El Sueño de la Razón Produce Monstruos

(Cuento para un apéndice a la Leyenda Áurea)*

*Premio del Concurso Nacional de Cuento “Eugenio Díaz Castro”, Bogotá, 1998.

Verónica Triana Londoño
Taller de Escritores
Universidad Central

“He aprendido la ecuación de la droga. La droga no
es como el alcohol o la hierba, un medio para
incrementar el disfrute de la vida. La droga no
proporciona alegría ni bienestar.
Es una manera de vivir.”
William S. Burroughs

Ojo. (Del lat. Oculus.) m. Abertura o agujero que atraviesa de parte a parte alguna cosa.

Y aquellos ojos no existieron en la antigüedad para inspirar la lira de los poetas románticos. ¿Acaso sé yo que no existieron? Resulta fácil adivinarlo. La sustancia que los hace encabronarse como fieras no era fabricada en ese entonces. Los poetas estimulados por el opio podrían sentir cierto desligamiento de su cuerpo, pero su fisionomía mortal sufría una transformación leve, tal vez poco estética y más cercana al horror. Por el contrario de esta píldora circular que puede llegar a transformar un cuerpo defectuoso en uno de una belleza sublime, desligada por completo del espíritu.

He visto dos tipos de ojos bajo este efecto. Los he visto con mis ojos de mortal, carentes del efecto de cualquier sustancia alucinógena. Unos permanecen con la pupila dilatada como una trufa de chocolate oscuro, rodeada por una pequeña extensión de iris amarillo sol licuoso. Aunque reflejen cierto misterio, son ojos “yonquis” que se secan al volver a su normalidad o despiertan siendo tan sólo un par de espejos vidriosos, aislados de la orbita vital, opacados por la acidez y el éxtasis de dicha sustancia.

Ojo. Órgano de la vista en el hombre y los animales

En cambio esa noche tuve la oportunidad de observar un par de ojos innovadores, característicos del fin de siglo.

La pupila reducida a su dimensión más pequeña, casi imperceptible para otro ojo humano y el iris irradiando chispas que brillan con los avisos de la luz neón. Las sílfides líneas que conforman el iris, perceptibles a varios metros de distancia como venas que brotan del color, se movían circularmente haciendo que mi cabeza girara en torno a su efecto. Mareándome, pero sin sentir náuseas, por el contrario, un insoportable deseo se apoderó de mí esa noche.

No podré olvidar esos ojos marcados con una X titilante en el medio. Fríos, robotizados, deambulando alrededor de las luces… los ojos del emperador del doloroso reino: Dite el poderoso.

Ojo de gato. Ágata de forma orbicular y color blanco amarillento, con fibras de asbesto y amianto.

El vértice filudo de mi perspectiva punzaba cada cara presente. De repente, al ser atraída por una luz encequecedora, únicamente podía apuntar hacia el rostro de una mujer. Tuve que cerrar los ojos para comprobar la veracidad de las imágenes, pero allí, en la oscuridad de una vista nublada por pestañas y párpados, permanecían ese par de espectros. El brillo de los reflectores, las personas, la música y hasta el cuerpo de la mujer habían sido opacados por la luminosidad de esas diminutas pupilas negras. Si le hubiese sacado los ojos enfrascándolos en un tarro sin amoniaco o simplemente los hubiese sostenido sobre mis manos; aquellos ojos hubiesen seguido… ¡vibrando! ¡iluminando! Sin mirar, porque eran dos endemoniadas y engreídas criaturas que no se molestaban con mirar. Ni la gente, ni un punto fijo, ni siquiera el vacío, nada de eso parecía existir para ellos.

La afortunada poseedora no presenta ninguna característica fuera de lo normal, su único don son ese par de óvalos agatados estimulados psicoactivamente por la droga. Su voz, su cuerpo y sus movimientos son los de cualquier mujer afeminada… pero sus ojos…Me atrevería a decir que no le pertenecen. Con seguridad, y esto lo he ido confirmando con el tiempo, han sido un implante equívoco de la naturaleza.

Hubiese querido estar más tiempo libre para profetizar mi verdad, pero después de haber visto ese par de endemoniados zafiros, mis pasiones se apoderaron maniáticamente de cualquier capacidad de raciocinio y por tanto mis palabras se volvieron efímeras.

Ojo. Palabra que se pone como señal al margen de manuscritos o impresos para llamar la atención a una cosa.

