Violencia y salud (sobre la violencia humana)

Capitulo 3

(Barrancabermeja, Julio, 1993. -“Tribuna Médica”, 89: 242. No. 5, 1994).

En Colombia, el siglo XX se puede dividir en dos partes: la primera se inicia a fines de la guerra de los mil días y termina hacia 1946; la segunda, se extiende desde entonces hasta nuestros días. La primera mitad del siglo fue una época de relativa calma. En las tres décadas de gobierno conservador que siguieron a la última guerra civil de tres años, la sociedad civil sufrió pocas modificaciones y el progreso económico se hizo al mismo paso del crecimiento vegetativo, sin grandes sobresaltos. Con los gobiernos liberales de Enrique Olaya Herrera y Alfonso López, el país despertó a la realidad internacional. En el primero, en razón al conflicto con el Perú, y en el segundo, como consecuencia de las reformas sociales y económicas iniciadas en la administración de López Pumarejo. Con excepción del problema de las bananeras en 1928, el país parecía haberse enrutado por senderos de progreso sin advertir señales de los fenómenos sociales y políticos que en la última mitad del siglo XX trajeron consigo la violencia.

A partir de 1947 se inició la violencia política en vastas regiones del territorio nacional con brutalidad y sevicia de ambos lados nunca vista desde las guerras civiles del pasado. Las matanzas, que dejaron dos o trescientos mil muertos, reflejan una etapa de lucha partidista encarnizada. Más adelante, aparecieron nuevas modalidades de violencia, ya no de tipo político o religioso como las de algunas contiendas del siglo anterior, sino relacionadas con problemas sociales de tenencia de tierra y con la formación de grandes capitales derivados del florecimiento de empresas multinacionales, que al sentir de algunos, explotaban en su beneficio los recursos naturales sin que ésto se reflejara en la mejoría del nivel socio-económico del pueblo.

Las formas de violencia que vinieron más tarde estuvieron relacionadas con la aparición extensos cultivos de marihuana, coca y amapola, con el procesamiento de narcóticos y la formación de inmensos capitales ilegales. A ello se agregó el incremento considerable de la delincuencia común, la aparición de sicarios, grupos paramilitares, guerrilla urbana y conflictos internos entre narcotraficantes, además de graves fenómenos sociales como el desempleo y el pobre acceso a la educación y a la salud. Por otra parte la corrupción a todos los niveles de la vida pública, ha permitido el enriquecimiento fácil e ilícito y la ampliación de la brecha entre los que mucho tienen y los que carecen de lo elemental para subsistir. Todo lo anterior fue creando una atmósfera propicia para la proliferación de infinitos males, en presencia de un Estado básicamente débil y ante la indiferencia ciudadana.

Los fenómenos señalados han hecho surgir en nuestro idioma palabras y expresiones que antes nos eran desconocidas. Vocablos como metralleta, carro-bomba, miniuzis, armas automáticas y semiautomáticas, sicarios, narcoguerrilleros etc., engalanan los artículos que aparecen en los medios de comunicación hablados o escritos y son hoy de utilización habitual en todas las conversaciones. Y la jerga tan particular de los adictos a la droga, empobrece aún más un idioma que nos ufanábamos en hablar bien.

Uno se pregunta por qué ha ocurrido esto en un país señalado como excelente en su desarrollo económico y con índices de crecimiento muy por encima de otros de Latinoamérica o del Africa. Qué puede haber cambiado en forma tan dramática al hombre y a la sociedad colombiana en el transcurso de tan pocas décadas? Y en el tema que nos ocupa, cómo ha influido una violencia de tan diversas modalidades en la salud del colombiano, hecho que preocupa a todos los que estamos vinculados a la empresa de cuidar y mejorar la salud física y mental de nuestros ciudadanos.

El análisis de los determinantes de la violencia revela la existencia de una extensa multiplicidad de causas, cuyo estudio requiere de variados enfoques que se extienden desde el campo de la etología hasta el terreno de la psicología individual y colectiva. Violencia humana que se puede analizar en el terreno de la criminología, la antropología y la sociología; en el campo de los factores económicos subyacentes; en el de la violación de los derechos humanos, y sobre todo en el transcurrir de la historia. El estudio multisectorial de la violencia permite, por otra parte, apreciar su impacto sobre la salud del hombre y de la colectividad.

