influencia violenta recibida en el hogar, en la calle o en los medios de comunicación.

Las razones fundamentales por las cuales los hombres cometen crímenes u otros delitos están relacionadas con emociones negativas como los rencores, los celos, el temor y el recuerdo persistente de haber sido atemorizados; la distorsión y frustración en el desarrollo sexual, la sed de venganza, las furias y resentimientos mezquinos, las humillaciones nunca perdonadas, la rivalidad y la envidia.

Estas emociones negativas se reactivan y estimulan en diversas circunstancias relacionadas con los valores y costumbres predominantes de la época. Un acto violento, como es el hecho de matar, no es de ninguna manera superficial; implica un tremendo impulso, un derrumbe de resistencias e inhibiciones, y la elaboración de una serie de racionalizaciones.

Existen, sin embargo, fuerzas que se oponen a las emociones negativas, a los deseos de muerte, a los agentes catalizadores casi siempre presentes en situaciones de violencia, como el alcohol, las drogas y las pautas de personalidad que desembocan en el impulso de matar. Se puede afirmar que el asesinato es el conflicto más grande que el hombre puede tener consigo mismo y con la sociedad.

El impulso a matar, el acto mismo del asesinato y la racionalización para justificarlo ante la propia conciencia, son situaciones que tienden a adoptar las pautas sociales predominantes; si el medio ambiente es duro y despiadado no es difícil apoyarse en ese hecho y encontrar una racionalización plausible que justifique la conducta violenta.

Para que exista el hecho violento del asesinato se necesitan dos personas y un ambiente social; la violencia es entonces un fenómeno cultural en la vasta mayoría de los casos.

No siempre hay que señalar al sujeto que la perpetra como un enfermo sin antes explorar el ámbito cultural que la genera y estimula.

Este concepto es de importancia porque, como lo señala De los Ríos, es frecuente que los medios de comunicación informen cuando se produce un genocidio de campesinos, que la atrocidad fue cometida por un grupo de psicópatas, con lo que se desplaza el problema desde un marco sociocultural o sociopolítico hacia un problema de patologías individuales o grupales.

La idea de que exista una morbilidad psicopatológica mucho más alta en los sujetos violentos o criminales que en la población general no autoriza a ubicar el origen del exceso de violencia y criminalidad de la sociedad actual en un trastorno psíquico de carácter patológico.

Es cierto que existe una correlación estadística positiva entre la criminalidad y la psicopatología, pero no es menos evidente la proliferación de la delincuencia y la criminalidad en grupos de sujetos que no muestran signos ostensibles de enfermedad psíquica.

La violencia trasciende la psicopatología. Las crueldades del régimen nacional socialista en Alemania, por ejemplo, no fueron siempre practicadas por psicópatas sino por individuos que en tiempos normales ejercían las actividades corrientes de médicos, músicos, tenderos o comerciantes, sin asomo alguno de enfermedad mental.

Para la antropología social es preciso distinguir los términos agresión y conflicto. El primero, se relaciona con una conducta o comportamiento; el segundo, hace relación a situaciones en que se dan determinados tipos de conducta uno de las cuales puede ser, aunque no necesariamente, la agresión.

Agresión y conflicto pueden coincidir como en el caso de la guerra, o no coincidir como en el suicidio o el asesinato que son formas de agresión sin ser conflicto; o en la huelga, que en principio no implica agresión física.

Los niveles de agresión, están relacionados con la clase de armamento utilizado.

La riña, por ejemplo, es un enfrentamiento verbal y sin armas por un asunto privado. La pelea sigue siendo un enfrentamiento individual, sin armas, pero supone la superación del enfrentamiento verbal con el recurso a puñetazos, patadas, etc. El duelo, al igual que la guerra, sugiere ya el control de la agresión; los individuos posponen el combate a un lugar y un tiempo determinados.

El siguiente nivel de conflicto está representado por la venganza de sangre, en la que el conflicto es ya colectivo; aunque el asunto siga siendo particular y pese a que la finalidad pueda ser la muerte del adversario, todavía, como en los niveles precedentes, está prevista una compensación.

La guerra en cambio no tiene prevista una contrapartida; se trata de un asunto público, cuyo objetivo no es solo dar la muerte al adversario sino además someterlo y destruir o apropiarse de parte de sus bienes.

Cuando se trata de establecer hipótesis sobre la naturaleza de la guerra, son múltiples las opiniones de los antropólogos. Tylor escribía así en 1870: “Después de procurarse el alimento, la gran necesidad del hombre es defenderse.

