Letras, Evocación de César Uribe Piedrahíta

Hernando Groot*

Sea lo primero manifestar mi complacencia porque en esta sesión inaugural del Congreso de Medicina Tropical se vayan a dedicar unos cuantos minutos a rememorar personas que tiempo atrás cumplieron una labor muy distinguida en promover la investigación en este campo y cuyas vidas han sido siempre modelos de sabiduría y de integridad.

Se hacen estos recuerdos no solamente por el deber elemental de tener presente los nombres de aquellas figuras descollantes sino porque su ejemplo ha de servirnos para afrontar problemas del momento actual y porque conociendo las tareas que cumplieron y las circunstancias en que las realizaron sin duda hemos de encontrar estímulos para nuestro progreso científico.

Se ha dicho que quien no conoce la historia está condenado a repetir los errores que se cometieron tiempo atrás. No es este exactamente el caso en Medicina Tropical pero quien no conoce su historia tiende a sobrevalorar el alcance de sus propias acciones y carece del estímulo que da el conocimiento de la manera como nuestros predecesores vencieron las dificultades y obstáculos que se oponían a su actividad científica y que fueron siempre superados por el rigor, la disciplina y la decisión de hacer progresar la medicina colombiana.

Tiene especial importancia el evocar estas figuras ante el hecho de que hoy día el interés por la ciencia es insuficiente y que con frecuencia los investigadores son exageradamente exigentes en cuanto a las condiciones para desarrollar su tarea se lamentan ante el primer fracaso y quieren obtener resultados en muy corto tiempo. No fue esta la manera de trabajar quienes nos precedieron en los estudios de medicina tropical. Por el contrario, trabajaron en medios muy limitados pero con disciplina férrea, con constancia a toda prueba y con el más riguroso sentido de auto crítica. Precisamente por pertenecer a esta categoría se evoca hoya César Uribe Piedrahíta.

No pretendo hacer una biografía completa de este ilustre colombiano sino apenas referirme a algunos aspectos de su personalidad multifacética de médico, educador, parasitólogo, novelista, pintor, tallista, antropólogo, colector de plantas, signada siempre por la generosidad y la reciedumbre espiritual. Obviamente me ocuparé, en especial, de su contribución científica.

Conocí al profesor César Uribe Piedrahíta en el ya muy lejano año de 1934. Entraba a su curso de Parasitología con un poco de curiosidad y mucho de temor reverencial. Se decía que era un profesor genial pero muy exigente, pues había sido profesor en Harvard donde sus colegas eran los más rigurosos investigadores de la Medicina Tropical.

Y además de investigador, era entre otras cosas escritor ya renombrado y admirado acuarelista. Con esa confusa imagen que uno tiene de la medicina al iniciar estudios (anatomía, fisiología y remedios) y acostumbrado a aprender de memoria interminables textos de Testut que debíamos repetir sin vacilación ante la seriedad dogmática ¿e prof2so· res adustos, no fue poca mi sorpresa al. Encontrar un hombre cariñoso y afable que nos hablaba de amibas y anquilostomas apenas como unos elementos más de las enfermedades de la miseria, de la falta de educación, del agua contaminada, de la carencia de calzado, todo salpicado de anécdotas y de recuerdos de sus viajes por las selvas amazónicas, por el África, por el Cercano Oriente, enriqueciendo sus presentaciones con dibujos que llenaban el tablero en una sucesión increíble de vívidas imágenes.

Nos enseñó a no avergonzarnos por decir no sé cuando algo ignorábamos y trató de fomentar siempre en nosotros una actitud inquisitiva o de duda, según el caso.

Se preocupó por hacernos él mismo las demostraciones de los parásitos y cuando se hacía necesario nos llevaba a su modesto laboratorio particular para enseñarnos técnicas imposibles de desarrollar en las instalaciones de la Facultad.

