Capítulo I: Época Prehispánica

Fernando Sánchez Torres, M.D

Capítulo I

1. Panorama General

La ginecobstetricia es la disciplina o actividad relacionada con los procesos normales y patológicos de los órganos reproductivos de la mujer. La primera referencia que se tiene acerca del ejercicio de esa actividad se encuentra, por supuesto, en los primeros documentos que se conocen es decir, a partir de la época histórica. Aceptando que lo que ocurrió hacia atrás, en la época prehistórica, no es desconocido, cualquier versión sobre el acontecer ginecobstétrico de entonces solo es producto de la imaginación o de la suposición. No obstante, como afirma Richard A. Leonard1, no es fácil determinar exactamente dónde y cuándo acaba la medicina primitiva o imaginada, y dónde y cuándo empieza la moderna o documentada. Pero sí es fácil –añadimos nosotros- imaginar cómo transcurría el proceso fisiológico del embarazo y del parto en esa época primitiva, ya que no es descabellado extrapolar costumbres conocidas de tribus existentes en épocas modernas y que no han sido aún avasalladas ni influidas por la civilización. H. Buess, de Basilea, ofrece varios ejemplos en su ensayo sobre la obstetricia primitiva2.

Obstetricia etimológicamente significa “ponerse enfrente”. Así lo registra J. Corominas3. Pues bien, dado que el parto en aquellas épocas prehistóricas ocurría de manera solitaria, son acompañamiento, ha de considerarse que esa fue, asimismo, la época preobstétrica. La mujer primitiva en trance de parto se alejaba de los suyos para aislarse y dar a luz sin nade en frente, sola, en las orillas de los ríos o de las lagunas, o, según las circunstancias, en la soledad del bosque o en la oscuridad de la caverna, padeciendo los dolores sin gritas pues, como dice el citado Leonard, las fieras merodeaban muchas veces a su alrededor. La posición instintiva que adoptaba tenía que ser en cuclillas, pues así le era más fácil y productivo pujar. Ella sabía, igualmente de manera instintiva, como lo saben las hembras de otras especies animales, que había que separar a su hijo de la placenta; lo hacía trozando el cordón umbilical por manchamiento o con el filo de una piedra. El agua, que era para muchas tribus una deildad o elemento purificador, se encargaba de limpiar la sangre de los genitales externos de la recién parida y del cuerpo del recién nacido.

Es probable que cuando el parto se hacía difícil, la parturienta suplicara ayuda; entonces alguna otra mujer acudiría a prestarla, en la forma más elemental: sirviéndole de acompañante, asistiéndola. Es de suponer también que en un momento dado alguna de esas asistentes abandonara su actitud pasiva y se atreviera a intervenir para ayudar de verdad, transformándose de esa manera partera, personaje que iría a perdurar durante muchos siglos.

Los primeros documentos escritos que hasta nosotros han llegado son los papiros egipcios, que tiene una antigüedad cercana a los cuatro mil años. En el papiro de Ebers se consigna que la atención de los partos estaba a cargo de mujeres expertas. Igual cosa ocurría entre los hebreos, según relata la Tora. En la antigua Grecia, aquella anterior cuatro siglos a Jesucristo, cuando vivió Hipócrates, las mujeres ejercían la obstetricia y ocultamente la ginecología, que tenía ya verdadera personalidad médica. En la misma época igual ocurría en Roma. Para entonces Numa Pompilio decreta la práctica obligatoria de la operación cesárea postmortem.

Llegada la era cristiana, algunos médicos se muestran versados en dificultades obstétricas. Por ejemplo, Sorano de Efeso (98-138), introduce la versión podálica en momentos en que las mujeres dominaban el ejercicio ginecobstétrico, autorizadas por el Estado. En efecto, existían las obstetrices o comadronas y las feminae medicae o ginecólogas. Las primeras atendían los partos sencillos, pero debían llamar a los médicos cuando surgían complicaciones; las segundas eran expertas en las enfermedades propias de la mujer4.

Dice la historia que el primer comadrón o partero de verdad fue Pablo de Egina (652-690), que ejerció en Egipto y Asia Menor y llegó a ser considerado como un oráculo en cuestiones atinentes a la reproducción humana. Este Pablo de Egina tuvo métodos originales: recomendaba que el parto en las mujeres obesas se atendiera acostándolas sobre su abdomen, las piernas levantadas hacia atrás. Puesto que Sorano de Efeso, que existió, como ya vimos, a principios del siglo segundo de nuestra era, se ocupó en uno de sus libros que la “silla obstétrica”, podemos deducir que le parto se sucedía en aquellos calendas estando la mujer en posición sentada5.