El salvaje tiene que ahuyentar a las bestias que le atacan y a la vez las caza y las destruye; pero sus enemigos más peligrosos son de su propia especie; de esta manera comienza ya la guerra en los más ínfimos niveles de la civilización, efectuándose con la misma maza, lanza o arco que se empleaban con las bestias salvajes”.

Franz Boas señalaba: “En la sociedad primitiva una horda se ve impulsada a combatir con otra porque se considera meritorio matar al extranjero”. El hombre es lobo para el hombre, como dijera Hobbes. Otros sostienen como visión opuesta, la bondad absoluta del salvaje primitivo, como lo había afirmado Rousseau.

En los últimos años han surgido escuelas que estudian la función de la guerra a la luz de observaciones realizadas en tribus primitivas actuales.

Para algunos, la guerra serviría para expresar el sentimiento de cólera provocado por la alteración de la armonía interna, para otros, sería un mecanismo que permite desviar la hostilidad, liberar la ansiedad y la tensión, como vía de escape al dolor, para algunos mas, serviría para reforzar los lazos de solidaridad de grupo y mantener su cohesión, en tanto que para otros, la verdadera función del conflicto armado es la de regular la población en relación a los recursos, es decir, equilibrar población y recursos.

Esta última hipótesis, denominada por Vayda ecológica, indica uno de los mecanismos que tienen las sociedades para regular su propio crecimiento demográfico. Los estructuralistas que siguen la línea de Levi-Strauss, como Clastres, sostienen que las sociedades se organizan a partir del principio de orden-obediencia.

Para este autor, el conflicto armado es el medio de que disponen las poblaciones primitivas para conservar su especificidad, su particularismo, o su atomismo, frente a la unicidad del Estado; ideas similares a las de aquellos para quienes la función de la guerra es mantener la solidaridad del grupo.

Se afirma que el Siglo XX supera en violencia al Siglo XIV, hasta entonces considerado el más violento de la humanidad.

Con el advenimiento de la sociedad industrial y tecnológica, hace doscientos años, se inició el progresivo incremento de las manifestaciones de violencia y del índice de criminalidad. En los últimos cincuenta años han perecido más de cien millones de personas a manos de otros hombres.

Piensan algunos autores que con la aparición del Homo brutalis, hace doscientos años, se interrumpió el proceso de sapientización u hominización iniciado cuatro millones de años atrás con los homínidos.

No sabemos aún si las características de brutalidad del “Homo brutalis” constituyen una manifestación esencial o son solamente rasgos circunstanciales; lo curioso es que la regresión del Homo sapiens al brutalis, al menos en la esfera de la violencia y el respeto mutuo, se haya producido precisamente a raíz del momento en que Goethe exaltara a la Humanidad por encima de todos los géneros y especies zoológicas.

Durante la Edad Media y bien entrado el Renacimiento, los conflictos armados tenían un horario particular.

Existían épocas en que estaba prohibido guerrear, como ocurría en Francia con los llamados cuarenta días del rey. En algunas regiones no era lícito hacerlo durante varios días de la semana o en los días de fiestas religiosas.

Por otra parte, los perseguidos buscaban asilo en las iglesias en donde habitualmente eran respetados; así nació el derecho de asilo tan utilizado después en los países latinoamericanos.

Pero luego, con el desarrollo de las armas de grueso calibre, fueron vulnerables inclusive los recintos de las iglesias; con el tiempo la escalada de los conflictos bélicos alcanzó a toda la población civil sin distingo de sexo ni edades.

Las cifras demuestran en forma elocuente esta aseveración: en la guerra franco-prusiana de 1870 murieron 215.000 personas; siete millones en la guerra de los 30 años; diez millones en la primera guerra mundial y más de cincuenta millones en la segunda, y en los últimos cuatro mil años de historia de la humanidad tan sólo trescientos años estuvieron libres de guerras. Desde 1500 a.C., hasta 1860 d.C., se firmaron ocho mil tratados de paz. Cuántos de ellos fueron justos y cuántos fueron respetados?

Entre los factores que estimulan y aumentan la violencia y sirven como catalizadores de la misma, ocupan lugar predominante el alcohol y las drogas.

El alcohol es el lubricante de la violencia y la conciencia es soluble en alcohol. El etilismo libera la agresividad al inhibir las estructuras cerebrales superiores una de cuyas funciones consiste precisamente en controlar las vías transmisoras de la agresividad.

