La medicina del renacimiento español

Capítulo 7

(“Medicina”, No. 9:33, 1984. “Nueva Frontera”, Nos 410, 411, 1982).

Arnold Toynbee postula en su “Estudio de la Historia” la tesis de que las civilizaciones crecen y se desarrollan en la medida en que son capaces de responder con éxito a los desafíos que se les presentan. Cuando esto no ocurre así, como es el caso de los nómadas mongoles del Asia Central, que tuvieron que enfrentarse a las difíciles exigencias de la vida en las estepas, terminan transformándose en esclavos de su medio ambiente e incapaces de cualquier actividad creadora.

No se presentan estas situaciones en la mayoría de las civilizaciones occidentales en la cuales cada reto ha determinado una respuesta exitosa que a la vez provoca desequilibrios que requieren nuevos ajustes creativos. Este impulso, o “elan” del crecimiento, para usar la terminología de Bergson, está ejemplificado en el mito de Prometeo que atraviesa con su antorcha las esferas celestes para robar a Zeus el fuego para el hombre y persuadirle de la necesidad de permitir el desarrollo perpetuo de la Humanidad. El fuego prometeico es la fuerza que da la vida; además, simboliza el ardor de la curiosidad intelectual y del conocimiento, lo que lleva implícitamente el fruto peligroso de esa misma curiosidad. En el Renacimiento, los fenómenos de desafío, respuesta exitosa y nuevo desafío, corroboran las postulaciones de Toynbee a la vez que se acompañan de los castigos, prohibiciones y contrarreformas que trajeron la luz y las sombras a una etapa importante de la civilización occidental.

En el año 1604, en la Casa de Francisco Pérez, se imprimió en Sevilla un libro dedicado a la ciudad en el que se recogían las publicaciones de don Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien había fallecido ocho años antes en 1596. Hidalgo de Agüero fue uno de los más destacados cirujanos del Renacimiento español junto con Dionisio Daza Chacón, y su libro se publicó con el título de “Thesoro de la Verdadera Cirugía y Vía Particular Contra la Común”. De esta obra póstuma del médico renacentista se hizo una edición princeps de mil ejemplares.

Por razones que me son desconocidas, un ejemplar llegó a nuestro país y hace pocos años le fué obsequiado por uno de sus pacientes al profesor Miguel Antonio Rueda Galvis, de cuya biblioteca formó parte hasta su muerte acaecida en 1980. Es mi deseo rendir en esta oportunidad un especial homenaje de admiración y de cariño a la memoria del Académico Rueda Galvis, quien se destacó notablemente como médico-cirujano en el campo de la urología, como catedrático universitario y como diplomático, y cuya interesante personalidad supo entregar a quienes tuvimos el honor de conocerle y de tratarle el don valioso de una amistad cordial e inmejorable.

Es muy posible que en alguna época el libro de Hidalgo de Agüero hubiera formado parte de a biblioteca de la Diócesis de San Gil ya que en tiempos pasados eran los eclesiásticos las figuras de la sociedad encargadas de conservar con especial esmero las pocas obras que se imprimían; pero estas no pasan de ser conjeturas mías y lo único que me es dable afirmar es que además de este ejemplar, que hoy en día constituye un verdadero tesoro en mi biblioteca, existe otro en la biblioteca particular del profesor Gabriel Sánchez de la Cuesta, presidente de la Academia de Medicina de Sevilla, profesional muy versado en el estudio de la Historia de la Medicina en general y de la sevillana en particular. Otro ejemplar más, incompleto, se encuentra en la Biblioteca Nacional de Andalucía.

Con el profesor Sánchez de la Cuesta tuve oportunidad de dialogar personalmente, en su residencia de Sevilla, sobre la fascinante personalidad del autor del libro y sobre su época plena de desarrollos médicos; época en la cual, nuevas y variadas direcciones señalaron la evolución de la medicina renacentista en un mundo agitado por inquietudes religiosas y políticas tan grandes como la creación de un imperio, el descubrimiento de un nuevo continente, y la herejía que amenazaba destruir el más importante tesoro de España, su religión. A la vez, era patente la necesidad imperiosa de seguir adelante en la evolución intelectual y cultural del Hombre, a pesar de las restricciones provocadas por algunos de los factores mencionados.

