Persistencia del pensamiento mágico en la medicina moderna

Capítulo 8

(Conferencia “José María Lombana Barreneche”. 1972. Asociación Colombiana de Medicina Interna. Rev. Academia Colombiana. Vol. XIV. No. 53. Diciembre, 1972).

Desde los rincones más remotos de la historia hasta el momento ac-tual, el hombre ha intentado encontrar por todos los medios a su alcance su salud física y mental. En esa búsqueda permanente e interminable han intervenido con igual devoción los chamanes primitivos, los médicos, los filósofos y predicadores de todos los tiempos y de todas las religiones, y los profesionales científicamente orientados de nuestros días. Las cabañas de techo de paja de los brujos y hechiceros, los sitios de adoración de la Antigua Grecia, los templos de los modernos curanderos por la fe, los consultorios médicos y psi-quiátricos, y los quirófanos de los Centros Hospitalarios, se han constituido en escenarios en donde le ha sido posible al ser humano expresar sus inquietudes, encontrar sus verdades y reconocer sus errores, en su esfuerzo dirigido a obtener la salud del cuerpo y la del alma.

De manera general puede decirse que son tres las avenidas por las cuales transita el Hombre en esa investigación: la vía de la magia o búsqueda de la omnipo-tencia; el camino de la religión cuya razón de ser está centrada en la salvación del ser hu-mano, alma y cuerpo; y el sendero de la ciencia que supone como fin el conocimiento y el dominio del hombre en los aspectos físicos y mentales relacionados con la salud y sus alte-raciones patológicas. Los tres caminos recorridos por la magia, la religión y la ciencia, que tienden hacia un solo objetivo, la salud del ser humano, se entrecruzan múltiples veces a lo largo de la historia. Se puede afirmar que en cualquiera de las épocas de la humanidad una de estas tres formas de pensamiento puede predominar sobre las otras dos y ejercer sobre ellas su influjo benéfico o desfavorable. La existencia simultánea de sociedades en diver-sas etapas de desarrollo en nuestro mundo actual permite que existan al mismo tiempo modos de pensar y de actuar en los que se mezcla, en proporciones variables, lo mágico con lo religioso y la pseudociencia con la ciencia.

A través de los tiempos, esos diversos elementos sufren transfor-maciones y cambios, sin desaparecer. La persistencia de algunas formas pretéritas de pen-samiento y acción se presenta como restos o reliquias en la medicina moderna de todos los países, restos o reliquias que son supra o infravalorados según las características particulares de los grupos humanos en que se observan y de acuerdo a los ángulos desde los que se estudian. De allí mi personal interés de hacer ante ustedes un rápido bosquejo de la evolu-ción de la profesión médica, y señalar ejemplos de cómo el pensamiento mágico persiste aún, y en qué forma, no sólo en los pacientes sino en los mismos médicos; de cómo en épocas de progreso acelerado, persisten formas de pensar psicológicamente infantiles que doblegan incluso las realizaciones obtenidas por la más avanzada tecnología y tiñen emo-cionalmente los actos médicos y quirúrgicos que se ejecutan a diario.

Para llenar el cometido que acabo de enunciar, es indispensable re-ferirse brevemente al pensamiento médico griego de hace dos mil quinientos años y señalar la evolución que ha tenido la medicina desde entonces en relación al asunto que nos ocupa. Puede afirmarse que en un comienzo la medicina griega se encontraba bajo el influjo de una mezcla heterogénea de elementos míticos y mágicos. Sólo hasta el siglo V antes de Cristo se logró despojar de sus componentes primitivos y emprendió el camino evolutivo lento de una ciencia natural. Hace dos mil quinientos años, el médico, al decir de Jaeger, aparecía en Grecia como el representante de una cultura especial del más alto refinamiento metódico, y era al propio tiempo la encarnación de una ética profesional ejemplar que implicaba la proyección del saber sobre un fin, también ético, de carácter eminentemente práctico. En aquellos tiempos, la medicina constituía una fuerza cultural de primer orden en la vida del pueblo griego; posteriormente de fue convirtiendo en parte integrante de la cultura general, sin llegar a alcanzar en los tiempos modernos la fuerza y el predominio que tuvo en aquellos días.

