Juristas Eméritos

Jorge Enrique Valencia M.*

Hernán Urrea Giraldo
Álvaro Mazo Bedoya
Daniel Sinisterra Domíngu ez
Ramón Elías Potes Poss o
Jaime Sanin Greiffenstein
Arturo Ramírez Padilla
Francisco José Ferreira Delgado

En alguna parte leí que la muerte su ele ser consejera inhábil para juzgar los actos de la vida y la conducta de los hombres. En menos de siete meses, y uno se resigna a estas reflexiones por tener conciencia ya de la partida y la ausencia final, muchos jurisconsultos, ligados a mi por especiales razones de afecto y amistad, han acabado su existencia material, como casi todas las cosas de este mundo limitado. A estas alturas, y ante lo inevitable, y porque me he sentido fuera de todo, siento la necesidad de expresar, en lo esencial, un puñado de fechas y acontecimientos para evocar a mis colegas, sin importar que vuelen las horas y corran los tiempos. A las gentes de mi ciudad, y es lo humano, pasó prácticamente inadvertida la occisión de tan inolvidables amigos en el sentido que bien conocemos, aunque a todos ellos, jamás les importó el ruido de los tinglados, ni las vanidades y humos de los demás, que son prácticamente todos, ni nada de lo efímero y superficial. Esto corre así, siempre, y el silencio acaso sea el más bello triunfo posible en la vida. Abrumado por los hechos, y volviendo la vista atrás, con emoción sentida de esa que persiste eternamente, dejo constancia escrita de mis vivencias y recuerdos acerca de su peregrinaje por la tierra y de algunas facetas de su itinerario intelectual.

HERNÁN URREA GIRALDO fue por muchos años, Magistrado de la Sala Penal del H. Tribunal Superior de Cali y Fiscal del mismo Tribunal, además de Procurador de Distrito, descollando por su excelente criterio jurídico, que lo tenía en grado superlativo, más que otros que hoy posan de competentes y entendidos, que algo sé del asunto, por distinguir y conocer el comportamiento de los otros. Yo que conocí su estructura humana puedo afirmar, en un solo trazo, que fue un juez íntegro y cabal, y que dio de sí cuanto tenía que dar, de manera desprendida y generosa. Un hombre muy querido y respetado por sus amigos, por la dignidad de su conducta, su sencillez y afabilidad y sus valores cristianos, rectamente aplicados siempre. Al exaltar y reconocer esto, todos hallarán verdad en lo que digo, sobre todo en este caso. Interesa grandemente decir que no escribió ningún texto jurídico, ni perteneció a los cenáculos y ateneos, ni posó de sabio o erudito, acaso porque su timidez le impedía mostrar todo el brillo de su inteligencia, bien que poseía una intuición maravillosa para la definición de los asuntos jurídicos, tocando con bastante propiedad, todos sus géneros y temas. ¡Ojalá me explicara! Aplicó siempre la regla de la discreción, que como algunos saben, manda tener sobriedad y moderación en las actuaciones oficiales y públicas, que de esto poco se ve, porque aquí algunos magistrados siguen un orden inverso al de la prudencia y mesura. Por algún tiempo se refugió en el recogimiento de la cátedra y esto le trajo satisfacciones y sosiegos, lo cual es certísimo y exacto, y lo digo yo, por conocerlo de primera mano. En mi Tribunal –el de Cali– hice Sala con él, y siempre me ayudó a pensar y meditar, para decir y explicar mis sentimientos libremente. Se recibió como abogado de la Universidad Externado de Colombia (1.953), y hasta donde me alcanzan los recuerdos, que ya no son muchos, fue condiscípulo de mis maestros FERNANDO HINESTROZA FORERO y RAFAEL FORERO RODRÍGUEZ, de la promoción de 1951, quienes fortunosamente aún viven, viendo pasar la vida, me imagino yo, entre hombres, desilusiones y sucesos, con la persistencia de los recuerdos y la interpretación de los hechos, que es la manera sabia de contemplar lo que nos rodea, puesto que ya no hay pasiones, ni caprichos, ni prevenciones personales, ni siquiera claudicaciones. Así, es grato recorrer y traer a la memoria el mundo otra vez, aunque el balance resulte, sin duda, poco edificador y gratificante. Que no todo está olvidado. Nació en Caicedonia el 4 de abril de 1926 y murió en Cali el 10 de julio de 2007.

