Ideas de Vida y Muerte en Antiguas Culturas de América

Capítulo 6

ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

(Conferencia. Academia Nacional de Medicina. Diciembre 5, 1996.

“Medicina”, Vol. 20. No. 1:33. Mayo, 1998).

En el mes de abril de 1519, Hernán Cortés a la cabeza de un grupo de 553 hombres desembarcó de sus once pequeños navíos:

El más grande de los cuales desplazaba apenas cien toneladas, en la costa del golfo de México a la altura de lo que hoy se conoce como la isla de Cozumel, frente a la península de Yucatán.

Cuatro meses más tarde, después de haber recorrido la costa occidental del caribe mexicano, Cortés dio comienzo a una de las aventuras más increíbles del siglo XVI, que habría de terminar dos años más tarde con la derrota del imperio azteca y la destrucción de su capital, Tenochtitlan, por aquel entonces la ciudad más populosa de toda Mesoamerica.

Antes de iniciar el 16 de agosto de 1519 su expedición al interior del territorio mexicano, Cortés quemó los cascos de diez de sus naves dejando solamente una en reserva que le podría permitir embarcarse hacia Cuba o Santo Domingo, o eventualmente España si fuere necesario.

Tuvo sin embargo el cuidado, al desmantelar las embarcaciones, de ocultar los velámenes, las anclas, los clavos y demás elementos de hierro que posteriormente habrían de servirle en la construcción de los bergantines de guerra que en el lago de Texcoco le permitieron el asedio final a Tenochtitlan.

Tenochtitlán, capital del imperio Azteca, había sido fundada en 1315 por tribus nómadas venidas del norte, de la región de Aztlán o “país de las garzas”:

Que se asentaron en las regiones lacustres del altiplano central de México cuando después de largo peregrinar encontraron como signo promisorio un águila, parada sobre una planta de nopal, que devoraba una serpiente.

En sus leyendas, ese era el signo que su dios tribal del sol y de la guerra, Huizilopochtli, les había señalado para identificar el sitio donde debían finalmente establecerse.

Durante los dos siglos siguientes el imperio se fue consolidando y su territorio y el de los pueblos sometidos a su vasallaje, se extendió por el occidente hasta el océano pacífico o mar del sur, por el oriente hasta el golfo de México, y por el sur hacia lo que hoy son las repúblicas de Centroamerica.

La historia de los pobladores de la inmensa zona mesoamericana se remonta en el pasado unos veinte o veinticinco mil años cuando las primeras poblaciones venidas del norte merodearon como nómadas por esos territorios.

Las leyendas populares del siglo XVI mencionaron la existencia de gigantes de cinco metros de altura que habrían construido, en los albores de la historia, las inmensas pirámides de Teotihuacan y las formidables del valle de Cholula.

De acuerdo a las evidencias actuales, los primeros pobladores del continente Americano parecen haber sido recolectores, poseedores de una industria lítica bastante tosca a base de núcleos, cantos rodados, lascas y nódulos de piedra, cuyo nivel cultural era similar al de los grupos del paleolítico inferior y medio del antiguo continente.

Luego penetraron en esas regiones grupos de cazadores nómadas que elaboraron las puntas de proyectil que hoy conocemos como Sandia, Clovis, y Folsom, y que vivieron de los grandes mamíferos del pleistoceno, especialmente del mamut y del bisonte.

Algunos grupos nómadas, dedicados especialmente a la recolección, alcanzaron progresos culturales tales como el desarrollo de la cesteria y de los tejidos, el uso de taladros para obtener el fuego, la fabricación de cordeles, punzones de hueso, hachas de piedra y cuentas de concha.

Ellos fueron los primeros en rendir culto a los muertos. Esta tradición que data de más de diez mil años, es conocida como la Cultura del Desierto de Norteamérica.

A partir del año 5000 a.C., grupos semejantes a los del neolítico siberiano introdujeron la cultura microlítica, el conocimiento del cobre martillado, la cerámica, y quizás los montículos funerarios y las primeras viviendas semisubterráneas.

Algunos de los primitivos pobladores de Norteamérica se dispersaron por el territorio mexicano.

Los estudios arqueológicos han permitido suponer que hacia el año 10000 a.C., los grupos cazadores emplearon armas y artefactos de piedra en las cacerías de grandes animales, y se piensa que habitaron en abrigos rocosos o campamentos temporales.

Están representados por el llamado hombre de Tepexpan, cuyos restos fosilizados en posición semifetal sobre una capa de arcilla arenosa, fueron encontrados en las riveras del lago de Texcoco, al norte de la actual ciudad de México.

En el llamado complejo Lerma, se encontraron raspadores para el trabajo de pieles, huesos de ciervo, venado y castor, y en el de Nogales, hachas cortas, piedras para la molienda de semillas, martilladores y morteros, que hablan ya de una economía recolectora aunque todavía con bastante dependencia de la caza del ciervo, el jaguar y otras especies menores.

Tal como lo ha señalado Piña Chan en su obra “Una visión del México prehispánico”, los núcleos de pobladores primitivos, cazadores nómadas y recolectores, desarrollaron una agricultura incipiente a partir del maíz, que crecía silvestre, hacia el año 5000 a.C.; posteriormente se inició el cultivo el frijol, la calabaza, el chile, el aguacate, el amaranto, el mijo silvestre y el algodón.

Emplearon, además, fibras vegetales de plantas como el maguey para la fabricación de cordeles, redes y cestas, mantas, esteras y sandalias, con lo cual se fue integrando una economía estable y autosuficiente.

Desarrollaron como elemento importante el culto a los muertos, como lo demuestra el hallazgo de tumbas excavadas en el interior de cuevas, con cadáveres extendidos o flexionados, cubiertos de polvo de hematita o cinabrio, envueltos en mantas y atados con cordeles.

Junto a ellos, colocaron objetos personales en calidad de ofrendas, al igual que alimentos, lo que indica que ya se creía en la existencia de otra vida después de la muerte.

Hay también evidencias de sacrificios humanos lo que lleva a pensar que las creencias mágico-religiosas comenzaban a tomar forma. Hacia el año 3000 a.C., construyeron viviendas y se agruparon en pequeñas aldeas, fabricaron vasijas talladas en piedra y posteriormente, en fecha aún incierta, introdujeron la cerámica.

En el período que siguió al desarrollo de la agricultura, del año 3000 al 2000 a.C:

La vida plenamente sedentaria se caracterizó por las viviendas semisubterráneas, la domesticación del perro, la utilización de recipientes tallados en piedra, una mayor variedad de plantas cultivadas y la introducción de una cerámica más elaborada. Posteriormente, hacia el año 1000 a.C., se construyeron chozas de bahareque y se iniciaron los cultos a la fecundidad con figuras femeninas modeladas en arcilla.

Luego se levantaron chozas sobre plataformas de tierra y piedra, se desarrolló la magia, hicieron su aparición las deidades de la lluvia, y se inició el tallado del jade y la obsidiana. La cerámica monocroma se volvió bicroma en utensilios cada vez más diversificados, y aparecieron las deidades jaguares de la tierra, los clanes totémicos, los magos y los chamanes. En un ulterior período cultural, el Preclásico superior del 800 al 200 a.C., se inició la agricultura con el desarrollo de centros ceremoniales no planificados, se rindió culto al dios del fuego y se estableció el sacerdocio y la religión formalizada.

En esa época aparecieron los mascarones estucados, las esculturas monumentales en piedra, las tumbas del mismo material, los ornamentos de jade y obsidiana, y las canoas de troncos ahuecados. Se desarrollaron terrazas cultivadas, se estableció un comercio primitivo, se logró la cerámica policroma, y en el arte predominó la pintura negativa o al fresco.

El período comprendido entre los años 200 a.C. y 200 d.C., señala el inicio de las civilizaciones que irán a culminar en las culturas locales.

En un comienzo, se integran los grandes centros ceremoniales con poblaciones de tipo urbano; se desarrollan en forma importante el arte, la religión y las formas de organización social; prosperan los conocimientos y las observaciones astronómicas merced a la construcción de observatorios, y en distintas zonas aparecen los calendarios que tendrán su culminación en las formas más elaboradas de los aztecas y los mayas.

En el período Clásico tardío se emplea el arco falso en las construcciones arquitectónicas y se utiliza una cerámica anaranjada y delgada. Es importante señalar la aparición de juguetes con ruedas, aunque no se aplicó la rueda en los elementos del transporte. Finalmente, se consolida el politeísmo con dioses que tienen ya atributos reconocibles.

Durante este período es notable la progresiva constitución de centros ceremoniales de carácter duradero con gran número de impresionantes edificios y monumentos arquitectónicos de uso ritual.

Es significativa la fijación de lugares absolutamente sagrados, o “ejes del mundo”, que garantizan una orientación espacial y religiosa, tanto a la sociedad como a sus jefes. En esos centros ceremoniales, a menudo tan extensos como ciudades, se llevaban a cabo importantes prácticas rituales dirigidas por sacerdotes de alto rango.

Tales ritos señalaban las relaciones existentes entre lo económico, lo político y lo simbólico con la existencia humana.

A partir del año 700 de nuestra Era, se inició el militarismo con el empleo de arcos y flechas, y la utilización de técnicas metalúrgicas más elaboradas, a tiempo que la mitología se enriqueció con nuevos elementos solares que iban desplazando a las divinidades agrarias, que en la medida en que las sociedades se hacían más complejas, no les eran del todo suficientes.

Hacia 1200 se establecen alianzas y se crean las órdenes militares de los caballeros jaguar, reminiscencia de la tierra, y los caballeros águila que simbolizan al sol. Estas órdenes militares perduraron hasta la llegada de los españoles.

Se estableció la agricultura de riego y las chinampas, o islas artificiales para el cultivo de las flores y las hortalizas, se avanzó en el desarrollo de los códices, de los cuales solamente unos veinte sobreviven, se emplearon artísticamente las plumas vistosas de las aves, el oro y la plata, lo que junto con la arquitectura monumental bien diseñada, hizo pensar a los españoles de Cortés al llegar a Tenochtitlan que estaban conquistando la más bella de las ciudades del mundo.

Entre las culturas prehispánicas de México, una de las más interesantes, tanto desde el punto de vista arqueológico como desde el histórico, es la Olmeca.

Se cree que los grupos nómadas olmecas se establecieron en la región del golfo, especialmente al sur de Veracruz y al norte de Tabasco, 1500 años antes de Cristo. Sus figuras modeladas en arcilla y posteriormente en grandes bloques de piedra, hacen énfasis en el carácter felino de su tótem que les llevó a la creación de un estilo artístico de gran fuerza. Con frecuencia se observa en ellas la hendidura de la frente como representación de la fontanela mayor.