Los filósofos jónicos que indagaron la explicación natural de todos los fenómenos, tendieron con fe inquebrantable a encontrar la relación causa-efecto y a buscar la clave de todos los misterios del mundo. Esos primeros filósofos-médicos ayuda-ron en forma indudable a que la medicina se convirtiera en ciencia. Su pensamiento facilitó la creación de un sistema teórico que sirviera de base y de sustentación a todo un movi-miento científico. De la idea de la naturaleza misma, concebida como pilar de la filosofía de la época, se pasó al concepto de la naturaleza del hombre y de allí derivó la idea de que la enfermedad no debía considerarse aisladamente como un problema especial, sino que el hombre debía ser estudiado como víctima de la enfermedad, con toda la naturaleza que la circunda, con las leyes generales que la rigen, y con su propia calidad individual. Las leyes que gobiernan el curso de las enfermedades fueron en ese entonces aplicadas también a otra serie de actividades; se tuvo por ejemplo el concepto de que las crisis políticas debían ser consideradas como perturbaciones de salud en la vida de la colectividad humana.

La aparición de la literatura médica en el desarrollo intelectual del helenismo, tendió a dar un giro técnico a la vida, y propendió por la creación de profesiones especializadas basadas en altos postulados espirituales y éticos, y solamente asequibles, según el Juramento Hipocrático, a un reducido número de iniciados. Aristóteles en ese momento distingue tres etapas del saber: la del médico práctico, la del investigador que trasmite al médico práctico sus conocimientos, y la del hombre culto en materia de medici-na, que consagra a esta ciencia su interés personal aunque no profesional, y cuyos juicios en materia médica se diferencian de la ignorancia del común de las gentes. Para el filósofo, el concepto de una excesiva especialización era, sin embargo, incompatible con la formación libre del hombre. Con ello, se anticipó a la paradoja señalada por un ilustre cardiólogo inglés del siglo XX, Sir John Pickering, según la cual la superespecialización conduce a saber cada vez más y más acerca de cada vez menos y menos hasta llegar a saber todo de nada.

En el ejercicio práctico de la medicina, los médicos de esclavos actuaban a base de rutina y experiencia, y sus instrucciones eran dadas a los enfermos sin detenerse a razonar sobre los hechos. En contraste, los médicos de los hombres libres se-guían la indicación platoniana de ilustrar a fondo al enfermo sobre sus enfermedad, con la certidumbre de estar empleando una terapéutica científica. Curiosa diferenciación entre esas dos clases de enfermos, que aún modela la conducta que se observa frente a enfermos hospitalarios y de instituciones oficiales, y la que se practica con aquellos que se tratan en los consultorios privados.

Bajo la influencia de Hipócrates la medicina experimentó un cambio radical. El médico, preocupado ante todo de curar a sus enfermos, se abstiene en adelante de especulaciones estériles y mantiene abierto el camino hacia el verdadero progreso. El empirismo de la Escuela Hipocrática, que implica la minuciosa observación de los casos concretos, independiza a la medicina de la filosofía de la naturaleza y la convierte en rigor en una ciencia. Desde entonces comienza a desarrollarse la historia clínica, que con discretas modificaciones se obtiene aún de modo similar en nuestra época. Se crea entonces el concepto de clases de naturaleza humana, de tipos, disposiciones, enfermedades, etc. Se concibe que la verdad no puede disolverse en la infinitud de los casos concretos y variables. Los médicos comenzaron a reconocer como verdadero problema la multiplicidad de las enfermedades, y consideraron la posibilidad de establecer divisiones entre éstas que les permitieran indagar la modalidad de enfermedad presente en cada caso particular. En la comunicación de sus investigaciones y conocimientos a colegas y discípulos dependían del uso que hacían de los símbolos y de su comprensión de la diferencias existentes entre pen-samientos y cosas o hechos.

El reconocimiento de que en diferentes personas se presentan gru-pos similares de trastornos de salud condujo a la postulación de la existencia de referencias generales respecto a esos grupos similares. Para el paciente, no es extraño ni lo es para el médico, hablar, escribir o pensar, como si estas referencias generales o enfermedades que simbolizamos fueran cosas singulares con existencia exterior. Las enfermedades llegan entonces, para el pensamiento médico, a constituirse en realidades platónicas. Puede decir-se que el hecho de definir la enfermedad como algo concreto permite al paciente pensar que está dotada de una existencia física. De allí las expresiones habituales de este orden: me topé con una gripa; me atacó una neumonía; la diarrea me jugó una mala pasada; o desde el punto de vista del médico, operé un apéndice, traté un infarto.

