Una Página Magistral, Acerca del Derecho

Marco Tulio Cicerón

En esta sección presentaremos, para remover los recuerdos de lecturas efectuadas ya hace mucho tiempo y quizá olvidadas, lo escrito o dicho por juristas de Colombia y del mundo, en beneficio de la reflexión y el constante debate acerca del Estado, del Derecho y de la sociedad. La primera de esas páginas, que no carece de actualidad, la encontramos en los capítulos 13 a 18 del Tratado “Sobre las leyes”, de Marco Tulio Cicerón.

Esta obra, apenas una parte -mutilada e incompleta- del gran conjunto de escritos provenientes del maestro romano, tiene la virtud de presentar la concepción ciceroniana acerca del Derecho El tratado “Sobre las leyes” fue producido por Cicerón durante el verano del año 52 a. de C., más o menos a los 54 años en la edad del autor. Como expresó Francisco de P. Samaranch en la edición de Aguilar (Buenos Aires, 1966), una concepción arbitraria del Derecho chocaba con la honestidad natural de Cicerón, quien no creía que la ley debiera su fuerza y poder vinculante al solo hecho de su promulgación. Cicerón pensó que lo inscrito en las normas promulgadas por los gobernantes o los cuerpos legislativos no podía ser más que el reflejo de un Derecho natural y supremo, y, más aún, de un Derecho divino, vinculado claramente con la naturaleza del ser humano.

El enfoque positivista es radicalmente contrario e igualmente respetable, y allí encontramos uno de los motivos más apasionantes de discusión jurídica, como podrá verse en nuestras próximas entregas. Leamos a Cicerón:

CAPITULO 13

35. QUINTO.- Sólo dirás ya unas palabras, claro está. Pues en realidad de todo lo que has dicho, aunque a Atico le pueda parecer otra cosa, colijo yo con certeza que el derecho procede de la naturaleza. ATICO.- ¿Y cómo podría parecerme a mí de otra manera? Una vez hemos dejado ya sentados todos estos puntos: primero, que es, por así decir, a la munificencia de los dioses que nosotros debemos nuestros medios y nuestros dones; en segundo lugar, que existe entre los hombres un modo semejante y común de existencia y relaciones; luego, que todos se hallan vinculados entre sí por un sentimiento natural de complacencia y de simpatía y por ello mismo, en fin, por su asociación en el derecho: una vez, digo, hemos admitido, con razón creo yo, que todo esto es verdad, ¿cómo podríamos separar de la naturaleza las leyes y los derechos?

36. MARCO.- Tienes razón y lo que dices es conforme a la realidad. Con todo, según el sistema de los filósofos, no de los antiguos, sino de los que, posteriores a aquellos, han organizado, por así decir, talleres técnicos de filosofía, estas cuestiones que eran debatidas antes ampliamente y con toda libertad, son expuestas analizándolas artículo por artículo; y estos estiman que el tema que en estos momentos nos ocupa ha sido tratado suficientemente más que si, por medio de una demostración independiente, ellos han demostrado el punto este, a saber, que el derecho procede de la naturaleza.

ATICO.- ¡Desde luego has perdido el derecho de exponer libremente tus ideas, o es que tal vez en la discusión no eres hombre capaz de seguir ya tu juicio personal y te sientes obligado a conceder obediencia a autoridades extrañas!

37. MARCO.- Menos que nunca, Tito; pero tú ves hacia qué meta se encamina nuestra conversación; toda nuestra disertación tiende a reforzar los estados, a consolidar las costumbres y a la salvación de los pueblos.

Por eso me daría a mí miedo a echar unos cimientos mal calculados o insuficientemente sometidos a prueba. No quiere esto decir que yo espere conseguir la aprobación de todos -eso no es posible- sino la de los que profesan que todo lo que es bien y es conforme al honor es por sí deseable, y que no hay absolutamente nada que deba clasificarse entre los bienes fuera de lo que es laudable por sí mismo, o al menos que no se puede considerar un bien importante más que lo que se puede verdaderamente alabar en virtud de un mérito propio;

38. la de todos estos filósofos, tanto si han permanecido en la antigua Academia con Speusippo, Jenócrates, Polemón; como si han seguido a Aristóteles y Teofrasto, de acuerdo con los primeros en cuanto al fondo de las cosas, un tanto distintas según su método de enseñanza; como si, en fin, de acuerdo con los puntos de vista de Zenón, sin modificar las cosas, han renovado las palabras; o aun si han seguido la escuela difícil y ardua de Aristón, hoy día sin embargo vencida y refutada, consistente en, excepción hecha de las virtudes y los vicios, dejar todo lo demás en la más completa indiferencia; a todos estos, digo, es a quienes quiero hacerles aprobar hoy lo que he dicho.