Se calcula que en la mitad de los crímenes violentos que se cometen en la actualidad ha intervenido en alguna forma el alcohol.

Se sabe también que tres cuartas partes de los accidentes automovilísticos que produjeron la muerte de conductores y peatones en la ciudad de Nueva York en 1982 se debieron al alcohol.

Los productos cannábicos producen un efecto inhibidor similar al del alcohol en la corteza cerebral. La palabra asesino proviene del árabe Hassasi, que significa consumidor de Hassis, vulgarmente Hachís.

Durante las campañas de las Cruzadas de los siglos X y XI, ciertos grupos árabes estimulaban sus ansias de combate ingiriendo una bebida hecha con hojas y resina del cánnabis; creían con fanatismo en la idea de que la muerte en la Guerra Santa de que les hablaba El Corán les llevaba directamente a disfrutar de las delicias del paraíso.

El consumo habitual de productos morfínicos conduce a la creación de un mundo nirvánico en el cual la somnolencia y la apatía alternan con momentos de impulsividad agresiva de una intensidad extraordinaria.

Las anfetaminas, por su parte, estimulan la resistencia a la fatiga, el ritmo psíquico y las conductas violentas; bajo su impacto el pensamiento se desordena, la conciencia se nubla y oscurece, y el comportamiento se vuelve más impreciso y amenazador contra los demás.

Los grupos juveniles, cada vez más vulnerables a los impactos del alcohol y las drogas, son los más afectados.

En ellos influye, además, todo el sistema de comunicación masiva que constituye el sistema nervioso de la sociedad. Las buenas comunicaciones son un antídoto contra la violencia; cualquier interferencia que se produzca en ellas causa o aumenta el peligro de violencia.

En la sociedad contemporánea, la producción de libros de historietas de crímenes, de un valor estético muy reducido, constituye una industria que maneja por año cifras superiores a los cien millones de dólares en los Estados Unidos. La televisión juega un papel descollante.

En 1964, en los Estados Unidos, se pasaron durante una semana 334 asesinatos, o tentativas de muertes crueles y horripilantes en las horas generalmente destinadas a programas de niños. La violencia que se presenta es casual y se mira con naturalidad y frialdad.

Matar se ha convertido en un lugar común y los jóvenes parecen completamente insensibles al asesinato. Antes, las muertes violentas no eran captadas por las cámaras; hoy vemos con todo detalle el proceso sangriento, así se trate de la muerte en una telenovela o de un bombardeo de precisión en Bagdhad.

Frederic Wertham afirma lo siguiente:

“Por medio del análisis clínico podemos distinguir los diferentes elementos que intervienen en el pensamiento y la conducta de una persona. Se pueden establecer conexiones entre diferentes hechos, pensamientos y acciones, y detectar el condicionamiento sutil de las pautas mentales.

Si bien es cierto que los adultos no están inmunes, son sobre todo las mentes inmaduras de los niños y adolescentes las más vulnerables a toda suerte de influencias procedentes del exterior”.

Wertham estudió trescientos casos clínicos para concluir que aquellos niños que tienen algún trastorno emocional, intelectual o social son los más vulnerables y susceptibles; termina diciendo que subestimar los medios de comunicación es anticientífico.

La violencia que se presenta en los medios de comunicación no produce efectos psicológicos en forma mecánica; al igual que los demás factores ambientales afecta adversamente al ser humano en el cual están en lucha fuerzas estimulantes y de control.

Los niños y los adolescentes se han impregnado de la idealización de la violencia.

No es la asociación de la violencia con el odio y la hostilidad, sino la asociación con todo lo justo y lo bueno lo que constituye el ingrediente más nocivo. La figura modelo es la del hombre violento victorioso. El ideal no es la persecución de la felicidad sino la felicidad de la persecución. El culto de los héroes, que es un fenómeno natural, se cambia por el culto a la violencia.

Ya lo dijo Dostoiewsky: “El mejor hombre del mundo puede volverse insensible a la violencia”. Los niños se identifican, no con la víctima sino con el victimario. En los mayores, el embotamiento de la sensibilidad conduce a una imagen falsa de las relaciones humanas.

Una vez insensibles no experimentan ya la cantidad de excitaciones pequeñas que surgen de las relaciones humanas ordinarias y este vacío emocional los conduce a cometer actos extravagantes y especialmente violentos.

Existe tanta violencia en los medios de comunicación de masas, porque es excitante, porque es un fenómeno eficaz para llamar la atención y porque es el reflejo de una parte de nuestra realidad social.

