Antología de la Poesía Colombiana, Rogelio Echavarría

Con este ensayo se dio comienzo, en abril de 1998, al programar quincenal “Club de Lectura”, del Departamento de Humanidades y Letras, Universidad Central, programa al cual pertenecen los artículos incluidos en esta sección.

Alonso Aristizábal
Facultad de Música
Universidad Central

“Trata mi libro como un par de lentes que miran
hacia afuera, y si ellos no te sirven toma otros.”
Marcel Proust

antologia-de-la-poesia-colombiana-rogelio-echavarriaQueremos empezar diciendo que hemos leído la Antología de la poesía colombiana como un par de lentes que totalizan nuestra visión de la cultura y la poesía colombiana, el mundo y la vida. Una antología como esta semeja por su carácter histórico también una bandera porque se convierte en símbolo de la cultura. En libros como este se tiene la certeza de que se trata de textos definitivos con los cuales se construye el país y el universo. Allí se encuentra el caleidoscopio del hombre colombiano de todos los tiempos. De esta forma nos hemos acercado a ella de muchas maneras. La primera, como aficionados a la poesía y al esplendor de sus verdades. La segunda, a la manera de quienes indagan y buscan el poema que se requiere en un momento determinado. La tercera, como colombianos amantes de la importancia de nuestra historia y cultura, bases de nuestro proyecto como nación que debe hallar sus propias raíces. La cuarta, como convencidos del lenguaje y la palabra de la poesía, que son verdades a través de las cuales se construye el diálogo de un país, entre sus sueños e ideales. Y una última, para no extendernos porque habría y ha habido muchas otras, la de los que piensan que es necesario mirar nuestros pasado y presente para hallar las bases de nuestra modernidad. De esta manera hemos llegado a la conclusión de que se trata de una obra estructurada a partir de la concepción poética de hoy. Quiere decir que allí está ante todo el poema como expresión de la poesía.

Es la selección hecha por un poeta arraigado en la más entrañable poesía de nuestro tiempo, y como afirma el autor, de un lector de poesía. Esto lo decimos pensando en criterios como el de Andrés Holguín para quien, según su antología de hace veinticinco años, en la poesía debe primar la expresión del hombre de cada tiempo. En la selección de Echavarría se encuentra la forma de pensar y sentir de cada época, manifestada en la plenitud del decir y sentir poético.

El antologista ha dicho que esta obra es ante todo su propia antología, con la mirada de quien se ha preocupado por indagar la herencia poética en Colombia, entender a sus contemporáneos y ver su proyección hacia el presente y el futuro. Allí se encuentra el gran oficio creativo o concepción estética de Rogelio Echavarría, que se presiente en lo que dice del autor de Morada al Sur, en el texto “El Aurelio Arturo que yo conocí”. Allí deja constancia de su gran relación con uno de los poetas que más han marcado su trabajo poético y que le permitieron definir su propio mundo. Escuchemos lo que dice: “¿De pocas palabras? ¡Pero si vivía de ellas! Tenía una reverencia religiosa por la palabra (uno de sus últimos poemas confirma esta obsesión), un gran respeto a la palabra escrita, a la palabra bien escrita, un santo temor a la palabra por escribir”. Lo anterior sin duda es también la más clara explicación que ha dado sobre la intensidad que ha buscado en cada uno de los poemas de esta obra. El también es un autor de pocas, poquísimas palabras. Pero este mensaje en su brevedad posee una gran lección para varias generaciones, que no requiere más explicaciones, y que es necesario que lo conozcan y piensen todos sus lectores.

