Medicina, Cultura de la Paz

Medicina: Violencia, sociedad y salud. Foro del 11 de Mayo

Padre Francisco de Roux, S. J.

Me siento muy complacido de ver cómo la Academia Nacional de Medicina de Colombia está asumiendo con tanta responsabilidad este tema de lo que está pasando en nuestra sociedad. Lo que más me preocupa es la muerte de jóvenes entre los 15 y los 27 años: los 11.000 jóvenes que en los últimos cinco años han sido asesinados en el país y de los cuales se pueden hacer cálculos de las pérdidas del valor agregado que esos jóvenes han dejado de producir en el país en 30 años.

Yo me acuerdo del Ministro Pardo cuando decía que “el estado colombiano no puede proteger a los colombianos” e invitaba a una solución desesperada. Y me hubiera gustado que hubiera asistido a este Foro el Ministro Fernando Botero, porque a mí me ha preocupado inmensamente su propuesta de las cooperativas de defensa campesina. Es otra manera de decir que nosotros no tenemos solución, e invitar a que se haga justicia privada para tratar de atajar lo que está viviendo el país: es una salida que es violatoria del derecho internacional humanitario.

Esta realidad a nosotros nos golpea. El Estado fortaleció la rama judicial sofisticándola. Hemos tenido el magnífico impacto trazado por las intervenciones del Fiscal, pero la impunidad sigue en una forma muy fuerte en el país. La forma como se hace la justicia en Colombia ha llevado a que se multipliquen las formas de violencia.

Las ciudades nuestras muy posiblemente no son más violentas que Nueva York o que Washington, pero los colombianos sabemos que no podemos solucionar nuestros problemas de justicia acudiendo a nuestros jueces; los colombianos se toman la justicia por cuenta propia como una forma de responder a la impunidad total en que vivimos.

Un país puede convivir con la corrupción de su clase política; un país puede convivir con la falta de verdad de sus ciudadanos; pero cuando la vida humana misma termina por considerarse como absolutamente carente de valor, o estamos en el borde de colocarla en ese lugar, es muy difícil construir una ética entre todos y es muy difícil salir de esa encrucijada.

La impresión que uno tiene en nivel mundial es la de que la comunidad internacional nos ve a nosotros como una sociedad humana que está haciendo un holocausto contra sí misma, que no hay manera de controlarlo, y vive la angustia de que, de pronto, este cáncer desborde los límites de Colombia y comience a afectar a las naciones latinoamericanas: teme que se extienda.

En alguna forma la comunidad internacional comienza a preguntarse ¿Cómo viven ustedes los colombianos? ¿Cómo dejan pasar las cifras de Bogotá, esas que leemos en el periódico de 60 crímenes en dos días o de 80 asesinatos diarios en promedio?; o ¿cómo cada ciudadano se permite vivir su cotidianidad individual como si no estuvieran ocurriendo cosas tan perversas y tan delicadas?

Yo creo, como miembro de la Iglesia Católica, que tenemos que planteamos estos graves problemas; que debemos contribuir a la formación ética de nuestra sociedad. En el año 90, según cifras de la Organización Mundial de la Salud, en Egipto -que es una nación que tiene 10 millones de personas más que Colombia -, hubo 746 homicidios. En ese año mataron la gente que nosotros matamos en la semana de Navidad. En China comunista, de 152 millones de personas hubo 11.507 homicidios; si los chinos hubieran matado en ese año al ritmo como nos matamos los colombianos de 77 por cada 10.000 habitantes, hubiese habido en la China 899.957 personas muertas violentamente. Nos preguntamos entonces ¿Nosotros qué estamos enseñando de Fe cristiana? ¿Qué mensaje hemos pasado a la gente?

Nosotros vivimos una ilusión religiosa de lo público. “Tuvimos la ilusión de que Colombia era una comunidad católica por el simple hecho estadístico de contar con un 93% de bautizados católicos entre los colombianos y un 99% de bautizados cristianos. Nosotros pensábamos tradicionalmente que por tener esta comunidad católica también teníamos una comunidad de ciudadanos. La ilusión consistió en que pasamos por la difícil y ardua tarea de ir construyendo entre todos un espacio de tolerancia, de respeto a las diferencias, de aceptación, de que al ser distintos teníamos que convivir en la construcción de un espacio público común para el cual la religión estaba al servicio de cada partido político, de cada empresa, de cada posición. Nosotros pensábamos que por tener una comunidad católica en Colombia ya habíamos andado ese terreno y las virtudes públicas y las virtudes civiles y el respeto a los demás y la tolerancia y la construcción de una ética civil las pasamos de largo. Cuando en los últimos 30 años Colombia entró en este proceso tan acelerado de secularización y los valores católicos dejaron de ser necesariamente los valores públicos, válidos para todos los colombianos y las colombianas, nuestra quimera se deshizo y desembocamos en esta locura de violencia en que vivimos.

En esa misma época, y para acrecentar al máximo el problema, hizo su ingreso en el panorama nacional el narcotráfico, con su inmenso poder corruptor, del cual afortunadamente estamos haciendo un gran esfuerzo por sacudimos. El otro gran problema es el de la lucha contra la guerrilla, problemas a los que me referiré durante el panel.

Yo creo que nuestras familias, lugar en donde se empieza a construir lo público, en donde se establecen los cimientos de la ética ciudadana, se han convertido en un sitio en donde se destruye la capacidad creativa de los seres humanos, no solamente en la pareja sino también en los hijos, sometidos dentro del machismo en el que las relaciones patriarcales tratan de dominar a la mujer por el miedo a los hombres. Y también por la familia matriarcal, con madres totalmente dominantes.

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