Para justificar ese despliegue de violencia, que genera a las empresas muchos miles de millones de pesos, se establece un escenario de fondo lleno de argumentos en defensa de la violencia que presentan los medios, de justificaciones y de racionalizaciones Se dice que el niño, emocional y socialmente sano, no sufre ningún daño, que es a la familia a la que corresponde proteger al niño, que los medios sólo ofrecen al público y a los niños lo que ellos quieren, que la violencia es parte de la vida humana, que es preciso enseñar a los niños a enfrentarse con la realidad y que es saludable descargar la agresividad.

Los factores anteriores estimulan la violencia juvenil.

Esta es un reflejo directo de la vida del adulto; no es una conducta aprendida. Por eso se dice que cada sociedad tiene la violencia juvenil que ella misma crea. En la mente del joven, factores diversos determinan corrientes y tendencias que aumentan, se modifican o se oponen unas a otras. El resultado puede ser un pensamiento, una fantasía o un acto.

En ese sentido, un factor mínimo puede producir un efecto máximo o viceversa. Las inclinaciones inocuas o constructivas, como el amor y la aventura, pueden ser desviadas por conductas destructivas.

La violencia juvenil no es, sin embargo, inevitable. Los jóvenes necesitan de la comprensión de los problemas, de la liberación de las presiones a nivel de la familia y a niveles sociológicos más amplios y, además, de una protección contra las influencias del medio ambiente insalubre.

Al referirse a la situación de violencia en Antioquia en 1989, el doctor Alfredo de los Ríos dijo las siguientes palabras en el Primer Encuentro de egresados de la Escuela Colombiana de Medicina:

“Las condiciones de la expansión de la violencia en Colombia y sus efectos son un problema de dimensión nacional.

A lo largo y a lo ancho del país las violencias diferenciadas o mezcladas, identificadas o camufladas, recientes o establecidas, con color político o por móviles menos nobles, sobre individuos o sobre grupos, con eficacia mortal o dejando mutilaciones y lesiones directas y físicas, o indirectas psicológicas y morales, se entrecruzan y dejan tras de sí las sombrías huellas de su efecto destructor sobre la vida como derecho y como calidad de la misma; sobre el cuerpo y sus funciones; sobre el aparato mental consciente o inconsciente, en la familia como grupo básico, en las organizaciones de la comunidad, en los servicios de salud, en las políticas sanitarias, en la composición demográfica, en la expectativa de la vida, en la relación con los altos valores de la civilización ahora denigrados, en la traumática construcción de una historia, un futuro, un sentido de nacionalidad.

Todo el tejido social ha sido penetrado, y no solo hay víctimas que reciben ese impacto como si se tratara de fuerzas oscuras exteriores, sino también victimarios, intermediarios, beneficiarios, y naturalmente condiciones que propician la violencia, la estimulan, la reproducen y la amplifican”.

Las palabras anteriores sintetizan de manera abrumadora el drama de la sociedad colombiana de la actualidad.

Se complementan con los conceptos expresados por el doctor Héctor Abad Gómez para quien la violencia no es algo innato, genético e inseparable de la naturaleza humana, sino una creación cultural del ser humano, que puede ser violento o pacífico de acuerdo a las circunstancias en que se encuentre. La violencia es entonces, no una enfermedad en sí misma, sino un síntoma de enfermedades sociales profundas.

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Para el historiador Jorge Orlando Melo, la explicación de la violencia actual tiende a girar al rededor de tres elementos:

Una situación económica y social particularmente injusta que produce amplia frustración entre los grupos subordinados de la sociedad; limitaciones del ordenamiento político actual que restringen la participación de nuevas capas sociales y de los partidos y grupos políticos que las representan; y debilidad del Estado.

Se ha señalado que el desarrollo económico colombiano ha sido uno de los más acelerados en América Latina en los últimos treinta años. Los indicadores sociales han mejorado también en forma substancial.

En estas condiciones, un modelo que postule alguna relación estrecha entre violencia y carencia económica tendría que explicar por qué Colombia es mucho más violenta que otras naciones latinoamericanas, y por qué la violencia ha tendido a aumentar en los últimos treinta años en lugar de disminuir. La explicación del carácter limitado o restringido de la democracia colombiana no es suficiente para explicar la violencia.

