Algunas Costumbres Ginecobstetricas en el continente que sería Hispanoamérica

Fernando Sánchez Torres, M.D

Las costumbres de los primitivos habitantes del mundo que descubrió Colón las conocemos a través de los cronistas de la conquista. Muchos de ellos fueron testigos de excepción, pues de manera directa se dieron cuenta cómo vivían los naturales americanos; otros escribieron sus relatos alimentados por noticias que les suministraban descendientes directos de aquéllos; finalmente, la transmisión oral y la perpetuación de costumbres –la tradición- permitieron a algunos, siglos después, conjeturar acerca de lo que ocurría antes que se sintiera la influencia de la civilización extranjera.

Por supuesto que las cosas no eran iguales en toda la inmersa extensión territorial de la América India, pues los pueblos que la habitaban no tenían el mismo grado de cultura. Hubo civilizaciones de verdadera avanzada para la época, como lo fueron la maya, la azteca y la incaica, y otras –la mayoría- verdaderamente primitivas. De ahí que se conozca mejor la historia de las primeras, en tanto que la de otras se mantiene en la penumbra por sustracción de materia. Es explicable entonces, que indagar por un aspecto específico de sus costumbres –como es el que nos interesa- constituya una labor frustrante, pero gratificante. Sin embargo, recordamos algunos hechos que se conocen.

Los aztecas

Refiere el cronista español Fray Bernardino de Sahagún7 que entre los aztecas el matrimonio ocurría a edad temprana, entre los 14 y los 16 años. La esterilidad femenina (tetzacott) era mal vista y era causa de separación. Los asuntos que tenían que ver con la reproducción eran atendidos por mujeres conocidas como tlamatqui ticitl, o comadronas. El aborto provocado era permitido y estaba a cargo de éstas; a la mujer que abortaba se le llamaba cihuapectlin.

A la embarazada se le prodigaba una cuidadosa atención a manos de la ticitl, la cual disponía de ayudantes llamadas tepalehuiani. Dichos cuidados se acrecentaban en los últimos tres meses del embarazo. La gestante, particularmente la primigesta (ichpuchpihua), y se le daban consejos sobre ejercicios y alimentación. Al final del embarazo la comadrona practicaba una palpación abdominal y, si era el caso, ejecutaba la versión del feto mediante maniobras externas. La ticitl se trasladaba a la casa de la futura madre con antelación al parto para preparar ella misma los alimentos. Durante el trabajo de parto la mujer bebía una poción de raíz de chihuapatli, contiene eriocomina, una sustancia exitócica8. La posición habitual para la expulsión fetal era en cuchillas. Sahagún afirma que las comadronas estaban capacitadas para ejecutar embriotomías en casos de feto muerto. Cuando había retención de placenta practicaban la extracción manual.

Los aztecas consideraban como diosas (ciaopipiltin) a las que morían de parto; ellas iban el “Paraíso occidental” y cada mañana intervenían como parteras en el nacimiento del sol. Refiere Castelazo que “después del nacimiento, la partera lavaba el recién nacido, cortaba el cordón umbilical y le lavaba los ojos con conocimiento de xocopati. Si el recién nacido era del sexo femenino, enterraba el cordón umbilical cerca del hogar, y si era varón era entregado a los guerreros que salían para que lo enterraran en el campo de batalla”9. El cronista Francisco J. Clavijero reseña con detalles el rito del nacimiento entre los aborígenes mexicanos. Dice así: “Cuando salía a luz el niño, la partera, después de haberle cortado el cordón umbilical y enterrado las secundinas, le lavaba el cuerpo, diciéndole estas palabras “Recibe el agua, pues tu madre es la diosa Chalehiuhcueye. Este baño te lavará las manchas que sacaste del vientre de tu madre, te limpiará el corazón y te dará una vida buena y perfecta. Después, volviéndose a la diosa le pedía la misma gracia: tomando otra vez el agua con la mano derecha y soplando en ella, humedecía la boca, la cabeza y el pecho del niño. Seguía a esto un baño general, durante el cual decía la partera: “Descienda el dios invisible a esta agua y te borre todos los pecados y todas las inmundicias y te libre de la mala fortuna”, y dirigiendo la palabra al niño, continuaba: ” Niño gracioso, los dioses Ometeuctli y Omecihuatl te criaron en el lugar más alto del cielo para enviarte al mundo; pero ten presente que la vida que empiezas es triste, dolorosa, llena de males y de miserias; no podrás comer pan sin trabajar. Dios te ayude en las muchas adversidades que te aguardan”; y acaban la ceremonia dando la enhorabuena a los padres y parientes del recién nacido. Si éste era hijo de rey o de algún señor, visitaban a los padres sus principales súbditos para felicitarlos y vaticinar buena suerte al niño10.