Konrad Lorenz, premio Nobel de Medicina y uno de los etólogos que más ha estudiado el comportamiento de los animales, incluido el hombre, ha definido la agresividad como una “capacidad vital” orientada hacia la interrelación personal. Una capacidad positiva para vivir y convivir. La agresividad queda en ese contexto precisada como una función vital y comunicante; su contrapunto sería el retroceso y el alejamiento, es decir, la incomunicación y la ausencia de contacto. Pero el término latino aggredi, del cual deriva agresividad, tiene una segunda acepción más en consonancia con nuestro tema: “ir contra alguien”, “moverse contra alguien con intención de producirle daño”. La violencia es precisamente esa configuración perversa de la agresividad.

En la mayor parte de los animales, la relación cazador-víctima, elemento esencial de la depredación, es de índole fundamentalmente alimentaria y forma parte de la serie de actividades tendientes a mantener el equilibrio ecológico. El hombre de antaño, al igual que los animales, era depredador solamente para defenderse y alimentarse. El hombre de la actualidad, el “Homo brutalis” como le llaman algunos antropólogos, se ha constituido en el depredador máximo que aniquila gratuitamente la vida animal y perturba el medio biológico, buscando el logro de un beneficio económico circunstancial muchas veces mínimo; el hombre es el ser viviente, que a diferencia de la mayor parte de los animales, es depredador de su propia especie.

La lucha entre los animales de la misma especie es una prueba de fuerzas, una lucha ritualizada, un ceremonial en el que se pelea para medir las fuerzas con el rival de turno sin que se vierta sangre. Tan pronto como el animal más débil muestra señales de sometimiento o se retira, el combate queda concluido. Sólo en el caso de mamíferos concentrados en un medio que no les ofrezca posibilidades de alimentarse o de moverse lo suficiente, se presentan combates entre unos y otros. Allí, es el ambiente el que ha cambiado y genera la situación de conflicto. Ocurre un fenómeno análogo en situaciones experimentales cuando se concentran ratas mal alimentadas, en jaulas pequeñas en las que se pasan corrientes eléctricas. En esas condiciones, la agresividad natural y positiva de los animales se convierte en agresión violenta que termina con la muerte de los más débiles que son finalmente devorados. Experimentos como estos, muestran cómo, en condiciones de hacinamiento y de falta de alimentos, alteradas aún más por los cambios de ambiente inducidos por el experimentador, se generan acciones hiper-agresivas que conducen a la violencia extrema.

Las bases biológicas de la agresividad son comunes al hombre y a los animales, pero suficientemente diferenciadas. Las experiencias clásicas de Old y Milner en los años 50, mostraron que existen áreas del sistema límbico, como ciertas zonas del hipotálamo, el tálamo y el núcleo caudado, cuya estimulación produce placer y pone en marcha conductas de aproximación. Por otra parte, se sabe que la estimulación de algunas zonas periventriculares da lugar a la ansiedad y al temor dando origen a conductas de evitación o huida. Tales hallazgos, avalan un substrato neuroanatómico que hace relación con la expresión o inhibición de respuestas emocionales relacionadas en forma directa o indirecta con la conducta agresiva. Los estudios de Ferreira en los años 70, sugieren la existencia de zonas encefálicas específicamente vinculadas con la agresividad: la estimulación, por ejemplo, de la amígdala del hipocampo lateral, o la ablación de los bulbos olfatorios, provocan rabia o agresión, en tanto que la estimulación del núcleo caudado, el septum o el hipotálamo posterior, inhiben la agresividad y favorecen las conductas de huida.

El cerebro del reptil, en cuya organización se encuentran la formación reticular, el mesencéfalo y los ganglios basales, se correlaciona con funciones estereotipadas y automáticas de celo, acoplamiento, delimitación territorial y búsqueda de alimentos. Sin conciencia ni memoria, el cerebro del reptil es incapaz de adaptarse a nuevas situaciones. Más adelante, en el paleo-mamífero, aparece un tipo cortical primitivo, el paleocortex o corteza antigua, que da lugar al sistema límbico. Esta estructura constituye un paso más avanzado de la evolución y las acciones generadas en ella permiten la liberación de comportamientos estereotipados. Su función es modular las respuestas instintivas hipotalámicas; integrar la expresión emocional y el comportamiento viscerosomático y endocrino; suministrar a la información del mamífero primitivo el tono emocional adecuado; posibilitar el sentimiento de identidad personal y permitir los procesos mnésicos por almacenamiento de experiencias pasadas con su correspondiente referencia afectiva y facilitar, finalmente, los procesos de adaptación al medio sin que aún se posean las estructuras adicionales que permitan la comunicación verbal e interpersonal. Con el desarrollo del neocortex o corteza nueva, característico de los mamíferos superiores, se alcanza el nivel más alto de evolución que culmina en el hombre. Con el incremento de las áreas de asociación se obtiene, en el desarrollo conductual, una mejor adaptación al medio a tiempo en que aparece la comunicación verbal y nuevas pautas elaboradas de relación interpersonal con la consiguiente repercusión en la representación mental del mundo.

