Ideas de vida y muerte en antiguas culturas de América

Capítulo 6

(Conferencia. Academia Nacional de Medicina. Diciembre 5, 1996.

“Medicina”, Vol. 20. No. 1:33. Mayo, 1998).

En el mes de abril de 1519, Hernán Cortés a la cabeza de un grupo de 553 hombres desembarcó de sus once pequeños navíos, el más grande de los cuales desplazaba apenas cien toneladas, en la costa del golfo de México a la altura de lo que hoy se conoce como la isla de Cozumel, frente a la península de Yucatán. Cuatro meses más tarde, después de haber recorrido la costa occidental del caribe mexicano, Cortés dio comienzo a una de las aventuras más increíbles del siglo XVI, que habría de terminar dos años más tarde con la derrota del imperio azteca y la destrucción de su capital, Tenochtitlan, por aquel entonces la ciudad más populosa de toda Mesoamerica. Antes de iniciar el 16 de agosto de 1519 su expedición al interior del territorio mexicano, Cortés quemó los cascos de diez de sus naves dejando solamente una en reserva que le podría permitir embarcarse hacia Cuba o Santo Domingo, o eventualmente España si fuere necesario. Tuvo sin embargo el cuidado, al desmantelar las embarcaciones, de ocultar los velámenes, las anclas, los clavos y demás elementos de hierro que posteriormente habrían de servirle en la construcción de los bergantines de guerra que en el lago de Texcoco le permitieron el asedio final a Tenochtitlan.

Tenochtitlán, capital del imperio Azteca, había sido fundada en 1315 por tribus nómadas venidas del norte, de la región de Aztlán o “país de las garzas”, que se asentaron en las regiones lacustres del altiplano central de México cuando después de largo peregrinar encontraron como signo promisorio un águila, parada sobre una planta de nopal, que devoraba una serpiente. En sus leyendas, ese era el signo que su dios tribal del sol y de la guerra, Huizilopochtli, les había señalado para identificar el sitio donde debían finalmente establecerse. Durante los dos siglos siguientes el imperio se fue consolidando y su territorio y el de los pueblos sometidos a su vasallaje, se extendió por el occidente hasta el océano pacífico o mar del sur, por el oriente hasta el golfo de México, y por el sur hacia lo que hoy son las repúblicas de Centroamerica.

La historia de los pobladores de la inmensa zona mesoamericana se remonta en el pasado unos veinte o veinticinco mil años cuando las primeras poblaciones venidas del norte merodearon como nómadas por esos territorios. Las leyendas populares del siglo XVI mencionaron la existencia de gigantes de cinco metros de altura que habrían construido, en los albores de la historia, las inmensas pirámides de Teotihuacan y las formidables del valle de Cholula. De acuerdo a las evidencias actuales, los primeros pobladores del continente Americano parecen haber sido recolectores, poseedores de una industria lítica bastante tosca a base de núcleos, cantos rodados, lascas y nódulos de piedra, cuyo nivel cultural era similar al de los grupos del paleolítico inferior y medio del antiguo continente. Luego penetraron en esas regiones grupos de cazadores nómadas que elaboraron las puntas de proyectil que hoy conocemos como Sandia, Clovis, y Folsom, y que vivieron de los grandes mamíferos del pleistoceno, especialmente del mamut y del bisonte. Algunos grupos nómadas, dedicados especialmente a la recolección, alcanzaron progresos culturales tales como el desarrollo de la cesteria y de los tejidos, el uso de taladros para obtener el fuego, la fabricación de cordeles, punzones de hueso, hachas de piedra y cuentas de concha. Ellos fueron los primeros en rendir culto a los muertos. Esta tradición que data de más de diez mil años, es conocida como la Cultura del Desierto de Norteamérica. A partir del año 5000 a.C., grupos semejantes a los del neolítico siberiano introdujeron la cultura microlítica, el conocimiento del cobre martillado, la cerámica, y quizás los montículos funerarios y las primeras viviendas semisubterráneas.

Algunos de los primitivos pobladores de Norteamérica se dispersaron por el territorio mexicano. Los estudios arqueológicos han permitido suponer que hacia el año 10000 a.C., los grupos cazadores emplearon armas y artefactos de piedra en las cacerías de grandes animales, y se piensa que habitaron en abrigos rocosos o campamentos temporales. Están representados por el llamado hombre de Tepexpan, cuyos restos fosilizados en posición semifetal sobre una capa de arcilla arenosa, fueron encontrados en las riveras del lago de Texcoco, al norte de la actual ciudad de México. En el llamado complejo Lerma, se encontraron raspadores para el trabajo de pieles, huesos de ciervo, venado y castor, y en el de Nogales, hachas cortas, piedras para la molienda de semillas, martilladores y morteros, que hablan ya de una economía recolectora aunque todavía con bastante dependencia de la caza del ciervo, el jaguar y otras especies menores.

