Artículo Especial: Robert Edwards, M.D., F.A.C.S., Cirujano y Misionero

Conferencia Rafael Casas Morales 2013 JORGE DAES

Palabras clave: Robert Edwards; historia; cirugía general; misiones y misioneros

Para comenzar quiero agradecer a la junta de ex presidentes y a la Junta Directiva de la Asociación Colombiana de Cirugía por el enorme honor de haberme designado como orador de la conferencia instituida en memoria de Rafael Casas Morales, en el marco de este congreso “Avances en Cirugía” de 2013. Agradezco, igualmente, a los colegas y amigos por su presencia en este recinto el día de hoy.

Al recibir la noticia de esta distinción y el encargo de escoger libremente un tema para esta conferencia, estudié la larga lista de ilustres oradores que me antecedieron y los temas que trataron. Algunos se inclinaron por temas médicos, como José Félix Patiño que en 1993 habló sobre nutrición en cirugía, otros por la historia de nuestras grandes instituciones de salud, como Augusto Castro quien disertó sobre la historia del Hospital San Juan de Dios, cuna de la cirugía en Colombia, o Francisco Henao que relató la historia del Hospital de San Ignacio; otros optaron por el arte, como mi distinguido presentador Natan Zundel, quien hizo un paralelo entre las historias del arte y de la cirugía.

Yo deseo aprovechar este privilegio para compartir con ustedes la historia de un cirujano general que vino del norte, ejerció con inmensa generosidad, entrega, modestia y un gran profesionalismo, sirviendo a los más necesitados de nuestra Región Caribe colombiana y de otras partes del país por casi 30 años, y sin embargo, permaneció anónimo para la mayoría de los cirujanos de nuestro país, hasta el día de hoy. Esta es la historia de Robert Edwards, cirujano y misionero.

El doctor Edwards nació en Waco, Texas, el 13 de marzo de 1934 en el hogar bautista conformado por el médico Thomas Edwards y la señora Doris Finney. Realizó sus estudios de primaria y secundaria en Mercedes, Texas.

Robert Edwards

Por referencia del libro “One’s Pastor Pilgrimage” de Lorna Webb, que es una de las pocas fuentes de in-vestigación disponibles, nos enteramos de que Robert y su hermano Thomas se unieron a la iglesia bautista y de cómo Robert, siendo un niño, se levantó en uno de los servicios y dijo que sintió que Dios quería que el fuese un misionero.

Estudió medicina en Baylor University y se entrenó en Cirugía General en el University of Texas Medical Center, afiliado a dicha universidad. Se hizo fellow del American College of Surgeons. Sirvió durante dos años en la fuerza aérea de su país.

En 1959, contrajo matrimonio en Netherland, Texas, con Dolores Witman, con quien tuvo cuatro hijos: Mike (médico), Barbara (enfermera), Charles (meteorólogo) y Jennifer (actriz). Ejerció con éxito la práctica privada de la cirugía por varios años en Lake Jackson, Texas.

¿Qué es lo que impulsa a un hombre que lo tiene todo –familia, amigos, éxito profesional– en el que tal vez fue el mejor momento para la historia de la cirugía en Estados Unidos, cuando era una disciplina reconocida, admirada y bien remunerada; en fin, cuando disfrutaba de calidad de vida, seguridad y estabilidad, para tomar la decisión de dejar eso y emigrar a un país en desarrollo, convulsionado y violento como el nuestro, a dedicar los mejores años de su vida al servicio de los más necesitados?… Dejemos que sea él mismo quien lo responda con sus palabras, tomadas de una carta que es una de las pocas revelaciones personales de un hombre de naturaleza reservada.