Por tanto en esta Antología de la Poesía Colombiana está el gusto de un poeta y maestro que selecciona los mejores poetas y poemas de nuestra historia. Esta última palabra se nos hace también definitiva, ya que la obra posee además de su sentido literario, un gran sentido histórico que compendia el sentir poético de los creadores colombianos de todos los tiempos. Esto la hace más completa que las demás antologías del pasado. Además, como dice Echavarría, constituye la suma de varias antologías, las de varios siglos y épocas, por ejemplo, que pueden verse en los títulos y subtítulos de cada uno de los capítulos. Al respecto el compilador afirma que contiene los mejores poemas, los más populares, de cada uno de los más importantes autores de versos en cuatro siglos. Por lo mismo el autor ha dicho que es una antología de antologías. “No suma sino sustracción” porque existe el criterio del que selecciona pensando en el antos o la flor de cada época y poeta. Y para lograr la necesaria objetividad, además se ha aferrado a criterios como el de Rafael Maya cuando dice que “es indispensable juzgar de acuerdo con su época”. Es decir que el criterio de nuestro tiempo no puede plantearse como exigencia para el pasado, y más bien es necesario considerar ese pasado como base de las etapas que siguen hasta llegar al presente.

Esta obra nos muestra que en los siglos XVII y XVIII nuestra poesía vive de la influencia clásica. Y de hecho se trata de un conjunto de poemas preocupados por la épica y la religión, lo mismo que el rigor formal, y así trasluce el entorno de su tiempo. Empieza con don Juan de Castellanos, el padre de la poesía colombiana., y estos versos: “¡Tierra buena! ¡Tierra buena!|¡Tierra que pone fin a nuestra pena!| ¡Tierra de oro! ¡Tierra bastecida!| Tierra para hacer perpetua casa.|” Allí se encuentra la época de creación o surgimiento de nuestra poesía, con Domínguez Camargo, una voz que resuena con su propio eco dentro de los cauces del gongorismo, y Josefa del Castillo, la voz de la mujer mística que a su vez es expresión del sentimiento religioso de entonces.

Pero luego con el siglo XIX viene el romaticismo que constituye un desarrollo literario muy importante y por lo mismo nos da una identidad cultural a través de la cual nos hemos proyectado a lo largo del XX. Esta poesía del siglo XIX se centra en el amor, la patria, el recuerdo y la noche. Poemas como “La luna” y “Constelaciones” de Fallon y Rivas Groot respectivamente, son demostrativos del lenguaje de gran parte de dicho momento de la poesía. Los poetas hablan a través de un sentido reflexivo y existencial. Se presienten las guerras y conmociones en las cuales vive el ser de este tiempo. Entre estos poetas están además, el inmenso Candelario Obeso y Julio Arboleda, “el poeta soldado”. También José Eusebio Caro, cuyo acento romántico habría de proyectarse hasta Silva. Este, por sus temas y su perfección formal, la suma de la poesía de su tiempo. Allí también figuran Rafael Pombo y Julio Flórez, con su poesía de contrastes que les permiten acercarse a muy diversos lectores. Tenemos a Barba Jacob como esa plenitud del dolor del poema que viene desde los poetas malditos y abre los cauces de la poesía moderna. Leemos a Luis Carlos López que le dio a la poesía otros tonos y posibilidades que trascienden el humor y la ironía. En este grupo vemos a Guillermo Valencia, José Eustasio Rivera, Ciro Mendía y Rafael Maya. Autores que nacieron en el último cuarto del siglo XIX y habrían de tener una importancia definitiva en el desarrollo de la poesía del siglo XX. Por ejemplo, el caso de León de Greiff como esa cima en torno a la cual crece la poesía, y cuya renovación temática, idiomática y rítmica es tan grande que llena buena parte de nuestra poesía del siglo XX.