Por el contrario, la apertura legal del sistema colombiano es bastante amplia y no inferior a la apertura política de muchos países latinoamericanos sin graves problemas de violencia. La llamada debilidad del Estado como elemento explicativo del desarrollo de la violencia tampoco es suficiente; el Estado actual ha tenido que enfrentar una violencia mucho más severa que cuando era institucionalmente más débil.

Para el historiador Melo, “una visión dinámica del proceso social colombiano permite reconocer que si no es la miseria o la pobreza la que genera la violencia, en determinadas condiciones de desarrollo económico acelerado, la percepción de la injusticia de la miseria puede ser mayor que en esta situación de estancamiento duradero”.

El concepto anteriormente citado está de acuerdo con lo que ocurre en zonas de inmensa miseria, en países asiáticos como la India y Bangladesh.

Allí la miseria extrema, que llega a lo indecible, permite que nazcan, se desarrollen, vivan y mueran, en una misma acera de cualquiera de las grandes ciudades, gentes que sin embargo no llegan a producir violencia, salvo los ocasionales conflictos religiosos entre hindúes y musulmanes.

Para ellos la vida transcurre en condiciones de extrema miseria, en medio de hambrunas que los diezman y frente a factores climáticos y ecológicos de una severidad impresionante.

Quizás el sentimiento religioso de unos y otros; el cumplir sin protestas con el destino en condiciones infamantes para lograr en la siguiente reencarnación una vida placentera en el caso de los hindúes, o el ingreso al paraíso de los creyentes de Mahoma, explican la absoluta sumisión al destino sin deseos, intenciones o posibilidades de cambiarlo.

Es necesario señalar que la pobreza o la percepción de la injusticia socioeconómica, el insuficiente acceso a la educación, el desempleo en muchas áreas del país, la pobre cohesión de la unidad familiar y la desnutrición que conduce con frecuencia a situaciones de debilidad mental, son factores de desajuste social generadores de violencia.

A ellos se agregan la pérdida de los valores tradicionales del individuo y de la sociedad, la disminución del sentimiento religioso en muchos grupos, la influencia nefasta de la farmaco-dependencia, el narcotráfico y la guerrilla, la proliferación de delincuentes comunes, sicarios y grupos paramilitares, y la corrupción a niveles cada vez más altos de la sociedad colombiana que la conducen por el impresionante sendero de la destrucción.

La violencia ha sido señalada por muchos como el más importante problema de salud que tiene Colombia en el momento actual.

La epidemiología analítica, que se encarga de estudiar el impacto de la violencia sobre la salud de los colombianos, muestra cómo se han modificado totalmente los índices epidemiológicos de hace cuarenta años.

En el Primer Congreso de Salud Pública celebrado en 1982 en Medellín, el doctor Héctor Abad Gómez sostenía que la violencia era, además de enfermedad, un grave problema de salud pública; que debido a la morbimortalidad que ocasiona, debería estudiarse con los métodos utilizados por la epidemiología dado el impacto que ocasiona, no sólo en el sector salud sino en toda la economía del país.

La muerte violenta ha ido cambiando cualitativa y cuantitativamente en Colombia.

La población más comprometida está comprendida entre los 15 y los 44 años, es decir, la económicamente activa, en especial la masculina.

En Medellín, por ejemplo, hacia 1920 los accidentes y la violencia ocupaban el décimo lugar entre las causas de muerte; hacia 1970 el trauma general pasó a ocupar al tercer lugar, sólo superado por las enfermedades cardiovasculares y las respiratorias. A finales de esa década, el trauma como causa de muerte ocupaba el segundo lugar y en los años 80 pasó a ocupar el primero.

Los promedios de edad de las víctimas de la violencia en Medellín, también se modificaron: en 1987 fueron más altos entre las poblaciones de 35 a 45 años; en 1988 predominaron entre los 20 y los 25 años, y en 1989 entre los 14 y los 19 años. Se observa el predominio de homicidios en grupos cada vez más jóvenes, posiblemente porque gran parte de esas personas pertenecen a bandas juveniles con actividades delincuenciales.

En Cali, la muerte violenta por homicidio ocupaba en 1975 el puesto 16 de la mortalidad general. Hacia 1980 pasó a ocupar el octavo lugar y en 1985 el primero en el área urbana de la ciudad.

Señala el doctor Wilfredo Caicedo que en 1985, menos del diez por ciento de las muertes violentas en el país fueron producto directo de la confrontación armada entre el ejército y la guerrilla.