39. En cuanto a aquellos que son indulgentes consigo mismos y sirven a su cuerpo, que pesan con las pesas del placer o del dolor las cosas que van a tener que buscar o evitar en la existencia, aun admitiendo que digan la verdad -y no tenemos ahora ninguna necesidad de entablar querellas- les mandaremos que se vayan a hablar a sus jardines y aun les rogamos que, durante cierto tiempo, se abstengan de todo contacto con los asuntos del Estado, de los que no conocen ni han querido conocer ni la menor parte. Ahora bien, respecto de la escuela que llena de trastornos todas estas cuestiones, esta Academia nueva de Arcesilao y de Carnéades, a esta le pediremos que se mantenga callada; pues, si ella se echa encima de estas materias que nos parecen tan bien establecidas y perfiladas, provocará desastres demasiado grandes. Yo prefiero aplicarla, sin atreverme a repelerla.

CAPITULO 14

Nosotros, en efecto, nos encontramos purificados de estas faltas, sin haber necesitado recurrir a sus fumigaciones. Pero en los crímenes cometidos para con los hombres y en las impiedades cometidas con los dioses no existe expiación ninguna. Así, pues, los culpables purgan sus penas no tanto por obra de veredictos judiciales -antiguamente no los había en ninguna parte; actualmente no los hay en muchos países; y aun donde los hay, con frecuencia son falseados- sino que son las Furias las que los acosan y persiguen, no como en las tragedias “con antorchas encendidas”, sino con la angustia del remordimiento y el tormento del mal realizado. Ahora bien, si fuera el castigo y no la naturaleza lo que tuviera que alejar a los hombres de la injusticia ¿qué clase de inquietud torturaría a los impíos, una vez suprimido el temor a los suplicios? No obstante, ninguno de ellos ha sido nunca lo bastante desvergonzado como para no querer al menos desmentir que haya cometido un crimen, como para no crearse algún motivo de justo resentimiento o ver de encontrar en algún derecho de la naturaleza la justificación de su acto.

Si los impíos se atreven a apelar a estos principios, ¿con qué ardor no deberán éstos ser venerados por los buenos? Si lo que nos aparta de una existencia injusta y criminal es el castigo, es el temor del suplicio, nadie es injusto y las gentes deshonestas deben más bien ser consideradas incautas.

41. En cuanto a nosotros, que somos estimulados a ser gentes de bien no por el impulso mismo del honor, sino por algún interés o algún provecho, somos gentes astutas o listas, no personas de bien. Pues, ¿qué hará en plena tiniebla este individuo que no teme nada, como no sea a un testigo y a un juez? ¿Qué hará en un lugar desierto, si se encuentra con un viajero sin fuerzas y solitario a quien puede despojar de su oro? Nuestro hombre justo y bueno, cuya virtud se funda en la naturaleza, le dirigirá la palabra, lo ayudará, lo acompañará en su camino; el que no querrá hacer nada en pro del bien del otro y se obstinará en quererlo medir todo por sus intereses, bien véis, imagino, qué es lo que va a hacer. Y si él nos dice que se niega a quitarle la vida, a robarle su oro, la razón por la cual se negará a ello no será nunca porque juzga que tal conducta es naturalmente vergonzosa, sino porque teme que ello pueda llegar a conocerse, es decir, porque tiene miedo de que ello acabe por causarle un mal. ¡Oh, he aquí un hecho que debería hacer sonrojar no solamente a las personas cultivadas, sino también a las gentes burdas!

CAPITULO 15

42. Ahora bien, lo que es completamente necio es considerar “justo” todo lo que figura en las instituciones y en las leyes de los pueblos, o incluso en las leyes -admitiendo que las haya- promulgadas por tiranos. Si los Treinta de Atenas hubieran querido imponer leyes o bien si el pueblo ateniense entero se hubiera complacido en sus leyes tiránicas, ¿sería ésto acaso una razón para estimarlas “justas”? Bajo ningún concepto, creo yo, como tampoco aquella ley que promulgó entre nosotros un interrey, concediendo a un dictador el poder de matar nominativamente y sin proceso al que quisiera de sus conciudadanos.