Don Bartolomé Hidalgo de Agüero nació en Sevilla en 1530. Su vida profesional transcurrió en su totalidad en esa ciudad, por entonces la más populosa de España, y el puerto al que llegaban la mayor parte de los bajeles provenientes de los territorios de ultramar recientemente descubiertos. La publicación de su obra fue autorizada por Felipe II en 1593. El 5 de noviembre del mismo año, el Cabildo de la ciudad la autorizó en consideración a “la mucha satisfacción que la ciudad tiene de su persona y letras y experiencia”. Una Cédula Real fechada en Toledo el 13 de julio de 1596, concedió licencia a la ciudad misma para imprimir el libro, y el 5 de julio de 1597, pocos meses después del fallecimiento de su autor, el Cabildo acordó pagar la mitad de la publicación, quedando como obligación de la viuda y de sus tres hijos, costear la segunda mitad de la misma.

La obra va precedida de un prólogo del doctor Francisco Ximénez Guillén, “médico, yerno del autor, a los lectores”, en el cual, tanto en prosa española como en versos latinos, resalta el valor de la obra y de su autor. La nota preliminar de presentación del libro, fue escrita por don Dionisio Daza Chacón, quien era “Médico y Cirujano de la Magestad del Rey Felipe II nuestro Señor”, como también lo había sido de la corte del Emperador Carlos V, en cuyo servicio había actuado distinguiéndose en la batalla de Lepanto. La nota de Daza Chacón, modelo de claridad y brevedad en la presentación de un libro científico, dice lo siguiente: “Yo he visto en este libro que Vuestra Magestad me cometió de medicina y cirujía del doctor Bartolomé Hidalgo de Agüero, Médico y Cirujano, vezino de la ciudad de Sevilla; el qual libro es muy docto y de mucho trabajo, y assi me aparece que se le dé licencia para imprimirse, por la gran utilidad y provecho que se seguirá a la República con su mucha erudición y experiencia. La qual tiene aprovechada de doze Médicos y Cirujanos los más doctos que residen en la misma ciudad, a la cual experiencia se ha de atender más que a los dichos de los antiguos.

Menciona el doctor Daza Chacón a los médicos antiguos que utilizaban los procedimientos médico-quirúrgicos conocidos como “vía común”, en contraste con los nuevos que utilizaban la “vía particular” desarrollada, entre otros, precisamente por el inquieto cirujano Hidalgo de Agüero, quien después de haber tenido ocasión de emplear los sistemas antiguos en el tratamiento de sus pacientes del Hospital del Cardenal de Sevilla, los había desechado por inadecuados y obsoletos. La “vía común”, rechazada por los nuevos profesionales, era nada menos que el conjunto de procedimientos y sistemas vigentes desde Hipócrates y Galeno, desarrollados en la España de la época gracias a antiguas indicaciones de los médicos árabes.

La publicación de un libro en el siglo XVI era una empresa mucho más difícil de realizar que en el siglo XX. Las dificultades técnicas de impresión sólo se superaban con inmenso trabajo y además, los costos económicos de producción eran casi insuperables. Sólo era fácil publicar cuando se tenía el respaldo de las autoridades reales o de las eclesiásticas. Para Hidalgo de Agüero el respaldo y la autorización de Felipe II, expresados en una generosa Cédula Real que se lee con deleite al comienzo del libro, derivó, en mi opinión, del papel desempeñado por Hidalgo de Agüero en el tratamiento de la lesión craneoencefálica del Príncipe heredero, hecho que le colocó en posición importante en la corte española y facilitó la publicación de la obra después de diez años de arduas y tediosas labores.

La edición de libros médicos en el continente europeo se inició en España en 1475. Ciento veinticinco años después, al finalizar el siglo XVI, se habían publicado en Europa 541 títulos, de los cuales trescientos cincuenta correspondían a primeras ediciones, en su mayor parte debidas a profesionales españoles; ciento noventa y un títulos, aproximadamente una tercera parte de la producción total, eran reimpresiones con frecuencia hechas en diversas imprentas europeas, lo que atestigua la importancia de la producción científica española. El libro de Hidalgo de Agüero tuvo una primera reimpresión en 1624, y una segunda en 1656. Entre 1475 y 1600, las ciudades españolas que editaban libros eran Salamanca, Zaragoza, Burgos, Toledo, Barcelona, Valencia, Pamplona y Sevilla. Hacia mediados del siglo XVI, fue Sevilla el centro editorial más importante, lugar que habría de ocupar Madrid posteriormente cuando esta ciudad, centro geográfico de la península, se convirtió por decisión de Felipe II en la capital de su Reino. Entre las demás regiones de Europa editoras de libros se destacaron las ciudades italianas, y las de Flandes, en donde la presencia de España era un hecho político. También se editaban libros en otras pocas ciudades aisladas como París, Lyon, Amberes, Venecia y Colonia.

