Lorica: Pueblo del bajo Sinú

Este pueblo del bajo Sinú, principal asentamiento de sirio libaneses en el país, ha sido la cuna de ilustres literatos. Ejemplo de ello es David Sánchez Juliao. La primera imprenta llegó a Lorica muy temprano en el siglo XX. En 1906, cinco años antes que en Montería, ya circulaba aquí, en esta ciudad de letras, el primer periódico. Fueron, sin duda, sus años de gloria. Durante la mayor parte del siglo XIX Lorica había sido, después de Cartagena y Mompox, la tercera ciudad en población en la Costa Atlántica, por encima incluso de Santa Marta o Riohacha. La supremacía de Montería en la región todavía no se empezaba a sentir y el transporte de mercancías por el río Sinú era más activo que nunca. Aunque la navegación a vapor entre Lorica y Montería alcanzó a tener alguna importancia, la mayor parte del comercio dependía de canoas artesanales, algunas de gran tamaño, que llevaban sus productos al mercado de Lorica, y de allí a Cartagena.

El viajero británico Robert Cunninghame Graham, que dejó un detallado diario de sus viajes por la Costa, visitó Lorica en 1917. En su obra hablaba de cientos de canoas amontonadas en la orilla del río, frente a la plaza de mercado, e innumerables negros vestidos de blanco “ejecutando milagros de equilibrio para pasar de los extremos de una embarcación pequeña e inestable por otras diez o doce, hasta alcanzar finalmente la ribera”.

Toda la región del bajo y medio Sinú, y Lorica muy en particular, habían acogido primero una inmigración de franceses, hacia 1840, atraídos por un oro que nunca encontraron. Luego, hacia el cambio de siglo, hubo una oleada migratoria mucho más numerosa, de sirio libaneses cristianos que escapaban de la persecución y la discriminación religiosa en el Medio Oriente. “Nada es más común decía Graham que oír conversaciones en idioma árabe, y sorprender la mirada fugaz de una siria enigmática en la trastienda, quien, aunque cristiana hija de cristianos, todavía, por virtud de su origen oriental, se retira cuando un hombre extraño aparece en escena”. Es paradójico que estos inmigrantes árabes pasaran a ser denominados ‘turcos’ cuando era justamente de la dominación de Estambul de la que estaban escapando. Colombia no fue el destino principal de estos emigrantes, que en mayor número se asentaron en Estados Unidos, Brasil y Argentina. Pero su impacto demográfico, económico y cultural sobre la Costa colombiana sería fundamental. No en vano el autor David Sánchez Juliao bautizaría un día a su ciudad natal como Lorica Saudita.

Ya en la región del bajo Sinú había una cultura indígena muy desarrollada a la llegada de los españoles. Es más, los hallazgos arqueológicos en el vecino municipio de Momil permiten establecer que la región estuvo densamente poblada por largos períodos a partir del siglo II a. de C. De los yacimientos de Momil se excavaron más de 300.000 fragmentos de cerámica y pruebas de que esta cultura originalmente cultivaba la yuca y, más recientemente, el maíz. El nombre de Lorica, oficialmente fundada por don Antonio de la Torre y Miranda el 24 de noviembre de 1776, se derivó del de un cacique de la región, llamado Orica. Ya para 1561 se hablaba de una encomienda llamada Lo-lorica. En la segunda mitad del siglo XVII hubo en la región un asentamiento de judíos conversos que luego participarían en la fundación de Santa Cruz de Lorica, como la llamó de la Torre y Miranda. En ese día de noviembre, sobre una curva del río, don Antonio trazó la plaza y las principales calles, y repartió solares a 852 familias. Cerca del sitio seleccionado para la nueva fundación había un poblado con categoría de parroquia que se llamaba San José de Gayta, establecido por los franciscanos en 1739. En su templo de paja estaba enterrado el obispo de la diócesis de Cartagena don Bartolomé de Narváez y Berrío, que había fallecido allí mientras hacía una gira pastoral en 1752.

Hoy el personaje más representativo de Lorica es sin duda el escritor David Sánchez Juliao, de uno de cuyos cuentos he tomado el título de esta crónica. Sánchez Juliao ha incursionado en todos los géneros literarios, desde el guión de la telenovela Pero sigo siendo el rey hasta -y es su principal fortaleza los cuentos y novelas cortas, que siempre son ricos en rasgos costumbristas. Sánchez Juliao compuso incluso una simpática canción, al mismo tiempo lastimera y festiva, titulada El indio sinuano, que fue popularizada por el varias veces rey vallenato Alfredo Gutiérrez. Esa imprenta que llegó a Lorica hacia el 1900 también serviría de semilla para la obra prolífica de uno de los principales representantes de la literatura afro americana en Colombia, el insigne intelectual Manuel Zapata Olivella. Para cerrar esta crónica con un toque culinario veamos la definición de lo que es la nostalgia -con su respectivo remedio en palabras de Zapata Olivella a Sánchez Juliao, cuando ambos vivían exiliados en Bogotá: “Hay momentos en que el organismo echa de menos las sustancias que lo nutrieron en la infancia y entonces, en una operación cerebral, transforma esa ausencia en un sentimiento de evocación, de recuerdo, de añoranza.” El único remedio para ese mal es continuaba el maestro Zapata ir allá a tu tierra loriquera y tomarte un sancocho de bocachico del río Sinú, con Kola Román y guarapo de panela. Luego prueba el mote de ñame con queso salado, arroz con coco, empanada de huevo y un batido de níspero en leche.

El nombre de Lorica, fundada por don Antonio de la Torre y Miranda el 24 de noviembre de 1776, se derivó del de un cacique llamado Orica.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD
Neuroepidemiólogo, historiador y académico

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