Editorial, Responsabilidad Social del Médico

Profesor Juan Ramón De La Fuente1
Presidente, Academia Nacional de Medicina de México
Rector, Universidad Nacional Autónoma de México
Miembro Honorario, Academia Nacional de Medicina de Colombia

1 Presentado en la Sesión Académica del 19 de septiembre de 2002.

Hablar de la Responsabilidad del Médico en los tiempos actuales es una tarea ardua. Se dice, con justa razón, que en los últimos 25 años la medicina ha experimentado cambios más extensos y profundos que en cualquier otra época de su historia.

En el cuidado de la salud el péndulo ha oscilado de lo individual a lo social; del énfasis en la curación al énfasis en la prevención; del ciudadano y de la comunidad -como sujetos pasivos- a su participación activa y crítica; del trabajo individual al trabajo en equipo; y de la gran autonomía del médico a su sujeción a las normas establecidas por las instituciones en las que desempeña sus tareas.

Por otro lado, los avances científicos y técnicos de la medicina han incrementado sustancialmente el poder de los médicos y hoy sus decisiones tienen sobre la vida de sus pacientes, mayores consecuencias que en el pasado. Además, la relación del médico con los enfermos en los diversos escenarios en los que ésta ocurre, experimenta también cambios intensos e irreversibles.

Los médicos confrontamos hoy en día nuevos problemas y también viejos problemas en circunstancias nuevas; menciono sólo algunos: las intervenciones relacionadas con la iniciación, la prolongación y la interrupción de la vida; los procedimientos de diagnóstico y tratamiento, más eficaces pero también más peligrosos; el uso de fármacos que alteran la conciencia, el humor y la conducta; las implicaciones de la investigación en seres humanos; y, por supuesto, el esclarecimiento del genoma humano.

Estos cambios y las demandas que generan en el seno de la sociedad han afectado profundamente la práctica de la medicina y hace necesario que revisemos sus metas y los valores que la rigen.

Tal disposición reflexiva es tanto más urgente cuanto que en la sociedad pluralista y consensual en la que vivimos, los valores tradicionales de la medicina han perdido la fuerza normativa que tuvieron en la sociedad más homogénea y autoritaria del pasado. Y, algunos principios éticos, considerados inmutables, son hoy en día cuestionados; ejemplos de ese cuestionamiento son las diferencias de opinión acerca de algunas conductas médicas tales como las relacionadas con la clonación o la prolongación de la vida.

Una crítica más frecuente es que como consecuencia del énfasis desmesurado en los aspectos técnicos o económicos se descuidan los valores y las virtudes que se habían considerado inherentes a la profesión.

En realidad, las críticas a la medicina y a los médicos se originan en fuentes diversas y apuntan en varias direcciones. No puede dudarse de que en el seno mismo de la profesión hay un sentimiento de inconformidad que tiende a extenderse. Un hecho, que aún el examen más superficial pone al descubierto, pero que no ha sido tomado debidamente en cuenta, es que las acciones médicas rebasan continuamente los límites convencionales de la ciencia y de la tecnología y que hay factores que tienen un papel importante en la salud y en la enfermedad, a los cuales no se ha atribuido la importancia que merecen, factores psicológicos, éticos y sociales; en otras palabras, que la medicina es en su esencia una ciencia centrada en la persona, es decir, una ciencia humana.

Una consecuencia importante del enfoque humanístico en la medicina actual radica en el valor social que le damos al ejercicio de la profesión; el que los médicos se adhieran a los principios éticos tradicionales puede ya no ser suficiente porque además, sus valores personales, nuestros valores personales, pueden discrepar en forma importante de los valores de los enfermos y de la misma sociedad; por ejemplo, los puntos de vista de algunos médicos sobre la vida, la muerte, el sexo, el consumo de drogas, el sufrimiento, la pobreza, etc., pueden diferir sustancialmente de los de otros médicos y de los de sus pacientes.

Lo importante es que, desde una posición humanista, se reconozca la necesidad de examinar a fondo los conflictos de valores implicados en las decisiones médicas, no sólo los del bien y el mal sino los más atormentadores: los del bien y el bien.

Las obligaciones que el médico tiene con sus pacientes no se derivan de la ideología, la historia o la sociología de la profesión ni deben estar influidas por el hecho de que la retribución por su servicio sea directa o indirecta; se derivan del impacto de la enfermedad sobre la condición humana, de la vulnerabilidad de la persona enferma, de su necesidad de ser amparada y de la naturaleza intrínseca de su relación con el médico.