Es bueno añadir que los aztecas veneraban algunas deidades relacionadas con el proceso de la reproducción, así: Xoxhiquetzal, de la fertilidad: Cihuacoatl, de las parturientas primerizas: Xoloti, de los gemelos, de los fetos monstruosos y del aborto; Tlazolteoltl, del parto y del amor; Metlacueyey, del puerperio11. Igualmente, el ejercicio de la ginecología y la obstetricia no era patrimonio de las ticitl, pues existían hombres (Neconeticitl) que atendían parturientas y mujeres enfermas.

Los mayas

Las costumbres entre los mayas no difieren mucho de las que atrás hemos descrito de los aztecas, según lo relatado por Sahagún. Así lo confirma J. Augusto González, al describir lo ocurrido en el territorio de la actual Guatemala13. La abogada o protectora de la maternidad era Ixchel, es decir, mujer arco iris; Ixquic, por su parte, era la diosa de la fecundidad. Como costumbre digna de mención conozcamos la forma como celebraban el nacimiento de los hijos: apenas nacida la criatura se sacrificaba un pavo. El baño se llevaba a cabo en algún río o fuente, donde hacían oblaciones del copal y sacrificio de papagayos. “El cordón umbilical se cortaba sobre una mazorca de maíz y con un cuchillo nuevo, el cual se arrojaba inmediatamente al río. Sembraban el grano de aquella mazorca y lo cuidaban con el mayor esmero, como cosa sagrada. La cosecha que de él provenían se dividía en tres partes, una para el divino, otra para que sirviera de alimento al niño y guardaban la tercera para que éste la sembrase cuando estuviese en edad de hacerlo”14.

Los incas

Como se sabe, en la parte central de la América del Sur conocida con el nombre de Alto Perú floreció la cultura incaica, comparable a las culturas aztecas y maya. Para los habitantes de esa región el aborto era severamente castigado según disposiciones del Inca Pahcacutec. No obstante se llevaba a cabo mediante la administración de purgantes o masajes en el vientre. Francisco J. De Urioste, de quien hemos recogido estas noticias15, señalaba que el infanticidio estaba autorizado si el recién nacido presentaba alguna deformidad. Durante el embarazo la mujer debía reducir su actividad laboral, ayunar con frecuencia y privarse de algunos alimentos, especialmente la sal. Se invocaba a Pacha Mama, es decir, la luna, para que el parto tuviera una feliz culminación.

Según J. M. Balcázar en su Historia de la medicina en Bolivia16, el parto era asistido. Las mujeres daban a luz boca abajo, en cuatro pies, las manos en el suelo: la comadrona recibía la criatura por detrás. Empero, refiere el Inca –garcilaso de la Vega (citado por De Urioste) que las indias “parían sin partera, más era hechicera que partera”. También cuenta Garcilaso que “llamaban Huaca a las cosas que salen de su curso natural, como la mujer que pare dos de un vientre, a la madre y a los mellizos daban este nombre, por extrañeza del parto, y nacimiento; a la parida sacaban por las calles con gran fiesta, y regocijo, y le ponían guirnaldas de flores, con grandes bailes y cantares, por su mucha fecundidad; otras naciones lo tomaban en contrario, que lloraban teniendo por mal agüero tales partos”17.

Parece, no obstante el anterior testimonio de Garcilaso, que el parto, en efecto, era asistido. Una prueba fehaciente la aporta Lucas Molina Navia al referir la existencia de huacos (alfarería preincaica e incaica) que muestran a la parturienta sentada asistida por una mujer. También señala Molina que existen huacos –sin duda documentos de gran valor histórico- que ponen de presente que la operación cesárea era practicada en aquellas calendas18. En el Alto Perú, según De Ureioste, la parturienta se encerraba con la partera; al esposo le estaba prohibido ingresar a la habitación. La placenta y la sangre eran enterradas y cubiertas con arena. La madre descansaba en decúbito ventral durante ocho días19. El Inca Garcilaso por su parte refiere que “la parida se regalaba menos que regalaba a su hijo porque pariendo, se iba a una arroyo o en casa se lavaba con agua fría y lavaba a su hijo y se volvía hacer las haciendas de su casa como si nunca hubiera parido20.