La costumbre muy en boga en ellos de deformar los cráneos, hace que las cabezas tengan a menudo forma de peras o aguacates. Las gentes de esas culturas practicaban la mutilación y el ennegrecimiento de los dientes, rapaban sus cabezas y en ocasiones usaban barbas postizas. Las mujeres llevaban trenzas y peinados con listones entrecruzados y era frecuente la deformación craneal.

Los olmecas se difundieron por la costa del golfo y penetraron luego al altiplano central.

A ellos se deben las ideas básicas sobre el dios jaguar, deidad agraria relacionada con al agricultura y las lluvias, que posteriormente como dios jaguar humanizado, se convertirá en Tláloc, dios azteca de la lluvia, o Chac de los mayas. Fueron los olmecas los primeros en tallar el jade.

Su dominio se extendió hasta Tlaxcala y Puebla llegando a ocupar a Cholula de donde fueron desalojados por los toltecas que les obligaron nuevamente a buscar refugio en las costas del golfo.

Con los grupos olmecas se inician los cultos del Sol, la Luna y quizás Venus, y los cultos de los antecesores de Ehécatl, el dios del viento, y de Xipe, el dios del maíz y los mantenimientos. Con ellos, el panteón de dioses con atributos reconocibles se fue constituyendo en una realidad.

El análisis conceptual más reciente de la religión olmeca, llevado a cabo por Flannery y Drennan muestra, como característica de esas sociedades, la existencia de rituales especiales con motivo del nacimiento o la muerte de una persona o en tiempos de imprevista abundancia de víveres; y ritos relacionados con el calendario, es decir ceremonias repetidas cada año en fechas más o menos precisas.

Ya no se pone en duda que representantes de la cultura olmeca practicaban ritos ad hoc, “con sacrificio de niños y actos de canibalismo al dar sepultura a personajes importantes, y con sacrificio de adultos al levantar edificios públicos probablemente destinados a la celebración de ceremonias religiosas”.

Una de las primera manifestaciones religiosas avanzadas fue la aparición del juego de la pelota, que tuvo gran significación en diversas culturas del altiplano, en el que el jugador vencido era decapitado y su sangre se representaba brotando del cuerpo en forma de serpientes.

El juego de la pelota tenía una significación religiosa; el terreno en el que se jugaba representaba en realidad un templo, y la pelota tenía la significación del sol o de la luna, o bien significaba el movimiento de toda la bóveda celeste.

Más tardíamente, en tiempo de los aztecas, el elemento básico de ese juego sagrado sería el tlachco, especie de cancha que en su forma más típica se asemeja a la letra I, que constaba de una estrecha galería central limitada por dos pequeños espacios rectangulares en los extremos. Burr Brundage, historiador de las religiones, señala que la disposición espacial de la cancha corresponde a un modelo cosmomágico en donde el angosto pasillo central representa el curso del Sol por el mundo subterráneo.

El Sol debe efectuar ese recorrido para poder salir de nuevo por el este y volver así a crear el mundo. Visto de esa manera, el juego de la pelota o tachli, es el drama cosmogónico de la muerte nocturna, del cautiverio y de la reaparición del Sol.

La cancha es el lugar sagrado en el que los sacerdotes, como jugadores, libran el combate de la cosmogonía. La práctica sagrada del juego de la pelota a lo largo de toda la historia de Mesoamérica, puede comprobarse en muchas ciudades y centros ceremoniales y era de tal manera solemne que en algunos manuscritos mixtecas se ven grandes príncipes y notables apostando en la contienda joyas de oro y de jade.

Los olmecas se desplazaron hacia la región de Yucatán y la actual Centroamérica, poco antes de la iniciación de la Era cristiana en occidente, contribuyendo al desarrollo de la civilización maya de esas regiones, en razón a tratarse de grupos organizados capaces de construir basamentos para templos, plataformas, plazas y santuarios.

Tenían además un sacerdocio incipiente, artesanos especializados, agricultores y comerciantes, y estaban a un paso de la organización teocrática que iría a caracterizar a los mayas del período clásico.

En la región del altiplano central, hacia el año 1800 a.C., se instalaron grupos de recolectores y agrícolas incipientes que dieron comienzo a una cultura sedentaria, la primera cultura de Teotihuacán, cuyo nombre significa literalmente “morada de los dioses”. Su creencia en otra vida despues de la muerte, parece señalada por los enterramientos que practicaban debajo de los pisos de las chozas.

El culto a la fertilidad relacionado con la agricultura, está señalado por figurillas de barro de mujeres desnudas que enterraban en los terrenos de cultivo como ofrendas aisladas. Varios siglos después, cultivaron el maíz, la calabaza y el frijol y establecieron nexos comerciales con grupos vecinos para obtener materias primas como el algodón, las turquesas, el caolín y el jade.

En las prácticas funerarias de esa cultura predominaron los entierros con cuerpos flexionados, colocados directamente en el suelo sobre un manto de corteza vegetal y cubiertos por polvo rojo de cinabrio. Se han encontrado entierros múltiples de un hombre principal rodeado de varias mujeres y de gran cantidad de ofrendas para acompañarlos en el viaje al más allá.

A comienzos de la Era cristiana se levantaron las pirámides del Sol y de la Luna, y se dio comienzo a la verdadera cultura teotihuacana con el desarrollo del centro ceremonial, una población numerosa que en su época de máximo esplendor superó los 200.000 habitantes y una sociedad ya muy estratificada.

El gran centro ceremonial se desarrolló alineando edificios a lo largo de una amplia calzada, orientada de sur a norte, que hoy se denomina Calzada de los Muertos, que en su centro se cruzaba con otra amplia avenida, lo que dividía a la ciudad en cuatro grandes sectores donde, conforme a una pauta octogonal a guisa de reja, se repartían las diversas edificaciones, viviendas, comercios y templos.

La orientación de las calzadas y de la pirámide del Sol, están muy relacionadas con los movimientos del astro y con la localización de las Pléyades, lo que hace pensar que la ciudad ceremonial fue planeada para ser exacto reflejo de hechos geográficos, geológicos y astronómicos que establecían el marco cronológico de referencia de todas las actividades humanas.

En el período de máximo apogeo se construyó el templo de Quetzalcoatl y se erigieron edificios adornados con pinturas excelentes que representan el agua, las semillas, los animales y las flores, que hoy en día pueden admirarse en el “Templo de la Agricultura” y en “Los Subterráneos”.

A juicio de Laurette Sejourné, el templo de Quetzalcoatl, por su carácter simbólico, su particular situación y su estilo artístico, refleja dentro de la historia mesoamericana una nueva concepción espiritual del poder y de la autoridad.

La sociedad teotihuacana estuvo gobernada por una casta sacerdotal integrada posiblemente por nobles y jefes de elevada alcurnia, que tenían, no solamente funciones religiosas sino también políticas, administrativas y comerciales, a la vez que enseñaban los conocimientos de la época.

Entre los dioses que veneraron se encuentran Tláloc, dios de la lluvia; Huhuetótl, dios viejo o dios del fuego, representado como un anciano jorobado; Xipe, dios de las cosechas, y Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcoatl, adoptado después por los toltecas como el dios que viaja al interior de la tierra. En estrecha relación con la religión está el culto a los muertos que se entierran o incineran envueltos en mantas.

Los muertos eran atados con cordeles en relación importante con el mito, presente en muchas culturas arcaicas, de la necesidad de atar los cuerpos para poderlos dominar y evitar la influencia peligrosa que pudieran tener en la comunidad.

El periodo de declinación de Teotihuacan se extiende del año 650 al 900 d.C. El gran centro cultural que había influido tanto en casi todas las culturas mexicanas comenzó a declinar; cesó de actuar el espíritu creador de sus habitantes como si sobre la gran ciudad hubiera caído una gran desgracia, y en su lugar, como lo señala Piña Chan, “se observan huellas de incendios, pobres construcciones de adobe y lodo, profanación de tumbas, desmantelamiento de escalinatas y fachadas de piedra cortada, pisos de lodo, cerámica de calidad más pobre, y otras evidencias que señalan un cambio en la forma de vida de ese gran centro en su organización social y en su religión”.

Es en esa época cuando hacen su aparición los toltecas, que llegaron a ser una de las culturas más importantes y fructíferas de Mesoamerica.

Es posible que los grupos que adoptaron el nombre de toltecas fueran chichimecas venidos del norte, y que el nombre tolteca derivara de la magnífica calidad de las obras que hacían. Fray Bernardino de Sahagun, señala que tolteca “es tanto como si dijésemos oficiales pulidos y curiosos”.

Con el tiempo se les consideró arquitectos y artistas y su nombre llegó a ser sinónimo de grandes constructores. Parece ser que la palabra tolteca se hubiera originado en Teotihuacán y que se la relacionara después con una gran tradición cultural y religiosa, vinculada también al desarrollo del arte y las artesanías, todo lo cual tuvo marcada influencia en el vasto territorio mexicano.

Entre los siglos IV al IX de nuestra Era, época del máximo esplendor de Teotihuacan, Quetzalcoatl fue el símbolo de la sabiduría del México antiguo. Su nombre deriva de las palabras Quetzal que significa pájaro y Coatl que significa serpiente.

De allí que se le conozca como la Serpiente Emplumada, esculpida en piedra en las construcciones del centro ceremonial de Teotihuacan y llevada posteriormente al territorio de los mayas, quienes también la tallaron en sus monumentos y la conocieron con el nombre compuesto de Quetzalcoatl-Kukulkan.

Por tratarse de un dios antiguo es frecuente representarlo con barbas. El dios barbado, las cabezas de serpiente emplumada y la tinta roja de las pinturas de los edificios, que significa vida, evocan el recuerdo del antiguo dios bienhechor, origen del espiritualismo del México Antiguo.

En relación con el culto a Quetzalcoatl, antigua divinidad suprema, se sabe que en aquella cultura tolteca de Teotihuacán existió un sumo sacerdote o príncipe gobernante del mismo nombre.

Según la leyenda, el príncipe Quetzalcoatl tuvo un nacimiento milagroso tras la ingestión de una esmeralda por su madre. Esta muere al dar a luz, y el príncipe huérfano es adoptado por la diosa de la Tierra que lo cría como un futuro rey. Pasada la adolescencia, lleva durante siete años una vida de penitente, se abre las venas como símbolo de autosacrificio, y recibe ayuda divina para convertirse en un gran guerrero. Llega a ser un brillante caudillo y se hace también célebre por su piedad.

