Esta Vida y la Otra, Germán Pinzón

Alberto Rodríguez Tosca
Poeta y periodista

Como en su época el paraguas y la máquina de coser sobre una mesa de disección, el encuentro fortuito entre una monja y un soldado en el desbarajuste de un manicomio, es un tema que bien podría sacarle las babas hasta al mismísimo Tristan Tzara.

Pero si aquella extraña reunión condujo al auge y posicionamiento de las vanguardias artísticas de principios de siglo, en nuestros días las cosas son algo distintas.

Suele pensarse, quizás con más frecuencia que la que recomienda el sentido común, que la fusión de una buena historia con un poco de anécdotas, de episodios extravagantes con ciertos retozos del lenguaje, de personajes exóticos con un dispendioso ejercicio de carpintería, son rudimentos suficientes para producir una buena novela.

Ese “pegar ladrillos” de que habla García Márquez exige algo más que un simple dominio del arte de narrar, pues si éste no viene acompañado de una asimilación profunda de la complejidad de los cimientos, la edificación estará siempre a punto de caer.

Germán Pinzón (Cajicá, 1932) reaparece 32 años después de haber publicado su primera novela (Terremoto) con una obra que reivindica una tradición literaria en franca vía de extinción: la que integra sin traumas visibles hallazgos verbales y conceptuales con los ritmos naturales de la fábula. Esta vida y la otra es el escenario dialógico donde convergen la personalidad atormentada del teniente del ejército Edgar Pinto, confinado bajo prescripción de “trauma del héroe”, y la inocencia apoteósica de la novicia Magdalena, quienes en la turbadora complicidad de un manicomio, junto a otros personajes a los que sería injusto llamar secundarios, protagonizan una de las aventuras más delirantes de cuantas haya imaginado la literatura colombiana desde los días aciagos de Macondo.

Más cerca de la opulencia verbal de un José Lezama Lima que del onirismo festivo del “boom”, con una prosa depurada y nutrida, despojada de cualquier alarde formal, Pinzón emplea cada una de las líneas que escribe en algo que indefectiblemente había que decir. No hay alocuciones forzadas o gratuitas. Sus diálogos no se limitan a resolver a como dé lugar el cruce entre dos personajes, las intervenciones del narrador trascienden la mera descripción de un paisaje o de una acción, las sucesivas escenas que acompañan la historia central son tan ineludibles como esos episodios de ataque donde el soldado y la novicia hacen el amor.

Tanto se ha especulado sobre la muerte de la novela –y del arte y de Dios y de la Virgen Santísima-, tanto se ha traficado a favor y en contra, que no tiene sentido a estas alturas seguir alborotando con ésta o aquella explicación. Nos iría mejor poniendo las cosas de la siguiente manera: cada vez que se publica una mala novela muere la novela, cada vez que se publica una buena novela la novela resucita.

Aunque no tengo que insistir en el lado que yo sitúo Esta vida y la otra, me gustaría agregar que con la aparición de esta obra de Germán Pinzón, no sólo resucita la novela en un sentido puramente biológico, sino en una vertiente poco tenida en cuenta a la hora de lanzar el implacable “levántate y anda”. Hablo de la resurrección del lenguaje. No del lenguaje como gramática, belleza lingüística o pirotecnia verbal, sino como verbo encarnado en la realidad de la página en blanco para restablecer los misterios de una realidad paralela.

A las retóricas que disimulan los accesos de analfabetismo mental, a las historias estruendosas que disfrazan la carencia de fronda y de raíz, a quienes gustan de dorar la píldora para sobornar los rigores que anteceden y suceden a la literatura, al mucho ruido y pocas nueces, Esta vida y la otra responde con un tablero de un juego no inventado donde las palabras se emborrachan y proclaman un festín. Fiesta del verbo donde las palabras tienen vida propia y el qué y el cómo se disputan los orígenes y el patrimonio de la emoción.

Leí por estos días un excelente ensayo del escritor inglés William Somerset Maugham, donde se preguntaba cuál era el papel de la novela: si agradar o instruir.

Si su papel es instruir, se respondía enseguida, entonces la novela no era arte, porque el fin del arte es agradar. También aquí entramos a los espinosos predios de una discusión bizantina, primero porque agradar e instruir no son términos en absoluto excluyentes, y segundo porque si la instrucción elimina de tajo a la novela de la escala de las artes, tendríamos que revisar entonces los aportes que a la historia del arte y la cultura dizque han hecho novelas tan “instructivas” y muy pocas veces “agradables” como El juego de abalorios de Hermann Hesse, La Montaña Mágica de Thomas Mann, El hombre sin atributos de Robert Musil o Paradiso de José Lezama Lima. ¿Podríamos inscribir en ese hatajo de no-novelas o novelas no-artísticas la de Germán Pinzón?

Sin duda hay inteligencia y sabiduría en sus páginas, pero también hay divertimento y candor. Sus enseñanzas no son sermones de catequesis ni su humor un inventario de chistes baratos. En ambos casos la sutileza y la ironía ganan la partida, aunque a veces la gana la amorosa perversidad. Constantemente Germán Pinzón le hace guiños malvados al lector, entre líneas se comunica con sus antepasados –”intertextualidad” le llaman hoy en día-, le tiende trampas, lo pone a prueba, como si fuera esa su forma de decir que lo respeta. Y en cuanto a la famosa muerte de la novela, por el momento Esta vida y la otra nos llena de aliento suficiente para llegar menos desconcertados al inevitable carrusel de las defunciones por venir.

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