Por su parte, la ginecología hace su aparición en las páginas de la historia por la existencia del prolapso uterino y de los flujos o secreciones genitales. Así lo registra el papiro de Ebers. Fueron los hebreos quienes introdujeron el uso del especulo para examinar vaginalmente a las mujeres que padecían de aquellos problemas. Tal aparato consistía en un cilindro móvil contenido en un tubo de plomo. En la Grecia antigua los médicos usaban sondas metálicas y dilatadoras de madera para explorar el útero.

El prolapso uterino era tratado mediante la “sucusión hipocrática”, es decir, zarandeando a la mujer que se hallaba de cabeza abajo, suspendida en lo alto por los pies. El especulo vaginal para el examen, las fumigaciones y los pesarios medicamentosos ya eran también conocidos. Para evitar la maternidad no deseada, Sorano recomendaba que se taponara la boca del útero con una mecha de hilas.

El lapso transcurrido entre los siglos II y el XVI ha sido llamado “la oscura noche de la Edad Media”, en razón de su improductividad en cuestiones médicas. Aún más, no solo hubo estancamiento sino retroceso. En asuntos ginecobstétricos se volvió a la superchería y la magia, como en las épocas primitivas. Para confirmar lo anterior basta transcribir el relato que Demetrio Mereskowski dejó a la posteridad acerca del parto de la duquesa Beatríz Sforza6, ocurrido en Milán en 1497, es decir, en los tiempos inmediatos al descubrimiento de América.

“La duquesa está de parto. Unos criados llevan un lecho largo y angosto provisto de un colchón duro, conservado desde tiempo inmemorial en el guarda-ropa del palacio, y en el que han tenido sus partos todas las duquesas de la casa Sforza. La parturienta tiene el rostro enrojecido y sudoroso, con mechones de cabellos pegados a la frente, y de su boca abierta se escapa un continuo lamento. A su lado cuchillean las comadres, las criadas, las curanderas, las comadronas. Cada una tiene un remedio para la parturiente. Una vieja dama dice: “Sería necesario hacerle tragar una clara de huevo cruda, mezclada con seda” púrpura desflecada. Otra asegura que “lo que debía hacerse, era tomar siete gérmenes de huevo de gallina disueltos en una yema”. Una propone envolver la pierna derecha de la parturienta en piel de serpiente. Otra atarle sobre el vientre la caperuza del marido. Otra hacerle beber alcohol filtrado por polvo de cuerno de ciervo y grana de cochinilla. Una vieja murmura: “La piedra de águila bajo la axila derecha, la piedra de amante bajo la axila izquierda!, y acercándose al duque con un gran plato de estaño, le dice: “Alteza, dignaos comer carne de lobo; cuando el marido come carne de lobo, la parturiente se siente mejor”. El médico principal, acompañado de otros dos doctores, sale de la estancia, y dirigiéndose a un doctor joven, le indica en latín: “Tres onzas de limo de río, mezcladas con nuez moscada y coral rojo machacado”. Alguien pregunta: ¿Acaso una sangría?” y contesta el viejo doctor: ” Ya lo había pensado, pero desgraciadamente Marte está en el signo de Cáncer, en la cuarta esfera solar; y además está la influencia de una fecha impar” El doctor joven pregunta: “No creéis Maestro que haría falta añadir a las limazas de río, estiércol de Marzo y bosta de vaca?”. El duque va al encuentro de unos canónigos y de unos frailes que traen una parte de las reliquias de San Ambrosio, el cinturón de Santa Margarita, el diente de San Cristóbal, un cabello de la Virgen, etc”. Termina el relato de esta manera: “Su alteza dio a luz un niño muerto y ella también murió el martes 2 de enero de 1497 a las 6 de la mañana”.

Referencias

  1. Historia de la Ginecología. Salvat Editores, S.A., Barcelona, p 22, 1948.
  2. Los principios de la Obstetricia. Actas Ciba (4º. trimestre), p. 122, 1950.
  3. Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Editorial Gredos, S.A., Madrid, p. 420, 1990.
  4. Jackson, R. Doctor and diseases in the Roman Empire. British Museum Press, London, p. 1988.
  5. Ibíd., p. 97.
  6. Ledesma, D.A.”Bosquejo histórico de la obstetricia”. En Tratado de obstetricia, Juan León, Edit. Científica Argentina, Buenos Aires, III, p. 1.330, 1959.

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