Quetzalcoatl es la gran figura histórica sobre cuya existencia parecen estar de acuerdo todas las fuentes, y el personaje que se empeñó en mantener en toda su pureza el culto tradicional a una deidad suprema.

A él se le atribuye la formulación de toda una doctrina teológica acerca del Ometeótl o dios supremo dual. La parte masculina de esa deidad hermafrodita es conocida como Ometecuhtli, y la femenina como Omecíhuatl. Se suponía que eran residentes del cielo más alto, en un lugar llamado Omecoyán.

Se les llamaba “el señor y la señora de nuestra carne y de nuestro sustento” y se les representaba adornados con mazorcas de maíz, como símbolos de fertilidad, por ser el origen de la generación de los señores de la vida y de los alimentos, se les asocia con el primer día del calendario ritual, existente en Mesoamérica varios siglos antes de Cristo, lo que sugiere que la dualidad divina correspondería a una antiquísima tradición mítica.

El rey-sacerdote Quetzalcoatl nunca aceptó sacrificios humanos a la divinidad, a cambio de lo cual ofrecía a su dios mariposas, saltamontes, serpientes y codornices, como puede verse muy bien en el Códice Borgia.

Las discordias intestinas provocadas por grupos interesados en alterar la antigua tradición y suplantarla por otra de características guerreras como llegó a ser la de los aztecas, ocasionó un verdadero drama religioso que obligó al rey-sacerdote a marcharse en dirección a oriente, a Tlapalán, “la tierra del color rojo”, y de allí al interior del mar, dejando en muchos de sus seguidores la esperanza firme de que algún día habría de regresar a restaurar el culto del dios bienhechor e iniciar nuevos tiempos mejores.

Según la leyenda, al llegar al mar Quetzalcoatl se inmoló prendiéndose fuego y de allí paso al cielo transformándose en Venus, la estrella matutina.

Hasta el momento, hemos visto aparecer elementos que configuran las leyendas y la historia del México Antiguo: el nopal, cuyos frutos rojos semejantes a los corazones humanos serán luego ofrecidos en combustión por los aztecas a su dios del sol y de la guerra; la serpiente emplumada, símbolo del dios; el conflicto que se inicia entre las deidades de la tierra y las solares, es decir, entre las sedentarias-agrícolas y las guerreras, que va modificando la importancia relativa de los dioses dentro del panteón, sin que desaparezca para muchos contemporáneos la creencia en la deidad suprema representada por los principios masculino y femenino mencionados anteriormente.

En el Códice Matritense se menciona la partida hacia el oriente de Quetzalcoatl en la siguiente forma:

“Se fueron con él, le confiaron/ sus mujeres, sus hijos, sus enfermos./ Se pusieron de pié, se pusieron en movimiento,/ los ancianos, las ancianas./ Nadie dejó de obedecer./ En seguida se fue hacia el interior del mar,/ hacia la tierra de color rojo,/ Allí fue a desaparecer./ El, nuestro príncipe Quetzalcoatl.”

Un antiguo texto náhuatl, que habla del culto que se le tenía al dios Quetzalcoatl desde tiempos antiguos, da una idea aproximada del modo como probablemente se le veneraba en la ciudad de los dioses:

“Los que le daban culto/ eran cuidadosos de las cosas de dios./ Sólo un dios tenían,/ lo tenían por único dios,/ lo invocaban,/ le hacían súplicas./ Su nombre era Quetzalcoatl./ El guardián de su dios,/ su sacerdote,/ Su nombre también era Quetzalcoatl./ Y eran tan respetuosos de las cosas de dios/ Que todo lo que les decía el sacerdote Quetzalcoatl/ lo cumplían, no lo deformaban./ El les decía, él les inculcaba:/ Ese dios único,/ Quetzalcoatl es su nombre,/ nada exige,/ sino serpientes, sino mariposas,/ que vosotros debéis ofrecerle,/ que vosotros debéis sacrificarle.”

Después de la ruina de Teotihuacán:

Que coincidió aproximadamente con la desaparición del primer imperio de los mayas en Yucatán, surgió al norte de la actual Ciudad de México un nuevo centro cultural, la llamada ciudad histórica de Tula, en donde se conservaron algunas de las ideas religiosas del culto a Quetzalcoatl modificadas por la influencia del pensamiento de las tribus nómadas venidas del norte, cuyo espíritu guerrero se dejó sentir con amplitud en las ideas religiosas y en las prácticas de sus habitantes.

León Portilla ha llamado “toltecas antiguos” a los miembros de la cultura de Teotihuacán, y “toltecas recientes” a los de Tula para facilitar la distinción entre dos culturas cercanamente emparentadas pero diferentes.

En Tula, al igual que en Teotihuacán, la Serpiente Emplumada fue ciertamente la figura simbólica por excelencia del poder creador y cosmomágico de los soberanos, y su presencia en diversas épocas y ciudades perduró como arquetipo inmutable en un mundo de continuas transformaciones y excesiva periodicidad.

En Teotihuacán, era el patrono dinástico que santificaba la agricultura y el comercio, en Xochicalco, parece haber sido el factor primordial de la relación directa que existía entre el calendario y la guerra, en Cholula, gran capital religiosa, su culto legitimaba a los soberanos, guiaba a los mercaderes y alentaba a todos a mantener la paz; y en Chichén-Itzá, fundó reinos en toda la comarca al rededor de pirámides-templos.

Tal como lo señala David Carrasco, el modelo arquetípico legitimaba de esta manera símbolos religiosos, actividades políticas y divisiones territoriales.

Las tribus de los méxicas o tenochtas, también de origen nahua y procedentes del norte:

Después de varios intentos fallidos y de guerrear contra los primitivos habitantes de la zona se establecieron en el extremo occidental del lago de Texcoco y fundaron la ciudad de Tenochtitlan.

Los aztecas llevaron a los lugares más altos del panteón mesoamericano a un dios tribal al que le rendían fervoroso culto. Era el dios del sur, dios del sol y de la guerra, conocido por los aztecas como Huitzilopochtli, llamado Vichilobos por el cronista de la conquista de México, Bernal Díaz del Castillo.

Su santuario principal se colocó en lo más alto del Teocalli, pirámide religiosa que se levantaba en el centro de la ciudad, junto al de Tláloc, dios de la lluvia, que tuvo para los aztecas el mismo rango, lo que indica que la nueva religión del dios sol compartía el fervor de las masas sin reemplazar el culto del dios agrario por naturaleza, el dios de la lluvia.

Cuando se llevó a cabo la conquista española, los conquistadores exigieron que se colocara junto a los dos dioses una cruz y una imagen de la Virgen, lo que fue aceptado de inmediato y sin discusión, porque los aztecas al igual que las demás tribus mesoamericanas, aceptaban los dioses de otras gentes y no se consideraron jamás dueños exclusivos de la verdad religiosa.

Esa es la razón por la cual, para los indígenas, era extraña la actitud de los españoles que sólo hablaban de un dios, el suyo propio, y se dolieran al observar los esfuerzos que empleaban los invasores por destruir las estatuas de los dioses nativos a los que consideraron engendros del demonio.

De los dos dioses venerados en el gran Teocalli, Tláloc:

Como dios de la lluvia y de la vegetación, representante de las divinidades agrarias heredadas de la época clásica, castigaba con sequías y hambrunas a los que lo desdeñaban.

Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra, era el exponente de la contienda cósmica que requería de sacrificios humanos para poder subsistir.

De allí la necesidad de los aztecas, como “colaboradores de los dioses”, de mantener un adecuado número de prisioneros a los que se sacrificaba para extraerles con cuchillos de pedernal el corazón palpitante y darlo en ofrenda al sol quemándolo en una de las piedras de Tizoc.

Se creía que el prisionero sacrificado acompañaría al sol desde el oriente hasta el cenit en los siguientes cuatro años, y que ese sacrificio glorioso le aseguraba, así fuera transitoriamente, la inmortalidad.

Según las versiones de que se dispone, la dualidad divina a la que hemos hecho referencia, Ometecuhtli:

El principio masculino y Omecíuahtl, el femenino, tuvieron cuatro hijos a los cuales les fue encomendada la creación de otros dioses, del mundo y de los hombres.

A ellos les adjudicaron simbólicamente diferentes colores, hecho de importancia que facilita las interpretaciones de los códices, pero dificulta las de la estatuaria, en la cual los colores no pueden apreciarse.

El oriente, queda representado por el Tezcatlipoca rojo; el norte, por el Tezcatlipoca negro; el sur, por el Tezcatlipoca azul, que es el mismo Huitzilopochtli, y el occidente, por el Tezcatlipoca blanco, más conocido como Quetzalcoatl, dios del aire y de la vida. Son ellos los regentes de los cuatro puntos cardinales, que se representan como cruces con un centro del que irradian las cuatro direcciones del universo.

En el punto de cruce de las cuatro direcciones del mundo, los aztecas colocaron a Tonatiuh, también dios del sol, que en el calendario azteca aparece mostrando su lengua, con lo cual se expresa la sed del sol por el líquido precioso, es decir por la sangre que debía ofrecérsele con los sacrificios humanos.

La presencia de cruces, que observaban tanto en las pinturas como en las vestiduras de los indígenas:

Extrañó inmensamente a los españoles, que pensaron en un comienzo en que alguno de los discípulos de Cristo había pasado ya por esas tierras y había querido cristianizarlas. Años más tarde, trataron de identificarlo como Santo Tomás y pensaron que éste, en América, habría hecho algo similar a los que hizo el apóstol Santiago en España.

Encontraron similitudes entre Tomás y Toliptzin, que vivía en castidad como el apóstol, haciendo penitencia en su celda, orando y predicando; como para algunos, Tolipzin y Quetzalcoatl eran una misma figura, muy pronto llegaron a pensar que Quetzalcoatl y el apóstol Tomás también lo eran.

Esto habría de tener repercusiones ulteriores cuando a finales del siglo XVIII, un fraile dominico predicó sermones en la fiesta de la virgen de Guadalupe señalando que el culto a esta virgen era un legado de SantoTomás-Quetzalcoatl, héroe cultural al que se consideró por algunos como una especie de fundador honorario de la nación mexicana.