Nos inculcó el valor de la medicina preventiva y la necesidad de estudiar tanto al paciente como su entorno y de estudiarlos bien. No quiero que sean médicos solo de “pulso, lengua y sulfato” nos decía y fue el primer profesor que nos señaló: “el médico cura unas pocas veces, mejora otras pero consuela siempre”.

¡Cómo se había formado este profesor que tanto impacto nos causó? Nacido en Medellín el 17 de octubre de 1897, estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y en 1919, al concluir sus estudios en vez de quedarse como sus compañeros engolosinado con la magia de la cirugía y la tranquilidad de los hospitales de Medellín, se echó un microscopio al hombro y se fue como médico de una compañía de ingenieros que exploraba la posibilidad de construir un ferrocarril a Urabá.

Allí a la izquierda del Río Cauca, en las vecindades de Cáceres (tierras de antiguos Catíos), hizo observaciones tocantes unas a la botánica, otras a los animales ponzoñosos, otras a los mosquitos, otras a los venenos de las flechas de los indios a la par que atendía enfermos y estudiaba la patología de la región.

Los resultados de sus observaciones quedaron consignados en la tesis intitulada: “Apuntes para la Geografía Médica del Ferrocarril de Urabá” en la que por primera vez se describió la niaarina, o sea el veneno de flechas que los indios Catíos extraían de un árbol por ellos denominado Pacuru niaara.

La tesis fue presidida por uno de los maestros de Uribe, el doctor Gabriel Toro Villa, gloria también de la medicina tropical y reconocido por sus estudios sobre fiebre amarilla, en compañía de Roberto Franco y Jorge Martínez Santamaría.

La experiencia de Uribe en Urabá al encontrar una patología tan variada y llena de incógnitas así como el completo abandono en que vivían los habitantes del lugar, fue sin duda el mejor estímulo para dedicarse a la investigación en Medicina Tropical. Así que siguiendo este impulso y buscando horizontes más amplios se fue a la Universidad de Harvard, concretamente al departamento llamado entonces de Patología Comparada, donde iniciándose como estudiante, sus profesores Zinsser, Strong, Tyzzer, Sellards y Augustine lo elevaron bien pronto a la cátedra, la cual desempeñó durante 1921 y 1922 ocupándose también de distintas investigaciones sobre parásitos de pollos.

Durante 1923 Y 1924 trabajó como médico de la compañía petrolera Sun en la región de Maracaibo y desarrolló investigaciones sobre trypanosomas y trematodos. En 1925 reasumió su carga de profesor en Harvard y centró sus estudios en trema todos (describiendo una nueva especie parásita del zorro) y describió en detalle la división de la Entamoeba histolytica.

En 1926 regresó a Colombia para dirigir el Instituto Samper Martínez, tarea que cumplió hasta 1930, mejorando técnicas y ampliando servicios con la ayuda insuperable y desinteresada de su esposa doña Lucrecia Uribe de Uribe. En esa época estudió trypanosomas de equinos y bóvidos.

Durante 1931y 1932 ocupó la rectoría de la Universidad del Cauca donde cambió el dogmatismo y el tradicional ambiente cuasi conventual por un estilo moderno y vivaz. Comenzó escribiendo la palabra alegría encima de los antiguos letreros que en los largos corredores ordenaban silencio, y como un estudiante más se dedicó a ampliar bibliotecas, crear laboratorios, organizar expediciones científicas al campo, estimular la investigación, fomentar deportes y buscar siempre la participación activa de los estudiantes en el proceso del aprendizaje, ideas todas nuevas para una universidad, como casi todas las latinoamericanas de la época, donde reinaba sólo el memorismo. Sin embargo, hubo de regresar a Bogotá al ver frustrados muchos de sus planes.