Los libros médicos, si se exceptúan los de cirugía, se escribían por ese entonces en el idioma universitario que era el latín; inclusive existían severas disposiciones contra la publicación en lenguas romances. Una firme advertencia de la Universidad de Salamanca, fechada en 1561, decía lo siguiente: “Item estatuimos y ordenamos que todos los lectores de la Universidad, así cathedráticos como de cathedrillas, sean obligados a leer en latín y no hablen en la cáthedra en romance”. Sin embargo, a pesar de la presión en favor de conservar el latín como lengua científica, otras voces que sostenían puntos de vista opuestos se hicieron oír por esa época. El humanista Miguel de Sabuco, se expresó en la siguiente forma: “Dexemos el latín y el griego y hablemos en nuestra lengua; que hartos daños hay en el mundo por estar las scientias en latín”; y otro más, el doctor Huarte de San Juan escribió lo siguiente: “Ninguno de los grandes autores antiguos, fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo. Y así yo hago en español por saber mejor esta lengua que otra ninguna”. En esa forma, poco a poco las lenguas romances desplazaron al latín de los textos de estudio.

Un hecho interesante de señalar es que la cuarta parte de los libros médicos editados en Europa en los 125 años a que he hecho referencia, no tenían relación con el quehacer médico y quirúrgico. El mundo español de la época mostraba su preocupación por intereses de muy diversa significación, desde los puramente literarios en prosa y verso, hasta la explicación escrita de pensamientos políticos generalmente frustrados, especulaciones filosóficas, o bien expresiones diversas de momentos de duda o de crisis en las convicciones religiosas. En el fondo, no eran más que un reflejo de lo que fue el Renacimiento y el deseo siempre vivo de imitar en cierta forma a figuras multifacéticas como Paracelso.

Algunos médicos escritores cultivaron exitosamente la poesía. En ese campo se destacó por el valor y la amplitud de su obra poética, don Luis Barahona de Soto, quien a imitación de Orlando de Ariosto, escribió en 1586 las “Lágrimas de Angélica”. Otros, como don Alonso Pérez, dedicó preciosos esfuerzos para producir la segunda parte de la “Diana de Montemayor”, obra que fue traducida al inglés, al francés y al alemán, y que habría de merecer muchos años después la crítica desfavorable de don Marcelino Menéndez y Pelayo, quien se refirió a la “prosa mazorral y pedestre, cobertura de una fábula en la que el médico quiso introducir la indigesta erudición que en sus lecturas habían granjeado”. Otros autores fueron más afortunados: don Andrés Laguna, importante anatomista español, quien en su texto clásico había descrito técnicas adecuadas substitutivas de los métodos improvisados de Leonardo Da Vinci, escribió también un libro titulado “Viaje a Turquía”, cuyo original, descubierto a comienzos del siglo XX, en opinión de la crítica actual es una excelente novela de aventuras eróticas y de especulaciones intelectuales del autor como fruto de su viaje al oriente.

El tema del Hombre es una preocupación que atestigua el influjo ejercido en el mundo intelectual por las conquistas de la nueva anatomía. Fue tratado con un enfoque antropológico por Juan Sánchez Valdés de la Plata en su “Crónica y Historia General del Hombre”, cuya intención didáctica y moralizadora buscaba ofrecer lecturas que “apartasen de los libros de mentiras y patrañas fingidas que llaman de caballerías de que ay tanta abundancia”. El libro de Blas Alvarez de Miramal, titulado “La conservación de la Salud del Cuerpo y del Alma”, tiene como tema principal el examen de la realidad humana, conocimiento al que otorga su propia dignidad por ser el hombre, “el más perfecto de los mixtos y en él concuerdan y se juntan en paz y concordia quantas cosas ay criadas en el universo”. Esta magnífica visión del hombre, típicamente renacentista, se atempera en el autor del libro, con una visión ascética de su caducidad pues el cuerpo, agrega, “es espuma hecha carne vestida de una hermosura frágil y momentánea que finalmente se ha de venir a convertir en un cadáver triste de espantosa figura”. Finalmente, la obra del doctor Huarte de San Juan, “El examen de los ingenios para las ciencias”, está compuesta por dos tratados principales: uno de índole psicológica en el que se analizan “los ingenios” y su acomodación a las distintas ciencias y profesiones, y otro de orientación biológica, dedicado a la mejora de los “ingenios”. El libro, al decir de Iriarte, su máximo crítico, debe destacarse y alabarse “no por sus interpretaciones metafísicas, sino por aquel viraje de la atención hacia la observación sistemática, hacia el examen descriptivo de los procesos psíquicos”, que convierte a su autor en un verdadero precursor de la psicología moderna.