Pasaban las horas mientras yo miraba las lumbreras de todos los presentes, pero ninguno se asemejaba a los que ella llevaba puestos. ¿Qué esperaba allí sentada? Sabía que no pasaría nada, que la noche y el día pronto acabarían y con esto el hechizo de los ojos… sin embargo en el fondo conocía el destino de mi placentera observación. Comprobar si aquellos ojos le pertenecían o habían sido colocados en su cavidad por las pezuñas del emperador de los infiernos, el señor Dite. Comprobar si al tenerlos sobre mi mano seguirían vivos y bailando, o en últimas esperar una mirada, una simple mirada, para no sentirme ignorada por aquel poder sublime y terrorífico.

Ojo. Manantial que surge del llano.

Dos días habían pasado y hasta ahora nadie había parado de bailar. Yo permanecía sentada en las escaleras enfocando mis simplones y ordinarios ojos sobre los suyos. Finalmente todos comenzaron a desfallecer, la droga y el agua “manantial” se habían acabado y ya no podían mantenerse en pie. Algunos cayeron lentamente sobre el suelo, reposando bajo el sueño apaciguado del silencio; otros caminaban ligeros hacia la puerta, sin producir sonido alguno, paseando sobre los cadáveres en reposo y soltando una que otra risa de recién nacido; como espíritus de una rumba que muere y con esta mueren ellos.

Me acerqué al centro, la cogí de la mano y la llevé a la salida. Habían pasado dos días en los que parpadear había sido imposible. Mi lagrimal seco por el viento y la vigilia.

-Espéreme, ya vengo. – Asintió con la cabeza, pero no me miró. Ni siquiera la luz intensa del amanecer parecía causar algún efecto en su mirada. Cuando volví allí estaba ella esperándome, preparada para su final. Por primera vez en dos días me atreví a parpadear, una lágrima espesa y amarillenta brotó de mi lagrimal. La bebí con miedo y abrí de nuevo mis ojos. Sostuve el bisturí apretándolo con fuerza y sintiendo el metal frío sobre mi piel, lo acerqué lentamente hacia el párpado y delineé con delicadeza una circunferencia agatada alrededor. El ojo no se movió, no parpadeó, no miró ni al dolor. Lo introduje, haciendo el esfuerzo de no perder ni un solo detalle de su reacción. Ella gritaba, pataleaba, se mordía la lengua. La sangre humedecía sus pestañas y mi mano, pero el ojo seco no lloraba. Por el contrario, sonreía feliz de haber sido liberado de aquella jaula. Finalmente tuve el par entre mis manos, mientras la mujer gritaba revolcándose en el piso y diciendo entre sollozos – ¡Ay de mí que no puedo llorar!- Yo seguía esperando.

Caminé con ellos hacia un bosque cerca de la casa, lejos de cualquier persona que pudiera verme y les hablé con la lengua adormecida por el sueño – Don Dite: emperador de las tinieblas y los pecados; soberbio presidente de nuestra tierra: si todo lo que he visto y pensado es cierto, concededme una mirada y un par de endomoniados ojos. Deseo poder observar las impurezas que se esconden en el interior de los hombres y no sufrir el sacrilegio que produce la indiferencia de su mirada. Pasaron horas y aunque los ojos mantenían el mismo brillo que he descrito con anterioridad, y aquellas líneas continuaban girando alrededor de la pupila, todavía carecían de mirada.

Ojo. Cada una de las gotas de aceite o grasa que nadan en otro licor.

Los pájaros y los exostos de los carros cantaron anunciando la llegada de un tercer día. Mi cabeza comenzaba a recostarse sobre el tronco de un árbol; mis ojos ardían semi cubiertos por los párpados que habían subido de peso y fue en ese momento, en el instante en el que el sueño y la realidad se funden y ya no puede uno distinguir el uno del otro, pensando que después de todo mi esfuerzo evangélico caería dormida bajo un árbol mientras apretaba dos monstruos jugosos entre mis manos, fue en ese preciso momento de desesperanza cuando lo ví. ¡Lo ví! Una mirada repentina dirigida hacia mis ojos, luego un pestañeo (porque los arranqué con todo y párpados) y como final de mi relato un punto de lágrima rojiza que fue resbalándose por mi brazo. Desde ese día comprobé su existencia y mi vida no volvió a ser la misma. Aún así me queda la incertidumbre que produce la vigilia de tres días y el sueño desconsolador de la razón, que como dijo Goya puede llegar a producir monstruos.

Ojo. Fig. Estar dos personas de un mismo parecer y dictamen de una cosa, sin habérselo comunicado la una a la otra.

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