Tal como lo ha señalado Piña Chan en su obra “Una visión del México prehispánico”, los núcleos de pobladores primitivos, cazadores nómadas y recolectores, desarrollaron una agricultura incipiente a partir del maíz, que crecía silvestre, hacia el año 5000 a.C.; posteriormente se inició el cultivo el frijol, la calabaza, el chile, el aguacate, el amaranto, el mijo silvestre y el algodón. Emplearon, además, fibras vegetales de plantas como el maguey para la fabricación de cordeles, redes y cestas, mantas, esteras y sandalias, con lo cual se fue integrando una economía estable y autosuficiente. Desarrollaron como elemento importante el culto a los muertos, como lo demuestra el hallazgo de tumbas excavadas en el interior de cuevas, con cadáveres extendidos o flexionados, cubiertos de polvo de hematita o cinabrio, envueltos en mantas y atados con cordeles. Junto a ellos, colocaron objetos personales en calidad de ofrendas, al igual que alimentos, lo que indica que ya se creía en la existencia de otra vida después de la muerte. Hay también evidencias de sacrificios humanos lo que lleva a pensar que las creencias mágico-religiosas comenzaban a tomar forma. Hacia el año 3000 a.C., construyeron viviendas y se agruparon en pequeñas aldeas, fabricaron vasijas talladas en piedra y posteriormente, en fecha aún incierta, introdujeron la cerámica.

En el período que siguió al desarrollo de la agricultura, del año 3000 al 2000 a.C., la vida plenamente sedentaria se caracterizó por las viviendas semisubterráneas, la domesticación del perro, la utilización de recipientes tallados en piedra, una mayor variedad de plantas cultivadas y la introducción de una cerámica más elaborada. Posteriormente, hacia el año 1000 a.C., se construyeron chozas de bahareque y se iniciaron los cultos a la fecundidad con figuras femeninas modeladas en arcilla. Luego se levantaron chozas sobre plataformas de tierra y piedra, se desarrolló la magia, hicieron su aparición las deidades de la lluvia, y se inició el tallado del jade y la obsidiana. La cerámica monocroma se volvió bicroma en utensilios cada vez más diversificados, y aparecieron las deidades jaguares de la tierra, los clanes totémicos, los magos y los chamanes. En un ulterior período cultural, el Preclásico superior del 800 al 200 a.C., se inició la agricultura con el desarrollo de centros ceremoniales no planificados, se rindió culto al dios del fuego y se estableció el sacerdocio y la religión formalizada. En esa época aparecieron los mascarones estucados, las esculturas monumentales en piedra, las tumbas del mismo material, los ornamentos de jade y obsidiana, y las canoas de troncos ahuecados. Se desarrollaron terrazas cultivadas, se estableció un comercio primitivo, se logró la cerámica policroma, y en el arte predominó la pintura negativa o al fresco.

El período comprendido entre los años 200 a.C. y 200 d.C., señala el inicio de las civilizaciones que irán a culminar en las culturas locales. En un comienzo, se integran los grandes centros ceremoniales con poblaciones de tipo urbano; se desarrollan en forma importante el arte, la religión y las formas de organización social; prosperan los conocimientos y las observaciones astronómicas merced a la construcción de observatorios, y en distintas zonas aparecen los calendarios que tendrán su culminación en las formas más elaboradas de los aztecas y los mayas. En el período Clásico tardío se emplea el arco falso en las construcciones arquitectónicas y se utiliza una cerámica anaranjada y delgada. Es importante señalar la aparición de juguetes con ruedas, aunque no se aplicó la rueda en los elementos del transporte. Finalmente, se consolida el politeísmo con dioses que tienen ya atributos reconocibles.

Durante este período es notable la progresiva constitución de centros ceremoniales de carácter duradero con gran número de impresionantes edificios y monumentos arquitectónicos de uso ritual. Es significativa la fijación de lugares absolutamente sagrados, o “ejes del mundo”, que garantizan una orientación espacial y religiosa, tanto a la sociedad como a sus jefes. En esos centros ceremoniales, a menudo tan extensos como ciudades, se llevaban a cabo importantes prácticas rituales dirigidas por sacerdotes de alto rango. Tales ritos señalaban las relaciones existentes entre lo económico, lo político y lo simbólico con la existencia humana.

