Crisis Humanitaria y Desarrollo Sostenible el Caso Colombiano

Edgardo Maya Villazón Procurador General de la Nación

La crisis humanitaria que vive Colombia trasciende los esfuerzos humanitarios de la comunidad internacional
Edgardo José Maya Villazón

Procurador General de la Nación

HABLAR DE CRISIS HUMANITARIA EN COLOMBIA necesariamente es hablar de guerra. De guerra interna, o para ser más precisos y remitiéndonos a los dictados del Protocolo II de Ginebra, de conflicto armado interno.

En efecto, las crisis humanitarias están precedidas de desastres naturales o de situaciones de conflicto armado. Ellas suponen la activación de condiciones virtuosas inherentes a la naturaleza humana, tales como la solidaridad, la compasión y la generosidad, que subyacen en los sistemas diseñados por el conjunto de naciones del mundo, para, paradójicamente, defender al hombre de sus propios excesos y de su tendencia a la arbitrariedad cuando ejerce el poder y no tiene controles.

El Estado de derecho como instrumento para fortalecer la democracia, el Derecho Internacional Humanitario y el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, constituyen algunos de los sistemas diseñados para controlar a ese “sujeto hobbesiano” que si no encuentra límites se autodestruye.

El concepto de humanitarismo que hoy nos ocupa está específicamente relacionado con la violencia, “pues sin la guerra no habría derecho humanitario y sin la guerra no habría espacio humanitario”1 , entendido éste como un terreno separado de la política.

En esa perspectiva, las crisis humanitarias obviamente son de coyuntura, pues si la acción política impacta positivamente las causas estructurales de un conflicto armado interno, la aplicación del DIH y las funciones de las organizaciones humanitarias serán limitadas en el tiempo.

Las guerras civiles, los conflictos armados internos y las irrupciones de violencia que hoy azotan al mundo tienen su origen en actividades políticas, luego su solución pasa necesariamente por decisiones políticas, que le competen no solo a la dirigencia interna sino a la comunidad internacional, que tiene el deber de velar por el respeto de la dignidad de las personas, esto es por la garantía de sus derechos humanos.

Colombia no es una excepción, por eso la degradación de su conflicto armado interno reclama urgentes soluciones políticas, no obstante ello no es óbice para mitigar sus efectos, de desolación y dolor, utilizando los instrumentos que le brindan los sistemas internacionales de protección, a los cuales como Estado ha adherido, especialmente el Derecho Internacional Humanitario, pues los cientos de secuestrados, los miles de desplazados y en general las víctimas de la confrontación, por lo general inocentes ajenos a las cusas políticas que las generan, se imponen como prioridad ética de una sociedad que se proclama democrática y civilizada.

En ese empeño hay coincidencia entre amplios sectores de la sociedad colombiana, los sistemas internacionales de protección de Derechos Humanos y las organizaciones humanitarias que asisten a nuestro país, situación que favorece el debate en pro de las víctimas y su dignidad, y que seguramente incidirá en la reorientación de decisiones que desconocen la prioridad que ellas reclaman.

Ahora bien, y ese es uno de los puntos que quiero resaltar, no podemos arriesgarnos a que se confundan los objetivos de la ayuda humanitaria que necesita y recibe Colombia, con la ayuda que como país reclama de la comunidad internacional para su desarrollo y sostenibilidad como nación, pues ello implicaría atribuirle a la primera un efecto perverso contrario a una acción por definición virtuosa.

Me refiero al debate que hoy por hoy ocupa a los más reconocidos especialistas en el tema humanitario, en el cual se ponen de presente las contradicciones en las que al parecer han incurrido los organismos internacionales, guardianes y representantes de la conciencia universal que protege los Derechos Humanos, debate que cuestiona la clara tendencia a tratar como problemas humanitarios situaciones de origen político sobre las cuales tendrían específicas responsabilidades.

La comunidad internacional, señala el profesor Pierre de Senarclens, entiende los conflictos regionales desde la caída del muro de Berlín como crisis humanitarias.