Por lo mismo no es gratuito que el sesenta por ciento de esta Antología de la poesía colombiana se encuentre formado por poetas del siglo XX, así: Vanguardia, Centenaristas, Los nuevos, Cuadernícolas, Mito, Nadaístas, Generación sin nombre, De los ochenta y Fin de siglo. Es un libro para afirmar la gran presencia de la poesía moderna colombiana. En ellos se aprecia primero el culto al poeta como creador y cantor que enfatiza en temas como la soledad individual, lo familiar y lo personal a través de la cotidianidad. Descubre nombres de poetas casi secretos pero grandes con los cuales se ratifica que Colombia es ahora más que nunca un país de poetas. Admiramos esta actitud de lector de poesía que hay en Rogelio Echavarría, para mostrar y descubrir poetas y poemas, incluso entre los más jóvenes con los cuales es emotivo e impulsador como nadie. Queremos además decir que a muchos de estos poetas no hay otra forma de leerlos porque ni en las bibliotecas se consiguen sus obras. Ellos han llegado al antologista gracias a la pasión e interés de bibliófilo poeta que hay en él. Así hace justicia con los creadores para quienes la felicidad de los sueños a veces se vuelve dificultad y angustia. Esta obra se convierte en reconocimiento y fuente de verdad para la orientación de muchos. Ahí, parece decirlo, está la búsqueda de autenticidad de la poesía y su verdadero desarrollo. De “la tradición de la pobreza” del siglo XIX, hemos pasado a la riqueza de la poesía de Colombia en el siglo XX, reconocida en muchos países de habla hispana y en otros idiomas como expresión de nuestra verdadera identidad. Esta es la Colombia construida por los soñadores y que quiere ser modelo de todas las construcciones que requiere la grandeza de este país. Aquí se hace necesario citar lo que dice el autor al respecto en su Antología de la poesía contemporánea, Presidencia de la República: “la suma de todos los poemas resalta la sensibilidad, la calidad, la evolución y la variedad de nuestra lírica”.

De hecho los poetas colombianos han superado la forma del verso y el poema, y se encuentran ante la poesía como realidad y verdad. Y por lo mismo han alcanzado una gran diversidad formal a partir de un yo reflexivo que dialoga con el quehacer poético. Una vez más aquí tenemos la certeza de que el poeta es el padre del lenguaje a partir del cual se crea esa gran comunidad de anhelos; semejante a lo que dijo Caro, el idioma es la patria. Esto lo sentimos ante la presencia definitiva de muchos nombres que se han convertido en depositarios de nuestras emociones y palabras. Esto es precisamente Aurelio Arturo como la evocación convertida en poesía. También Jorge Rojas, Eduardo Carranza y Rojas Herazo. Charry Lara allí es grande en su plenitud poética de noches y miradas. Y además, la dimensión de Alvaro Mutis, y su palabra trashumante. Y siguen nombres imprescindibles en la más reciente poesía colombiana, como Gonzalo Arango, Mario Rivero, José Manuel Arango, Giovanni Quessep, Elkin Restrepo, María Mercedes Carranza, Jaime y Darío Jaramillo, Jota Mario Arbeláez y Juan Manuel Roca, entre muchos otros porque allí se encuentran no pocos poetas modernos de los que no teníamos noticias, o ya los había empezado a sepultar el injusto olvido. Nótese que en el caso de los poetas más importantes desde Silva hasta los más recientes, se caracterizan por su sintonía con los movimientos internacionales de poesía francesa, hispanoamericana y universal. No obstante esta característica se ha vuelto una exigencia para la poesía del siglo XX.

Sin duda esta obra es una mirada desde ahora pero también en su contexto. En ella se hace referencia al Nuevo parnaso colombiano de 1848, de José Joaquín Ortiz, y a su balance de la conquista y la colonia, dentro de lo cual afirma que “nuestro país es pobre en literatura”. Creemos que uno de los méritos de la antología de Rogelio Echavarría es demostrar precisamente que en los 150 años que siguen hay otro balance. Tenemos allí una gran poesía como patrimonio cultural. Por esto afirma que encuentra de dónde escoger, que tiene ante sus ojos “un abrumador exceso de poetas”. Y por lo mismo se propuso “no excluir nombre que suene con aplauso en boca de sus compatriotas”. De esta manera, y a modo de quien rinde culto a la idea general y concreta de la poesía, se ha propuesto acercarse a la antología como camino de la antología que hace el tiempo.

Con esta obra hemos vuelto a soñar con el parnaso como el gran inventario de poetas y poemas, como el lenguaje en el cual se encuentran cifradas las palabras de la vida humana para darnos la poesía. Es verdad que mientras haya poesía hay esperanza. La poesía es el sueño de quienes sienten que hay un mundo por hacer. Y ciertamente creemos que se trata del inventario de los más grandes como planetas o grandes cimas, en medio de muchos satélites. Nosotros creemos en el arte como un proceso dialéctico. Y por eso son importantes los poetas mayores porque ellos nos han dado la luz. Sin embargo los otros que hemos llamado satélites, hacen parte de esa evolución y como tal se han convertido en jalones de la poesía.