Con celo de verdad he de decir que ÁLVARO MAZO BEDOYA fue un buen jurista, mejor, un excelente penalista, y conste que he tratado muchos que ciertamente lo son, por quienes tengo veneración y respeto, como corresponde a su apostolado y entrega. Nos conocimos lejanamente desde niños, aunque no cultivamos por ese tiempo mayores relaciones, sin que yo sienta la necesidad en este momento de escarbar la memoria, que solo tristezas y congojas me traen. Le traté más intensamente después, cuando ambos alternamos en los Juzgados Penales de Cali, y en nuestros encuentros espontáneos, tratamos siempre –con la voluntad mejor dispuesta para el análisis y el escrutinio–, de estudiar los principios del Derecho Penal, alzaprimando los valores ideales de libertad y de justicia, y el espíritu que los informa, relanzando siempre el absolutismo regio, que tanto gusta a las mentes tiránicas y despóticas que nunca faltan, especialmente entre nosotros. Egresó de la Universidad Santiago de Cali (1.968) y fue un excelente profesor –acaso la docencia fue el centro de su vocación–, en una época mucho más tranquila de la actual, que todo lo dignificaba y todo lo enaltecía, que los tiempos y las ideas y las fatigas del mundo, nunca son iguales, viendo las cosas como yo creo que son. Y como a mí me gusta y siento la nostalgia, que es una de las maneras de ser, claramente recuerdo, que fue un grande expositor, espléndida virtud que nadie osará ignorar, porque es una realidad que vuela desnuda. Júzguelo cada cual como le plazca, que los hombres en su porción de vida e intimidad, tenemos reparos y críticas. Para mí, y digo verdad, poseyó la brillantez de la acción y la absoluta independencia para exponer su pensamiento, expresando siempre grandes y muy profundas preocupaciones, que representaron las facetas más sobresalientes de su atalaje mental. Dejó sus huellas intelectuales, que fueron muchas, en los Tribunales de Buga y Cali. Vio la luz en Cali, el 16 de octubre de 1943 y murió en esta ciudad, el 29 de junio de 2007.

Dentro de su igualdad arrolladora e incomprensible, la muerte se ha llevado también a DANIEL SINISTERRA DOMÍNGUEZ, persona desinteresada y abierta, dueño de laureles que no son de esta época. No fui su amigo, en el sentido cabal e íntimo de la expresión, pero sí su conocido, y de hecho lo fue. Su presencia, y lo digo, sin añadir otras razones, siempre fue cálida y humana, humana y cálida, para decir las cosas con estas dos últimas líneas, que las primeras, para ser más precisos, están ya dichas. Durante muchísimo tiempo se desempeñó como Juez Penal del Circuito, Juez Superior y Magistrado de la Sala Penal del H. Tribunal Superior de Cali. A buena verdad, fue un individuo que nunca posó de docto, ni de ilustrado, que esta segunda naturaleza no iba con él. Además de esto recuerdo, que una vez se retiró de la Magistratura, se dedicó a su profesión y a la cátedra en la Universidad Libre y en la Santiago de Cali, habiéndolo tenido como discípulo en un Curso de Especialización en Derecho Penal, y aún lo recuerdo, con el gesto concentrado del pensador, sobreponiéndose claramente a otros. Y es de saber –porque cada ser humano tiene su inmenso fondo que nunca sale a la luz–, que en sus intervenciones, y en el plano de las ideas, y no obstante su timidez, que no es esta cuestión de palabras, mostró siempre conocimientos aquilatados y firmes de la teoría penal, justa medida de su valor y de su discernimiento. Su muerte se produjo, dentro de los grandes enigmas de la vida, en plena madurez, habiendo encontrado la paz, que en veces le fue esquiva, en el amor de Dios. Así lo recuerdo en la memoria del pasado. Abogado de la Universidad Santiago de Cali (1973). Nació en Buga el 6 de septiembre de 1947 y murió en Cali el 7 de mayo de 2007.

RAMÓN ELÍAS POTES POSSO pasó también a la hora suprema cuando estaba a punto de cumplir 83 años. Nació en La Unión (Valle del Cauca), el 26 de febrero de 1925 y murió en Bogotá el 21 de octubre de 2007. Comenzó sus estudios de Derecho en la Universidad Bolivariana de Medellín y los culminó en la Universidad Javeríana. Ya graduado, y para que mejor se perciban y entiendan las cosas, se distinguió por sus conocimientos y su honradez profesional, que son las buenas prendas del abogado, lo cual lo colocó desde el principio en una escala eminente. De fijo, andaban a las parejas, su talento, su capacidad de trabajo, su formidable oratoria y su siempre joven dinamismo. Se desempeñó como Agente del Ministerio Público en la Fiscalía del Juzgado Primero Superior de Buga, terminando su paso por la justicia como Magistrado de los Tribunales Superiores de Buga y de Cali. Y si algo quedara fuera, que no puede quedar, es de decir que dedicándose al litigio, compartió sus deberes profesionales con el doctor LISANDRO MARTÍNEZ ZÚÑIGA, nuestro muy recordado coterráneo, y por cierto, un valor notable y auténtico de la ciencia penal colombiana. Recogió algunas de sus intervenciones como funcionario fiscal en un precioso opúsculo intitulado, Ensayos de Oratoria Forense, prologado por su maestro ÁNGEL MARTÍN VÁSQUEZ ABAD, quien al final de su escrito, estampó estas bellas y sentidas palabras:

“Resta agregar que para el autor de esta modesta presentación de la obra del doctor RAMÓN ELÍAS POTES POSSO, resulta en gran manera honroso el grave encargo con que lo ha distinguido, que no tiene explicación distinta que una generosidad excesiva. Un discípulo así honra a su generación, honra a la Universidad que confirió el título de doctor en Ciencias Jurídicas, la muy ilustre Universidad Pontifica Javeríana y, sobre todo, honra a los Profesores de tan glorioso claustro”.

Y yo, que siempre ando a la caza de libros de segunda en las ciudades y en los lugares próximos a las ciudades, hace tanto tiempo ya, y lo seguiré haciendo, mientras tenga alientos de vida, que por cierto ya no son muchos, busqué en todas partes el texto citado y no lo encontré. Apelé al propio autor, y él, con una bondad muy propia y muy suya, me lo regaló, con esta especial dedicatoria:

“A mi noble amigo y colega Jorge Enrique Valencia, cuya insistente solicitud por este librito mío ha sido detalle que me honra inmerecidamente. RAMÓN ELIAS POTES POSSO, abril/74”.

Con su disciplina inquebrantable y vital –porque era todo carne y sangre y nervios–, se dedicó a enseñar, como un deber acuciante de su espíritu, siendo profesor –fundador de la Universidad Central de Tuluá, desempeñándose también como docente en el Instituto de Criminología de la Universidad Santiago de Cali y de la Facultad de Derecho de la Universidad Libre, Seccional de Cali. En algún tramo de su vida, con su mayor responsabilidad, y siempre con arreglo a los dictados de su conciencia, y en una legítima acción partidista, incursionó en la política conservadora, y aunque en estas cuentas ni entro ni salgo, enarboló las banderas de la Anapo y fue elegido Concejal de Buga, Diputado a la Asamblea del Valle del Cauca y Representante a la Cámara, alcanzando, a buen seguro, algunas épicas victorias. Cumplido su ciclo político se retiró de los debates y el estrado, llevando siempre un vivir rico en espiritualidad y entrega. Fiel a todo y a todos, y teniendo como sus únicos ideales la cordura y la sensatez, lo arrebató el cielo. Me resta por añadir –y en su caso, las circunstancias se encontraban hechas–, que nunca hizo traición a sus ideales, ni jamás llegó a estar en notoria contradicción con sus postulados doctrinarios, lo cual, no tengo que decir, realza el carácter de los hombres, bien que asombra y maravilla lo que sucede al presente, aunque de esto se ha visto siempre: la vileza de quienes por mezquinos intereses defienden un día principios determinados, y al día siguiente proclaman, sin el menor rubor y sin remordimientos de conciencia, máximas contrarias. Magníficos farsantes que se engendran unos a otros, a la manera de los escribas y fariseos, y que en nuestro medio, siendo los menos, parecen ser los más.

No obstante nuestra muy despareja edad, guardo un imborrable recuerdo de JAIME SANIN GREIFFENSTEIN, de su humanidad, de su afecto, de su respeto por las creencias de los demás, de esto y de todo junto, que de lo otro, lo intelectual, fue un creador y un visionario, como pocos. Que jurista tan admirable, que abogado tan destacado, que constitucionalista tan fuera de serie, que los letrados no son iguales en todas partes, y digo esto, sin ofensa de nadie, aunque al presente de todo se ve, porque por un acto de su voluntad, ahora todos son, a la manera de los eruditos a la violeta, sabios e instruidos, lo que para algunas mentes mediocres, y hoy se ven bastantes, es orden y regla de vivir. Había llegado yo recién a la Sala Penal de la Corte (1989), y tuve el privilegio por alguna circunstancia fortuita y accidental de tratarlo, y pienso, aunque no sea verdad, que me tomó en serio, no obstante mi relativa juventud y mis aires provincianos, que jamás me han abandonado. A veces me llamaba y con el estilo franco y abierto, tan propio y tan suyo, hablábamos de las cuestiones de la vida, según lo pedían las materias, la escritura, en especial, (Recuérdese su novela “Castillos al viento”, publicada en 1.993), en una hermosa manera de fabricar ideas e historias, sin jerarquías invencibles, que ni él, ni yo, aceptábamos, y por eso, nos decíamos todo, menos lo que no sentíamos. Acaso esta identidad nos permitió ensayar el diálogo y la conversación, apoyados en grandes realidades, con todos sus juicios relevantes y significativos, sin el sesgo de la oscuridad o el rodeo. En lo demás, vivida mente recuerdo aún hoy los debates de la Sala Constitucional en la Sala Plena de la Corte Suprema de Justicia –que Corte aquella, que jurisconsultos tan doctos y tan puestos en su sitio, tan difíciles de olvidar (Gómez Otálora, Sanin, Morón Díaz, Duque Pérez, Pérez Escobar)–, entre el doctor Sanin Greiffestenstein y el doctor Duque, no el de la Sala Penal, por supuesto, sino el Doctor Jairo Duque Pérez, muerto de manera aleve e infame en Medellín, quien por cierto ostentaba la máxima dignidad del jurista y del caballero. Que belleza de discursos, que pensamientos de patria, que fijeza de la justicia, donde al hablar la voz de la razón, el respeto a la ley, y el acatamiento a los principios jurídicos, con todos sus firmes y sólidos lineamientos, todo estaba dicho y nada faltaba. No tengo que decir que en esas tempestades de la tribuna, que jamás me cansaré de elogiar y encumbrar, brillaban las lenguas de fuego de la elocuencia, y algo más. Egresado de la Universidad de Medellín, summa cum laude, fue decano y vicerrector de este centro de estudios. Magistrado de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia entre 1988 y 1992, en su segunda época constitucional, integró la primera Corte Constitucional entre 1992 y 1993. Murió en septiembre de 2007.

