Museo de Historia de la Medicina: La Medicina en las Guerras de Colombia Siglos XIX- XX- XXI XII Exposición Temporal

Comisión Permanente de Museo
Académico Dr. Ricardo Rueda González
Coordinador de la Comisión y Curador del
Museo
Académica Dra. Sonia Echeverri de Pimiento
Académico Dr. Hugo A. Sotomayor Tribín
Académico Dr. Ricardo Salazar López
Académico Dr. Alberto Gómez Gutiérrez
Académico Dr. Jorge Reynolds Pombo

Curadores de la exposición:
Académico Dr. Hugo Sotomayor Tribín
Doctor Ignacio Briceño Balcázar

La Guerra de los Mil Días

Académico Dr. Ricardo Rueda González

Las batallas de la Guerra de los Mil Días no pueden considerarse como tales, sino como una serie de combates aislados en el tiempo y en la distancia. En ellos no hubo una verdadera estrategia militar, sino una serie de actos de astucia, destrezas y actitudes en el engaño, sorpresas extraordinarias, producto no de la inteligencia ni de la genialidad del arte de la guerra, sino de la desesperación, de la venganza y de situaciones graves inesperadas.

Los combatientes de esta larga y cruenta guerra, tanto del bando gobiernista como del revolucionario, utilizaron en sus enfrentamientos una gran variedad de armas. En el caso de las de fuego se emplearon desde rifles de percusión y aquellas construidas por armeros de provincia conocidas por el nombre popular de escopetas de “fisto”, hasta modernos fusiles de precisión.

A las principales marcas de fusiles, que no todos los combatientes de lado y lado podían tener y manejar, se unieron otras armas que lindaban con el arcaísmo bélico como hondas, piedras, garrotes, perreros o simples palos usados en forma de lanza o cuchillo para conferirles mayor agresividad y causar un mayor daño al cuerpo del agredido.

Los historiadores señalan que la honda fue un arma que sirvió en las guerras colombianas dada la popularidad que tenía entre los campesinos de algunas regiones del país. Fue utilizada no solamente para propulsar piedras de mediano tamaño sino también como arma incendiaria pues con ella podían lanzarse cartuchos de pólvora y azufre; así mismo, en ocasiones fue usada para lanzar cartuchos de dinamita y peligrosas granadas de confección casera. Su utilización en la guerra no tuvo muchos adeptos por el alto riesgo que representaba su manejo, tanto para el lanzador como para sus compañeros de grupo. Los giros necesarios para propulsar el proyectil aceleraban la combustión de la mecha, lo cual modificaba todos los cálculos de sus fabricantes, y hacía que pudiera estallar antes de ser expulsado.

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A más de las armas de fuego empleadas por los infantes, las fuerzas ecuestres manejaban magistralmente el revolver así como las lanzas y las tercerolas, pero la caballería era incipiente, no tenía escuadrones regulares y la dotación de caballos siempre fue irregular e insuficiente.

Las armas blancas fueron muy populares y utilizadas por la facilidad de su adquisición y transporte. Las hachas, machetes muy afilados que llamaban “los cubanos”, espadas, sables, floretes, lanzas, bayo netas en hastadas en palos, yataganes y cuchillos de variables tamaños y formas e instrumentos de labranza, permitían a los combatientes desempeñarse ágilmente en las luchas cuerpo a cuerpo que fueron muy frecuentes y causaron alta mortalidad.

El empleo del arco y flechas, principalmente por los indígenas de la Guajira, también se observó en las guerras. El arco era confeccionado con el corazón del árbol de Puy y la cuerda con fibra de magüey; la flecha era de caña liviana y la punta de esta una cola de raya, pez muy común en las tierras cálidas, que adicionaban de curare o de una pasta confeccionada a base de veneno de culebra.

Pero las armas que tuvieron mayor utilización en la Guerra de los Mil Días fueron indudablemente el machete y los fusiles Gras, Mannlincher y Remington. Los cañones poco se emplearon. El machete, temible en manos expertas, se constituyó en un arma sencilla, de fácil adquisición y totalmente terrorífica. Fue tal vez la más popular de todas, a pesar de que tenía bajo prestigio militar y social a causa de su origen humilde relacionado a las labores del campo y al efecto brutal que causaban sus golpes no solamente en las partes blandas puesto que los huesos también podían maltratarse en forma significativa. El manejo del machete no era desconocido por ninguno de los soldados participantes en ambos bandos del conflicto, y se sabe que cuando las municiones de los rifles escaseaban, hecho que era frecuente, el machete ocupaba el primer lugar y se convertía en el arma preferida.