Algunos médicos se preocuparon por el conocimiento y la explicación natural de mundo circundante, y publicaron libros con títulos tales como “Secretos de filosofía, historia natural y filosofía natural y moral”. Otros más intervinieron francamente en la política social de la época. Tal fue el caso de don Cristóbal Pérez de Herrera, quien en 1598 publicó sus “Discursos del Amparo de los Legítimos Pobres”, en los que formulaba programas capaces de mejorar la realidad social española; presentaba proyectos para reducir los excesos en la ostentación de los trajes y de las joyas, e ideas para remediar las agonías de la agricultura y del comercio. Al lado de estos intereses fundamentalmente sociales, se encuentra y sobresale vívidamente, la figura interesantísima y dramática de Miguel Servet. Servet, descubridor para Occidente de la circulación pulmonar, quien, en actitud psicológicamente suicida desafió a los diversos grupos religiosos, católicos o reformistas con su doctrina sobre la Trinidad en su libro “De Trinitatis Erroribus” y posteriormente en su obra “Chistianismi Restitutio”. Servet fue para Melachtón un “hombre de temperamento fanático”, y para Jerónimo Alejandro, nuncio papal en Alemania, “un grandísimo ingenio pero un gran sofista”. El odio teológico de Calvino lo llevó al martirio y la muerte en la hoguera, pero su imagen resplandece en un mural, obra del maestro Diego Rivera, en el “Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez” de la ciudad de México, en el cual, en medio de las llamas, lleva al cinto los dos importantes libros que causaron su martirio y su muerte.

La España del Renacimiento se inicia a mediados del siglo XV con el matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla y su vigencia se prolonga hasta la muerte de Felipe II en 1598. A la consolidación de la unidad española con la victoria de los moros de Granada y la incorporación del reino de Navarra, sucede la ampliación de los territorios bajo el dominio real al producirse el descubrimiento de América. El firme establecimiento del imperio bajo Carlos V se amplía todavía más bajo Felipe II con la incorporación transitoria de Portugal y sus colonias, en virtud de su matrimonio con su prima María infanta de Portugal. Ya desde el reinado del Emperador Carlos V y fundamentalmente desde la batalla de Lepanto, España se puso en íntimo contacto con el Renacimiento italiano y a la vez se ofreció a la influencia de lo que Laín Entralgo llama el “Erasmismo”, en recuerdo de Erasmo de Rotterdam.

Tanto el humanismo italiano como la penetración del erasmismo, constituyen, junto con la reacción contra la desviación religiosa que comenzaba a atisbarse en la península, las influencias más importantes en el mundo intelectual y científico del Renacimiento español. Si la vida de España toda ha de cambiar, cambiará también la organización de su medicina, merced a las decisiones que el todopoderoso Rey Felipe II habrá de tomar e imponer en sus territorios continentales y en las posesiones de ultramar.

Desde el punto de vista demográfico, España peninsular era un conglomerado fundamentalmente rural de apenas nueve millones de personas. Su ciudad más populosa era Sevilla con noventa mil habitantes. Barcelona y Valencia no llegaban a los treinta mil, y Madrid, convertida por el Rey en la capital del Imperio, era apenas una pequeña ciudadela en donde la higiene no existía. Veamos cómo la describe Lamberto Wyts, quien llegó a la corte en el séquito de María de Austria, cuarta esposa de Felipe II: “Tengo esta villa de Madrid por las más sucia y puerca de todas las de España, visto que no se ven por las calles otros grandes “servidores”, como ellos los llaman, que son grandes orinales de mierda, vaciados por las calles, lo cual engendra una fetidez inestimable y villana…. Si se os ocurre andar por dentro del fango, que sin eso no podéis ir a pie, vuestros zapatos se ponen negros, rojos y quemados. No lo digo por haberlo oído decir sino por haberlo experimentado varias veces. Después de las diez de la noche no es divertido pasearse, tanto que, después de esa hora, oís volar orinales y vaciar porquerías por todas partes”. La ciudad de Sevilla, en donde vivía y trabajaba Hidalgo de Agüero, era ciertamente un poco más civilizada que Madrid. Sin embargo, las instalaciones de baños, que perduraron desde la época de la dominación islámica en algunas ciudades como Sevilla, fueron prohibidas oficialmente por una orden real de 1566 que disponía, “que en el reino de Granada no haya baños artificiales”; se ordenaba destruir los existentes y se establecían graves penas para quienes continuaran haciendo uso de ellos.