“[…] Era un periodo de mucha satisfacción profesional, con mi familia, mis relaciones, y participación en la comunidad y mi iglesia. Pero, también, un periodo de reflexión espiritual y de aumento de conciencia de que había más del mundo que Texas. Fui en varias ocasiones con un grupo de médicos al interior de México (Chihuahua) para hacer jornadas de cirugía y consultas con los indios tarahumara. Varios colegas habían salido en misiones a varias partes del mundo. Uno, el doctor Nicholson, había regresado de dos meses en Yemen y después de una conversación en la cual me contó de sus experiencias y las necesidades yo sentí que era la voluntad de Dios que yo fuera a otro país para trabajar. Después de mucha oración y estudio bíblico, el sentido se convirtió en certeza. (No voy a entrar en detalles del proceso de convencer a mi señora). No sabía a dónde iba, sino que probablemente en América Latina, hasta que en una conferencia de misiones bautistas yo conocí al doctor George Koll-mar, quien me convenció de ir a Colombia. Era una decisión que fue confirmada por las bendiciones que he recibido a través de los años […]”.

El doctor Edwards fue comisionado como misionero en 1972. Estuvo un año estudiando español en Costa Rica. Llegó a Barranquilla el 15 de diciembre de 1974. A sus cuarenta y dos años de edad, hizo el año rural en Sabanalarga y La Peña (Atlántico), en 1976. Rindió entrevista y examen para la convalidación de la especialidad a Assad Matuk en la Pontificia Universidad Javeriana. El doctor Matuk (Q.E.P.D.) nos contó cómo el doctor Edwards lo impresionó memorablemente como hombre y como cirujano. Robert se estableció en Barranquilla y centró su trabajo en la Clínica Bautista.

La actividad que más caracteriza al doctor Edwards desde su llegada al país, fue la organización y ejecución de sus famosas caravanas médicas o brigadas de salud. Realizó la última un mes antes de su retiro en el 2003. Estas caravanas médicas lo llevarían a lo largo y ancho de nuestra geografía, a sitios que la mayoría de nosotros no ha oído mencionar.

En el departamento del Atlántico trabajó en municipios y corregimientos como Sabanagrande, Galapa, Baranoa, Pital de Megua, Juan de Acosta, Cerrito e Hibácharo; en Barranquilla, en barrios como La Unión, Villa María, Villa Karla, El Morro, Central y Universal.

En el departamento del Magdalena, llevó la medicina a lugares como El Morro, Isla del Rosario, Tasajera y Palmira. Atendió a los indios arhuacos y kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta, en sus visitas a Momo-rongo, Sarachui, Donachui y Atánquez.

En La Guajira, trabajó en Uribia y Riohacha. Allá, Robert fue declarado wayuu honorario, un extraño re-conocimiento para un espigado americano.

Visitó con la caravana médica a los barrios periféricos de Valledupar, Cesar, y, en Chocó, a poblaciones de difícil acceso como Naipipí, Puerto Conto, Bella Vista y La Loma de Bojayá; en Antioquia, a Los Cargueros y Vigía del Fuerte; en Córdoba, a Tierralta, Montería, Moñitos y Puerto Libertador; en Sucre, a San Marcos, Miraflores y Las Delicias; en Bolívar, a barrios periféricos de Cartagena, como El Pozón, Nelson Mandela y Pasacaballos.


Médico cirujano, miembro ACC, FACS; director, Unidad de Laparoscopia, Clínica Bautista, Barranquilla, Colombia

En sus brigadas de salud por los Llanos Orientales practicó la cirugía en sitios como Guanábanas, Caño Chiquito, Paz de Ariporo, Puerto López, Guayuriva y La Primavera (Vichada).

Robert fue uno de los primeros en trasladarse al sitio cuando se produjo el desastre de Armero y estableció una base para la atención de los heridos, con insumos y personal de la Clínica Bautista de Barranquilla.