La historia nos cuenta que luchadores de tres regiones se destacaron como los mejores macheteros, al punto que el solo mencionarlos producía seguridad en una tropa y pánico en las filas adversarias. Fueron ellos los tolimenses, los santandereanos y los negros caucanos, quienes son recordados en los anales de la Guerra de los Mil Días como guerreros atrevidos que combinaban el manejo del machete con el cuchillo o con el apoyo de garrotes y perreros. El solo grito de un comandante de “muchachos al machete” producía muchas veces desbandadas como las que causaba el toque de trompeta con su tenebroso toque de “a degüello”, y así, a machetazos murieron miles de colombianos.

Se sabe que en los últimos días de la batalla de Palonegro la más cruenta y larga de la guerra, duró 15 días, era tal la es cases de las municiones que los luchadores de ambos bandos se trenzaban en brutales encuentros cuerpo a cuerpo utilizando únicamente machetes y bayonetas. Los enfrentamientos entre los macheteros se mezclaban con gritos o improperios que de una línea a otra se lanzaban los combatientes y que unas veces los irritaba hasta la furia y otras los hacían prorrumpir en estrepitosas carcajadas. Es de anotar que muchos de estos combatientes peleaban bajo el efecto de bebidas alcohólicas que los llevaba a ser más agresivos y a perder el miedo y cuando el ron, el aguardiente, el guarapo y la chicha se agotaban, se embriagaban con elíxires con alcohol o con alcohol antiséptico sin conocer los peligros que tiene su consumo; se conoce también que con la falsa creencia de que el alcohol se podía potenciar adicionándolo de pólvora, los guerreros decían que esta mezcla les daba más “berraquera” para la pelea.

Algunos grupos guerrilleros, después de hacerse a una triste y escalofriante fama, utilizaron cráneos y fémures con visibles marcas de machete, como elementos para demarcar sus territorios y así disuadir al enemigo de entrar en ellos. El fusil Gras, de origen francés, que había sido fabricado en grandes cantidades con motivo de la guerra franco-prusiana, para cuando se inició la guerra, era un arma anticuada pero continuaba siendo un fusil de dotación de las fuerzas militares por lo que existía una buena cantidad de ellos en los arsenales del Gobierno.

Era señalado por algunos expertos militares de la época como el fusil más querido del ejército. Es un arma de fuego de un solo tiro, resistente y confiable que había sido suficientemente probada por la infantería francesa en 1884. Muy pesado -4.2 kg- y de una longitud poco cómoda -1.83 mts incluida la balloneta-, su proyectil, de calibre 11 mm de pólvora negra lo que llevaba a causar un retroceso (culetazo), que algunas veces dislocaba el hombro de quien disparaba el Gras. Su alcance, con la munición original, es de 400 mts. con precisión y la mitad, con munición recalzada. La labor de recalzar era encomendada al “polvorero del batallón”, quien gastaba largas horas del día en este oficio, toda vez que la munición original llegó a ser muy escasa, particularmente en las fuerzas rebeldes, y así eran muchos los cartuchos que este célebre personaje tenía que volver a cargar. El fusil Mannlincher, modelo 1894, de 7.9 mm, de fabricación austríaca fue introducido por los ejércitos liberales por Riohacha, venido de Venezuela y muy pronto se difundió entre las fuerzas rebeldes pues representaba para la época la nueva generación de fusiles de repetición; tienen un peso con todo y bayoneta de 4.8 kg, con una longitud sin ella de 1.28 mts y está dotado de una recámara con capacidad para 5 cartuchos. El proyectil de este fusil fue considerado como la más mortal de las armas que se utilizaron en la Guerra de los Mil Días, puesto que los daños que causaba en el cuerpo humano eran verdaderamente brutales. Era de mayor penetración que el del Grass y su trayectoria, una vez producido el impacto, era muy errática e inestable, y rebotaba dentro de los tejidos del cuerpo produciendo grandes destrozos.

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El Dr. Marco A. Barrientos, quien participó como practicante en la ambulancia del Norte que el Dr. Carlos E. Putnam Tanco había organizado para auxiliar a las tropas gobiernistas en la Batalla de Palonegro, escribe en su tesis de grado titulada “Heridas por arma de guerra”, para optar el título de médico de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, en 1903: “En nuestra guerra pasada se hizo uso de varias armas siendo la más destructiva el Malinger (Mannlincher), introducido por la revolución. Tal es su potencia destructiva que los primeros soldados heridos con esta arma en Palonegro, decían que eran cañonazos. Con proyectiles como el Malinger, parte de un hueso puede ser arrastrado quedando el miembro sostenido únicamente por las partes blandas…”. Así puede decirse que los efectos de la munición del fusil Mannlincher fueron tan impresionantes que contra ella se levantaron innumerables protestas que llegaron a señalarla como una bala explosiva y así calificaron al fusil como causante de heridas inhumanas.