No hay, en efecto, más que un derecho único, que ata a la sociedad humana y que establece una Ley única: Ley que es la justa razón en lo que ella manda y en lo que ella prohíbe. El que desconoce esta Ley es injusto, tanto si ella está escrita en alguna parte como si no lo está.

En cambio, si la justicia no es más que la sumisión a leyes escritas y a las instituciones de los pueblos, y si, como dicen esos mismos autores, todo debe medirse por el interés, menospreciará estas leyes y las violará, si puede, todo individuo que piense va a conseguir alguna ventaja al hacerlo. De ello se sigue que de manera absoluta no hay ya más justicia si ésta no se funda en la naturaleza, y si la justicia establecida con miras a un interés es arrancada de raíz por otro interés.

43. Además, si la naturaleza no viene a consolidar el derecho, desaparecerán entonces todas las virtudes: ¿dónde iban a poder encontrar lugar apto la generosidad, el amor a la patria, el afecto de la amistad, el deseo de prestar algún favor a otro o de expresarle su reconocimiento por algún bien recibido? Todos estos sentimientos, en efecto, proceden de la disposición natural de amistad a la que nos sentimos inclinados para con los hombres, disposición que es el fundamento del derecho. Y desaparecerán también, no solamente las muestras de consideración que nosotros debemos a los hombres, sino también los actos de culto y las ceremonias religiosas que debemos a los dioses, y que nos es preciso mantener, creo yo, no por temor, sino en virtud del estrecho vínculo que une al hombre con la divinidad.

CAPITULO 16

Si el derecho tuviera su fundamento en la voluntad de los pueblos, en los decretos de los jefes o en la sentencia de los jueces, entonces tendría uno derecho a desempeñar el oficio de bandido, a cometer adulterio, de crear falsos testamentos, si tales acciones obtenían la aprobación de los votos o de las resoluciones de la masa popular.

44. Pero, si la opinión o la voluntad de las gentes insensatas y necias goza de un poder tal que éstas pueden, por medio de sus votos, derribar e invertir el orden de la naturaleza, ¿por qué no deciden que lo que es malo y nocivo se considerará de ahora en adelante bueno y saludable? O bien, también, ¿por qué, puesto que la ley puede crear el derecho a partir de lo injusto, no había de poder crear ella el bien con lo que es un mal?

En todo caso, por nuestra parte, nosotros no podemos distinguir la ley buena de la ley mala en virtud de ninguna otra norma que la naturaleza. Y la naturaleza no solamente distingue lo que es derecho y lo que es no-derecho, sino también, de una manera general, todos los actos nobles o viles, pues, una vez que la intuición común a todos los hombres nos ha dado a conocer las cosas y las ha esbozado en nuestro corazón, las cosas nobles se encuentran clasificadas en la categoría de la virtud, y las cosas viles en la categoría de los vicios.

45. Creer que ellas dependen de la opinión en lugar de basarlas en la naturaleza, es algo propio de una persona necia. Pues, incluso cuando se trata de un árbol o de un caballo, lo que se llama, de una manera abusiva o engañosa, su “virtud”, reposa no en una opinión, sino en la naturaleza de ese árbol o ese caballo; y, si ello es así, habrá que distinguir también de igual manera las cosas nobles de las cosas viles por el criterio de la naturaleza. Pues si la virtud, tomada en general, descansara sobre la opinión, también se apoyarían en la opinión las diversas partes que la componen. ¿Quién, pues, juzgaría a uno “prudente” y, por así decirlo, “astuto” no por su comportamiento real, sino por un hecho accidental o exterior? Pues la virtud no es más que la realización perfecta de algún bien que, sin duda, reside en la naturaleza: de la misma manera, pues, todo lo que es bueno u honesto.

CAPITULO 17

Pues, si lo verdadero y lo falso, si las consecuencias y los contrarios se distinguen por su propia esencia y no por consideraciones ajenas, de la misma manera deberemos comprobar el principio de razón constante y duradero de nuestra vida, es decir, la virtud, así como también ese elemento de desorden o inconstancia que es el vicio, en su propia naturaleza.

¿Acaso no juzgaremos de la misma manera acerca de los caracteres?