Esta había sido la trayectoria del Maestro hasta 1933 cuando reasumió la Cátedra de Parasitología de la Facultad de Medicina de Bogotá, posición que desempeñó hasta 1937. Por esa misma época volvió a trabajar en su laboratorio clínico que poco a poco fue ampliando, en el cual, sin olvidarse de sus investigaciones, comenzó a desarrollar una sección de productos farmacéuticos con miras de ofrecer medicamentos éticos de bajo precio utilizando en lo posible materia prima nacional. Su idea fundamental era obtener recursos para financiar sus propios estudios y para ayudar a los jóvenes médicos que mostraban interés por la ciencia. “Voy a crear un instituto que se llamará El Instituto de la Puerta abierta, abierta, como su nombre lo indica a todos los que quieran venir a investigar seriamente” eran sus palabras.

El laboratorio denominado con las iníciales de su fundador, CUP, creció rápidamente y bien pronto alcanzó fama nacional e internacional. La puerta siguió abierta y fueron muchos los estudiantes que allí encontraron ayuda para sus trabajos de tesis y muchos sus antiguos discípulos que en él hallaron el ambiente científico necesario para debatir problemas técnicos. La puerta abierta también lo fue para jóvenes artistas necesitados de apoyo o en busca de consejo o de inspiración para sus obras.

Las investigaciones de Uribe se centraron en ese tiempo en Trematodos (entre otros Cercaria usaquenensis nueva especie, Strigeidea del ibis, Phimosus infuscatus) en el flagelado Prowazepelle lacertae, en la Niaara, glucósido de las flechas de los Catíos, en el veneno de la rana Dendrobates y en los productos activos de la digital de las alturas colombianas.

Por esa misma época aparecieron sus dos novelas (no diría que fueron novelas sino relatos de hechos y circunstancias de su propia vivencia): Toá que apareció en 1933, en la que se reflejan algunas de sus experiencias durante sus expediciones a las selvas amazónicas y que es una viva protesta contra las iniquidades sufridas por los indios en la explotación del caucho. Es un relato tenso y hermoso que Uribe escribió mientras descansaba quince días en Coconuco.

Un poco más tarde, en 1935, publicó Mancha de Aceite que incluye algunos recuerdos de su vida en Venezuela y que es también una protesta vehemente contra los abusos de los petroleros y una crítica encendida a la venalidad de las autoridades de entonces. Ambas novelas fueron recibidas muy bien por los críticos serios y sus ediciones se agotaron en corto tiempo. Afortunadamente el Instituto Colombiano de Cultura las reeditó en 1979. Quedaron apenas comenzadas dos más: Pescadores de Perlas, escrita parte en guajiro y Caribe ilustrada con sus propios dibujos.

En pleno progreso se hallaba el laboratorio CUP, y en plena actividad el Instituto de la Puerta Abierta, cuando los incendios del 9 de Abril de 1948 arrasaron el edificio y redujeron a cenizas equipos, bibliotecas, manuscritos científicos en preparación, buena parte de la obra artística de Uribe representada por acuarelas, grabados y tallas, y diversas e irreemplazables colecciones antropológicas y biológicas. Aunque el desastre fue total, tuvo el coraje de reiniciar su obra, con el estímulo de su esposa, de su cuñado Carlos Uribe y de unos pocos amigos.

Sin embargo, aunque en un principio tenía posibilidades de reconstruir el laboratorio con los recursos propios que le restaban, Uribe fue presionado para vender buena parte de sus derechos a una compañía comercial y si bien esta, que conservó el mismo nombre de CUP, lo nombró director científico, en verdad el tal cargo resultó desprovisto de poder e independencia.

Más aún, no se le permitió continuar algunos de sus estudios, a tal punto, que, por ejemplo, tuvo que sacar del laboratorio los animales que utilizaba en sus experimentos y llevarlos al Instituto Carlos Finlay donde sí recibió la acogida que merecía. Al verse prácticamente excluido de la institución que con tantas ilusiones había formado y decepcionado por la actitud de antiguos colaboradores, Uribe entró en una enorme depresión, de la cual, por fortuna, vino a rescatarlo uno de sus antiguos discípulos, el doctor Santiago Rengifo Salcedo, quien se lo llevó para que trabajara en el Instituto Roberto Franco de Villavicencio y allí, con su generosidad característica, lo alojó en su propia casa.