Durante la primera parte del Renacimiento español, la de Carlos V, al decir del catedrático de Salamanca profesor Luis C. Granjel, España se abrió sin reservas a los influjos del resto de Europa. Buena parte de los intelectuales y médicos se formaban en Italia o en Francia y vivían parte de sus vidas en esos países. En la segunda etapa renacentista, la de Felipe, diversos factores políticos y religiosos dieron lugar al viraje que afectó de inmediato el ámbito cultural y científico. El cambio ya se advierte en una carta de Carlos V a su hija Juana, regente del Reino en ausencia de Felipe y fechada hacia 1559. El emperador que había abdicado y se había refugiado en el Monasterio de Yuste, ante los primeros brotes de herejía en España, recomienda “proceder contra ellos como sediciosos, escandalosos, alborotadores e inquietadores de la República”.

Era necesario defender la religión católica de la amenaza de los herejes. Para lograrlo, se publicó el primer Indice de libros prohibidos, y en el mismo año, Felipe lanzó una pragmática que transformó en un ciento por ciento el curso de la vida cultural y científica de España. A la letra dice: “Mandamos que de aquí en adelante ninguno de los nuestros súbditos y naturales, de cualquier estado, condición y calidad que sean; eclesiásticos o seglares, frailes o clérigos, ni otros algunos no puedan ir ni salir de esos reinos a estudiar, ni enseñar ni aprender, ni a estar ni residir en universidades ni estudios ni colegios fuera de estos reinos, y que los que hasta ahora y al presente estuvieren y residieren en tales universidades, estudios o colegios: se salgan y no estén más en ellos dentro de cuatro meses después de la data y publicación de esta carta; y que las personas que contra lo contenido en nuestra carta fueren o salieren a estudiar o aprender, enseñar, leer, residir o estar en dichas universidades, estudios o colegios fuera de estos reinos; a los que estando ya en ellos y no se salieren y fueren o partieren dentro del dicho tiempo, sin tornar ni volver, siendo eclesiásticos, frailes o clérigos, de cualquier estado, condición y dignidad que sean, sean habidos por agenos y extraños destos reinos y pierdan y les sean tomadas las temporalidades que en ellos tuvieren; y los legos caigan o incurran en perdimento de todos sus bienes y destierro perpetuo destos reinos”. Como ejemplo de lo que esta severa prohibición produjo como hechos negativos para el mundo del médico, basta señalar que frente a más de trescientos escolares que estudiaron medicina en Montpellier entre 1500 y 1558, la cifra apenas si llegó a superar la decena con posterioridad al año de 1559.

España se aisló de los movimientos culturales europeos no católicos en un esfuerzo gigantesco por detener el progreso de ideologías extrañas al pueblo español que atentaban contra el bien muy preciado de su religión. Es la Contrarreforma. Empero, el mundo contemporáneo continuó presentando fenómenos políticos y culturales que iban moldeando una nueva época de la historia: La armada invencible fue derrotada en 1588, a tiempo que Enrique IV se convertía al catolicismo porque, decía, “París bien vale una misa”. En 1592 aparecieron las primeras menciones escritas sobre el uso del café, en las cuales se decía que el producto se empleaba durante los servicios religiosos en Arabia y Abisinia para evitar que los feligreses conciliaran el sueño; Zacarías Jaensen combinó por primera vez los lentes cóncavos y convexos en un telescopio; Giordano Bruno fue puesto preso por la Inquisición, y Palestrina compuso el Stabat Mater y el Magnificat. Es en esa misma época en la que Shakespeare escribió su Ricardo III y su Tito Andrónico; cuando Thomas de Campanella produjo en Padua su obra maestra, e Isabel I de Inglaterra fundó el Trinity College de Irlanda y la Universidad de Dublin. Es el momento en que nace la Opera. Se introdujo por primera vez en el lenguaje científico la palabra Química, a partir de la voz griega Caos; Galileo inventó el termómetro; Johannes Kepler se convirtió en asistente de Tycho Brahe; William Gilbert, médico de la reina de Inglaterra, escribió sobre los magnetos y el gran magneto que es la tierra; y en España misma, Cervantes publicó la primera parte de Don Quijote de la Mancha, un año después de aparecido el libro de Hidalgo de Agüero.

La célebre prohibición al contacto cultural de España con el resto de Europa produjo en la península conflictos en el campo médico. Se observaba una actitud diferente entre los profesionales formados en la fase renacentista de Carlos V, de talante humanístico continental, como Andrés Laguna y Miguel Servet, y los formados después de la pragmática de Felipe II, que a pesar de ella llegaron a ser importantes figuras médicas de la segunda mitad de la centuria, como Francisco Vallés y Luis Gallardo. En este último grupo se encuentran las personalidades sobresalientes de Dionisio Daza Chacón y Bartolomé Hidalgo de Agüero.