46. ¿O acaso se juzgará de los caracteres por la naturaleza, mientras que las virtudes y el vicio -que, por lo demás, proceden del carácterserán juzgados según otro criterio? O bien, si es así, ¿no será necesario que las acciones nobles o viles sean referidas a la naturaleza? Si lo que es laudable es bueno, es necesariamente preciso que posea en sí el bien por el que es alabado; pues el Bien mismo procede, no de opiniones subjetivas, sino de la naturaleza. Si esto no fuera verdadero, se poseería también la felicidad en virtud de una opinión: ahora bien, ¿se puede decir algo más insensato que esto? Por este motivo, puesto que el bien y el mal son juzgados según el criterio de la naturaleza y puesto que constituyen principios fundamentales de la naturaleza, las cosas nobles y las cosas vergonzosas deben igualmente ser juzgadas en virtud de un razonamiento análogo y deben ser referidas a la naturaleza.

47. Con todo, nos causa turbación la variedad de las opiniones y la falta de acuerdo y armonía entre los sentimientos que hay en el hombre; y, como esta diversidad no se produce en los datos que debemos a los sentidos, creemos que éstos son ciertos por naturaleza; y aquellos juicios que parecen tales a uno y distintos a otro, y no siempre se manifiestan idénticos a los ojos de un mismo sujeto, decimos que son artificiales, cosa que no es totalmente exacta. Pues nuestros sentidos no los pueden falsear o estropear ni los padres, ni una nodriza, ni un profesor, ni un poeta, ni un espectáculo; ni los puede desviar de su función el consentimiento de la multitud. Mientras que a nuestra mente se le tienden toda clase de trampas, bien por medio de estas influencias que acabo de mencionar, las cuales, habiéndolo cogido a uno tierno y sin formación, lo inficionan y doblegan como quieren, bien sea por medio de esa imitación del bien que, profundamente escondida en todos nuestros sentidos, reside en ellos, a saber, el placer, madre de todos los males.

Corrompidos por su encanto, dejamos de distinguir las cosas que son buenas en su naturaleza, porque se hallan desprovistas de esa dulzura devoradora del placer.

CAPITULO 18

48. La consecuencia lógica que nos queda -para poder poner fin ya a toda esta disertación- y que está ante nuestros ojos ya según lo que se acaba de decir, a saber, que el derecho y todo lo que es honesto deben ser buscados por su propio valor. Y efectivamente, lo que todos los hombres de bien aman es la equidad misma y el derecho mismo; y un hombre de bien no puede engañarse sintiendo afecto por lo que no es digno de ser amado por sí mismo; así, pues, el derecho es digno de ser deseado y honrado por sí mismo; y con el derecho lo es la justicia, y, con ella, todas las demás virtudes deben ser honradas por sí mismas. ¿Qué diremos, pues? ¿Es la generosidad desinteresada o mercenaria? Si el hombre se muestra bueno sin recompensa, es desinteresada; si va acompañada de un salario, es venal. Está fuera de toda duda que el hombre de quien se dice que es generoso y bueno busca cumplir con su deber y no sus ventajas. De la misma manera, pues, la justicia no exige ni recompensa ni precio: es por tanto deseada por sí misma. Y el fondo es el mismo, y hay que pensar lo mismo de todas las virtudes.

49. Después de todo, si se busca la virtud por sus provechos y no por su propio valor, no habrá ya más que una sola virtud, que será mucho más exacto llamar “malicia o maldad”. Pues, de la misma manera que cada persona, en la medida en que refiere todas sus acciones a su propio interés, se aleja en la misma medida de ser un hombre de bien, así también los que miden la virtud por sus recompensas no tienen ya en cuenta más “virtud” que la maldad. Pues, ¿dónde se encontrará un hombre bienhechor, si nadie hace nada a favor de otro movido por la bondad? ¿Dónde habrá un hombre agradecido, si las gentes no parecen serlo ni aun en el momento en que realmente agradecen algo? ¿Dónde estará el carácter sagrado de la amistad, si el amigo no es ya amado personalmente por sí mismo y, como se dice, de todo corazón? Será incluso preciso abandonarlo y rechazarlo, una vez se desespere de conseguir de él ventajas o beneficios; ¿qué cosa más monstruosa que ésta se puede decir?

Pero si la amistad debe ser cultivada o venerada por sí misma, también la compañía de los hombres, la equidad y la justicia son bienes dignos de ser buscados por sí mismo. Y, si ésto no es así, no existe en absoluto la justicia. Pues es el grado sumo de la injusticia, el querer sacar un precio de la justicia”.

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