Este libro como gran muestra permite la divulgación de la poesía colombiana en el ámbito internacional, lo mismo que su conocimiento y lectura a través del tiempo, para muchos compatriotas. Por eso empieza con un prólogo que se inicia como sigue: “¿Cómo podrá conocerse -y reconocerse- la importancia de los poetas del pasado sin rastrear en las historias de la literatura, y la trascendencia de sus obras si no se acude a las antologías?” Con palabras como estas el autor deja en claro su intención. Además alguien anotaba que será el modelo para proyectos similares en otros países. En esta obra se palpa el desarrollo del hombre colombiano en su sensibilidad y su vida, en su relación con el mundo.

Por supuesto, este libro también permite hacer el balance y estudio de la poesía colombiana en su pasado y su presente. Al respecto el compilador afirma que una generación se funde en otra, y que por ejemplo Rafael Maya posee poemas que fueron el anticipo en Colombia del llamado piedracielismo. Además, que nuestra poesía se alimenta de la tradición y aunque ha habido rupturas como el nadaísmo, cada vez los creadores han vuelto por los cauces de sus antecesores. Pero ante todo, es claro que a través del pretexto de la visión de la poesía colombiana a través del tiempo, este poeta ha hecho una excelente antología de poesía. Creemos que así Rogelio Echavarría continúa la admirable obra de divulgación que realizó durante treinta años en El Tiempo. En sus recientes publicaciones, nos ha dado una visión antológica y temática de la poesía colombiana–poesía lírica, poemas de amor, poemas memorables, poemas a la madre y al padre–, lo mismo que libros que resumen buena parte del periodismo de los últimos cincuenta años, en particular la selección de su semanario Sucesos, del cual fue fundador y director, y titulado Crónica de otras vidas y otras muertes.

A causa de las reflexiones que suscita este libro, hay que preguntarse si se justifica hablar hoy de una poesía colombiana, dentro de la gran aldea global del mundo. Pero ciertamente nos referimos a la poesía colombiana como quehacer del grupo humano que vive y sueña en esta región del planeta, y que de todas maneras se encuentra enfrentada a la voz y expresión de las otras comunidades culturales. Sin duda buena parte de la supervivencia de los países como naciones, dependerá de la capacidad de cada uno como región para crear su propio lenguaje y expresión que lo identifique e incluso justifique frente al mundo y sus nuevos cambios. Así hablar de poesía colombiana ya no es nacionalismo, es una forma de asentar nuestra propia presencia pensante en el concierto de las naciones. Y esto es precisamente lo que ha hecho esta antología.

Sin embargo debemos también ocuparnos del autor de la antología, una ausencia que todos le reclaman en este gran libro. Hablar de Rogelio Echavarría es referirnos a la vida y la pasión que se resumen en su palabra. Esto lo decimos pensando en su grande y anchurosa poesía como un río, lo mismo que en los libros de los otros, que se ha empeñado en rearmar y reunir. En el primer caso se trata del autor de un libro mítico en la poesía colombiana. El transeúnte presenta el destino del hombre universal que viene del cosmos y va hacia el cosmos. Se encuentra en la tierra de paso en medio de la prosaica cotidianidad, y ello le induce a la aceptación de la vida como en la tragedia griega, con amor y dolor. De esta manera El transeúnte muestra la vivencia de la calle y sobre todo de la individualidad en medio de la multitud. Ello determina un sentido muy original en esta poesía que lleva a quien la lee a preguntarse de dónde procede este universo desnudo y directo que deja al descubierto la carnadura de la vida como lo esencial de su mensaje.

La grandeza de El transeúnte ha sido reconocida desde sus primeras ediciones por los más representativos poetas y críticos. En uno de los últimos borradores del diario de Aurelio Arturo se puede leer una expresión como la siguiente acerca de Rogelio Echavarría: “De las pocas admiraciones a poetas jóvenes colombianos que no se han marchitado con el tiempo”. Aunque esta vez con motivo de su obra Antología de la poesía colombiana, nos ocupamos del antologista, hay que decir que se trata del poemario más publicado en la historia de la poesía colombiana. Lleva seis ediciones. Como el escultor que escribe sobre la piedra, Echavarría ha ido haciendo este libro como testimonio de su vida. Hablando de esto, le confesó a Hollmann Morales que su “poesía no obedece a un plan, sino a una sucesión de instantes poéticos felices”. De este modo se trata de una poesía que abre caminos y nos permite llegar a la poesía de la ciudad, como tema y como sensibilidad del ser humano abocado a la convivencia en medio de la masa de las calles y las aglomeraciones.