La sencillez de operación del fusil desarrollado por el ingeniero industrial norteamericano Philo Remington tuvo buena acogida entre las tropas rebeldes. Fueron adquiridos por las fuerzas liberales introducidos por Panamá en buena cantidad, y aunque de un modelo anticuado eran fáciles de manejar por gentes sin mayor instrucción en el uso de armas de fuego. En el mercado existían por aquella época cuatro modelos del Remington: el austriaco, el alemán, el holandés y el rumano. Al país llegó un número importante del austriaco en tres de sus versiones, 11, 8 y 7.9 mm, lo que permitió a los guerrilleros rebeldes desempeñarse adecuadamente en algunos encuentros bélicos.

Otras marcas de fusiles utilizados en la Guerra de los Mil Días, pero en menor proporción que los anteriores, fueron: los Peabody, Cooplaker, Preuse, Combran, Roplicher, Winchester, Springfi eld, Shaps, Spencer, Chaspot, Dreins, Amalia y Mauser en variadas versiones y calibres con diferentes potencias destructivas de sus municiones. Pero es necesario anotar, que las tropas liberales nunca pudieron unificar su armamento, y así peleaban con lo que tuvieran a mano en el momento del combate. Finalmente se puede decir que los cañones sí fueron utilizados pero en menor escala que las armas de fuego mencionadas anteriormente. El ejército conservador gobiernista tenía en sus haberes dos cañones Bange de 80 mm con 200 municiones, tres Hotchkiss adicionados de cerca de 250 explosivos y un Maxim con no muchos pertrechos.

En cambio el ejército revolucionario liberal en cuanto a cañones se refiere, estaba indudablemente en condiciones muy inferiores. Utilizó sin éxito unos rudimentarios fabricados con tubos de acueducto de confección artesanal provistos de bombas caseras, que tal vez causaban más daño a quienes los disparaban que al propio enemigo. La mayoría eran fabricados en Bucaramanga; se sabe que su calidad era muy regular y que cuando se ensayaron en alguna batalla, uno de ellos se reventó por la recámara. Ante esta desigualdad en armamento pesado entre los gobiernistas y los rebeldes, algunos jefes de estos últimos decían a sus tropas: “No tenemos buenos cañones pero nos sobra coraje”. Los proyectiles de los cañones de las fuerzas gobiernistas, de acuerdo a lo consignado por el ya mencionado Dr. Barreto en su tesis de grado, eran de altísima agresividad. “Su acción es mortal en el instante si atacan las cavidades esplénicas. Si chocan contra un miembro aproximadamente de diámetro igual al suyo, lo arrastran tras sí, siendo notable de observarse el muñón que esta amputación instantánea deja; el hueso es reducido a astillas, la piel, los tendones, los músculos, los nervios y las arterias divididas a alturas diferentes, flotan en colgajos desiguales y separados de la superficie de la herida que es lívida por infiltración
de sangre”.

Con esta variedad de armas que se utilizaron en esta trágica, perturbadora, violenta y absurda guerra, se acabó con la vida de miles de colombianos. Algunos estiman que fueron 80.000 y otros que 120.000 los muertos, cuando el país contaba con apenas 3’500.000 habitantes. Se dice que solamente en los 15 días que duró la cruenta batalla de Palonegro, el número de muertos ascendió a 4.300 con cuyos cráneos levantaron manos anónimas en el cementerio de Bucaramanga la dantesca “pirámide de calaveras” cuya horripilante fotografía puede observarse en muchos textos de historia de las guerras en Colombia. Así mismo éstas causaron heridas de todas las clases y magnitudes registradas en la medicina de guerra, desde las más simples que apenas necesitaban de una sencilla curación, hasta las más complejas que requerían de cirugías importantes, muchas de ellas mutilantes que llevaban al herido a una discapacidad perenne. Extracción de proyectiles, amputaciones de miembros, y reducción de fracturas, eran intervenciones frecuentes, así como sutura de extensas y profundas heridas de partes blandas producidas por brutales golpes de machete o por agresión con cuchillos y bayonetas.

Las heridas penetrantes en abdomen y tórax habitualmente eran mortales puesto que, además de los daños ocasionados en las vísceras de ambas cavidades, la infección hacía presencia en la época en que la asepsia y la antisepsia apenas empezaban a utilizarse y en que los antibióticos no existían; el ácido fénico, el alcohol antiséptico y el agua oxigenada eran los reyes de la desinfección. Para la esterilización del instrumental quirúrgico se disponía apenas de la ebullición y el éter fue más utilizado que el cloroformo para la anestesia.

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