A partir del año 700 de nuestra Era, se inició el militarismo con el empleo de arcos y flechas, y la utilización de técnicas metalúrgicas más elaboradas, a tiempo que la mitología se enriqueció con nuevos elementos solares que iban desplazando a las divinidades agrarias, que en la medida en que las sociedades se hacían más complejas, no les eran del todo suficientes. Hacia 1200 se establecen alianzas y se crean las órdenes militares de los caballeros jaguar, reminiscencia de la tierra, y los caballeros águila que simbolizan al sol. Estas órdenes militares perduraron hasta la llegada de los españoles. Se estableció la agricultura de riego y las chinampas, o islas artificiales para el cultivo de las flores y las hortalizas; se avanzó en el desarrollo de los códices, de los cuales solamente unos veinte sobreviven; se emplearon artísticamente las plumas vistosas de las aves, el oro y la plata, lo que junto con la arquitectura monumental bien diseñada, hizo pensar a los españoles de Cortés al llegar a Tenochtitlan que estaban conquistando la más bella de las ciudades del mundo.

Entre las culturas prehispánicas de México, una de las más interesantes, tanto desde el punto de vista arqueológico como desde el histórico, es la Olmeca. Se cree que los grupos nómadas olmecas se establecieron en la región del golfo, especialmente al sur de Veracruz y al norte de Tabasco, 1500 años antes de Cristo. Sus figuras modeladas en arcilla y posteriormente en grandes bloques de piedra, hacen énfasis en el carácter felino de su tótem que les llevó a la creación de un estilo artístico de gran fuerza. Con frecuencia se observa en ellas la hendidura de la frente como representación de la fontanela mayor. La costumbre muy en boga en ellos de deformar los cráneos, hace que las cabezas tengan a menudo forma de peras o aguacates. Las gentes de esas culturas practicaban la mutilación y el ennegrecimiento de los dientes, rapaban sus cabezas y en ocasiones usaban barbas postizas. Las mujeres llevaban trenzas y peinados con listones entrecruzados y era frecuente la deformación craneal.

Los olmecas se difundieron por la costa del golfo y penetraron luego al altiplano central. A ellos se deben las ideas básicas sobre el dios jaguar, deidad agraria relacionada con al agricultura y las lluvias, que posteriormente como dios jaguar humanizado, se convertirá en Tláloc, dios azteca de la lluvia, o Chac de los mayas. Fueron los olmecas los primeros en tallar el jade. Su dominio se extendió hasta Tlaxcala y Puebla llegando a ocupar a Cholula de donde fueron desalojados por los toltecas que les obligaron nuevamente a buscar refugio en las costas del golfo.

Con los grupos olmecas se inician los cultos del Sol, la Luna y quizás Venus, y los cultos de los antecesores de Ehécatl, el dios del viento, y de Xipe, el dios del maíz y los mantenimientos. Con ellos, el panteón de dioses con atributos reconocibles se fue constituyendo en una realidad. El análisis conceptual más reciente de la religión olmeca, llevado a cabo por Flannery y Drennan muestra, como característica de esas sociedades, la existencia de rituales especiales con motivo del nacimiento o la muerte de una persona o en tiempos de imprevista abundancia de víveres; y ritos relacionados con el calendario, es decir ceremonias repetidas cada año en fechas más o menos precisas. Ya no se pone en duda que representantes de la cultura olmeca practicaban ritos ad hoc, “con sacrificio de niños y actos de canibalismo al dar sepultura a personajes importantes, y con sacrificio de adultos al levantar edificios públicos probablemente destinados a la celebración de ceremonias religiosas”.