En la práctica, la consideración de las enfermedades como realida-des platónicas, ha conducido a la proliferación de cuadros clínicos, síndromes y enferme-dades dotadas de nombre propio, que además de llenar múltiples diccionarios sindromáti-cos, produce en el médico una sensación mágica de falsa seguridad que le hace pensar que si tal o cual síntoma no está presente en el enfermo, la configuración exacta del cuadro clí-nico de la enfermedad no se establece, y el pronóstico mejora en la medida en que están ausentes ciertas y determinadas características. La evolución equivocada del concepto con-duce además a una verdadera deshumanización; no es el hombre el enfermo sino es la en-fermedad la existente, y ésta puede concebirse por lo tanto en cifras estadísticas y en por-centajes. Tal situación habrá de cambiar en el momento en que se comprendan mejor los mecanismos dinámicos que operan en el curso de las enfermedades físicas y mentales y se logre aceptar que la única realidad verdadera es el Hombre.

Si estos conceptos de la escuela platónica ejercen aún su influencia en la medicina de la actualidad, no es menos importante destacar algunas de las ideas del filósofo sobre el alma, que elaboradas ulteriormente por Freud a finales del siglo pasado en su explicación del mecanismo de los sueños, constituyen los pilares básicos de la moderna psicología. Para Platón, el alma despliega más libremente su actividad cuando el cuerpo duerme pues es entonces cuando se encuentra concentrada, indivisa y consagrada a sí mis-ma. El alma, en su opinión, refleja durante el sueño, con la mayor pureza, el estado físico del hombre sin la influencia perturbadora de ninguna acción proveniente del exterior. A dar valor a la realidad de los sueños contribuyó también en forma por demás importante Aristóteles en los años subsiguientes.

Durante más de dos mil años la medicina osciló entre los conoci-mientos científicos que comenzaban a hacerse realidad, y los restos míticos y mágicos del pasado que intentaban mantener el dominio sobre el pensamiento filosófico del momento. En los albores del Renacimiento, Francis Bacon introdujo el método experimental en la ciencia y enseñó a sus contemporáneos el camino a seguir en la persecución de la verdad científica. La lógica baconiana quiere ser precisamente el instrumento de conquista de ver-dades nuevas en vez de ser el medio de transmisión de verdades adquiridas. La necesidad del encuentro entre la mente del hombre y la naturaleza de las cosas fue el postulado esen-cial de su doctrina y esa reforma del concepto de la práctica y de los ideales de la ciencia, fue sin duda su contribución más importante a la cultura europea de su tiempo. Para Ba-con, la ciencia no es una realidad cultural indiferente a los valores éticos, como no lo fue para los filósofos griegos del siglo V antes de Cristo, y como podría serlo para algunos pro-fesionales de la actualidad. Algunos, decía Bacon, se dedican a la ciencia sólo por curiosi-dad superficial; otros intentan obtener reputación o sobresalir en las discusiones; poquísi-mos la buscan en su verdadero fin que es el beneficio de todo el género humano. Para Ba-con, los fines de la magia, la alquimia y la astrología no son innobles en sí mismos, pero afirmaba que los medios empleados por ellas están llenos de errores. Su obra, ha sido juz-gada como una de las manifestaciones más significativas de la gran crisis del pensamiento medieval en cuyo ámbito tomaron consistencia conceptos básicos para el desarrollo de la ciencia moderna.

La polémica entre ciencia y magia queda bien establecida en la época del Renacimiento. La ciencia intenta afirmar definitivamente las realizaciones que logra obtener; la magia asegurar en vano la persistencia de sus convicciones. La deslum-brante magia del arte, logró expresar plásticamente la presencia simultánea de alquimia y química, pseudociencia y ciencia, en el célebre cuadro de Rafael, “La Escuela de Atenas”, en el que se observa a Ptolomeo sosteniendo en sus manos el globo terrestre, símbolo de la ciencia de su época, frente a Zoroastro en cuyas manos yace la esfera celestial, símbolo de una pseudociencia, la astrología.