La leyenda de Santo Tomás-Quetzalcoatl, se transformó en un mito de utilidad nacional. Algo similar ocurrió con la Virgen de Guadalupe que según las crónicas se apareció a una india, lo que hizo que los indígenas la adoptaran como propia y que sincréticamente la relacionaran con Tolipsin, la diosa madre, para darle el nombre compuesto de Guadalupe-Tolipsin con el que aún se le venera en algunos lugares de Yucatán. (Lea También: La Medicina del Renacimiento Español)

En la cosmología de los aztecas se dice que antes del universo actual existieron otros cuatro mundos, o “soles”, que habían sido destruidos por catástrofes, y que la humanidad de cada uno de ellos también había perecido totalmente.

El mundo en que vivían era considerado como el “Quinto Sol”. En la concepción de los aztecas, las diversas humanidades que existieron fueron creadas alternativamente por dos dioses: Quetzalcoatl, el dios benéfico por excelencia y Tezcatlipoca negro, el dios nocturno y multiforme que se cubre con la piel del jaguar y cuyas manchas simulan el cielo estrellado de su dios.

Tezcatlipoca era también la constelación de la Osa Mayor, cuya estrella inferior desaparece ocasionalmente de la vista a la latitud de México, lo que hizo que el dios fuera representado con el pie izquierdo mutilado, que correspondería a la estrella que ocasionalmente deja de observarse.

Según la cosmología mitológica, Tezcatlipoca negro creó la primera humanidad constituida por gigantes a los que se atribuyó la construcción de pirámides en Cholula y Teotihuacán. Los gigantes eran recolectores pero no cultivadores y murieron devorados por los tigres en el día 4 tigre.

Quetzalcoatl creó entonces la segunda humanidad que fue luego destruida por un gran viento en el día 4 viento; algunos hombres sobrevivieron transformados en monos. En la tercera edad, los dioses creadores pusieron por sol a Tláloc pero Quetzalcoatl hizo que lloviera fuego y los hombres murieron o se convirtieron en pájaros en el día 4 lluvia; los hombres de esa tercera humanidad se alimentaban de maíz de agua.

Luego vino la cuarta edad en la cual los dioses creadores pusieron por sol a una deidad femenina, la diosa del agua, Chaltiutlícue, pero Tezclatipoca hizo llover tanto que la tierra se inundó y los hombres que no perecieron fueron transformados en peces en el día 4 agua; los hombres de esa edad se alimentaban de maíz.

La destrucción de cada una de esas edades por el fuego, el aire, el agua o los tigres, y la conversión de la humanidad en peces, aves, monos y gigantes, como lo indica don Alfonso Caso, no parece indicar una idea de evolución sino señalar intentos progresivos tendientes a llegar a la creación del hombre primitivo, que ya no se alimenta solamente de bellotas y raíces sino también de maíz.

Es de destacarse en esta cosmovisión la acción alternativa de dos principios, uno bueno y uno malo que se disputan el universo.

Después de la destrucción de la cuarta humanidad, el último sol se había perdido en la catástrofe y no había quien iluminara al mundo. Los dioses se reunieron en Teotihuacán y determinaron que unos de ellos debían sacrificarse y convertirse en sol. Se preparó un gran brasero para que recibiera los dioses que se prestaran para el sacrificio.

Dos de ellos, Nanahuatzín y Tecciztecatl fueron elegidos para arrojarse al fuego y crear así la nueva edad cósmica. De allí salió primero el sol brillante y luego la luna que brillaba tanto como el sol; los dioses indignados con la luna, que tanto quería parecerse al sol, le golpearon el rostro con un conejo dejándole las manchas que aún conserva que para los aztecas representaban ese animal.

Pero el nuevo sol no se movía y para hacerlo exigió el sacrificio de nuevos dioses comenzando por las estrellas. Así murió, inmolada en el brasero, Venus, seguida por Xólotl su hermano gemelo. Gracias al sacrificio de los dioses el sol se puso en movimiento, y el mito nos indica que también tendría que morir a causa de terremotos en el día 4 movimiento o 4 temblor.

El mito del sacrificio de los dioses refleja la convicción que tenían los aztecas de la inestabilidad del mundo y de que los dioses mismos habían de sacrificarse para que siguiera fluyendo su energía. Tal cosmogonía justificaba los sacrificios humanos en gran escala exigidos por la religión azteca.

Se pensaba que la nueva catástrofe ocurriría al terminar los cincuenta y dos años del siglo azteca.

Al llegar ese día se apagaban los fuegos de la ciudad y los sacerdotes esperaban hasta la media noche. Si para entonces una nueva estrella, probablemente Aldebarán de la constelación del Tauro, pasaba por lo que ellos creían que era el sitio medio del cielo, esto significaba que el mundo no moriría y que el sol volvería a brillar a la mañana siguiente. De no ocurrir ese fenómeno, las estrellas se precipitarían sobre la tierra y devorarían como fieras feroces a todos los hombres.

Después de la creación del quinto Sol, se introduce la guerra como mecanismo para asegurar que hubiese prisioneros que inmolar, y alimentar de ese modo al astro, manteniéndolo en su órbita, día tras día y noche tras noche, para asegurar continuamente su aparición.

El paradigma espacial del cosmos donde actuaban tales fuerzas dinámicas y se sentían los efectos de los sacrificios respondía a un orden estricto. El concepto azteca de la tierra era el de “país rodeado de agua”, como en muchas otras culturas arcaicas.

En su centro, llamado tlalxico u “ombligo de la tierra”, se alzaba Tenochtitlán, de donde procedían los cuatro Cuadrantes o puntos cardinales. Al océano, que baña por todos los lados la tierra habitada, se le llamaba Ilhuicaatl, o “aguas celestes”, que se expandían también en sentido vertical hasta alcanzar la parte más baja del decimotercer cielo.

Bajo la tierra se encontraban las nueve capas del mundo inferior, que en su noveno estrato se llamaba el Mictlán. La posición de Tenochtitlán en el “ombligo del mundo”, y por lo tanto su importancia para los aztecas, quedó expresada en un pequeño poema que dice así:

“La ciudad de México-Tenochtitlan, está orgullosa de sí. Nadie tiene aquí miedo, de morir en la guerra. Tal es nuestra gloria, tal es tu mandamiento, ¡oh Dador de la vida! ¡No lo olvidéis príncipes! ¿Quién osará conquistar a Tenochtitlan? ¿Quién será capaz de conmover los baluartes del cielo?”

Los dioses del complicado panteón azteca se identifican por las diversas prendas de su atavío y por los objetos que llevan en las manos.

No ocurre con ellos lo que se encuentra en los dioses del panteón hindú, en los cuales las diversas características de la deidad están representadas como múltiples brazos, cabezas o piernas, cada una de las cuales señala una de las características del dios; en ellas, muchas veces esas múltiples extremidades o cabezas están unidas a un solo tronco, lo que indica la unidad de la deidad, como es el caso del dios Indra o el muy conocido de la diosa Shiva.

En el caso de Quetzalcoatl, tal como aparece en el código borbónico, su cuerpo y su cara están pintados de negro, color de los sacerdotes, y él es considerado como sumo sacerdote e inventor del autosacrificio consistente en sangrarse las orejas, el pene y otras partes del cuerpo con punzones de hueso o agujas de maguey.

Por esa razón, en su tocado se observa un hueso y los elementos indicativos del “líquido precioso” o sangre humana; en su mano derecha lleva un incensario con mango en forma de serpiente y en la izquierda la bolsa de copal.

Una de sus principales características es el gorro cónico de piel de jaguar y un gran pectoral de caracol marino en corte transversal que lo caracteriza también como dios del viento y que según algunas interpretaciones tiene también una connotación sexual.

En la cabeza, un adorno con plumas negras de cuervo y rojas de guacamaya que simbolizan el sol de la noche, es decir, el sol muerto.

Las barbas, con las cuales a veces se le representa, indican que por ser un dios creador es un dios viejo y en consecuencia barbado.

Frente a la boca tiene una máscara en forma de pico de ave en ocasiones adornada con dientes de serpiente.

Quetzalcoatl significa literalmente serpiente emplumada, pero como la pluma del quetzal es símbolo de las cosas preciosas, y coatl significa también gemelo (de allí el mexicanismo de cuate), el nombre de Quetzalcoatl significa también “gemelo precioso”, con lo que se indica que la estrella matutina y la vespertina son una misma y única estrella, Venus, representada en la mañana por Quetzalcoatl y en la tarde por Xólotl, su hermano gemelo.

Venus aparece como estrella vespertina, luego se hace invisible y reaparece como estrella de la mañana; su desaparición se interpretaba afirmando que indicaba el momento en que los dos dioses gemelos viajaban al Mictlán, la tierra de los muertos, en donde sufrían diferentes pruebas impuestas por los dioses infernales.

La huida de Quetzalcoatl de la ciudad de Tula hacia el occidente, la “tierra del rojo y del negro”, y su promesa de volver por el oriente, era otra manera de explicar en forma de mito el ocultamiento del planeta y su reaparición como estrella matutina precediendo al sol.

Quetzalcoatl es el dios benéfico de la vida. Después de haber creado al hombre con su sangre, se hace hormiga para robarle a las hormigas un grano de maíz que entrega a los hombres para que se alimenten. Les enseñó además a pulir el jade, a tejer las mantas de algodón y a fabricar los mosaicos de plumas.

Pero sobre todo, enseñó al hombre la ciencia, indicándole la forma de medir el tiempo y estudiar las revoluciones de los astros; enseñó también el calendario, inventó las ceremonias religiosas y fijó los días para las oraciones y los sacrificios. Para don Alfonso Caso, la figura de Qetzalcoatl es el arquetipo de la santidad, tal como lo señalan las noticias que han conservado las crónicas y las representaciones de los manuscritos indígenas.

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Según las leyendas, en el mundo esplendoroso de Quetzalcoatl irrumpe el mago antagonista Tezcatlipoca, llamado también el “Espejo Humeante”, quien va a causar su perdición.

El movimiento hostil organizado por el intruso tenía que ver con la cuestión de los sacrificios humanos. Quetzalcoatl, como se ha señalado, practicaba durante su reinado el sacrificio de codornices, serpientes, mariposas y saltamontes, pero no aceptaba los sacrificios humanos.

Tezcatlipoca, que deseaba introducir tales sacrificios, se valió de artes mágicas y astutas maniobras para inducir a Quetzalcoatl a cometer dos pecados graves: el pecado de la embriaguez y el de la incontinencia sexual incestuosa.

Estos dos pecados adquieren las dimensiones de una tragedia cósmica cuando son cometidos por un dios. Según otro mito, es la diosa del amor y la hermosura la que seduce al dios provocando la ira de los otros dioses que la transforman en alacrán.

