Situación en el Territorio que sería el Nuevo Reino de Granada

Fernando Sánchez Torres, M.D

Por mala fortuna, poco se sabe de las costumbres de nuestros antepasados, los naturales del territorio que hoy es Colombia. Ni siquiera de los chibchas o muiscas, que habitaban la región central y que son considerados como representantes de una cultura importante, tenemos muchas noticias. Es seguro que si la censura española no hubiera eliminado el extenso tratado que sobre ellos escribió Fray Pedro de Aguado, primer cronista del Nuevo Reino, en su obra Recopilación Historial, muchos hechos interesantes se podrían relatar en este capítulo. Más todavía, las obras del licenciado Jiménez de Quesada, Los ratos de Suesca y el Comprendio historial, se hallan refundidas, no se sabe “dónde. Realmente, la mutilación de los escritos de aquél y la pérdida de los de éste son, como anota Juan Friede, un suceso lamentable pues esas crónicas fueron emprendidas hacia la mitad del siglo XVI, cuando aún estaba viva la cultura muisca27.

Sin embargo, aunque el documento es la base de la historia, no es la historia misma: así lo creía don Baldomero Sanín Cano28. Por eso, para el objeto que nos ocupa, si queremos tener noción de las costumbres de los Chibchas y de otras tribus, hemos de apelar a leyendas y tradiciones. Y, al fin y al cabo, las tradiciones, en parte equivocadas, contienen –como decía Ernesto Renán- una porción de verdad que la historia no debe mirar con indiferencia29.

Los chibchas

Cuenta la tradición que cierta vez llegó un hombre al valle de Ganza, a un sitio que llamaban Toyú. Allí, en una cueva, permaneció algún tiempo predicando y enseñando cosas buenas. Traía en la mano una macana y en la cabeza y brazos hecha la señal de la cruz. Fue llamado con distintos nombres: Sadigua (nuestra pariente y padre), Sugamonxe (hombre que desaparece); pero es con el de Nemqueteba como mejor se le conoce. El lugar por el cual se marchó para siempre el venerable patriarca denominándolo Sugamuxi, o sea “el Desaparecido”. El pueblo chibcha lloró su ausencia y el recuerdo, al decir de Jesús Arango Cano, “tornóse en mito y éste, repetido, divinizó al Nemqueteba, colocándolo en lugar preferido en su fantástico panteón de dioses”30.

Es bueno señalar que la presencia de un individuo de características similares se registra también en la tradición incaica (Viracocha) y en la azteca (Wixi–pecucha).

Tan grande fue el influjo de Nemqueteba en la vida de los muiscas que las mujeres embarazadas, para tener un buen parto, iban en peregrinación hasta Iza, pueblo cercano a Sogamoso y raspaban una piedra que creían que conservaba la huella de su pie; luego bebían ese polvo mezclado con agua. Este rito recuerda algunos similares practicados por los pueblos germánicos y celdas. En otras ocasiones, y con la misma intención, ofrendaban sus cintillas y figuras de oro al Cuchavira o Cuchaviva, vale decir, al arco iris, como lo hacían las mujeres mayas con Ixchel.

En el momento supremo de la gestión las aborígenes buscaban, solas, las orillas de los ríos o las lagunas. El agua, Sie o Sia, era una diosa para los chibchas; quizás por eso, para que fuera elemento purificador, buscaban su compañía. Es seguro que en el período expulsivo adoptarán instintivamente la posición en cuchillas, como las aztecas, las incas y las araucanas. Esta posición la acostumbraron las mujeres en casi todas las latitudes de la Tierra hasta cuando al famoso tocólogo francés Francois Mauriceau se le ocurrió a fines del siglo XVII, que debía ser en la cama y en decúbito dorsa31.

No había parteras entonces porque, según Fray Pedro Simón, “no son menester; antes, cuando quieren parir, huyen, si pueden, de la gente y se van a esconder cerca de un arroyo para, en pariendo, entrarse en él a lavarse con su parto”32. El padre Zamora también sostiene que ” jamas tuvieron parteras ni las usaron hasta que enseñaron este ejercicio las mujeres españolas”33. Es de suponer que igual cosa ocurría entre las aborígenes de la actual Venezuela, como lo anotan Gutiérrez y Archila34. Está claro, pues, que los partos normales eran atendidos por las mismas parturientas. Pero quizás en aquellos casos difíciles y atraída por los gritos, alguna india vecina las acompañara en el doloroso y dramático trance. Tampoco es improbable que esta acompañante en ocasiones abandonara su actitud pasiva y procurara ayudar al nacimiento, adelantándose así a las “comadres sabias” que llegaron con los conquistadores.