La evolución filogenética del cerebro muestra la diferente capacidad adaptativa de la especie animal y el distinto nivel de elaboración de sus pautas conductuales. La agresividad, por su parte, experimenta también variaciones en su expresión de acuerdo a los diferentes niveles de integración. La agresividad humana es diferente cualitativamente de la del animal porque trasciende la estricta defensa de los intereses vitales de la especie y se sitúa en un área invadida por las pasiones y el resentimiento. En ese sentido, Fromm hace la distinción entre la agresividad benigna, propia de los animales y biológicamente adaptativa, y la agresividad maligna, específica del ser humano, cuya finalidad no es la defensa de los intereses vitales ni la adaptación, sino el hecho de ser fundamentalmente destructiva. Sin embargo, para fortuna de los seres humanos, existe a nivel de la nueva corteza un mecanismo de control de la agresividad, íntimamente relacionado con el razonamiento, que impide el desborde de todos los impulsos agresivos generados en el sistema límbico. Es un control más elaborado que toma en consideración el contexto personal y el social.

La bioquímica cerebral ha logrado detectar algunos de los neurotransmisores que tienen que ver con la agresividad y cuyas acciones se cumplen en las estructuras neuroanatómicas del sistema límbico. Se sabe, por ejemplo, que la noradrenalina es el agente endocrino de las emociones agresivas, y que la adrenalina lo es del temor y la angustia. En la esfera de la afectividad, se contrapone la actividad estimulante de la noradrenalina y la función inhibidora de la serotonina. Los comportamientos agresivos son exaltados por la hiperfunción noradrenérgica, al igual que por la hipofunción serotoninérgica. El refuerzo del control inhibitorio ejercido por el sistema de la serotonina cerebral se incrementa en los animales de laboratorio, y aún en los seres humanos, mediante la administración de precursores de la serotonina como el Triptofano, presente en alimentos ricos en él como el pescado. Algunos han considerado que las dietas, abundantes en cereales y pobres en triptofano, son factores que activan los comportamientos violentos y criminales.

A nivel individual y desde el punto de vista psicológico, los seres humanos pasan por una serie de etapas formativas del Yo, el inconsciente y la instancia de regulación normativa que Freud llamó el superyó. La importancia de la noción psicoanalítica del complejo de Edipo, como lo señala Alfredo de Los Ríos, “no reside solamente en lo que éste implica para la identificación sexual y para el ordenamiento de las tendencias incestuosas con el padre del sexo contrario o de las rivalidades con el otro miembro de la pareja parental, sino también en que a partir de esta constelación de factores que troquelan la estructura psíquica de cada uno, se produce la permeabilidad del sujeto a las normas de la cultura y a las leyes del intercambio y del lenguaje. En otras palabras, es a partir de la formación del ideal del Yo y del superyó, por medio del complejo de Edipo, como todo sujeto se inscribe en el Otro de la cultura y de la Ley. En conjunto con sus vínculos familiares y grupales que transmiten una posición ética, que tiene concordancia mayor o menor con la ética colectiva del proceso histórico que liga a un sujeto a determinadas instituciones culturales, educativas, religiosas, es como se desarrolla el proceso de “socialización” temprana y la capacidad posterior de interacción interpersonal y social”. Carencias y condiciones adversas al desarrollo de este proceso, pueden encontrarse en el comportamiento agresivo y violento y actuar en situaciones en las que existen condiciones estimulantes para la agresión y la violencia.

Como lo señala Wertham en su libro “La Señal de Caín”, el hecho de que se pueda determinar en el cerebro una localización vinculada con la disposición a la violencia no significa que exista en el hombre un instinto innato, inalterable hacia la violencia, como lo señaló la escuela criminalista de Cesar Lombroso al referirse al criminal nato. No existen pruebas neurofisiológicas o de psicopatología clínica que indiquen la existencia de una cantidad de agresividad innata, instintiva y destructiva que se tenga que descargar en una u otra forma. Los mecanismos que operan en las ratas, por ejemplo, son modificados por centros corticales superiores que están, según Pavlov, socialmente determinados. El instinto de muerte que postulara Freud, y que ha sido tan controvertido, no puede entenderse como una pulsión de muerte proyectada exteriormente contra otros sujetos; está de por medio la fantasía del ser humano y su tendencia a elaborar mitos, y quizás podría considerarse como uno de los componentes de la agresividad.

