Un Regalo de Navidad para Amalia

Narrativa

Olga Patricia Ramírez Arenas1

A finales del siglo XX, aun siendo estudiante de enfermería, tras un paro en la universidad y como era habitual para nosotros, iniciamos nuestra rotación de pediatría, con miedo y alegría de atender a menores de edad, como nuestros pacientes y donde encontraríamos mil y una historias.

Llegamos al hospital, y aunque era una entidad privada, atendía pacientes de la Red Pública. En el pabellón de pediatría, realizamos un recorrido y conocimos a nuestros posibles pacientes.

Nuestra docente nos resumía sus historias, no solo se trataba de patologías si no de historias de vida, entre los pacientes y las historias estaba Amalia, una niña de 8 años con insuficiencia renal en estado terminal.

Ella era una pequeña con ojos grande, de apariencia de unos 5 años, por su bajo peso y talla.

Al acercarme, me presenté, ella era ausente, tenía una mirada triste, los compañeros de piso refirieron que ella era poco colaboradora, y expresaron: “ella solo acepta las cosas cuando está el papá”.

Amalia fue mi primera paciente pediátrica, aquella niña ni me hablaba al principio, pero con el transcurrir de los días, fue cambiando de actitud, y comenzamos a conocernos. Ya no comía solo con el papá, ella también aceptaba el desayuno y el baño cuando yo se lo ofrecía.

Me contó su historia, ella no era colombiana, pero su padre si, cuando ella enfermó, él se devolvió para Colombia, y vendía empanadas para poder cubrir los gastos económicos.

Él llegaba al hospital hacia las 10:30 de la mañana, ella lo esperaba con ansias para compartir con él. De su madre y hermana no se sabía nada.

Logré hablar con el padre de Amalia y me confirmó su historia, él sabía que le quedaba poco tiempo con ella, y por eso no dudaba en pasar todo el tiempo posible con ella, él estaba trabajando fuertemente para cumplir el deseo de navidad de Amalia, un árbol de navidad, pues nunca había tenido uno, en ese momento se me hizo un nudo en la garganta, al igual ahora, al escribir estas líneas, a pesar de tanto tiempo, recuerdo ese sentimiento. Algo tan simple era el regalo perfecto para Amalia.

Posteriormente, hablé con mis compañeros de rotación, que más que compañeros eran amigos, y entre todos decidimos reunir para comprarle el árbol y lograr una sonrisa en Amalia al cumplir su deseo de navidad, cuando logramos reunir el dinero, llegué feliz para hablar con el padre de la pequeña, pero le habían dado salida durante el fin de semana.

Entonces, hablé con mi docente para poder contactar al padre de Amalia y hacerle entrega de su regalo, a lo cual no se negó.

 Cuando el padre de Amalia me respondió la llamada, se puso feliz, él no lo podía creer, acordamos la visita domiciliaria, era un barrio humilde al sur de Bogotá.

Al llegar al domicilio, vi a Amalia, ella me sonrió; no solo llevábamos el árbol, logramos reunir para los adornos y galletas.

Entonces, nos pusimos manos a la obra, armar el árbol y decorarlo, era la víspera de navidad, Amalia estaba feliz con su árbol y su sueño cumplido; al poco tiempo, Amalia falleció, murió con el siglo y con su sueño cumplido.

Durante mucho tiempo, no quise trabajar en pediatría, cada niño me recordaba a Amalia, esa pequeña, de ojos grandes y de rostro triste.

Pero, después entendí, que la pediatría es una rama de la enfermería muy hermosa, cada niño que atiendes te da una lección, una sonrisa y un gracias. Cuando se recuperan, vale la pena, sin importar los turnos largos en el hospital y las fechas especiales lejos de casa.

A veces, no nos damos cuenta de que podemos ser la diferencia para nuestros pequeños, que sus sonrisas y sus dibujos, los hacen especiales y hace parte del arte del cuidado.

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Autor


¹ Olga Patricia Ramírez Arenas. Enfermera Universidad Nacional de Colombia. Especialista en enfermería cardiorrespiratoria. Universidad Nacional de Colombia

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