En la segunda mitad del siglo XIX se constituyeron como ciencias la etnología y la historia de las religiones. Se estudiaron entonces las ideas sobre la magia, y en ese campo fueron sobresalientes las postulaciones de Sir James Frazer expuestas en su libro “La Rama dorada”. Decía Frazer: “Si analizamos los principios en que se funda la magia, encontramos que son dos: primero, que lo semejante produce lo semejante, o que el efecto se asemeja a la causa; y segundo, que las cosas que han estado alguna vez en contac-to continúan actuando recíprocamente entre sí, a distancia, después de cesar el contacto. Al primer principio, se le puede llamar ley de similaridad; al segundo, ley de contacto o de contagio. Del primero, el mago infiere que puede producir cualquier efecto simplemente con imitarlo; del segundo, deduce que cualquier cosa que haga a un objeto material influirá igualmente sobre la persona con la cual el objeto estuvo en contacto, haya formado o no parte de su cuerpo. A los encantamientos basados en la ley de similaridad, se les llama ma-gia homeopática o imitativa; a los basados en la ley de contacto o de contagio, magia con-tagiosa”.

Para Frazer, estos dos principios no son otra cosa que distintas y equivocadas interpretaciones de la asociación de ideas. La magia homeopática está basada en la asociación de ideas por similitud; la contagiosa, en la asociación por contigüidad. La primera, comete el error de postular que las cosas que se parecen son idénticas; la segunda, que las cosas que una vez estuvieron en contacto continúan estándolo siempre. No hay duda de que los principios asociativos son en sí excelentes y necesarios para la explicación de la mente humana. Aplicados legítimamente conducen a la ciencia; ilegítimamente llevan a la magia, hermana bastarda de la ciencia. Para Frazer, la magia está basada en el poder soberano del mago sobre la naturaleza; en la creencia en fuerzas desconocidas e im-personales sobre las cuales puede actuar mecánicamente mediante la eficacia de su palabra o de su gesto ritual. La magia comparte con la ciencia el centro de la naturaleza a través de la observancia de sus leyes; pero en la magia, esas leyes son falsas ya que nacen de la sim-ple asociación de ideas por similitud o por contigüidad.

No es difícil encontrar fenómenos de magia por contacto en socie-dades de nuestro tiempo. Se revela en los objetos que utilizan los pacientes a los que otor-gan poderes omnipotentes de curación. De allí la proliferación de brazaletes “magnéticos” para curar el artritismo; del empleo, por contacto directo o indirecto a través de las ropas, del llamado “ojo de buey” para curar el Herpes Zoster; o de la papa, que se cuelga del cuello para solucionar dolencias reumáticas articulares. Entre los gobernantes y entre los médicos persiste la magia del contacto. Desde los tiempos de Eduardo el Confesor en In-glaterra, que destinaba un día de la semana a colocar sus reales manos sobre los enfermos en una de las ceremonias más solemnes de su reinado, hasta Sigmund Freud, que en los comienzos del psicoanálisis tocaba con su mano la frente de los enfermos en un intento in-consciente de producir en ellos los efectos deseados, a través de la magia por contacto.

El antropólogo Levy-Brühl quiso establecer un parangón entre lo que podría llamarse el pensamiento científico europeo y el pensamiento mágico observado en tribus primitivas contemporáneas en estados tempranos de desarrollo. A una inicial for-mulación que conducía a no comprender el llamado “mundo primitivo”, siguió otra, según la cual, el pensamiento mágico y el científico o racional vienen a ser dos modos de experi-mentar la realidad o percibir los hechos, cada uno de los cuales condiciona la cualidad de lo experimentado o vivido. Ambos están presentes, tanto en el mundo occidental como en el primitivo. Sin embargo, en opinión de Ernesto de Martino, el modo místico, mágico ó mí-tico, sólo puede ser analizable en las civilizaciones llamadas primitivas, y el racional en las occidentales. Levy-Brühl sostenía que los símbolos de los primitivos se basan, no en una relación que capta o establece la mente sino en una verdadera participación que fre-cuentemente llega hasta la consubstancialidad. Cuando el primitivo opera sobre el símbolo, tiene la certeza de que su acción se ejerce eficazmente sobre lo que el símbolo representa. De Martino expresó la idea de que el primitivo es impermeable a la experiencia en el sentido de que ésta, a pesar de su lógica, es incapaz de producir en él el impacto necesario para orientar en otra dirección su conducta. Tal manera de pensar es observable en los enfermos que aceptan ocasionalmente toda la lógica de una argumentación pero que finalmente terminan con frases de este estilo: “Sí doctor, tiene usted toda la razón, pero no…” Este “sí pero no…”, es observable a diario en el contacto con los pacientes y traduce apenas la existencia de reliquias de un sistema pre-lógico de pensamiento.