Una costumbre curiosa es la que relata J. M. Balcázar refiriéndose al territorio bolivariano: luego del parto el esposo se metía en la cama para despistar a los malignos21. No hay duda de que lo que estilaban era la covada” (del latín cubare: estar acostado), costumbre que se han prestado a especulaciones de diferente tipo y que, según parece, ha sido observada en los distinto continentes y en todos los tiempos. Bernad This en su libro El padre: acto del nacimiento cita a Max Muller quien opina: “La ciyvade se dice aún, en ciertas hablas de Francia, de la caprichosa costumbre en virtud de la cual, cuando una mujer ha parido, el marido se mete en la cama, toma al niño y recibe las felicitaciones de sus vecinos. De los países vascos o de los Pirineos españoles, esta absurda costumbre parece haberse difundido hasta Francia, donde recibió el nombre de faire la couvade (hacer la covada)”. Bastian, también citado por This, considera que esta costumbre tenía la finalidad de engañar a los diablos para que no hicieran daño a la mujer ni al recién nacido; al mismo tiempo permitía al padre afirmar su paternidad22. Como vemos, la tal costumbre no fue traída por los conquistadores españoles ni tampoco trasladada por ellos a Europa. Según la escrita norteamericana Gena Corea –feminista infatigable y exaltada-, la covada no ha tenido otra finalidad que suplantar las funciones de la mujer; mediante esta costumbre, al decir suyo, “los hombres reniegan o devalúan la importancia de la mujer y pretenden parir ellos mismo”23. Claro que ella interpreta la “pollazón”, que es la simulación de los dolores del parto por el hombre, como una forma extrema de la covada. Entre los araucanos, habitantes del extremo su del continente americano, tenía vigente la pollazón-covada, pues mientras la mujer paría, el marido guardaba cama y sólo se levantaba cuando aquella regresaba, es decir, a los ocho días posteriores al parto. Lo habitual era que permaneciera veinte días acostado, sin hablar, indiferente a todo, y su cuidado estaba a cargo de los vecinos, que le proporcionaban lo necesario para su subsistencia24.

Los araucanos

Las aborígenes araucanas daban a luz en forma solitaria. Salían de su ruca o habitación y emigraban a sitios aislados, donde existiera agua (ríos o lagunas) y construían un pequeño rancho de ramas, que denominaban putracuma. Fuertemente asidas al poste central que sostenía el rancho, daban a luz en posición de cuchillas. Las yámanas, aborígenes de Tierra del Fuego, se hacían auxiliar por las mujeres más ancianas de la localidad, o por sus propias madres. Estas ayudantas eran conocidas con el nombre de cutoandundomo, que quería decir “mujer que se compadece de la amiga”. Después del parto, junto con su hijo, se daban un baño y se trasladaban a su morada donde permanecían ocho días. Al cabo de este tiempo se quemaban todos los utensilios que se hubieran usado, como también se quemaban todos los utensilios que se hubieran usado, como también la choza donde había tenido lugar el parto. Es probable, según Manuel Avilés25, que el parto fueron considerado como un acto impuro. El padre Diego Rosales, citado por el mismo Avilés26, afirma que las madres solteras por lo general, mataban a su hijo inmediatamente después del nacimiento, o si no lo dejaban abandonado. A éstos párvulos expósitos se les llamaban bucheñes.

Referencias

7. Historia general de las cosas de Nueva España. Pedro Robledo, México, 1938.
8. Castelazo L., J.A. y Calderón J. En Historia de la obstetricia y la ginecología en Latinoamérica. Impr. Distrital, Bogotá, p. 278, 1970.
9. Ibíd., p, 283.
10. Historia antigual de México. Editorial Delfín, México D.F.., p. 336, 1944.
11. Pérez de Salazar J.L.. Ginecobstetricia prehispánica, Ediciones Sandoz de México, S.A., México, D.F., 1963.
12. Castelazo, en Historia de la obstericia…, p. 283.
13. Ibíd., p, 231.
14. Clavijero, F.J.. Historia antigua de México, p. 336.
15. En Historia de la obstetricia y la ginecología en Latinoamérica, p. 231, 1970.
16. Op.cit., Ediciones Juventud, La Paz, Bolivia, p, 34, 1956.
17. De Urioste, F.J., en Historia de la obstetricia y la ginecología en Latinoamérica, p. 63.
18. Molina, L., en Historia de la obstetricia y ginecología en Latinoamérica, p. 338.
19. Ibíd., p, 64.
20. Ibíd., p, 63.
21. Historia de la medicina en Bolivia, p. 34.
22. Op.cit., Ediciones Paidos, Barcelona, p. 157, 1983.
23. The mother machine. Harper & Row, Publishers, New York, pp., 284-285, 1985.
24. Wood J. y Avilés V.M. en Historia de la obstetricia y la ginecología en Latinoamérica, p. 193.
25. Ibíd., p, 191.
26. Ibíd., p, 192.

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