El Instituto Franco se había originado en la estación de campo establecida en 1938 por la Fundación Rockefeller para estudiar la fiebre amarilla del pie de monte llanero. Cuando la Fundación se retiró en 1946, el doctor Rengifo se hizo cargo de las instalaciones y del personal existente para conformar un centro de investigación, no sólo en virus sino en todas las enfermedades tropicales de la región, al cual había traído investigadores de la talla de Jorge Boshell, Bernando Rey y Julián de Zulueta, centro que tenía responsabilidades no pocas, dada la diversidad de la patología regional y la necesidad de iniciar los estudios científicos de la Macarena, creada como reserva biológica por la Ley 52 de 1948 por iniciativa de Rengifo y Rey, con el apoyo del Profesor Jorge Bejarano.

En este centro, denominado ya Roberto Franco, Rengifo había comenzado a encontrar numerosos trypanosomas humanos y animales cuyo estudio le era imposible realizar él solo, razón por la cual yo acepté gustoso su solicitud para colaborarle en el estudio de dichos parásitos. Estando empeñados los dos en esta tarea fue cuando Uribe llegó al Instituto Franco para asesorarnos e ilustrarnos, mostrando una vez más sus dotes de maestro sin egoísmo. Los tres nos ocupamos entonces en especial del T. ariarii que más tarde nosotros mismos consideramos como rangeli, señalamos procedimientos para identificarlo, estudiamos su epidemiología y sus relaciones con el hombre inclusive inoculándolo en nosotros mismos para demostrar así de manera incontrastable su falta de patogenicidad para el ser humano.

En esos años la labor de Uribe fue especialmente brillante pero, de nuevo, los proyectos científicos – hubo de interrumpirse en 1950 y 1951 por razón de la violencia política que se apoderó del Llano. Uribe, con serios problemas de salud, un neoplasma en la lengua, tuvo entonces de viajar a los Estados Unidos por largos meses. A su regreso, minado por la enfermedad, con el ánimo deshecho, entre otras cosas por imposibilidad de desarrollar planes científicos de su gusto, flaqueó en sus fuerzas físicas y entró de nuevo en una depresión de la que no se recuperó nunca. Su vida se extinguió el 17 de diciembre de 1951.

Para terminar debo disculparme ante Ustedes si a: lo largo de este relato he tenido que referirme a mí mismo. Ha sido esto inevitable por la relación estrecha que con él establecí desde 1934, por los trabajos que realizamos juntos y porque como Ernesto Osorno Mesa, Santiago Rengifo, Hernando Rey, Alfonso Bonilla y tantos otros más fui también de los privilegiados con su amistad y con sus enseñanzas. A pesar de haber tratado de ser lo más objetivo posible en este recuerdo advertirán Ustedes mi admiración y mi reconocimiento por la obra de Uribe. No me pesa que así sea porque si uno no le guarda lealtad y gratitud a sus padres y a sus maestros, entonces ¿a quién se la guarda?

El recuerdo de César Uribe Piedrahíta nos deja muchas enseñanzas y un modelo digno de imitar. No es pretender que todo médico sea también investigador, escritor, pintor, botánico y antropólogo, pero que sí sea un hombre culto en el sentido de desarrollar el bagaje intelectual necesario para cumplir sus obligaciones con Dios, con sus semejantes y con la naturaleza dentro del marco ético más riguroso y ojalá con el mayor refinamiento estético y además que, si es especialista, no pierda de vista el contexto social y ecológico, si investiga, lo haga con disciplina, con el coraje para enfrentarse a situaciones difíciles y con la paciencia necesaria para esperar el juicio de sus pares. Y si se dedica a la práctica médica lo haga con amor y con entrega total al enfermo


* Discurso en la sesión Inaugural del VI Congreso Colombiano de Medicina Tropical (Bogotá, octubre 10,1991).

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