En el pensamiento mágico primitivo los seres tienen una existencia visible y una invisible. El primitivo se concibe a sí mismo como rodeado de potencias elementales cuyas acciones podrían ser peligrosas; le es preciso entonces establecer con ellas un contacto que permita asegurarse de sus buenas disposiciones, conciliar su favor si ello es fácil, o impedir al menos que le perjudiquen. Si le es posible actuar sobre los símbo-los que representan a los seres visibles o a los invisibles, la solución de su problema se fa-cilita. Si los seres están identificados con los símbolos, actuar sobre éstos es igual al actuar sobre aquellos. De allí que poseer un fragmento de hueso de una persona difunta asegure para el poseedor su presencia efectiva. En tiempos recientes, un eminente científico de nuestro medio conservaba encima de su escritorio un fragmento de hueso temporal que le había sido extraído quirúrgicamente, símbolo de su propia identidad. Las acciones que eje-cutan algunas sociedades primitivas actuales se manifiestan en la tendencia a mantener los símbolos; no es difícil observarlas en la disposición a conservar una cierta ornamentación y un cierto ritual, que con independencia de su verdadera eficacia, les conserva la sensación de su infinita omnipotencia.

A partir de las postulaciones de Levy-Brühl, para quien el primitivo jamás emplea la razón ya que está inmerso en una estructura mental mítica, el sociólogo francés Bronislaw Malinowski puso en duda la aceptación del dogma del irracionalismo del primitivo. Las comunidades primitivas, en su opinión, están en posesión de una consi-derable reserva de nociones basadas en la experiencia y plasmadas por la razón, y en ellas se encuentra la iniciación progresiva de un pensamiento científico, y por tanto racional. En el concepto de Malinowski, existe en el primitivo, al igual que en el occidental, un conoci-miento lógico producto de su empirismo que le permite sonreír cuando se le pregunta si podría cultivar su huerto solamente con el concurso de la magia sin tener en cuenta los re-sultados de la experiencia diaria. El primitivo acude a la magia solamente para encarar si-tuaciones fortuitas que no puede dominar con los medios a su alcance, anteponiendo en primera instancia lo que ha derivado de su conocimiento y su trabajo y dejando para des-pués el manejo de aquello que sus conocimientos racionales primitivos no le permiten do-minar y que le obligan por lo tanto acudir a la magia.

En nuestra sociedad occidental las cosas no ocurren de diferente manera. Un ilustre científico, afectado de una enfermedad incurable, puso a un lado su pen-samiento racional y utilizando el recurso mágico, emprendió un largo viaje para buscar en otras latitudes la curación que un brujo o chaman pudiera brindarle. Y de ahí también la capacidad de negación de la realidad, ejemplarizada por uno de nuestros más importantes internistas, que consideraba como simple congestión de su hígado un endurecimiento del órgano, cuyas características de cáncer no eran difíciles de establecer al más sencillo de sus discípulos. El regreso al pensamiento mágico era la única solución inconsciente, que en los dos casos anteriores, ofrecía el fracaso de la ciencia. Al analizar situaciones similares, Malinowski se expresó así: “Más allá de las causas naturales se extiende el enorme reino de la magia, y a ésta se atribuyen la mayor parte de los casos de enfermedad y muerte. La línea de demarcación entre la brujería y las demás causas es clara en la teoría y en buena parte de la práctica, pero hay que hacerse cargo de que está sujeta a lo que podríamos de-nominar la perspectiva personal Es decir, cuanto más de cerca afecta el caso a la persona que lo considera, tanto menos natural y más mágico será”. ¿No es acaso igual la situación del médico que, enfrentado a problemas patológicos especiales, resuelve enviar a su pa-cientes a centros distantes con la esperanza de obtener su curación si racionalmente duda que pueda ser obtenida?