Una de las primera manifestaciones religiosas avanzadas fue la aparición del juego de la pelota, que tuvo gran significación en diversas culturas del altiplano, en el que el jugador vencido era decapitado y su sangre se representaba brotando del cuerpo en forma de serpientes. El juego de la pelota tenía una significación religiosa; el terreno en el que se jugaba representaba en realidad un templo, y la pelota tenía la significación del sol o de la luna, o bien significaba el movimiento de toda la bóveda celeste. Más tardíamente, en tiempo de los aztecas, el elemento básico de ese juego sagrado sería el tlachco, especie de cancha que en su forma más típica se asemeja a la letra I, que constaba de una estrecha galería central limitada por dos pequeños espacios rectangulares en los extremos. Burr Brundage, historiador de las religiones, señala que la disposición espacial de la cancha corresponde a un modelo cosmomágico en donde el angosto pasillo central representa el curso del Sol por el mundo subterráneo. El Sol debe efectuar ese recorrido para poder salir de nuevo por el este y volver así a crear el mundo. Visto de esa manera, el juego de la pelota o tachli, es el drama cosmogónico de la muerte nocturna, del cautiverio y de la reaparición del Sol. La cancha es el lugar sagrado en el que los sacerdotes, como jugadores, libran el combate de la cosmogonía. La práctica sagrada del juego de la pelota a lo largo de toda la historia de Mesoamérica, puede comprobarse en muchas ciudades y centros ceremoniales y era de tal manera solemne que en algunos manuscritos mixtecas se ven grandes príncipes y notables apostando en la contienda joyas de oro y de jade.

Los olmecas se desplazaron hacia la región de Yucatán y la actual Centroamérica, poco antes de la iniciación de la Era cristiana en occidente, contribuyendo al desarrollo de la civilización maya de esas regiones, en razón a tratarse de grupos organizados capaces de construir basamentos para templos, plataformas, plazas y santuarios. Tenían además un sacerdocio incipiente, artesanos especializados, agricultores y comerciantes, y estaban a un paso de la organización teocrática que iría a caracterizar a los mayas del período clásico.

En la región del altiplano central, hacia el año 1800 a.C., se instalaron grupos de recolectores y agrícolas incipientes que dieron comienzo a una cultura sedentaria, la primera cultura de Teotihuacán, cuyo nombre significa literalmente “morada de los dioses”. Su creencia en otra vida despues de la muerte, parece señalada por los enterramientos que practicaban debajo de los pisos de las chozas. El culto a la fertilidad relacionado con la agricultura, está señalado por figurillas de barro de mujeres desnudas que enterraban en los terrenos de cultivo como ofrendas aisladas. Varios siglos después, cultivaron el maíz, la calabaza y el frijol y establecieron nexos comerciales con grupos vecinos para obtener materias primas como el algodón, las turquesas, el caolín y el jade. En las prácticas funerarias de esa cultura predominaron los entierros con cuerpos flexionados, colocados directamente en el suelo sobre un manto de corteza vegetal y cubiertos por polvo rojo de cinabrio. Se han encontrado entierros múltiples de un hombre principal rodeado de varias mujeres y de gran cantidad de ofrendas para acompañarlos en el viaje al más allá.

A comienzos de la Era cristiana se levantaron las pirámides del Sol y de la Luna, y se dio comienzo a la verdadera cultura teotihuacana con el desarrollo del centro ceremonial, una población numerosa que en su época de máximo esplendor superó los 200.000 habitantes y una sociedad ya muy estratificada. El gran centro ceremonial se desarrolló alineando edificios a lo largo de una amplia calzada, orientada de sur a norte, que hoy se denomina Calzada de los Muertos, que en su centro se cruzaba con otra amplia avenida, lo que dividía a la ciudad en cuatro grandes sectores donde, conforme a una pauta octogonal a guisa de reja, se repartían las diversas edificaciones, viviendas, comercios y templos. La orientación de las calzadas y de la pirámide del Sol, están muy relacionadas con los movimientos del astro y con la localización de las Pléyades, lo que hace pensar que la ciudad ceremonial fue planeada para ser exacto reflejo de hechos geográficos, geológicos y astronómicos que establecían el marco cronológico de referencia de todas las actividades humanas.

En el período de máximo apogeo se construyó el templo de Quetzalcoatl y se erigieron edificios adornados con pinturas excelentes que representan el agua, las semillas, los animales y las flores, que hoy en día pueden admirarse en el “Templo de la Agricultura” y en “Los Subterráneos”. A juicio de Laurette Sejourné, el templo de Quetzalcoatl, por su carácter simbólico, su particular situación y su estilo artístico, refleja dentro de la historia mesoamericana una nueva concepción espiritual del poder y de la autoridad.

La sociedad teotihuacana estuvo gobernada por una casta sacerdotal integrada posiblemente por nobles y jefes de elevada alcurnia, que tenían, no solamente funciones religiosas sino también políticas, administrativas y comerciales, a la vez que enseñaban los conocimientos de la época. Entre los dioses que veneraron se encuentran Tláloc, dios de la lluvia; Huhuetótl, dios viejo o dios del fuego, representado como un anciano jorobado; Xipe, dios de las cosechas, y Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcoatl, adoptado después por los toltecas como el dios que viaja al interior de la tierra. En estrecha relación con la religión está el culto a los muertos que se entierran o incineran envueltos en mantas. Los muertos eran atados con cordeles en relación importante con el mito, presente en muchas culturas arcaicas, de la necesidad de atar los cuerpos para poderlos dominar y evitar la influencia peligrosa que pudieran tener en la comunidad.

