Historia de la Ginecobstetricia en Colombia, Otras Culturas

Fernando Sánchez Torres, M.D

En cuanto a las costumbres de otras culturas que habitaban lo que sería luego el Nuevo Reino de Granada, son también muy escasas las noticias que tenemos. Veamos lo poco que de ellas se sabe.

Los naturales que habitaban la provincia de Tocaima -según Reclus se trataba de muiscas no civilizados; se los llamaba “panches” y eran antropófagos inmolaban y devoraban a su primogénito en una fiesta pública, y las mujeres se condolían cuando les nacían hembras, ya que todas eran muy inclinadas a la guerra. Esa costumbre de sacrificar a su primer hijo también existía entre los guayupes, que ocupaban la región de los Llanos Orientales. La forma de darles muerte era enterrándolos vivos o echándolos río abajo62. Sus prácticas eran todavía más repugnantes pues si el segundo parto era de una criatura hembra y algún indio decía que por ello no valía nada y no merecía la pena criaría, la mataban, y lo mismo hacían con la tercera y la cuarta. Inmolaban, pues, a sus hijos sin motivo alguno o, como anota Emilio Robledo, por “daca allá esas pajas”63. Los indios justificaban su proceder diciendo que los primeros hijos “son aviesos y traviesos y consumen mucho la juventud de las madres y las envejecen”. Para Virginia Gutiérrez de Pineda el filicidio tenía razones mágicas64.

El filicidio en neonatos ha sido considerado un hecho común en muchas culturas. Arnaldo Rascovsky65 cita a Bakan, quien señala que esa costumbre existió entre los esquimales, polinesios, egipcios, chinos, escandinavos, africanos y aborígenes australianos. En las islas Hawai era habitual matar a todos los hijos que seguían al tercero, estrangulándolos o enterrándolos vivos. Los aborígenes australianos mataban a los menores cuando se veían forzados a trasladarse de un lugar a otro y no podían llevarlos consigo; por las condiciones de vida, que hacían presumir que las niñas que nacieran no encontrarían marido, los esquimales las mataban. Como vemos, diferentes interpretaciones pueden darse a la muerte deliberada de los neonatos.

Los panches y tapaces, que ocupaban las orillas del río Magdalena desde las hoyas del Gualí y del Rionegro hasta las del Fusagasugá y del Coello, acostumbraban extirpar el clítoris a las recién nacidas, según relata Fray Pedro de Aguado. “Tienen estos bárbaros -dice el cronista- una ceremonia o costumbre muy perjudicial y dañosa para ellos, aunque no hacen mucho caso del daño que de ella se le sigue y viene; y es que a las criaturas hembras que les nacen, a los ocho o diez días, así como nacen, les cortan con unas cañas o piedras cierta parte de carne que en el miembro o vaso mujeril tienen, y lo que les cortan lo secan y hacen polvo con los cuales después les refriegan la herida, para que se consuma y seque la otra parte que queda o pueda crecer, para que no crezca y quede igual, y así muchas criaturas mueren de estar heridas, y así entre ellos haya muy pocas hembras”66. Más adelante refiere Aguado que “los casamientos entre esta nación se hacen con mucha facilidad, porque estando la criatura sana de la herida que dije le dan a los ocho o diez días, luego el indio que la quiere por mujer da a la madre una sarta de cuentas o una pampanilla (…)y así quede hecho el casamiento; esta sarta o pampilla ha de guardar la madre para cuando la desposada sea de edad para poderla traer; estos casamientos se deshacen por hacer ella adulterio a su marido y no por otra causa, que en tal caso él la puede dejar” 67. ¿Qué significado tenia para los panches tan cruenta costumbre? Para algunos la circuncisión tanto masculina como femenina sería una modalidad atenuada de la castración, o un sustituto del sacrificio de los recién nacidos68.

Parece, por referencia de R. Leonardo, que la circuncisión de las mujeres era una práctica muy científica, como que los egipcios la llevaban a cabo, al igual que algunas tribus africanas69. Por su parte, Robledo dice que este procedimiento quirúrgico puede considerarse como un elemento cultural Karib, poco conocido de los etnólogos. Los chama, del río Ucayali, lo ejecutaban durante la pubertad de las jóvenes, ceremonia que revestía gran solemnidad y que el Marqués de Wavrin relató así: Para realizarla escogen la estación seca y aunque participan a los de la tribu, tienen precauciones para que no se adviertan los extranjeros. Los preparativos son grandes, especialmente en chicha para las bebezones, legumbres para atender a los invitados, piezas de caza como jabalíes o paujíes engordados con tal fin, etc. La ceremonia empieza con bailes y grandes libaciones.