Ernst Cassirer complementa desde el punto de vista filosófico las ideas señaladas desde otros ángulos por investigadores anteriores. Para él, el pensamiento mítico que condiciona el comportamiento mágico es una forma simbólica particular dotada de una legalidad funcional y de una coherencia interna que le son propias. Si el mito desco-noce la forma de análisis causal no puede existir para él la línea de separación entre el todo y sus partes. Mientras un proceso conceptual y causal representa y explica los fenómenos biológicos dividiendo la totalidad del organismo en distintas actividades y funciones carac-terísticas, el pensamiento mítico no realiza tales divisiones, y por tanto, no conduce tampo-co a una “articulación” del organismo. A la magia y al mito no se les permite distinguir los momentos temporales ni tampoco las partes de una totalidad espacial. Espacio, tiempo y causalidad en la magia, son los conceptos que analiza el filósofo para llevar a la idea de que la relación causal mágica desdeña toda diferencia y toda demarcación temporal, de igual forma que para el pensamiento mágico toda parte en el espacio no sólo representa el todo sino que es el todo.

Pero dejemos a un lado las teorías que permiten caracterizar al pen-samiento mágico y al racional para estudiar un par de ejemplos médicos de la vida diaria y tratar de buscarles una explicación adecuada. En un centro hospitalario de primera categoría existe un área quirúrgica. Se trata de una zona dotada de salas de operaciones, pasadizos aledaños y cuartos asépticos en los que un personal idóneo cumple permanentemente sus importantes funciones. Se habla en voz baja en las salas quirúrgicas como si se estuviera en un templo, y sólo se escucha la nota suave de una música sedante. No le es posible a nadie penetrar en el área sin estar provisto de los elementos capaces de asegurar una óptima asepsia. Blusas y mascarillas inmaculadamente blancas, polainas para los zapatos y guantes para las manos, son elementos indispensables para entrar en la zona. Si se toma parte activa en el acto quirúrgico es indispensable seguir un ritual riguroso basado, desde luego, en la más perfecta asepsia. Surge de improviso un contratiempo que altera fundamentalmente la rutina quirúrgica. Una de las llaves que gobierna la conducción del agua al quirófano se daña y es necesario acudir a Rafael, el obrero especializado en estos menesteres y la única persona calificada para solucionar tan importante problema mediante su tecnología elemental, la llave inglesa. Ante la mirada confiada y sin visión de médicos, cirujanos y enfermeras, Rafael, el obrero, rompe el tabú que impide la entrada al templo de la cirugía, y sin mascarilla ni polainas, uniformes estériles o gorro de protección para su cabeza, penetra olímpicamente al área, en donde “mágicamente”, por así decirlo, soluciona el asunto con su llave. Nadie ha tomado conciencia de la clara violación de la asepsia en que ha incurrido Rafael, y después de su intervención la cirugía continúa realizándose sin contratiempos.

Algo similar se observa en otras clínicas en las que la protección mágica que ofrece su uniforme a las reverendas religiosas les permite entrar impunemente a las salas quirúrgicas después de pasar por las cocinas y de recibir y consolar a los familiares de los pacientes, para nuevamente volver a colaborar con su presencia en las inmaculadas salas de operaciones. A lo anterior se puede agregar otro ejemplo de un centro asistencial en el que contrastaba el imponente ritual destinado a mantener la protección aséptica del enfermo y del cirujano con los cielos rasos del quirófano, negros y verdes en virtud de la excesiva proliferación de hongos facilitada por la humedad de la sala. En casos como estos, se hace necesario preguntarse cuáles son las causas determinantes de la falta de toma de conciencia de la realidad en situaciones al parecer tan obvias, y cuál la explicación de que el imponente ceremonial quirúrgico oculte aparentemente con un velo la realidad e impida su compresión adecuada.

Sigmund Freud se ocupó de estos problemas al estudiar la concep-ción extraña que sobre la naturaleza y el mundo tienen los pueblos primitivos tanto de épocas históricas como de la actualidad. Según este investigador, en el proceso de espiri-tualización de la naturaleza el alma se fue despojando paulatinamente de los elementos ma-teriales y fue adquiriendo poco a poco un alto grado de espiritualización. Para Freud, “la brujería viene a ser esencialmente el arte de influir sobre los espíritus tratándolos como a hombres, es decir, aplacándolos, conciliándolos, inclinándose ante ellos, intimidándolos, privándolos de su poder, sometiéndolos a la propia voluntad con los mismos medios que han resultado eficaces para los vivientes……. La magia, agrega después, es otra cosa ente-ramente distinta; en el fondo no toma en cuenta los espíritus, sino que se sirve de medios propios y no de la trivial metodología psicológica. Comprendemos fácilmente que la magia es la parte originaria y más importante de la técnica animista puesto que entre los medios con que trata a los espíritus se encuentran también los mágicos, y la magia encuentra su aplicación también en casos en los que no se ha efectuado la espiritualización de la natu-raleza. De allí la diferencia para el primitivo entre hechicería y magia; el asustar a un espí-ritu con estrépito y gritos es una práctica puramente hechicera; en cambio, el dominarlo apoderándose de su nombre, implica emplear contra él la magia”. Ya Taylor y Frazer ha-bían dicho que la magia implica la confusión de un nexo ideal con un nexo real; que los hombres confundieron el orden de sus ideas con el orden de la naturaleza e imaginaron en consecuencia que el control que ellos tienen, o parece que tienen, sobre sus propios pensa-mientos, les permitía ejercer un control correspondiente sobre las cosas.