El periodo de declinación de Teotihuacan se extiende del año 650 al 900 d.C. El gran centro cultural que había influido tanto en casi todas las culturas mexicanas comenzó a declinar; cesó de actuar el espíritu creador de sus habitantes como si sobre la gran ciudad hubiera caído una gran desgracia, y en su lugar, como lo señala Piña Chan, “se observan huellas de incendios, pobres construcciones de adobe y lodo, profanación de tumbas, desmantelamiento de escalinatas y fachadas de piedra cortada, pisos de lodo, cerámica de calidad más pobre, y otras evidencias que señalan un cambio en la forma de vida de ese gran centro en su organización social y en su religión”.

Es en esa época cuando hacen su aparición los toltecas, que llegaron a ser una de las culturas más importantes y fructíferas de Mesoamerica. Es posible que los grupos que adoptaron el nombre de toltecas fueran chichimecas venidos del norte, y que el nombre tolteca derivara de la magnífica calidad de las obras que hacían. Fray Bernardino de Sahagun, señala que tolteca “es tanto como si dijésemos oficiales pulidos y curiosos”. Con el tiempo se les consideró arquitectos y artistas y su nombre llegó a ser sinónimo de grandes constructores. Parece ser que la palabra tolteca se hubiera originado en Teotihuacán y que se la relacionara después con una gran tradición cultural y religiosa, vinculada también al desarrollo del arte y las artesanías, todo lo cual tuvo marcada influencia en el vasto territorio mexicano.

Entre los siglos IV al IX de nuestra Era, época del máximo esplendor de Teotihuacan, Quetzalcoatl fue el símbolo de la sabiduría del México antiguo. Su nombre deriva de las palabras Quetzal que significa pájaro y Coatl que significa serpiente. De allí que se le conozca como la Serpiente Emplumada, esculpida en piedra en las construcciones del centro ceremonial de Teotihuacan y llevada posteriormente al territorio de los mayas, quienes también la tallaron en sus monumentos y la conocieron con el nombre compuesto de Quetzalcoatl-Kukulkan. Por tratarse de un dios antiguo es frecuente representarlo con barbas. El dios barbado, las cabezas de serpiente emplumada y la tinta roja de las pinturas de los edificios, que significa vida, evocan el recuerdo del antiguo dios bienhechor, origen del espiritualismo del México Antiguo.

En relación con el culto a Quetzalcoatl, antigua divinidad suprema, se sabe que en aquella cultura tolteca de Teotihuacán existió un sumo sacerdote o príncipe gobernante del mismo nombre. Según la leyenda, el príncipe Quetzalcoatl tuvo un nacimiento milagroso tras la ingestión de una esmeralda por su madre. Esta muere al dar a luz, y el príncipe huérfano es adoptado por la diosa de la Tierra que lo cría como un futuro rey. Pasada la adolescencia, lleva durante siete años una vida de penitente, se abre las venas como símbolo de autosacrificio, y recibe ayuda divina para convertirse en un gran guerrero. Llega a ser un brillante caudillo y se hace también célebre por su piedad.

Quetzalcoatl es la gran figura histórica sobre cuya existencia parecen estar de acuerdo todas las fuentes, y el personaje que se empeñó en mantener en toda su pureza el culto tradicional a una deidad suprema. A él se le atribuye la formulación de toda una doctrina teológica acerca del Ometeótl o dios supremo dual. La parte masculina de esa deidad hermafrodita es conocida como Ometecuhtli, y la femenina como Omecíhuatl. Se suponía que eran residentes del cielo más alto, en un lugar llamado Omecoyán. Se les llamaba “el señor y la señora de nuestra carne y de nuestro sustento” y se les representaba adornados con mazorcas de maíz, como símbolos de fertilidad, por ser el origen de la generación de los señores de la vida y de los alimentos. Se les asocia con el primer día del calendario ritual, existente en Mesoamérica varios siglos antes de Cristo, lo que sugiere que la dualidad divina correspondería a una antiquísima tradición mítica.