“De este modo, dice don Alfonso Caso, la lucha cósmica se transforma en una lucha moral, y más tarde, cuando el rey tolteca, el histórico Quetzalcoatl, es obligado a abandonar Tula, son los sacerdotes y los fieles de Tezcatlipoca los que persiguen al Quetzalcoatl histórico y lo hacen abandonar la región central de México y huir a las tierras de Veracruz, Tabasco y Yucatán”.

Tezcatlipoca simbolizaba originalmente el cielo nocturno y está relacionado con los dioses estelares, con la luna y con aquellos que significan muerte, maldad o destrucción.

Es el patrono de hechiceros y salteadores y no envejece nunca. Su nombre significa “espejo humeante”, razón por la cual sus representaciones estaban pintadas con un tizne de reflejos metálicos.

Es afín a Huitzilopochtli, pero en tanto que éste representa al cielo azul o cielo del día, Tezcatlipoca representa el cielo negro de la noche. En algunas variantes de los mitos es también el dios del fuego, el dios del frío y el dios del pecado y la miseria. Su figura se caracteriza por un espejo humeante colocado en la sien y otro en el pié izquierdo que le fue cercenado.

Siendo un dios nocturno es también negro pero su pintura facial se hace con rayas horizontales amarillas y negras. Tiene el pelo cortado como los guerreros, en dos niveles, y está adornado con el escudo o chimalli, el lanzadardos o átlatl, y los dardos que lo caracterizan como guerrero.

El Sol, llamado Tonatiuh, está muy bien representado en el llamado Calendario Azteca.

En el centro del disco está el rostro del dios y sus manos, armadas de garras de águilas, estrujan corazones humanos, porque los aztecas concebían al sol como un águila que al ascender al cielo en las mañanas se llama Cuauhtlehuánitl, o “águila que asciende” y por la tarde Cuauhtémoc, o “águila que cae”, nombre del último, infortunado y heroico emperador azteca. La lengua afuera simboliza la sed de sangre del dios Sol.

Al rededor de la figura está el signo 4 Temblor, día en el que habrá de terminar por terremotos el mundo actual y en los cuatro rectángulos los glifos que simbolizan los soles anteriores. Estas representaciones están rodeadas por un anillo que contiene los signos de los días.

Le siguen bandas con dibujos de rayos solares y de joyas de jade o turquesa; y por último dos bandas exteriores que representan dragones de fuego que llevan al sol por el cielo, y entre cuyas fauces se ven los rostros de las deidades a las que sirven de disfraz.

Huehuetéotl, dios del fuego y uno de los más antiguos del panteón, se representa como un viejo de espalda encorvada, boca desdentada y arrugas en las comisuras de los labios, que sostiene en la cabeza un enorme brasero. El dios del fuego representa indudablemente una de las más antiguas concepciones del hombre mesoamericano.

Es el dios del centro en relación con los puntos cardinales, así como el brasero para encender el fuego es el centro de la casa o del templo.

Se le llama también el “Señor de la yerba” o el “Señor de la turquesa” y, en ese sentido, se le representa llevando una especie de mitra azul formada por turquesas, característica de los reyes mexicanos.

Tláloc, dios del agua y de la vegetación, Chac para los mayas, está presente en todas las culturas de Mesoamérica.

Aunque en general es un dios benéfico, está también en sus manos la inundación y la sequía, el granizo, el hielo y el rayo, por lo cual es temido por su cólera. En las representaciones aparece con una máscara de dos serpientes entrelazadas que forman un cerco alrededor de los ojos y juntan sus fauces sobre la boca del dios. La máscara, como todos sus atavíos, está pintada de azul, el color del agua.

El cuerpo y el rostro están dibujados en negro porque Tláloc representa principalmente la nube tempestuosa; en cambio las nubes blancas aparecen como plumas de garza en su tocado. Sobre la cabeza se destaca una joya que termina en dos plumas de quetzal, “la espiga preciosa” que denota el maíz, que depende tan estrechamente del dios de la lluvia.

Tláloc, que es una de las principales deidades agrícolas, cede un poco de su importancia a favor del dios de la guerra Huitzilopochtli con el que comparte la cúspide del gran teocalli de Tenochtitlan.

Xipe-Tótec, “nuestro Señor el desollado”, es el dios de la vegetación y de la primavera. Para rendirle culto se desollaba un esclavo y el sacerdote de su culto se cubría con su piel.

El rito significa que al llegar la primavera, la tierra debe cubrirse con una nueva capa de vegetación y cambiar su piel cubriéndose con una nueva; es la representación del morir y renacer, muy frecuente en otras culturas agrarias.

Todos sus atavíos son de color rojo y su rostro está cruzado por rayas rojas y amarillas; su cuerpo está cubierto con la piel desollada de un esclavo.

Huitzilopochtli representa el cielo azul del día pero es una encarnación del sol.

Es un dios que solamente parece haber tenido importancia en la cultura azteca. Lucha contra los poderes de la noche capitaneados por la luna y todos los días tiene que derrotar a los dioses nocturnos para que éstos no destruyan al astro solar y la humanidad pueda continuar viviendo.

Es el dios principal de la nación azteca, el que indicó a su pueblo el lugar donde debía fundarse Tenochtitlán, pero que a diferencia de Tláloc, el dios generalmente bondadoso de la agricultura, es el dios iracundo de la guerra.

Es hijo de Coatlícue y nace adulto y armado, mata a su hermana Coyolxauhqui y aniquila a sus 399 hermanos. Una de las interpretaciones de esta cruel matanza es la victoria diaria del Sol sobre la Luna y los demás astros, y es un modelo mítico que sirve para explicar en parte los atroces sacrificios humanos de Tenochtitlán.

Los sacrificios humanos se rodeaban de una serie de actos que en conjunto se asemejaban a una representación dramática. Las víctimas, prisioneros o esclavos, tomaban primero un baño ritual y eran luego ataviadas con esmero; llevaban atuendos especiales con los accesorios propios de la divinidad que iba a recibirlas en sacrificio.

La ceremonia llegaba a su punto culminante cuando los prisioneros espléndidamente ataviados se aproximaban al templo en procesión, cantando o danzando, y junto con sus verdugos subían las escaleras que conducían hasta el altar de los sacrificios en donde el sacerdote les abría el pecho con su cuchillo de pedernal y ofrecía el corazón palpitante al Sol como alimento y fuerza vital.

Entre las deidades femeninas sobresale Coatlícue, que en los mitos aztecas tiene importancia especial porque es la madre del Sol, la Luna y las estrellas.

Está representada por una colosal estatua que se encuentra en el Museo de Antropología de México. Es tremendamente expresiva con su falda de serpientes, un collar de manos y corazones humanos que remata en un cráneo que oculta en parte el pecho de la diosa. Sus senos cuelgan exhaustos porque ha amamantado a dioses y hombres. De la cabeza cortada salen dos corrientes de sangre en forma de serpiente que al juntar sus fauces forman un rostro fantástico.

La ocupación que en vida tuvo el difunto y su tipo de muerte son los elementos que van a determinar el lugar a donde va el alma después de la muerte: Los guerreros que murieron en combate o en la piedra de los sacrificios y aún los enemigos muertos en el campo de batalla o en la piedra de los sacrificios, van a la “casa del Sol” y acompañan al astro en jardines llenos de flores y en su viaje desde el oriente hasta el cenit.

Después de cuatro años se transforman en colibríes y otras aves de plumajes exóticos que se alimentan del néctar de las flores.

Las mujeres que mueren de parto, acompañan al sol del cenit al poniente; cuando bajan a la tierra lo hacen de noche y son entonces fantasmas espantables y de mal agüero. Son las “mujeres diosas”, que por haber muerto en el parto tienen poderes mágicos, razón por la cual los guerreros jóvenes muchas veces las mutilaban para apoderarse del brazo derecho que les haría invencibles en las batallas.

Los que mueren por rayo, ahogados, de hidropesía, gota o lepra, enfermedades relacionadas con el agua, van al Tlacolán o paraíso de Tláloc, en donde abunda el maíz y el frijol y en donde crecen toda suerte de arboles frutales; a diferencia de los guerreros no eran incinerados sino enterrados, porque el agua debía volver a la tierra. Pero aquellos que no fueron elegidos por el Sol o por Tláloc, van simplemente al Mictlán o noveno infierno en donde las almas padecen una serie de pruebas mágicas.

Allí, en el mundo subterráneo de la muerte, reinaba Mictlantecuhtli, el “Señor de los muertos”, cuyo cuerpo estaba cubierto de huesos humanos y el rostro adornado con una máscara en forma de cráneo. En el Mictlán se encuentran también gran cantidad de dioses representantes de la muerte.

Cuatro años después de la muerte, el difunto alcanza el descanso definitivo y después se disuelve en la nada. De allí que los aztecas conmemoraran en fechas específicas la muerte de sus deudos, a los 80 días, anualmente y a los cuatro años, época después de la cual no volvían a ocuparse de la memoria del difunto.

Al igual que el viaje del Dante por los círculos del infierno, las almas de los aztecas tenían que pasar por nueve diferentes infiernos antes de alcanzar la paz definitiva de la disolución.

En el primer paso eran ayudados por un perro que se acostumbraba a enterrar con el muerto con el fin específico de ayudarlo a cruzar un río.

Se le colocaba en la boca una cuenta de jade para que le sirviera de corazón, y quizás para dejarla en prenda en el séptimo infierno donde las fieras devoraban los corazones de los hombres. El difunto era incinerado y la cuenta de jade se guardaba en su casa en una urna especial.

La cultura de Teotihuacán, ya desde el sigo VI de nuestra era, concebía la existencia de un paraíso o lugar de las delicias, llamado Tlalocán, idea heredada por los toltecas y los aztecas; era el lugar en donde los bienaventurados se dedicaban a los placeres de los cantos, la recolección de frutas de los arboles y la participación en juegos y regocijos. Tenían también la creencia en la existencia de trece cielos adonde no llegaban las almas de los hombres.

En el más alto de todos, moraban Ometecuhtli y Omecíhuatl, junto con las almas de los niños que fallecen antes de tener uso de razón. Vienen después en su orden los cielos de colores rojo, amarillo, blanco y azul; éste último es la morada de Huitzilopochtli; luego sigue un cielo verde y después el cielo de las estrellas errantes, los cometas y el fuego.

En el cuarto cielo habita la diosa de la sal; el tercero es el cielo por donde camina el sol; el segundo es el de las estrellas de la Vía Láctea, morada de la diosa madre Coatlícue y los dioses del cielo nocturno. Por último, en el primer cielo, el más cercano a la tierra, viaja la luna y se forman las nubes.

