Editorial: El precio de la Independencia

La independencia relacionada con la función intelectual es la forma como nuestra mente procesa la información para tomar decisiones; y en nuestro caso, es la manera como manejamos nuestra mente para que, como consultores o expertos, demos nuestras opiniones 1.

La presión del mercado, especialmente en nuestra profesión, hace cada vez más necesario ser mucho más independiente.

Para ser de real valor la opinión experta debe ser hecha de manera que el mensaje sea claro, pertinente, honesto y que no sea ambiguo. Una información que pueda ser malinterpretada o que deje campo a malentendidos es a menudo de poco valor y puede ser peligrosa. Personas que tienen conflictos de intereses a menudo se encuentran dando consejos u opiniones particularmente difíciles, ambiguas y a veces tendenciosas.

Por eso hay dos tipos de líderes de opinión: los líderes natos que se han desarrollado normalmente en el “hábitat” universitario y que han incursionado con éxito en la práctica clínica y que deben, o al menos así se espera, tener la suficiente independencia para emitir consejos o servir como expertos de opinión; y los líderes creados por las empresas, los cuales generalmente son expertos en muchas cosas y que siendo unos magníficos comunicadores, son preparados por las empresas para en muchos casos sesgar las opiniones.

Parecería lógico que una empresa no va a contratar a alguien que no hable de su producto de la manera que ella quiere dar el mensaje. Aunque hay que reconocer que muchas empresas se someten a la decisión del experto contratado, asumiendo “los riesgos” de que se digan cosas que preferirían tener de bajo perfil, pero confiando en la credibilidad del conferencista en el grupo a quien va dirigido el mensaje.

Pero obviamente el problema no es de la empresa, es del individuo que se presta a eso. Internacionalmente hay muchos (o mejor varios) conferencistas que “le venden el alma al diablo”, pero que están identificados y aunque están aceptados, jocosamente los colegas se refieren a ellos como en qué lado están ahora.

Lo más difícil es aquel que realmente quiere ser verdaderamente independiente. No sentir consciente ni inconscientemente presiones para mostrar las bondades y los defectos de determinada acción o producto.

La medicina basada en la evidencia es un arma actual que ayuda mucho a estos expertos al dar su opinión. Pero desafortunadamente esta también puede ser manipulada como todo lo que se relacione con estadística.

Hay muchas clases de sesgos o imparcialidades. Pueden ser: opiniones certeras acerca de hechos no comprobados o en grave discusión; dar un mensaje preparado por el contratante, sin ser controlado y ajustado a las normas del conocimiento y la evidencia actual; callar deliberadamente o minimizar los efectos negativos del producto; dejar la impresión de que algo que no tiene efecto positivo pero tampoco lo tiene negativo es porque es inofensivo (se dice de algunos productos actuales) y en fin otros que están directamente relacionados con la falta de independencia del experto o consejero.

Joe Colliers en un artículo publicado recientemente dice que un experto (conferencista o asesor) debe atenerse a los principios de Nola, los cuales se desarrollaron como estándares de comportamiento para ministros, miembros del parlamento, servidores públicos, agregándoles unos más de los introducidos más recientemente en los “Duties o an expert Witness”4:

No Interés. Ningún mensaje debería ser influido por la posibilidad que resultara en una ganancia financiera u otros beneficios materiales para el experto, sus familias, sus amigos u otras terceras partes interesadas.

Integridad. Los expertos independientes no deben colocarse bajo ninguna obligación financiera, o de otro tipo, de personas u organizaciones externas que los podrían influenciar inapropiadamente.

Objetividad y mente abierta. Los expertos independientes deben ser capaces de explicar cómo han alcanzado ellos sus conclusiones de su asesoría y las razones que los han llevado a sus opiniones.

Responsabilidad. Los expertos independientes deben ser completamente responsables por la asesoría que ellos dan y estar preparados para que sus opiniones y sus métodos sean revisados.

Honestidad. Los expertos independientes deben declarar sus conflictos de intereses que podrían influir en sus opiniones. Esto es para los que reciben la asesoría no para el experto, para decidir que posición tomar.

Pero esto no es suficiente, dice el autor. El experto debe responder si se le pregunta; el silencio no es una acción real. El poder de daño del silencio no debe ser subestimado. Y si se ha cometido un error, o una acción negativa, el experto está en la obligación de decirlo, primero que cualquier otra persona.

Como se ve, no es una tarea fácil y es muy difícil pensar que haya alguien totalmente independiente.

Sin embargo, los que tratan de ser lo más independientes en sus conceptos y en la exposición de ellos a sus colegas que buscan opiniones imparciales de un experto, corren el riesgo de perder “amigos”, ser aislados por la industria, ver como sus opciones de prepararse más académicamente son desviadas a profesionales importantes para el mercadeo, aunque la comunidad médica quede en la oscuridad académica.

Este es el precio que tienen que pagar por la independencia. Esto, en mi opinión, no debe dejar que proliferen los “expertos” repartidores de mensajes (mensajeros) sin clara definición científica y académica, pero sí mucha comercial. Eso depende de cada uno de nosotros.

Gustavo Gómez Tabares
Editor Jefe. Revista Colombiana de Menopausia

Referencias

1. Collier P. The price of independence. BMJ 2006; 332: 1447-1449.
2. Chatham House. The Chatham House rule. https://www.chathamhouse.org.uk/index.php?id=14
(accessed 25 May 2006).
3. European Medicines Agency. EMEA procedure on the handling of conflicts of interests for EMEA scientific committee members and experts (EMEA/5475/04/Final). www.emea.eu.int/pdfs/general/direct/conflicts/PolicyHandlingofConflictsofInterests.pdf (accessed 25 May 2006).
4. Wise MEJ. Where expert witnesses fear to tread. BMJ 2006; 332: 500-501. [Free Full Text]

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