La joven que va a ser circuncidada debe participar en las fiestas aún más que las otras personas, pues hace parte de los ritos el que ella llegue a tal estado de inconsciencia. En dos troncos de madera blanca y ligera de palo de balsa (Ochroma), apareados en forma de mesa, extienden la paciente cuatro mujeres ancianas que han sido escogidas como cirujanas. Los parientes y amigos forman círculo alrededor de la paciente para ponerla a buen recaudo de las miradas de los extraños. Una de las cuatro cirujanas se provee de un cuchillo de bambú bien cortante. De ninguna manera se admite arma de metal. Descubiertas las piernas las ayudantas las sujetan fuertemente a fin de inmovilizar a la paciente mientras la operante corta de un tajo el clítoris. Los chama pretenden con esta operación el que la mujer no tenga más excitación genésica que la de la cópula, pero también dicen que con la extirpación de aquel órgano se evitan malos olores”70

Curiosa también entre los guayupes la celebración del nacimiento del segundo hijo. El padre era encerrado en un bohío, pero antes muchos indios lo azotaban con hojas de ortiga; luego cada uno de los doce individuos más ancianos del pueblo le arrancaban un mechón de pelo. Durante una luna, que era un mes, sólo le alimentaban con mazamorra -una taza al día- y cada cinco días un pan o torta de cazabe acompañado de una totuma de vino hecho de cáscara de cedro. Pasado el mes se le sometía nuevamente a ortigamiento y entonces sí se le permitía ver a su mujer y a su hijo.

En la región de San Juan de los Llanos, además de los indios guayupes habitaba otra tribu: los llamados saes. Acostumbraban que si dentro del primer año de matrimonio la mujer no quedaba embarazada, ella podía separarse y buscar otro marido; y si tampoco lo lograba, buscaba otro “hasta que tope quien la empreñe”, como escribe el cronista Aguado71. Las mujeres saes al momento del parto se adentraban en la espesura de la montaña más cercana para dar a luz solas. Dejaban allí la criatura y llamaban al marido o a otro familiar suyo para que le proporcionaran agua para lavarse ella y su hijo. Si el marido daba muestras de tristeza por el nacimiento del vástago, ella -como los guayupes- lo echaba al río o lo enterraba vivo72.

Los mohanes o noamas eran los médicos hechiceros de los taironas, cuya cultura floreció y desapareció poco después de la ocupación española; a ellos les estaba señalado un lugar especial para ejercer su oficio, sitio al que los conquistadores denominaron “bohíos del diablo”. Allí las doncellas, al iniciar su pubertad, practicaban un ayuno de nueve días, o coime, rito parecido al que hemos visto que usaban los muiscas.

Los cuna, llamados también darién, cuna-cuna o ti (“gentes de los ríos”), que habitaban lo que hoy es la república de Panamá, festejaban públicamente la pubertad de las niñas. En ese momento recibían por primera vez un nombre y a partir del año siguiente obtenían el derecho de casarse con el hombre de su agrado. Las mujeres cunas, según Reclus, daban a luz en cabañas aisladas, bajo la vigilancia de una anciana73. Aunque ignoramos si tenían participación alguna, ha de aceptarse que el parto en estas tribus se verificaba ya con acompañamiento. Esa primitiva comadre bañaba luego a la madre y a su hijo en el río y los conducía ante el lelé, que era el cacique o capitán, a la vez sacerdote y médico, para que los fumigara con tabaco y ahuyentara con ello la mala suerte. Si un extranjero llegaba a presenciar el parto de una mujer cuna era sentenciado a muerte, es decir, la misma suerte que corrió aquel doctor Wertt mencionado por el historiador Usandizaga, y que hemos registrado atrás.

Entre los cunas, como en otras tribus del litoral neogranadino, y entre los papiocos o tucanes del bajo Guaviare, la pollazón, o participación solidaria del marido con los dolores del parto, era costumbre arraigada74. Fijémonos que la pollazón era una costumbre distinta a la covada, pues aquélla ocurría durante el parto mismo (el marido simulaba que estaba empollando), mientras ésta se practicaba después del nacimiento (el marido desempeñaba el papel de puérpera).

Los aruacos o arhuakos, también hacían de la pubertud un rito: el mama o sacerdote designaba a su arbitrio al que debía encargarse de «componer” a la novicia; casi siempre era él mismo quien lo hacía75.

Al igual que en la zona central del Nuevo Reino de Granada, en algunas provincias de lo que se llamará Valle del Cauca, la virginidad era despreciada, llegando al extremo de que la madre de la novia era quien la desfloraba con sus dedos antes de entregarla al marido. De la misma manera, en estas provincias el marido se separaba de su mujer encinta, pensando, probablemente, que el acto sexual podía ocasionar daño al feto76.

Según refiere el cronista Castellanos, los lile, tribu establecida en el terreno donde iría a fundarse posteriormente la ciudad de Cali, tenían chozas especiales destinadas a aislar a las mujeres durante la época menstrual. Así lo relata:

“Entre ellas muchas chozas muy pequeñas,
Redondas, do varon jamás entraba,
Por ser albergues hechos para dueñas
El tiempo que su menstruo les duraba,
Donde ni por palabras, ni por señas,
Con ellas nadie se comunicaba,
Ni consienten que cosa dé ni tomen,
Y á la puerta ponían lo que comen”.

Pasado el flujo menstrual iban a una laguna, se bañaban y regresaban al seno de su familia.

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