Los trece dioses celestiales que habitan los trece cielos y los nueve señores del infierno, tienen gran importancia en el calendario y dan su carácter fasto o nefasto a los días con los que están asociados.

Es importante señalar que los aztecas poseían un calendario ritual de 260 días conocido con el nombre de Tonalpohualli, en el cual se encontraban fechas especiales en las que se realizaban ceremonias en honor del sol, consistentes en el sacrificio de prisioneros pintados con franjas rojas y blancas por los caballeros águilas y tigres pertenecientes a las órdenes militares dedicadas al culto solar.

Pero la mayor parte de las fiestas y ceremonias religiosas se regían por el calendario anual de 360 días divididos en 18 meses de veinte días, a los cuales se agregaban cinco días mas que se consideraban aciagos y en los cuales no se celebraba ceremonia alguna.

Cada 52 años, al cumplirse el siglo azteca, celebraban trece días mas, que desde el punto de vista del calendario, completaban las seis horas extras por año que no habían sido tenidas en cuenta. Con estas adiciones, el calendario anual de los aztecas es exactamente igual al que usamos en la actualidad.

Siendo el calendario anual de carácter agrícola, las ceremonias se llevaban a cabo en medio de danzas y cánticos, sacrificando al dios sol y a los dioses de la agricultura para que en esa forma la sangre les alimentara y permitiera que el sol continuara alumbrando.

El sacrificio humano no se hacía con el objeto de causar un daño al sacrificado; tampoco por crueldad o por venganza.

El cautivo era considerado como un mensajero portador de los deseos del pueblo al que a menudo se reverenciaba como si se tratara del mismo dios.

La comida de la carne de los sacrificados, en otras palabras el canibalismo, era un rito que se efectuaba como una ceremonia religiosa a tal punto que el guerrero que había capturado al prisionero no podía comer su carne porque lo consideraba como un hijo. Para los aztecas, como lo señala don Alfonso Caso, “las víctimas humanas eran la encarnación de los dioses a los que representaban y cuyos atavíos llevaban, y al comer su carne practicaban una especie de comunión con la divinidad”.

Al lado de los sacrificios humanos se cantaban himnos a los dioses, se danzaba, se hacían representaciones teatrales, mascaradas y juegos, y se practicaban deportes de alto contenido religioso como el juego de la pelota. Algunos, como el del volador, aún se practica entre los totonacas y se representa ocasionalmente en la plaza de El Zócalo de Ciudad de México.

Muchos son los etnólogos y antropólogos que se han ocupado en las últimas décadas del estudio de los mitos de las culturas antiguas y de las sociedades premodernas de la actualidad, siguiendo los trabajos iniciales de Frazer, Tylor y otros científicos sociales que sentaron las bases de la moderna antropología cultural.

Mircea Eliade, el célebre etnólogo e historiador de las religiones, propuso el término hierofanía para señalar las manifestaciones de lo sagrado que se muestran como algo diferente por completo de lo profano, y ha indicado las características generales de los mitos religiosos, bien aplicables en el caso de las culturas mesoamericanas de las que nos estamos ocupando.

Para Eliade, lo sagrado y lo profano constituyen dos modalidades de estar en el mundo, dos situaciones existenciales asumidas por el hombre a lo largo de su historia.

A diferencia de las modernas culturas tecnológicas que han “desacralizado” el mundo, las sociedades primitivas del tipo de los cazadores nómadas y los agricultores sedentarios, viven en un Cosmos sacralizado, participan de una sacralidad cósmica manifestada tanto en el mundo animal como en el vegetal.

En el espacio, los hombres de culturas arcaicas no tienen la libertad de elegir los emplazamientos sagrados; no hacen sino buscarlos y descubrirlos mediante la ayuda de signos misteriosos, como ocurrió a los aztecas en 1315 cuando observaron el águila que devoraba la serpiente..

Y el lugar “sagrado” en el que se funda una ciudad, se erige un templo, o se levanta una pirámide, se transforma en el centro del universo, el “ombligo del mundo”.

Las montañas, al igual que las pirámides que las reemplazan, se constituyen para muchas culturas en los lugares más próximos al cielo.

Al igual que en la pirámide de Keops en Egipto, la pirámide del Sol en Teotihuacán se iluminaba en su cúspide al comenzar a levantarse el Sol y antes que el resto de la pirámide y el centro ceremonial en donde estaba construida fueran tocados por los rayos del astro, lo que indicaba la íntima relación entre el Cielo y la pirámide sacralizada.

La ciudad y la pirámide, como establecimientos humanos, repiten la Creación del Mundo a partir de un punto central. A imagen del Universo que se desarrolla a partir de un centro y se irradia hacia los cuatro puntos cardinales, la ciudad se extiende a partir de una encrucijada. El cuadrado construido a partir del punto central constituye una imagen del mundo.

La división de la ciudad en cuatro sectores, que implica además una partición paralela de la comunidad, corresponde a la división del Universo en cuatro horizontes, tal como se puede observar gráficamente en el Código Borgia.

En contextos culturales muy diversos, se vuelve a encontrar siempre el mismo esquema cosmológico y el mismo escenario ritual. La instalación en un territorio equivale a la fundación de un mundo.

Instalarse en un territorio y edificar una morada exige una decisión vital para la comunidad y el individuo, pues se trata de asumir la creación del “mundo” que se ha escogido para habitar.

Es preciso imitar la obra de los dioses, la cosmogonía, lo cual no siempre es fácil si la cosmogonía, como en el caso de los aztecas, es sangrienta.

Como imitador de los actos divinos, el hombre debe reiterarlos; de allí la necesidad de sacrificios cruentos o simbólicos con motivo de las construcciones, y ulteriormente, como necesidad ineludible para mantener el orden vital y la creación misma.

El hombre religioso, como en el caso del azteca, está sediento de ser; el terror ante el “Caos” que rodea su mundo habitado corresponde a su terror ante la nada.

El Tiempo para las culturas arcaicas es por su propia naturaleza reversible en el sentido de que es un tiempo mítico primordial hecho presente.

El tiempo sagrado se presenta bajo el aspecto paradójico de un tiempo circular, reversible y recuperable; como una especie de eterno presente mítico que se reintegra periódicamente mediante el artificio de los ritos. Un tiempo circular, totalmente distinto a la llamada flecha del tiempo que apunta en una sola dirección, de las sociedades desacralizadas y tecnológicas de la actualidad.

Al final de los ciclos aztecas de cincuenta y dos años, al igual que en el Año Nuevo de los persas antiguos, era preciso renovar todo lo que el tiempo profano había desgastado, el ser humano, la sociedad, el Cosmos.

De allí que en Tenochtitlan se extinguieran los fuegos, se apagaran las luces y la ciudad se mantuviera en silencio por cinco días, todo lo cual simbolizaba la regresión del Cosmos al Caos. Una vez se aseguraba la continuidad del mundo y de la vida, las festividades que seguían no conmemoraban sino reactualizaban el acontecimiento mítico.

Se establecía en esa forma la circularidad del tiempo que hace decir a Eliade que el hombre religioso de las sociedades primitivas o arcaicas es por excelencia un hombre paralizado por el mito del eterno retorno. El hombre asumía las responsabilidades enormes de colaborar en la misión de los dioses, de crear su propio mundo y asegurar la vida de los animales y las plantas.

En ese sentido, sus responsabilidades se asumían en el plano cósmico, a diferencia de las responsabilidades de orden moral, social o histórico de las sociedades modernas.

Los dioses supremos de la estructura celeste, representados en la cultura azteca como la Divinidad dual con un principio masculino y otro femenino, se alejan de los hombres, tienden a desaparecer del culto, y se resienten de una especie de fatiga como si la empresa de la creación los hubiera dejado extenuados.

Al igual que Dios en el Génesis, se ve obligado a descansar el séptimo día. Cuando esos dioses se retiran al cielo, confían a sus hijos la misión de desarrollar la creación, como lo hemos visto con los dioses sucesores de Omotececuhtli y Omecíhuatl.

Al misterio del “alejamiento” corresponde la ausencia casi completa del culto: ningún sacrificio, ninguna plegaria, ninguna acción de gracias. Son dioses que se aíslan de los hombres y son indiferentes a los asuntos del mundo. El alejamiento divino, dice Eliade, traduce en realidad el creciente interés del hombre por sus propios intereses religiosos, culturales y económicos.

A fuerza de interesarse en las hierofanías de la vida, de descubrir lo sagrado en la fecundidad terrestre, el “hombre primitivo” se aleja del Dios celeste y trascendente.

El descubrimiento de la agricultura transforma radicalmente la economía del hombre primitivo y ante todo su economía de lo sagrado.

Los mitos y los ritos de la Tierra-Madre expresan ante todo las ideas de fecundidad y de riqueza. La aparición de la vida es para el hombre religioso el misterio central del mundo; la muerte no pone un término definitivo a la vida; la muerte no es sino otra modalidad de la existencia humana.

Las mutilaciones y el ennegrecimiento de los dientes, mencionados en relación con los olmecas, están impregnadas del simbolismo de la muerte; la mayoría de ellas está relacionadas con la divinidad lunar que desaparece periódicamente y muere para renacer tres noches después. El acceso a la espiritualidad, para estas sociedades arcaicas, se traduce en un simbolismo de muerte y nuevo nacimiento.

Hasta comienzos de este siglo se tuvo la tendencia a considerar a los pueblos de Mesoamerica que encontraron los españoles en el siglo XVI, como civilizaciones avanzadas en el aspecto material, a juzgar por sus construcciones arquitectónicas, pero atrasadas y para algunos, inclusive diabólicas en su desarrollo espiritual.

Sin embargo, los arqueólogos, antropólogos, lingüistas, artistas, literatos y filósofos del siglo actual, han dado un giro de ciento ochenta grados a estas consideraciones simplistas y han venido estableciendo en su verdadera perspectiva las grandezas y miserias de las antiguas civilizaciones mesoamericanas.

En su obra “Millennium”, Felipe Fernández-Armesto señala que cuando los españoles llegaron a América y se vieron frente a frente con los aborígenes del continente, desarrollaron tres modos mutuamente incompatibles de mirarlos: para unos, la desnudez de los nativos sugería bestialidad y no humanidad; a otros les recordaba a San Francisco, quien mostró en plaza pública su desnudez para indicar su total dependencia de Dios, y a otros más les recordaba la simplicidad desnuda de una edad de oro cándida y sin sentimiento alguno de culpa.