“Las masacres y los éxodos de las poblaciones Kurdas en Irak, las guerras civiles en la ex – Yugoslavia, Liberia, Sierra Leona o Ruanda son presentadas por las esferas dirigentes y los medios de comunicación de masas de los países occidentales en términos de problemas humanitarios, como si estas guerras no tuvieran historia, como si las víctimas de los genocidios y las masacres no pudieran beneficiarse de otro socorro que el de las actividades de caridad iniciadas por algunos gobiernos y por las organizaciones sociales. La medicina de urgencia se impone en el mundo contemporáneo, como el paradigma para abordar los problemas de las guerras civiles, de la opresión y de la miseria”. Anota el mismo autor.2
Colombia ha sido durante los últimos años receptora privilegiada de esa ayuda humanitaria internacional; los efectos de la crisis humanitaria en nuestro país, la más grave en la región, se han visto mitigados por esa generosa disposición de países amigos y organismos internacionales especializados, no obstante, ella no releva a esa misma comunidad internacional de las responsabilidades que tiene con países como el nuestro, cuya compleja problemática no obedece exclusivamente a su realidad interna, dado que involucra decisiones derivadas del desarrollo de la política internacional; así las cosas, no basta con que los presupuestos para la ayuda de emergencia internacional se incrementen, si paralelamente la ayuda política, técnica y financiera para el desarrollo sostenible se reduce.

Como lo anoté antes, las crisis humanitarias son de coyuntura, por lo mismo la ayuda humanitaria, concebida para paliarlas, debe ser limitada, cosa distinta son los problemas estructurales que las ocasionan dando paso a conflictos armados como el que azota a nuestro país, ellos reclaman decisiones políticas y programas de asistencia y cooperación internacional que contribuyan a erradicarlos, de lo contrario propiciaríamos situaciones tan dramáticas como la siguiente:

“Según las Naciones Unidas y el Banco Mundial, existen alrededor de mil quinientos millones de personas que viven en la indigencia absoluta, de las cuales 840 millones sufre de desnutrición crónica. La mayoría de estas personas no recibirán nunca asistencia humanitaria, a menos que sean víctimas de conflictos armados, de catástrofes naturales o de migraciones forzadas.3

Los problemas estructurales que afrontan democracias débiles como la nuestra requieren, para ser solucionados, del concurso efectivo de la comunidad internacional, pues ellos comprometen su responsabilidad. Temas como el narcotráfico, el incremento del delito trasnacional, la organización del comercio internacional, la globalización de la economía y de los medios de comunicación, entre otros, le competen a la comunidad de naciones, la cual, desafortunadamente, como lo ratifica la evidencia histórica reciente, prefiere calificar como crisis humanitarias situaciones como las de Sudam, Afganistán y Chechenia, antes que como situaciones políticas que le implicarían tomar difíciles decisiones para contrarrestarlas, es decir, que prefiere renunciar a su responsabilidad eludiendo las causas estructurales de los problemas, y en cambio incrementar la atención humanitaria a través de sus organismos especializados, aún a riesgo de desvirtuarlos y debilitarlos.

Colombia, como otros países de Africa y del continente Asiático, requiere con urgencia no solo de la ayuda humanitaria, que hoy recibe, reivindica y agradece, sino de acciones decididas de la comunidad internacional en el impulso a programas de desarrollo sostenido y de acciones políticas que combatan de manera efectiva la corrupción en los distintos países, pues es innegable que “…los dirigentes de los movimientos insurgentes implicados en las guerras civiles – y en los conflictos armados internos – se enriquecen con el tráfico de estupefacientes, de diamantes, de petróleo o de otras materias primas y disponen de cuentas bancarias en el extranjero que utilizan para abastecerse de armas o para alimentar sus sistemas de prebendas…”.4

Sobre esos problemas, que alimentan la miseria, la cual a su vez nutre los conflictos armados internos, es que se reclama una acción tan decidida como la que se desarrolla en el ámbito humanitario, pues “una humanidad que no adhiere más que a la naturaleza humana es una humanidad deshumanizada”.5

Las crisis humanitarias que viven Colombia y otros países del mundo, por causa de un conflicto armado interno, trascienden los esfuerzos humanitarios de la comunidad internacional, pues su solución reclama acciones decididas de la misma, que ataquen estructuralmente los graves problemas que los agobian.

Las anteriores consideraciones no tienen otra pretensión que invitar a la reflexión sobre los alcances y efectos de la crisis humanitaria que sufre el país, poniendo de presente debates actuales que nos conciernen en la medida que afectan el presente y el futuro de nuestra realidad.

Bogotá, Junio de 2005


1 Warner Daniel “La política de separar la política de lo humanitario” Revista Internacional de la Cruz Roja No. 833, 1999.
2 Pierre de Sernarclens, “Las cuestiones humanitarias y la globalización”, Revista Internacional de la Cruz Roja, No. 838, 2000.
3 Ibídem.
4 Ibídem.
5 Myriam Revaull d´Allones, “Le dépérissement de la politiqué”, París 1999.

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