La epidemia de muertes por arma de fuego, tal como los epidemiólogos la han definido basados en los criterios de su disciplina, ha dejado de ser un simple problema grave de salud para transformarse en una verdadera epidemia con todas sus tremendas características, incluyendo el contagio.

No es sin embargo exclusivamente nuestra. A mediados del año 1992 se publicaron interesantes artículos en el JAMA acerca del problema de las ciudades norteamericanas, y se señaló la gravedad de las lesiones producidas por las modernas armas automáticas y semiautomáticas que emplean proyectiles de alta velocidad similares a las utilizadas por el ejército americano en la guerra del Vietnam.

Las heridas producidas por esos proyectiles, cuando no son mortales, requieren de tiempos mayores de hospitalización a costos tan elevados que 66 centros de trauma norteamericanos tuvieron que ser cerrados, entre 1983 y 1989 por agotamiento de recursos.

Ese tipo de armas con características tan letales se emplean cada vez con mayor frecuencia en las ciudades colombianas.

En Medellín, el costo promedio de atención hospitalaria de un herido por arma blanca era de $72.000 en 1987; el de armas de fuego corrientes, de $126.000.

Los costos de atención médica en ese año, para paciente heridos por arma blanca o de fuego, ascendieron a 656 millones de pesos en personas que en un setenta por ciento oscilaban entre los 18 y los 32 años de edad.

El Hospital San Vicente de Paul se transformó en el hospital de urgencias de trauma que tiene el dudoso honor de poseer el récord mundial de intervención exitosa en heridas traumáticas del corazón.

Los procesos y los actos violentos vulneran todos los componentes de la salud, el cuerpo, el funcionamiento psíquico y la inserción social y ambiental de los sujetos inmersos en el ámbito de violencia.

Para Alfredo De los Ríos, las estadísticas epidemiológicas de que se dispone empiezan a ser más consistentes y hablan por sí mismas dando a la vez los perfiles regionales y expresando las variables más persistentes en cada zona del país: “Estadísticas como las de mortalidad por homicidio, morbilidad por ataques físicos de diversa índole y lesiones residuales.

Perfiles epidemiológicos de pacientes atendidos por trauma; cálculo de años de vida y años productivos perdidos. Intensidad y costo del tiempo productivo perdido; costos hospitalarios en atención del trauma…..”

Esas estadísticas sirven para armar un gran rompecabezas que va mostrando, con frías cifras y gráficos, la dimensión del horror, cuantitativo y cualitativo, los costos en vida, en calidad de vida, en años potencialmente perdidos, en consecuencias psíquicas y familiares cuyo efecto a largo plazo ignoramos, en costos sociales y económicos, en índices indirectos de la destrucción y transformación de una cultura que es uno de los soportes de muestra comunidad nacional. En pocas palabras, el gran rompecabezas del inmenso costo de la violencia en Colombia.

Frente a las situaciones tratadas en este estudio se presenta la inevitable pregunta acerca de qué se puede esperar del futuro si en el presente la violencia ha atacado en forma tan abrumadora al hombre y a la sociedad colombiana.

Dos actitudes, la una pesimista y la otra optimista, se ofrecen a la consideración de todos: La posición pesimista está ejemplarizada por la siguiente anécdota que relata Macfarlane Burnet, Nobel de Medicina en 1960, en su obra “El Mamífero Dominante”.

Dice así el doctor Burnet: “Hace algunos años actué como anfitrión en una cena ofrecida por un grupo de académicos de Melbourne al difunto Sir Charles Darwin. Terminada la cena, Darwin nos habló sobre como veía él el destino humano.

Su tono no era optimista, y cuando se deshizo la reunión y yo le acompañaba a su coche, me hizo una pregunta cuyo contenido y tono nunca olvidaré: “Burnet ¿tú crees que de todo esto pueda salir alguna vez algo bueno?”.

La posición optimista es la de aquellos que piensan que el país ha atravesado situaciones traumáticas en el pasado; que la toma de conciencia de los problemas actuales y una actitud firme de los ciudadanos para oponerse a la violencia, habrán de producir soluciones benéficas para la comunidad en el futuro.

Los trabajadores de la salud tenemos en esto un rol que cumplir al desempeñar nuestros papeles con sentido patriótico y humanitario, pensando, como diría Goethe, que las más pequeñas acciones que podamos llevar a cabo, siempre y cuando las realicemos con honestidad y con nobleza, brillan con la luz de todo un universo.

Tengamos confianza en nosotros mismos y en nuestro país y esperemos que el futuro nos depare años de tranquilidad y bienandanza.

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