La típica caravana médica incluía un trayecto terrestre de varias horas por caminos destapados antes de abordar, usualmente, una chalupa que lo llevaría al sitio escogido a través de algún río o laguna. Robert y Dolores atendían las consultas y realizaban procedimientos quirúrgicos en chozas-centros de salud en condiciones precarias, durante largas jornadas. Sus pacientes eran entonces transportados en hamacas-ambulancia hasta el fondo de chalupas-sala de recuperación antes de ser llevados a sus hogares. Al final del día, Robert y Dolores gozaban de una cena, la cual generalmente constaba de una diversidad de platos exóticos que sus estómagos tejanos aprendieron a digerir. Pienso ahora que la frase “detrás de cada gran hombre hay una gran mujer” debe ser modificada por “al lado de cada gran hombre hay una gran mujer”. Dolores, que falleció hace algunos años, fue su apoyo, su fortaleza y su compañera de trabajo, y este homenaje debe ser tanto para ella como para Robert.

El doctor Edwards participó activamente en misiones internacionales de asistencia médica en desastres como el huracán Fifí, que asoló Honduras en 1974, el terremoto que golpeó Guatemala en 1976 y, en 1991, asistió a la minoría kurda en Irak con motivo de la guerra del Golfo Pérsico.

El centro de la actividad diaria del doctor Edwards fue la Clínica Bautista de Barranquilla, en donde ejerció como cirujano general atendiendo, siempre pro bono, a centenares de pacientes, muchos de ellos trasladados desde sitios remotos y con enfermedades complejas. Todos admiramos en Robert su sorprendente destreza quirúrgica en todas las áreas de la cirugía general. Lo vimos reemplazar esófagos con injerto de piel como única opción, hacer de la cirugía con la técnica de Whipple una cirugía menor, hacer cirugías de cuello, tórax, vascular y, aun ginecológicas y urológicas, con mínima morbilidad.

Admiramos también su criterio quirúrgico, sus conocimientos, dedicación y gran solidaridad con los colegas. Nunca le vimos perder su ímpetu quirúrgico. Compartimos con él muchos casos, la revisión frecuente de artículos y textos de la especialidad, y los viajes a muchos congresos médicos en Colombia y en el exterior.

Fue el apoyo decisivo cuando los dolores del parto de la cirugía laparoscópica asustaban a muchos. En otra clínica de la ciudad donde desarrollaba la mayor parte de mi práctica quirúrgica en 1990, no recibieron con agrado nuestra propuesta de implementar la cirugía laparoscópica porque consideraron, no sin cierta razón, de que íbamos a experimentar con pacientes. En la Clínica Bautista, las directivas tampoco respaldaban la propuesta inicialmente. Fue el doctor Edwards quien, con su autoridad moral, los convenció con el recurso de poner su nombre y no el de la clínica como socio de la parte que les correspondía, permitiendo así la creación de una sociedad para comprar los equipos. Ese fue el nacimiento de una unión entre cirujanos y clínica, que se convertiría en uno de los experimentos más exitosos de nuestra especialidad: la Unidad de Laparoscopia de la Clínica Bautista de Barranquilla.

La asociación clínica-cirujanos nos permitió manejar fondos comunes destinados a mantenernos a la van-guardia en tecnología de mínima invasión, a entrenar cirujanos e instrumentadores, a mantener un flujo de supervisores (proctors) nacionales e internacionales, invitados, a subvencionar técnicas quirúrgicas que no eran aprobadas por los intermediarios de salud y, en resumen, a mantener nuestra filosofía de desarrollar todos los procedimientos probados en mínima invasión de una manera segura.

Progresivamente la unidad desarrolló todos los procedimientos laparoscópicos probados y ha sido fuente de innovación permanente en técnicas quirúrgicas. Testimonio de ello son: la técnica e-TEP (preperitoneal de vista extendida) para la herniorrafia inguinal; la técnica de manejo del saco distal en las grandes hernias inguino-escrotales para evitar el seroma; la separación endoscópica de componentes por vía subcutánea; el nudo autoajustable para el refuerzo de la manga gástrica y la estandarización técnica de la manga gástrica para disminuir el reflujo gastroesofágico, innovaciones todas publicadas a nombre de la Unidad de Laparoscopia.