Si obstetricia significa “ponerse enfrente” (del latín obstare: estar delante), en los pueblos prehistóricos no existía la obstetricia pues el parto era solitario. No se sabe cuándo ni dónde se inició la costumbre de acompañar o auxiliar durante el parto. Homero, reseñando el nacimiento de Apolo, pinta la escena del parto solitario: “Apolo, hijo de Júpiter y de Latona, va a nacer. Ilitia, árbitro de los dolores, vuela a Delos, donde está Latona, la cual, sintiéndose próxima a parir, se sobrecoge, y abrazándose a una palmera, apoya las rodillas en el tierno césped. La tierra entonces le sonríe y nace Apolo” 35. Esta descripción recuerda muy bien la forma de dar a luz las aborígenes araucanas, y que atrás hemos registrado, o las mujeres en el Egipto faraónico36.

Una digresión: Eileitiia, o Ilitia que menciona Homero, era, según Juan Bergua, la diosa que presidía los nacimientos en la mitología griega. Nació de Zeus y de Hea y fue la madre de Eros. En las referencias de Homero, Eileitiia no era una sino varias, y su papel era ocasionar los dolores del parto. Posteriormente se convirtió en una sola y terminó siendo la diosa protectora del parto. El emblema de Eileitiia era la antorcha37. Quizás por eso, parto y dar a luz son una misma cosa. El francés Mauriceau, de quien ya hicimos mención, fue quien, con sentido pragmático, echó mano de la antorcha de Eileitiia pues, además de recomendar que la mujer pariera en posición acostada, debía hacerlo frente a una ventana para que penetrara la luz. Sabiamente decía: “A mí me dirige el sol, no la sombra”.

A pasar de que los muiscas tenían sus médicos sacerdotes, a los que denominaban Ogques, y los españoles Xeques o Jeques, no hay constancia de que se apelara a su arte para cuestiones obstétricas. Seguramente no, pues en asuntos médicos los muiscas anduvieron muy atrasados. En general, no fue ésta una cultura de avanzada en el Nuevo Continente. Tuvieron muy pocas cosas originales. Se trataba de un pueblo de vocación agrícola, tejedores y orfebres, políticos maliciosos pero pacíficos. Como dice Arango Cano, “gentes místicas, sin prácticamente ningún acervo cultural”38. En medicina ignoraban el mito, la magia, la superstición, es decir, el más acentuado primitivismo. sus Ogques eran más sacerdotes que médicos.

Vale la pena señalar, como hecho curioso, que desde las épocas primitivas hasta bien entrado el siglo XVII, al hombre le estuvo vedado presenciar el acto del nacimiento y mucho menos intervenir en él. Cuenta M. Usandizaga que en 1522 un doctor Wertt, de Hamburgo, deseando estudiar al natural el parto, fue quemado vivo por haberse atrevido a atender uno, disfrazado de mujer39. Fue solo hasta 1650 cuando oficialmente se delegó en el médico esta función, en el Hospital Dieu, de París. No obstante existieron tribus primitivas, como los carayas de la selva brasileña, como los habitantes de las islas malayas de Kola y Kobroor, y como los ubmatjeras del norte de Australia, que asignaban al marido la misión de asistir al parto de su cónyuge40.

Pero continuemos con los chibchas. Una vez verificado el parto, las muiscas lavaban la criatura y se lavaban ellas para retornar al bohío. La pollazón y la covada, de las cuales ya nos ocupamos, no tuvieron vigencia en el territorio chibcha. Tan solo sabemos por el Padre Simón que era ley inviolable “no acercarse el marido a la mujer hasta muchos días después de haber parido”41

Que muriera la mujer durante el parto no debía ser cosa infrecuente pues las distocias, la hemorragia y la infección siempre han existido. La aseveración de los cronistas de la conquista de que las mujeres daban a luz y de inmediato se reincorporaban a sus labores habituales, hace pensar que el parto era un hecho intrascendente, sin complicaciones. Razón asiste al venezolano Oscar Agüero cuando dice al respecto: “Dudamos de estas aseveraciones (las de la simplicidad del acto del nacimiento y la de que la complejidad del parto es proporcional al grado de civilización de los pueblos) porque, por una parte, están basadas en observaciones de personas no calificadas técnicamente y, por otra parte, porque no hay ni puede haber ninguna comprobación científica ni estadística fidedigna de que realmente el parto sea más fácil y que haya menor morbilidad y mortalidad. Cuando, en épocas modernas, se ha estudiado el embarazo, parto y puerperio de aborígenes de Asia y Africa se ha evidenciado un cuadro totalmente diferente, con una elevada frecuencia de anemias, toxemias, partos obstruidos por estrechez pélvica, fístulas genitales, etc”42 .

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