Ciertamente la idea del humanismo médico se encuentra ya expresada en el juramento y en otros libros del Corpus Hipocrático, pero hay que reconocer que estas formulaciones tradicionales han sido rebasadas y no necesariamente embonan con el concepto moderno de salud y de enfermedad ni con los conflictos de valores implicados en las complejas decisiones que en la práctica de la medicina actual tienen que ser confrontados.

Del humanismo brotó el ideal moderno de “Salud para Todos”, materializado en la célebre declaración de Alma Ata. Son las decisiones legales, económicas y políticas las que harán posible que los hombres alcancen el bienestar al que son acreedores por el simple hecho de ser hombres, pero es necesario que nuestros valores médicos, esencialmente individualistas, adquieran una mayor dimensión social; por eso hablamos de la “Responsabilidad Social del Médico”.

La concepción de la medicina que propone como meta principal llevar la salud a los pobres, contrasta con el hecho de que la atención médica privada se desenvuelva en medio de una cultura cada vez más mercantilista.

No conozco a ningún médico que se haya enriquecido con la medicina preventiva y en cambio ésta exige que los médicos creamos en la supremacía de los valores que se asientan en la solidaridad humana y no en los principios que sustentan las leyes del mercado.

Por ello, supongo, que quienes se oponen a las políticas de salud y de educación con una visión social sustentada en un nuevo humanismo, más moderno pero también más comprometido, es porque tropiezan con sus creencias y actitudes arraigadas en un interés comercial o en aras de transferir las decisiones de los médicos a intermediarios que poco saben cuáles son las verdaderas necesidades de los pacientes.

¿Hay contradicción entre los deberes del médico con sus enfermos como individuos y sus deberes con la sociedad? Pienso que en esencia no la hay. De hecho, la tesis que pongo a su consideración es que la ética médica social es simplemente otro rostro del humanismo en la medicina. El desafío de la salud es un aspecto de la construcción de una sociedad justa que haga posible que el mayor número de las mujeres y de los hombres encuentren condiciones que propicien el desarrollo de sus potencialidades para la vida porque el progreso será solamente un espejismo si conforme se avanza no se generan ni se activan los mecanismos que aseguren a cada individuo un nivel de vida digno: alimentación adecuada, vivienda higiénica, saneamiento básico, educación y acceso a la cultura.

Este panorama nos muestra cuán largo es el camino que aún nos queda por recorrer; pero al menos hoy conocemos mejor los obstáculos; la ignorancia, los prejuicios, la demagogia, el desaliento y, más recientemente, los fundamentalismos.

El espectacular proyecto que ha permitido empezar a descifrar el genoma humano será sin duda una de las pruebas más duras para la medicina y su relación con los valores humanos: por un lado nos confronta con un nuevo paradigma en el mejor de los sentidos, es decir, estamos ante la posibilidad real de entender los procesos relacionados con la salud y la enfermedad de una manera totalmente diferente a como lo hemos hecho tradicionalmente; nos abre perspectivas insospechadas que seguramente tendrán un impacto contundente en las condiciones de salud del género humano en los próximos años. Pero nos confronta también con nuevos dilemas de gran hondura filosófica y moral para los que, estimo, que no estamos cabalmente preparados.

Nuestros genes son en realidad lo más íntimo que tenemos cada uno de nosotros, los que determinan que seamos tan parecidos y al mismo tiempo tan diferentes. Nuestro código genético es único pero hoy puede reproducirse.

El trabajo que tenemos por delante desde el punto de vista jurídico, por ejemplo, es inmenso, pero lo es aún más desde el punto de vista ético. Ya conocemos nuestro código genético. Ahora tenemos que hacer un nuevo código ético que nos permita que toda esta novedosa y deslumbrante información se use para beneficio y no en perjuicio de nuestra especie y de las especies con las que coexistimos.

Tengo la convicción que nunca en su historia tuvo la Medicina, como tiene hoy en día, tanta necesidad de examinar críticamente sus metas y sus normas para conciliar los avances de la ciencia y de la técnica con las necesidades del hombre y de la sociedad.

Confío en que en los ámbitos académicos sigamos abriendo los espacios apropiados para estas reflexiones.

La Academia Nacional de Medicina de Colombia, al igual que la de México, tiene entre otras, la delicada tarea de procurar un equilibrio entre las innovaciones médicas y las necesidades e intereses de los enfermos, de los médicos y de la sociedad; un equilibrio que permita decantar lo que objetivamente es un avance y excluir lo que es superfluo. Estas funciones, por sí mismas, justifican cabalmente su prestigio y el respeto con el que se les mira.

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