Y aunque nos dejó hace más de un año, quiero también recordar al doctor Arturo Ramírez Padilla, un letrado justo e íntegro, un ser admirable, cuyos sentimientos de justicia y ecuanimidad, si a mano vienen, me resultan imborrables. Abogado de la Universidad Nacional. Muy joven se entregó a administrar justicia, en el ramo civil, cumpliendo decorosamente su cometido con altura y devoción: Juez por muchos años en distintas ciudades del Valle del Cauca (Tuluá, Buga, Roldanillo) y Magistrado de la Sala Civil de los Tribunales Superiores de Buga y Cali. Excelente jurista y un amigo de todas las horas. La imagen de la ley nunca fue sustituida ni suplantada por prejuicios o prevenciones. En todas las circunstancias de la vida, y sin acordarse de él mismo, mostró siempre una faceta humana, muy humana, desterrando odios, aborrecimientos y antipatías. Todo le acompañaba para ser un hombre bueno y decente, por su decoro y honradez, el prestigio de su autoridad, y el valor de su imparcialidad, sin pedir ni esperar reciprocidad, que eso no iba con él. Nació en Roldanillo un 9 de febrero de 1928 y murió en Cali el 2 de enero de 2006.

Falleció recién en Cali, el doctor Francisco José Ferreira Delgado, abogado egresado de la Universidad Javeriana. Su memoria doctoral versó sobre el delito-tipo de incendio. Su mayor aspiración fue dedicarse a administrar justicia, y en esta forma, ocupó los cargos de Juez Penal Municipal, de Circuito, Superior y Magistrado de la Sala Penal del H. Tribunal Superior de Cali. No hablo de su vida, en lo personal, porque en hecho de verdad, poco lo traté y no tuve con él mayor acercamiento. Fue profesor de las Universidades Santiago de Cali y San Buenaventura. Escribió sobre distintos temas de la disciplina penal. Relievo su laboriosidad para decir que merecen destacarse sus libros acerca de los Delitos contra el Estado colombiano (Temis, Bogotá, 1982) y los Delitos contra la Administración pública (Temis, Bogotá, 1982), textos de corte didáctico. Escritor asiduo de trabajos penales, publicó una obra bien orientada, con contribuciones altamente estimables: su Derecho Penal General (Temis, Bogotá, 1988). Muy recien-temente divulgó la parte especial del Derecho Penal, libros serios y atildados que recogen, en lo esencial, cavilaciones y preocupaciones dignas de tener en cuenta, acerca de todas las figuras penales que integran este sector del saber penal (Temis, Bogotá, 2007). Nació en Cali el 11 de mayo de 1928 y murió en la misma ciudad, el 21 de octubre de 2007.

La amistad es un capital muy firme y valioso, y yo me honro, por mis actos en vida, de ser amigo de mis amigos, aún después de muertos. Lástima que no pueda decir lo mismo de otros que me consta, ellos ayudaron, y ni siquiera una voz de pésame o condolencia expresaron, según me cuentan sus deudos y allegados. Que esto es volver al hombre, bien que todos sabemos la casta y el solar de los desagradecidos e ingratos, que desdichadamente son legión. Descansen en paz nuestros admirados compañeros, puesto que el Dios del mundo, o el supremo arquitecto del universo, los tendrá por siempre a su lado. No hay mejor dicha, ni más bello refugio, en este instante de reflexión íntima, que estar perpetuamente ante su radiante presencia.

Bogotá, D.C., noviembre de 2007


* Ex magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia.

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