De otra parte la grandeza de esta poesía se manifiesta en que es ella misma un jardín cultivado de imágenes, hecho que determina que su obra contenga muchos versos que son de lo más admirable de la poesía colombiana. En ello radica la intensidad, concentración creativa y oficio de síntesis que hay en sus imágenes. Por lo mismo es una poesía breve pero con la fuerza del relámpago. De allí aquellos versos como perlas, y que en no pocos se siente el deslumbramiento de lo más grande de nuestra poesía.

“Todas las calles que conozco son un largo monólogo mío, llenas de gentes como árboles”

Estos versos los repetimos muchos de los admiradores de esta obra, como parte de nuestra vida, y síntesis de la historia de cuarenta años de vida urbana en Colombia. También Jorge Gaitán Durán dijo que uno de los grandes versos de la poesía colombiana, es:

“Que pase el día sobre el mundo como un pájaro”.

Con todo lo anterior, hemos querido presentar estas dos grandes y maravillosas facetas del autor. Al lado de esta pasión del poeta, se encuentra la otra gran pasión de Rogelio Echavarría, el periodismo, y que ha dado lugar a un trabajo entusiasta, generoso y prolífico con los libros. Entonces es el periodista que aprovecha su gran experiencia informativa, y por eso pocos saben tanto de la poesía colombiana como Rogelio Echavarría. En este caso es el poeta y el periodista como antologista que le ha dado a la cultura colombiana otra dinámica, y que a través de tales libros nos viene permitiendo una reflexión nueva y valiosa sobre el proceso de nuestra cultura. En este sentido es uno de los creadores del periodismo literario, al cual se dedicó como poeta. Por lo mismo desdeñó el otro periodismo, el político, que podía haberle dado más gajes y beneficios. Pero él es un poeta integral en su palabra y en su vida, que cree en la trascendencia de los ideales y la necesidad de que el ser humano beba en sus fuentes la esperanza.

Por todo esto, nos parece igualmente admirable que este poeta y periodista considere que sus años de jubilado son para dedicarlos a otro ejercicio del periodismo que compendia su gran experiencia en el tema literario y cultural. Se trata de un poeta con valiosa información que ahora ha venido aprovechando. Hace varios años, con una beca de Colcultura, realizó un trabajo monumental sobre Quién es quién en la poesía colombiana, complemento ineludible de la antología, su parte informativa, una enciclopedia en este campo, lo mismo que el ejemplo para que alguien aborde el mismo tema en los otros aspectos del arte y la cultura.

Así, este gran poeta colombiano insiste en darnos también obras que resumen nuestra historia literaria, lo mismo que libros que resumen el periodismo de los últimos cincuenta años. De este modo Rogelio Echavarría continúa la notable y constante obra de divulgación que realizó durante treinta años en El Tiempo, con la publicación de Quién es quién en la poesía colombiana. Es una obra de muchos méritos por constituir el compendio de todos los poetas colombianos. Este tipo de obras suele ser demasiado rígido y esquemático, pero en este caso se ha logrado un texto ágil y ameno que en no pocas ocasiones se vuelve divertido. Como inventario, se trata de un libro para leer y consultar y que por tanto servirá de apoyo a la labor de la enseñanza de la literatura y en particular de la poesía. Hace aproximadamente cincuenta años, Curzio Altamar logró algo similar en la narrativa. Por el trabajo paciente y cuidadoso, este libro de Echavarría será además el rescate de la seriedad y precisión bibliográfica. Él mismo reconoce las diferencias, limitaciones y deficiencias en la información en este aspecto. Por ello Quién es quién en la poesía colombiana, está llamado a convertirse en guía básica que recupere la memoria de nuestros poetas. A esto se agrega el carácter de compendio bibliográfico del libro. Aparece allí la síntesis biográfica, bibliográfica y de conceptos que ubican al lector frente a la obra de los poetas; es muy interesante el resumen que hace de lo que han dicho acerca de la obra de cada uno de los poetas. Este elemento como valoración y visión de los poetas tiene gran trascendencia. En otro sentido, podría afirmarse que en la obra podemos leer, a través de estos puntos de vista, lo que se dice y se piensa acerca de la poesía colombiana. Se trata de un elemento de importancia, primero que todo, para acercarse a la poesía de cada uno de los autores. Es la auténtica guía que hace posible la verdadera lectura y en la cual la crítica resumida allí, orienta. Creemos que esfuerzos investigativos de esta naturaleza en nuestra literatura no han sido frecuentes y por ello no dudamos de calificar esta obra como única en nuestro contexto nacional.