En opinión de Freud, los motivos que inducen a la magia son fáciles de reconocer ya que no son otra cosa distinta que los deseos del hombre. Admite que el primitivo tiene una inmensa confianza en el poder de sus deseos y que en el fondo, lo que trata de obtener con la magia debe ocurrir así porque él lo quiere; es decir que en su origen tiene gran importancia solamente el deseo. Algo similar a lo que ocurre cuando el niño realiza en sus sueños lo que no ha podido cumplir en la vida diurna. Al primitivo, en la concepción freudiana, le ocurre lo mismo que al niño; sus deseos están unidos a un impulso motor, la voluntad, y ésta se emplea para representar una satisfacción. La supervaloración de los actos psíquicos en el niño conduce a la valoración exagerada de sus deseos, de la voluntad que depende de ellos y de la vida que en ellos desborda. Se supervalora el pen-samiento frente a la realidad y esta situación, observable en el niño, en el primitivo, y en situaciones de neurosis y de psicosis, también puede apreciarse en ocasiones en el más es-tructurado de nuestros científicos.

Las condiciones anteriores conducen a pensar que el principio que rige la magia y la técnica de pensar animista, es el de la omnipotencia del pensamiento. En el ejemplo mencionado atrás, el cirujano proyecta en Rafael su propio sentimiento de om-nipotencia adornado por los rituales que observa en su templo y los ornamentos con que se ha revestido. Su magia omnipotente, proyectada en el obrero, le confiere a éste una inmen-sa protección. De allí que le sea imposible al cirujano tomar conciencia real de lo que ocu-rre, y que la simple tecnología del obrero, asistida por el pensamiento mágico que le pro-yecta el médico, permita que las situaciones vividas en ese momento en el quirófano no es-tén gobernadas por el pensamiento racional sino por el mágico. La realidad del pensamien-to, en oposición a la realidad de los acontecimientos, constituye en el ejemplo señalado la norma que rige el desarrollo de los hechos.

El hombre omnipotente y narcisista, es decir, enamorado de sí mismo, mantiene como si fueran lógicas las ilusiones que en el fondo traducen la omnipo-tencia de su pensamiento. Pero es importante señalar que en el curso de la historia diversos personajes han contribuido a romper el mito de la omnipotencia y a transformar el pen-samiento mágico del hombre en un pensamiento racional más acorde con una evolución positiva. En lo cosmológico, Copérnico mostró que la tierra no era el centro de universo y el impacto de su descubrimiento redujo al hombre y la tierra a sus verdaderas dimensiones reales. En lo biológico, Darwin dio un nuevo golpe a la omnipotencia humana al mostrar que el hombre es sólo una de tantas especies del reino animal cuya evolución había sido afortunada. Cristo dio valor a los aspectos espirituales del ser humano y al predicar la igualdad señaló la ausencia de diferencias reales entre los potentados y los humildes. Karl Marx puso en duda la libertad de los seres humanos y mostró la dependencia del hombre de los factores económicos que establecen diferencias entre las diversas clases sociales. Y Freud, por su parte, demostró que en lo psicológico el hombre tampoco era libre; que sus actos están en buena medida regulados por los impulsos del inconsciente, y que acciones ejecutadas aparentemente con libertad, están teñidas en grados variables por las emociones.

La omnipotencia sobre la que se sustenta el pensamiento mágico, ha sufrido impactos que han permitido una evolución más racional del hombre como individuo y como colectividad; sin embargo, no ha sido doblegada del todo y su acción se ejerce aún, a través del sistema del pensamiento mágico, en los múltiples y variados actos que cumplen en la vida diaria los médicos y los cirujanos.

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