El rey-sacerdote Quetzalcoatl nunca aceptó sacrificios humanos a la divinidad, a cambio de lo cual ofrecía a su dios mariposas, saltamontes, serpientes y codornices, como puede verse muy bien en el Códice Borgia. Las discordias intestinas provocadas por grupos interesados en alterar la antigua tradición y suplantarla por otra de características guerreras como llegó a ser la de los aztecas, ocasionó un verdadero drama religioso que obligó al rey-sacerdote a marcharse en dirección a oriente, a Tlapalán, “la tierra del color rojo”, y de allí al interior del mar, dejando en muchos de sus seguidores la esperanza firme de que algún día habría de regresar a restaurar el culto del dios bienhechor e iniciar nuevos tiempos mejores. Según la leyenda, al llegar al mar Quetzalcoatl se inmoló prendiéndose fuego y de allí paso al cielo transformándose en Venus, la estrella matutina.

Hasta el momento, hemos visto aparecer elementos que configuran las leyendas y la historia del México Antiguo: el nopal, cuyos frutos rojos semejantes a los corazones humanos serán luego ofrecidos en combustión por los aztecas a su dios del sol y de la guerra; la serpiente emplumada, símbolo del dios; el conflicto que se inicia entre las deidades de la tierra y las solares, es decir, entre las sedentarias-agrícolas y las guerreras, que va modificando la importancia relativa de los dioses dentro del panteón, sin que desaparezca para muchos contemporáneos la creencia en la deidad suprema representada por los principios masculino y femenino mencionados anteriormente.

En el Códice Matritense se menciona la partida hacia el oriente de Quetzalcoatl en la siguiente forma:

“Se fueron con él, le confiaron/ sus mujeres, sus hijos, sus enfermos./ Se pusieron de pié, se pusieron en movimiento,/ los ancianos, las ancianas./ Nadie dejó de obedecer./ En seguida se fue hacia el interior del mar,/ hacia la tierra de color rojo,/ Allí fue a desaparecer./ El, nuestro príncipe Quetzalcoatl.”

Un antiguo texto náhuatl, que habla del culto que se le tenía al dios Quetzalcoatl desde tiempos antiguos, da una idea aproximada del modo como probablemente se le veneraba en la ciudad de los dioses:

“Los que le daban culto/ eran cuidadosos de las cosas de dios./ Sólo un dios tenían,/ lo tenían por único dios,/ lo invocaban,/ le hacían súplicas./ Su nombre era Quetzalcoatl./ El guardián de su dios,/ su sacerdote,/ Su nombre también era Quetzalcoatl./ Y eran tan respetuosos de las cosas de dios/ Que todo lo que les decía el sacerdote Quetzalcoatl/ lo cumplían, no lo deformaban./ El les decía, él les inculcaba:/ Ese dios único,/ Quetzalcoatl es su nombre,/ nada exige,/ sino serpientes, sino mariposas,/ que vosotros debéis ofrecerle,/ que vosotros debéis sacrificarle.”

Después de la ruina de Teotihuacán, que coincidió aproximadamente con la desaparición del primer imperio de los mayas en Yucatán, surgió al norte de la actual Ciudad de México un nuevo centro cultural, la llamada ciudad histórica de Tula, en donde se conservaron algunas de las ideas religiosas del culto a Quetzalcoatl modificadas por la influencia del pensamiento de las tribus nómadas venidas del norte, cuyo espíritu guerrero se dejó sentir con amplitud en las ideas religiosas y en las prácticas de sus habitantes. León Portilla ha llamado “toltecas antiguos” a los miembros de la cultura de Teotihuacán, y “toltecas recientes” a los de Tula para facilitar la distinción entre dos culturas cercanamente emparentadas pero diferentes. En Tula, al igual que en Teotihuacán, la Serpiente Emplumada fue ciertamente la figura simbólica por excelencia del poder creador y cosmomágico de los soberanos, y su presencia en diversas épocas y ciudades perduró como arquetipo inmutable en un mundo de continuas transformaciones y excesiva periodicidad. En Teotihuacán, era el patrono dinástico que santificaba la agricultura y el comercio; en Xochicalco, parece haber sido el factor primordial de la relación directa que existía entre el calendario y la guerra; en Cholula, gran capital religiosa, su culto legitimaba a los soberanos, guiaba a los mercaderes y alentaba a todos a mantener la paz; y en Chichén-Itzá, fundó reinos en toda la comarca al rededor de pirámides-templos. Tal como lo señala David Carrasco, el modelo arquetípico legitimaba de esta manera símbolos religiosos, actividades políticas y divisiones territoriales.

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