De este conflicto inicial de percepciones se derivaron las inconsistencias de la política de Colón con los nativos, oscilante entre la reverencia y el desprecio.

La impresión que se formaron los españoles del siglo XVI acerca de los aborígenes, era la de seres que obedecían más a los instintos que a las leyes, con lo cual se mostraba la condición universal de la caída del hombre.

Hacia 1530, un primer intento para explicar la historia del Nuevo Mundo que tomaba en consideración tanto el medio ambiente como los habitantes, señalaba a éstos más como seres no-naturales que naturales, dados a perversiones sexuales y de alimentación, lo que los colocaba por fuera del amparo de la ley natural.

De allí la marcada insistencia de los diversos cronistas, y especialmente de Bernal Díaz del Castillo, en censurar acremente el canibalismo ritual y la sodomía ocasional de los aztecas, elementos ambos que veía como productos del demonio.

En Mesoamerica, la existencia de un panteón de deidades tan rico como el que hemos descrito anteriormente, suscitaba en los conquistadores la idea de que todos los dioses eran demonios o hijos de demonios.

La firmeza de la convicción religiosa de los españoles estaba respaldada por su victoria sobre los musulmanes en 1592, ratificada por la conquista de Granada y la consolidación subsiguiente del gobierno de los Reyes Católicos; por la expulsión de la península de moros y judíos como clases étnicas despreciables, a menos que pudieran incorporarse en calidad de conversos a la vida corriente y muy religiosa de España; y finalmente, durante el reinado de Felipe II, por el establecimiento de la Contrareforma, movimiento tendiente a proteger la fe católica del peligro que representaban los protestantes, mirados también como hijos del demonio.

Esa firme creencia en la religión católica como la única verdadera, no podía ofrecer tolerancia alguna por las creencias de los aborígenes, y mucho menos por la práctica de ritos de veneración de los antiguos dioses. Como era de esperarse, con el tiempo fueron surgiendo sincretismos religiosos, que aún perduran, sin que muchas veces se conozcan con exactitud sus verdaderos orígenes.

La actitud inicial de los conquistadores encabezados por Cortés, fue la de considerase superiores en todo sentido a los indígenas que estaban subyugando.

La necesidad de explotar en forma imperialista los recursos ecológicos y humanos de esos territorios, favoreció la creación de sistemas administrativos que les permitieran utilizar esos recursos en provecho de la corona española y en beneficio propio, a la par que se intentaba evangelizar a los aborígenes, a quienes una bula papal de 1535 graciosamente les había concedido el alma.

Los misioneros, que pertenecían a órdenes ascéticas y estaban sometidos a severos sistemas de penitencia, encontraron que la educación de los aztecas revelaba un alto grado de disciplina muy digno de encomio.

Aunque los misioneros no sustentaron la idea de la equivalencia moral de las sociedades paganas y el Cristianismo, sí señalaron en forma laudable que las sociedades extrañas debían ser juzgadas en sus propios términos. Montaigne, posteriormente, al referirse al canibalismo de los americanos, decía que no era peor que las masacres y las prácticas de tortura de los europeos, y señalaba: “Hay mas brutalidad en alimentarse de hombres vivos que en comerlos después de muertos”.

El enfoque de lo relativo de las apreciaciones de culturas extrañas, el llamado Relativismo Cultural, esbozado ya en el siglo XVI:

Fue ampliamente desarrollado a finales del siglo XIX por Franz Boas, el antropólogo alemán heredero de la tradición liberal de occidente, quien desestimó las ideas de que las sociedades debían ser escalonadas en términos de un único modelo de desarrollo del pensamiento.

Los pueblos, decía, piensan en forma diferente en diferentes culturas, no porque tengan características mentales superiores sino porque todos los pensamientos reflejan las tradiciones de las que se es heredero, la sociedad a la que se pertenece y el medio ambiente al que se está expuesto.

Sus ideas fueron compartidas por los antropólogos ingleses que trabajaron en Africa y Australia, para quienes una vasta cantidad de información acumulada tendía a reforzar la tendencia relativista no explicable por los crudos esquemas jerárquicos del siglo XIX.

Las tribus nahuas de Mesoamérica, aztecas y texcocos, tlaxcaltecas y cholutecas:

Eran partícipes de una misma cultura; habían heredado no solo muchas de las ideas y tradiciones sino también algo del extraordinario espíritu creador de los toltecas. Por otra parte, hablaban una misma lengua, el náhuatl, que con diferencias locales era la verdadera “lingua franca” de Mesoamérica.

A comienzos del siglo XVI eran numerosas las manifestaciones de arte y cultura, principalmente en las ciudades de Tenochtitlan y Texcoco. Si la primera era admirable por su arquitectura, por sus obras de ingeniería y por su rígida organización militar, social y religiosa, la segunda, Texcoco, sobresalía por ser el centro del humanismo náhuatl.

Allí se produjeron obras poéticas de la más alta espiritualidad, y concepciones filosóficas sobre el hombre y su destino, el más allá y el sentido de la existencia, el origen y la razón de ser del Universo, además de notables ideas monoteístas que no alcanzaron a tener pleno desarrollo al producirse la conquista por los europeos. Su más clara expresión se encuentra en una serie de textos compilados en el siglo XVI por misioneros españoles.

En ellos se revela el trasfondo poético de personalidades como Nezahualcóyotl, rey de Texcoco, Tecayehuatzin, príncipe de Huexotzinco y otros once tlamatinimi o maestros “conocedores de las cosas”. Se lamentaban ellos de la crisis espiritual de la nación, y pretendían oponerse a la práctica frecuente de los sacrificios humanos, aunque tan loable tentativa se acompañaba obviamente de un gran pesimismo.

A la llegada de los españoles, fueron los frailes misioneros los primeros en investigar las culturas indígenas y penetrar en la obra maestra del genio indígena: la cronología.

Ayudados por sus conocimientos acerca de ésta, pudieron luego precisar los grandes mitos cosmológicos, base de la religiosidad y del pensamiento náhuatl.

Como lo ha señalado León Portilla, interrogando a los indígenas más viejos conocieron y pusieron por escrito los discursos y arengas clásicas, los cantares que decían en honor de sus dioses, las antiguas sentencias dadas por los jueces, los dichos y los refranes aprendidos en las escuelas, que como el Calmécac y el Telpochcalli, eran centros de educación de los futuros sacerdotes y guerreros.

Fueron innumerables los frailes misioneros cuya obra benéfica dejó para la posteridad mucho de lo que conocemos hoy sobre esos pueblos.

Fray Bernardino de Sahagún escribió la “Historia General de las cosas de Nueva España”, genuina enciclopedia del saber náhuatl; otro fraile misionero escribió los “Colloquios y Doctrina Christiana con que los doce Frayles de San Francisco enbiados por el Papa Adriano Sesto convirtieron a los Indios de la Nueva Espanya en Lengua Mexicana y Española”, conocido como “El libro de los Coloquios de los Doce”.

Finalmente, la “Colección de Cantares Mexicanos”, dados a conocer a comienzos del siglo por don Antonio Peñafiel, sirvió de base a don Angel María Garibay para su magnífico tratado en dos tomos sobre “La Historia de la Literatura Náhuatl”, publicado en 1953, y su “Poesía Náhuatl” de 1964.

Después apareció en 1966 la “Filosofía Náhuatl”, de don Miguel León-Portilla, que completaba el ciclo humanístico de obras sobre el México antiguo. Infinidad de libros de antropólogos e intelectuales de diversas actividades y disciplinas, como Jacques Soustelle, Laurette Sejourné, Román Piña Chan, David Carrasco, y el Nobel de Literatura, don Octavio Paz, han sido publicadas en este siglo. Esas obras han dado un giro de ciento ochenta grados a la idea que se tenía de los antiguos mexicanos como tribus guerreras que solamente habían alcanzado gran desarrollo material.

Pero sería carente de lógica pensar que pueblos capaces de construir ciudades como Tenochtitlan, pirámides impresionantes por su tamaño y esculturas monumentales, no se hubieran preocupado también por desarrollarse ampliamente en el campo de la ciencia y en el terreno del pensamiento, como en efecto lo hicieron con figuras tan importantes como el rey de Texcoco, Nezahualcóyotl, gobernante filósofo y poeta de su ciudad.

Los libros producidos en el México precolombino, conocidos corrientemente como Códices:

Fueron en gran parte destruidos por las autoridades eclesiásticas de la Colonia que veían en ellos un peligro para la religión; apenas unos veinte o treinta sobreviven en las distintas bibliotecas del mundo y han servido para descifrar los jeroglíficos e interpretar las diversas pinturas, con lo cual se puso al descubierto el mundo interesantísimo de las creencias cosmológicas y de las ideas filosóficas de sus autores.

Sobresalen los Códigos Matritenses, el Florentino, el Borbónico y el Vaticano; el Mendocino, hoy en día en la Universidad de Oxford, el Dresden, y finalmente el Código Borgia, estudiado por Eduard Seler a comienzos del siglo, reproducido por el Fondo de Cultura Económica hace cuarenta años, una copia del cual me fué obsequiada por don Jaime Torres Arroyo.

Una curiosa Cédula Real de Felipe II, fechada el 22 de abril de l577, se refiere al libro de Historia de Fray Bernardino de Sahagún y dice textualmente:

“…La cual es una computación muy copiosa de los ritos, y ceremonias e idolatrías que los indios usaban en su infidelidad, repartida en doce libros y en lengua mexicana; y aunque se entiende que el celo del dicho Fray Bernardino había sido bueno, y con deseo que su trabajo sea de fruto, ha parecido que no conviene que este libro se imprima ni ande de ninguna manera en esas partes;…..

Os mandamos que así recibáis ésta nuestra cédula, con mucho cuidado y diligencia procuréis haber estos libros, y sin que dellos quede original ni traslado alguno, los enviéis a buen recaudo en la primera ocasión a nuestro Consejo de las Indias, para que en él se vean; y estaréis advertido de no consentir que por ninguna manera persona alguna escriba cosas que toquen a supersticiones y manera de vivir que estos indios tenían, en ninguna lengua, por que así conviene al servicio de Dios Nuestro Señor y nuestro”.

Así llegaron al Consejo de Indias algunos de los Códices; otros fueron tomados por corsarios franceses e ingleses en galeones españoles capturados, y vendidos a diferentes personas, para llegar hoy en día a su destino final en los Museos y en las Universidades.