Quién es quién en la poesía colombiana presenta todos los poetas colombianos que han publicado libro, ésto con la excepción de los casos más recordados de autores que no publicaron nunca un libro. Quizá por lo mismo no se incluye a García Márquez cuyos poemas no han aparecido en libro. No obstante, y la excepción es obviamente explicable, están allí Silva y Barba Jacob que no publicaron libro en vida. Para ellos la poesía es primero antes que el libro, y no como sucede en la mayoría de los autores colombianos que quieren publicar para ser considerados poetas. Otro aporte importante de la obra, es lo que hacen los autores colombianos al lado de su creación poética. Entre los contemporáneos sería conveniente ver, por ejemplo, cuántos son profesores y cuántos ejecutivos. Sin duda sorprende la diversidad de facetas de actividad de los poetas colombianos. El conjunto llama la atención y resistiría un análisis más amplio para conocer en mayor profundidad distintos elementos de la poesía colombiana vista a través de los poetas. Consideramos que ahora está allí este libro para que sea actualizado y desarrollado hacia el futuro. Lo decimos pensando en su carácter de obra viva llamada a ocupar permanentemente un espacio en la poesía y cultura colombianas.

Al lado de este esfuerzo, ha realizado una serie de importantes antologías. Lira de amor y Versos memorables son sus primeras antologías, con lo mejor y más recordado de la poesía colombiana. Luego aparece Los mejores versos a la madre. Todas estas obras han alcanzado tirajes sin precedentes en lo que se conoce en publicación de poesía. Dentro de la colección de la Presidencia de la República, lleva dos ediciones otra antología de poesía colombiana del siglo XX, y que puede ser un complemento a la visión que nos da en la obra que nos ocupa. También se debe advertir que ambas antologías no se oponen ni contradicen. Allí más bien se demuestra el tamaño de la información que posee su autor. Luego se editó su antología Poemas al padre, que ha sido tan exitosa como las anteriores. Se encuentra muy satisfecho de estas labores que hacen que la poesía llegue de verdad a personas y grupos que no la leerían de otra manera.

Con esta clase de experiencias reúne paso a paso los recorridos de su vida. Él, como poeta transeúnte de la vida, quiere compendiar en esta etapa que llama la más feliz, cada uno de todos los momentos que ha recorrido. Y de esa manera nos ha hecho un aporte grande de esa memoria total que nos permite el encuentro con nuestras raíces. De allí la gran revelación que se encuentra en este libro.

REFERENCIAS

1. Arturo Aurelio, Obra e imagen, Bogotá, Biblioteca Básica Colombiana, Instituto Colombiano de Cultura, 1977, p. 129.
2. Echavarría Rogelio, Antología de la poesía colombiana, Bogotá, El Áncora Editores, 1997, p 25.
3. Echavarría Rogelio, Antología de la poesía contemporánea, Bogotá, Presidencia de la República, 1997, p. VII.
4. Echavarría Rogelio, El transeúnte, Bogotá, Colcultura, 1977.
5. Morales Hollmann, Monólogo callejero sin rostro, Medellín, El Colombiano, diciembre 2 de 1997.
6. Echavarría, Rogelio, el transeúnte, sexta edición, Medellín, Universidad de Antioquia, 1994, p. 29.
7. Op. cit, p. 170.

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