En el estudio de la violencia individual es necesario distinguir entre la condición mental patológica del individuo y los fenómenos sociales cuya causa principal no radica en el estado morboso individual. Desde el punto de vista psicopatológico no existe un tipo único de persona susceptible de cometer actos de violencia. Los violentos no pueden considerarse siempre como anormales ni sus rasgos constituyen un denominador común; en ocasiones, sin embargo, algunos rasgos se combinan produciendo determinados resultados negativos. Un rasgo puede volverse predominante en presencia de otros similares; por ejemplo, el individuo inclinado a la violencia puede estar predispuesto para el odio, y el odio abrumador es siempre aliado del temor. Pero cuando muere el objeto de odio-temor, cesan los sentimientos dolorosos; es la parte mágica del asesinato, con el problema de que el círculo vicioso de asesinato y alivio pueda volver a repetirse.

Existe la inclinación a pensar en el acto violento como un medio para rehabilitarse ante sí mismo y ante los demás. Hay individuos que usan de sus manos y de sus puños como argumentos rápidos y adecuados para solucionar los conflictos, y es evidente que la prontitud para la pelea a menudo proviene de la influencia violenta recibida en el hogar, en la calle o en los medios de comunicación. Las razones fundamentales por las cuales los hombres cometen crímenes u otros delitos están relacionadas con emociones negativas como los rencores, los celos, el temor y el recuerdo persistente de haber sido atemorizados; la distorsión y frustración en el desarrollo sexual, la sed de venganza, las furias y resentimientos mezquinos, las humillaciones nunca perdonadas, la rivalidad y la envidia. Estas emociones negativas se reactivan y estimulan en diversas circunstancias relacionadas con los valores y costumbres predominantes de la época. Un acto violento, como es el hecho de matar, no es de ninguna manera superficial; implica un tremendo impulso, un derrumbe de resistencias e inhibiciones, y la elaboración de una serie de racionalizaciones. Existen, sin embargo, fuerzas que se oponen a las emociones negativas, a los deseos de muerte, a los agentes catalizadores casi siempre presentes en situaciones de violencia, como el alcohol, las drogas y las pautas de personalidad que desembocan en el impulso de matar. Se puede afirmar que el asesinato es el conflicto más grande que el hombre puede tener consigo mismo y con la sociedad.

El impulso a matar, el acto mismo del asesinato y la racionalización para justificarlo ante la propia conciencia, son situaciones que tienden a adoptar las pautas sociales predominantes; si el medio ambiente es duro y despiadado no es difícil apoyarse en ese hecho y encontrar una racionalización plausible que justifique la conducta violenta. Para que exista el hecho violento del asesinato se necesitan dos personas y un ambiente social; la violencia es entonces un fenómeno cultural en la vasta mayoría de los casos. No siempre hay que señalar al sujeto que la perpetra como un enfermo sin antes explorar el ámbito cultural que la genera y estimula. Este concepto es de importancia porque, como lo señala De los Ríos, es frecuente que los medios de comunicación informen cuando se produce un genocidio de campesinos, que la atrocidad fue cometida por un grupo de psicópatas, con lo que se desplaza el problema desde un marco sociocultural o sociopolítico hacia un problema de patologías individuales o grupales. La idea de que exista una morbilidad psicopatológica mucho más alta en los sujetos violentos o criminales que en la población general no autoriza a ubicar el origen del exceso de violencia y criminalidad de la sociedad actual en un trastorno psíquico de carácter patológico. Es cierto que existe una correlación estadística positiva entre la criminalidad y la psicopatología, pero no es menos evidente la proliferación de la delincuencia y la criminalidad en grupos de sujetos que no muestran signos ostensibles de enfermedad psíquica. La violencia trasciende la psicopatología. Las crueldades del régimen nacional socialista en Alemania, por ejemplo, no fueron siempre practicadas por psicópatas sino por individuos que en tiempos normales ejercían las actividades corrientes de médicos, músicos, tenderos o comerciantes, sin asomo alguno de enfermedad mental.

Para la antropología social es preciso distinguir los términos agresión y conflicto. El primero, se relaciona con una conducta o comportamiento; el segundo, hace relación a situaciones en que se dan determinados tipos de conducta uno de las cuales puede ser, aunque no necesariamente, la agresión. Agresión y conflicto pueden coincidir como en el caso de la guerra, o no coincidir como en el suicidio o el asesinato que son formas de agresión sin ser conflicto; o en la huelga, que en principio no implica agresión física.

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