Fray Diego de Landa, inquisidor y más tarde obispo de Yucatán, sobresalió en su afán destructor de los códices precolombinos, pero a tiempo que torturaba a los mayas los amaba también y los consideraba como seres humanos dignos de ser salvados; a diferencia de algunos de sus superiores, que no permitían la tortura pero que consideraban a los indígenas como seres insignificantes incapaces de ser civilizados.

El obispo Landa fue el primero en estudiar el “alfabeto” maya que vino a ser la clave para descifrar sus jeroglíficos en este siglo, empresa llevada a cabo por el ruso Yuri Knorosov y el mayanista británico Sir Eric Thompson.

En la época anterior a la Conquista española tenía mucha importancia la tradición oral para la transmisión de la cultura. Don Juan de Tovar, hijo de uno de los conquistadores, aprendió la lengua náhuatl a la perfección y relata la forma como se memorizaban los relatos y los cantares del pueblo.

Dice así Tovar: “Para tener memoria entera de las palabras y traza de los parlamentos que hacían los oradores, y de los muchos cantares que tenían, que todos sabían, sin discrepar palabra, los cuales componían los mismos oradores, aunque los figuraban con caracteres, pero para conservarlos por las mismas palabras que los dijeron los oradores y poetas, había cada día ejercicio de ello… y con la continua repetición se les quedaba en la memoria, sin discrepar palabra, de gente en gente, hasta que vinieron los españoles que en nuestra letra escribieron muchas oraciones y cantares…”.

En la alfabetización del náhuatl intervinieron los frailes Motolinía y Olmos.

Simultáneamente, fray Pedro de Gante se convirtió en el primer alfabetizador del náhuatl al hacer el primer catecismo en esa lengua para la enseñanza de la religión católica a los indígenas.

El historiador de la época, Mendieta, narra la forma en que se hacía el aprendizaje metódico de la lengua : “Dejando a ratos la gravedad de sus personas, los frailes se ponían a jugar con los niños y tenían siempre papel y tinta en las manos, y en oyendo el vocablo al indio, escribíanlo y al propósito que lo dijo.

Y en la tarde juntábanse los religiosos y comunicaban los unos a los otros sus escriptos, y lo mejor que podían conformaban aquellos vocablos al romance que les parecía más convenir”.

En esa forma, se fué adaptando la lengua mexicana al castellano, se sistematizaron los cotejos entre las dos lenguas y hoy en día se pueden encontrar poemas y relatos en los dos idiomas, lo que nos permite imaginar los sonidos que tuvo en otra época la lengua del los nahuas.

Fue un trabajo tesonero que se ha perpetuado, tendiente a lograr “traducciones” de los documentos pinacogramáticos y de las versiones orales al alfabeto castellano.

Mucho tiempo antes de que se conocieran en español las producciones literarias de los indígenas mesoamericanos, los himnos religiosos, los cantos, las narraciones de mitos e historias y los pensamientos filosóficos fueron formulados por medio de la poesía, asociada generalmente al canto, y en ocasiones a la danza.

Por esas razones, don Angel María Garibay escribió lo siguiente: “La poesía, la más completa y perfecta de todas las artes, es la expresión musical del pensamiento.

Nace del sentimiento del ritmo y la armonía a cuyas leyes se acomoda la palabra. La música, que es un arte menos completo y que presta a la poesía uno de sus dos elementos esenciales, tiene por sí misma un carácter más definido.

Otro tanto puede decirse de la danza, que acomoda los movimientos del cuerpo a las leyes del ritmo. Estas tres artes inseparables formaban en la antigüedad un arte único, que constituía la base de la educación humana. El ritmo a su vez es engendrado por la sucesión y retorno prosódico de la diversa duración de los sonidos”.

Los poemas de índole religiosa o de carácter histórico se conocían con el vocablo cuicatl, que tiene contenido musical, del cual derivan multitud de voces relacionadas siempre con la música; el sentido era el de “palabra florecida” o “música con palabras” y se expresaba pictográficamente como volutas adornadas de flores. En los poemas emplearon con frecuencia las metáforas, en ocasiones oscuras, que son en esencia el núcleo de toda poesía.

Su riqueza es a veces enorme, como se aprecia en el siguiente ejemplo de los Cantares Mexicanos:

“El campo de batalla es el lugar:/ Donde se brinda en la guerra el divino licor,/ Donde se matizan las divinas águilas,/ Donde rugen de rabia los tigres,/ Donde llueven las variadas piedras preciosas de los joyeles,/ Donde ondulan los ricos colgajos de finas plumas,/ Donde se quiebran y hacen añicos los príncipes”.

Las flores forman parte de una trama lírica sencilla y son empleadas con galanura por los nobles cuando elevan sus cantos y el poeta ve en las flores lo efímero de la existencia:

“Vengo a llorar, vengo a ponerme triste, Soy cantor y, ¿he de llevar mis flores? ¡Con ellas me ataviara yo en el Reino de la Sombra! Vengo a ponerme triste: ¡Sólo cual flor es reputado el hombre en la tierra; sólo por breve instante tenemos prestadas flores de primavera! Gozad vosotros; yo me pongo triste”.

Persuadidos como estaban los pensadores nahuas de la fugacidad de todo cuanto viene a existir sobre la tierra y considerando a esta vida como un sueño, su posición ante el problema de “qué es lo verdadero”, no pudo ser en modo alguno la aristotélica de una “adecuación de la mente de quien conoce con lo que existe”.

Ese tipo de saber era para ellos casi del todo imposible. Su respuesta al problema fue que lo único verdadero en la tierra, lo que podría “satisfacer al dador de la vida”, eran los cantos y las flores, en otros términos la “palabra florida”, es decir la poesía.

Porque la verdadera poesía implica un peculiar modo de conocimiento, fruto de una auténtica experiencia interior o, si se prefiere, resultado de una intuición. La poesía viene a ser entonces la expresión oculta y velada, que con el símbolo y la metáfora, lleva al hombre a sacar de sí mismo lo que en una forma misteriosa y súbita ha alcanzado a percibir.

“Allí oigo su palabra, ciertamente de él,/ al dador de la vida responde el pájaro cascabel./ Anda cantando, ofrece flores, ofrece flores./ Como esmeraldas y plumas de quetzal,/ están lloviendo sus palabras./ ¿Allá se satisface tal vez el dador de la vida?/ ¿Es esto lo único verdadero sobre la tierra?”

Los poetas insisten mucho en la metáfora de la flor: el “agua florida”, tiene la significación mística de la sangre; las “flores que bailan” son los guerreros; las “flores que se ambicionan” son los guerreros cautivos que van a ser inmolados en el altar del dios; la flor misma es el mismo canto, y es la flor divina que de la mansión de los cantos baja a la tierra, como se expresa bellamente en el siguiente poema:

“Brotan las flores, están frescas, se van perfeccionando,/ abren las corolas;/ de su interior salen las flores del canto:/ sobre los hombres las derramas, las esparces:/ ¡tú eres el cantor!”

Nezahualcóyotl, célebre rey de Texcoco, filósofo y poeta de alto vuelo y uno de los gobernantes de su ciudad que llegó al convencimiento de la existencia de un solo Dios, dejó un buen número de sentencias y poemas que revelan sus pensamientos filosóficos, algunos de los cuales, en letras de bronce, ennoblecen hoy las paredes del Museo de Antropología de México. Dos poemas suyos muestran la transitoriedad de lo que existe sobre la tierra:

“¿Es verdad que se vive sobre la tierra?/ No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí./ aunque sea jade se quiebra,/ aunque sea oro se rompe,/ aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,/ no para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”.

“Si en un día nos vamos/ en una noche bajó uno a la región del misterio,/ aquí sólo venimos a conocernos,/ sólo estamos de paso sobre la tierra./ En paz y placer pasemos la vida: venid y gocemos./ que no lo hagan los que viven airados: la tierra es muy ancha!/ ¡Ojalá siempre se viviera, ojalá no hubiera uno de morir”.

Se expresa la tristeza, la amargura y la desolación de un más allá incierto en un poema del repertorio de Cantares de la región de Chalco:

“¿ A donde he de ir? ¿ A dónde he de ir? El camino del dios de la dualidad. ¿Acaso está tu casa en el sitio de los descarnados? ¿En el interior del cielo? ¿O solamente aquí en la tierra, es el sitio de los descarnados? ….Es por lo que lloro:/ nuestra muerte destruye, nuestro dolor destruye, al bello canto: ¡por un momento muéstrate en la tierra!”.

Sobre el problema de la supervivencia en el más allá y de que en la tierra no está lo verdadero, se expresa en multitud de poemas una idea semejante:

“Sólo venimos a soñar, sólo venimos a dormir:/ no es verdad, no es verdad/ que venimos a vivir en la tierra”./ “Por prestadas tengamos las cosas, oh amigos,/ sólo de paso aquí en la tierra:/ mañana o pasado,/ como lo desee tu corazón, Dador de la vida,/ iremos, amigos a su casa…”

La temática de la poesía ronda en un círculo estrecho: la guerra y el sacrificio aparecen con metáforas y alusiones variadas pero monótonas; la muerte y su razón de ser desconocida, y la miserable memoria que tras ella queda de los hombres; el dulce conversar con los amigos que pronto se irán porque sólo han “venido a tener en préstamo la Tierra”; la ausencia irremediable de los príncipes antiguos que no pueden regresar ni un solo instante.

La pobreza de los temas cantados viene a convertirse en cualidad al forzar al poeta a dar variedad a una misma repetición de idénticas ideas:

” ¿Acaso por segunda vez hemos de vivir?, Tu corazón lo sabe: ¡una sola vez hemos venido a vivir!” Muy cierto es: de verdad nos vamos, de verdad nos vamos; dejamos las flores y los cantos y la tierra./

¡Es verdad que nos vamos, es verdad que nos vamos!/ De verdad no es el lugar del bien aquí en la tierra:/ de verdad hay que ir a otra parte:/ allá está la felicidad./ ¿O es que solo en vano venimos a la tierra?/ Ciertamente otro sitio es el sitio de la vida”.

Ideas de Vida y Muerte de antiguas civilizaciones de Mesoamerica expresadas a través de sus mitos y sus historias, sus himnos y sus cantares, sus pinturas y sus esculturas, e impresas también con rasgos indelebles en el corazón de los pueblos que se desarrollaron despues de la Conquista.

Ideas que perduran a través de los tiempos, que se modifican y se enriquecen con nuevos aportes culturales, y que van consolidando y definiendo los perfiles de los pujantes pueblos de la actualidad.

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