La Unidad también ha innovado procesos de reprocesamiento de equipos con protocolos de seguridad, en el diseño de instrumentos laparoscópicos, en procesos de reducción del tiempo anestésico mediante la preparación quirúrgica completa del paciente despierto. Finalmente, la Unidad ha sido también centro de entrenamiento para cirujanos nacionales e internacionales.

Aunque el doctor Edwards no se involucró extensa-mente en las actividades de la Unidad de Laparoscopia, permitió y facilitó su creación con sentido visionario, siempre la apoyó y se enorgulleció de sus logros aquí reseñados.

El doctor Edwards asumió en diversas ocasiones los cargos de administrador, subdirector y director de la Clínica Bautista.

Uno podría adivinar una personalidad adusta en el doctor Edwards…, nada más equivocado. Además de trabajar, sabe disfrutar de otras actividades. Es ecólogo, observador de pájaros, pescador, pintor y eximio tallador en madera. Posee un legendario sentido del humor y son muchas las anécdotas que se podrían contar al respecto. Recordemos unas pocas, como cuando el urólogo de la clínica se aficionó a la urinoterapia y con su característico olor nos explicaba las bondades de ingerir su propia orina. En una de esas disertaciones nos explicaba la riqueza de la orina en micronutrientes, hormonas, elementos traza, etc., cuando fue interrumpido por el doctor Edwards que con su característico acento tejano le dijo “pero doctor Farid, la materia fecal tiene muchos más elementos”. Otro día en que, habiendo finalizado una cirugía abdominal en un paciente con situs inversus totalis hizo llamar al otorrinolaringólogo de la clínica a la sala de cirugía y haciendo que el paciente abriera la boca, le explicó al otorrinolaringólogo que lo había llamado porque era una oportunidad única para que observara la amígdala derecha a la izquierda y la izquierda a la derecha.

Uno de los aspectos que más nos sorprende del paso del doctor Edwards por la Clínica Bautista es cómo, siendo su misión fundamentalmente religiosa y siendo doctor en estudios bíblicos, no hablaba de su visión religiosa, no intentó convertirnos, nunca le vimos blandir la Biblia por los corredores contra los impíos que por allí circulaban. Robert nos mostró con su ejemplo cómo se debe servir al más necesitado sin que este pierda ni un ápice de su dignidad, cómo la ausencia total de interés económico en el servicio nos deja ver la pureza del mismo, cómo se pueden prolongar para toda la vida los ideales que tuvimos en el internado o en nuestro primer año de residencia, cómo podemos liberarnos aunque sea por un momento de los lastres actuales de nuestra profesión. Nos mostró cómo ser feliz sin ostentaciones, cómo se mantiene la fe a través de toda la vida y, al final, dejarnos la sensación de que tuvimos el privilegio de compartir la vida de un hombre santo.

El doctor Edwards se retiró en el 2003 y vive en un pequeño pueblo de Texas. Al bordear los ochenta años de edad, lo visualizamos disfrutando de la naturaleza, pescando y meditando.

Al dedicar la oración “Rafael Casas Morales” de la Asociación Colombiana de Cirugía a este gran cirujano, no solo le hacemos justicia al agradecer y celebrar su paso por nuestro país, sino que, además, lo mostramos como ejemplo de cómo nuestra extraordinaria especialidad ofrece alternativas a los jóvenes internos y residentes que deseen seguir una vida de misión guiada por convicciones religiosas o simplemente éticas o humanísticas; o a los cirujanos que quieran dedicar parte de la práctica profesional a misiones quirúrgicas nacionales o internacionales, para lo cual existen mu-chas organizaciones que ofrecen diversas opciones; o simplemente, para recordarnos que en nuestra práctica diaria el dedicar un servicio desinteresado a algunos de nuestros pacientes más vulnerables, nos puede regresar el disfrute del ejercicio puro de la cirugía.

Para el mundo, el doctor Edwards puede ser tan solo una persona, pero para muchas personas él era el mundo.

Correspondencia: Jorge Daes Daccarett, MD, FACS
Correo electrónico: jorgedaez@gmail.com
Barranquilla, Colombia