Letras, Un Médico a la Medida de su Comunidad

La ciudad de los Santos Reyes

La guerra civil había diezmado las ganaderías de la rica provincia y la población entera pagaba con creces el horrendo pecado de la contienda fratricida. Muchas familias, antes en la holganza arrostraban con estoicismo pobreza vergonzante. Se caía a pedazos la antigua ciudad colonial, cerebro y corazón de extenso territorio. La propia plaza mayor mostraba solares que eran otros tantos estigmas de la situación aflictiva.

Como el techo se había hundido en algo más de la mitad, por la vasta tronera la iglesia parroquial miraba realmente al cielo, exponiendo a la intemperie el muñón acusador de la torre casi a ras de piso. El espectáculo del templo era lastimoso. Los muros aparecían carcomidos por los alisios y las lluvias torrenciales, e igual las altas columnas talladas en troncos de árboles seguramente centenarios. Los altares, obra auténtica de la artesanía nativa, no ostentaban ya el brillo del dorado.

En el piso, de anchas baldosas de barro cocido medio se hundían las lápidas de mármol que contaban el breve tránsito por este mundo de quienes fueran personas influyentes en la región.

En la calle principal, en otros tiempos consagrada al Rey, menudeaban también las ruinas y, siguiendo en dirección al cementerio, podían descubrirse en un buen trecho los cimientos de construcciones desaparecidas, que por su disposición y tamaño proclamaban la fortuna de quienes las habitaran. Los conventos de Franciscanos y Dominicos yacían por tierra, convertidos en informe amontonamiento de escombros, igual que la mayoría de las casas de habitación que los rodeaban.

Las paredes maestras y la fachada de la iglesia de San Francisco, no obstante el deterioro, atestiguaban todavía la vana ilusión de construir para la eternidad que anima a ciertas empresas humanas. La iglesia de Nuestra Señora del Rosario, resto intacto de la fundación dominicana, era la única que permanecía en pie. Estaba construida según el estilo mudéjar con fondo románico, común a los templos que reemplazaron las improvisadas cabañas de que se sirvieron los primeros adelantados y capitanes para tomar posesión de la tierra conquistada, no sólo a nombre de la Corona sino también de Cristo.

En plazas y calles apenas si quedaban trazos del uniforme empedrado. Las lluvias habían excavado canjilones pedregosos o acarreado escurridizos arenales. Honda acequia partía diagonalmente la plaza mayor, alfombrada casi todo el año por el abrojo tenaz de florecitas amarillas. Al menor aguacero el afrentoso zanjón se transformaba en amenazador torrente.

De los faroles municipales no quedaba ni el rastro. El agua para el uso doméstico se traía del río Guatapurí en barriles que transportaban trotadores borriquillos, y se guardaba en tinajas y alcuzas que la conservaban fresca y con un grato sabor de fuente montaraz. En el mismo río tomaba la gente el baño diario, aunque las señoras principales preferían hacerlo en casa, para lo cual se prestaba a la maravilla la bangaña indígena, hecha de maderas olorosas y livianas. Sólo una que otra mansión de personas acomodadas se daba el lujo de tener retrete con hoyo en tierra y burdo cajón de madera.

El rostro de la pobreza

Los dos barrios de la pobrería, el “Cañaguate” y el “Cerezo”, de casas de bahareque con techumbre pajiza y piso de tierra apenas emparejado, acusaban las huellas del común abandono. En ellos solían hallarse viviendas semidestruidas, con la cubierta a pedazos oconlas paredes apuntaladas desde afuera para mantener los horcones en equilibrio inverosímil. No había sitio de la ciudad donde no asomara la maleza y no faltaban las ruinas cubiertas de matorrales, abrigo de las más diversas alimañas.

Los caminos vecinales había venido a parar en tortuosos senderos, incluyendo el camino real. Este comunicaba la región con las ciudades costaneras, había sido la vía de penetración durante la Conquista y ruta abierta a la colonización desde fines del siglo XVI. La primitiva calzada, amplia y recta en buena parte, zigzagueaba ahora estrecha y obstruída por numerosos obstáculos.

Donde cayera un árbol o la erosión cavara una torrentera, las cabalgaduras tenían que descubrir el atajo de desvío, que en adelante substituiría al trazado original con los consabidos altibajos, recovecos cascajosos y traicioneros barrizales. Los peor librados eran los caminos de penetración a la Sierra Nevada de Santa Marta. Alcanzar a San Sebastián de Rábago implicaba correr más de un peligro. Ni pensar en mantener el vado de los ríos, el cual cambiaba con cada creciente. El Guatapurí, río tutelar de la ciudad, hacía de las suyas todos los años.

La pobreza afectaba otros aspectos de la vida cotidiana. Los olanes baratos y el lienzo burdo vestían a la generalidad de los habitantes. No pocos iban con el pie en el suelo o a lo sumo con modestas abarcas de cuero crudo de res. Los más afortunados calzaban zapatos ramplones de lona y suela de cuero a medio curtir. La alimentación había sufrido menos que la vivienda y el vestido.

Como la tierra allí rendía multiplicado el esfuerzo que se le entregaba, cada cual poseía pródigo pegujal de pan coger. La caza y la pesca suplían abundantemente la carne vacuna que escaseaba, y las frutas silvestres de toda especie se apiñaban en la mesa de ricos y pobres.

Un hombre en la ciudad

La ciudad a que vengo refiriéndome es la de los Santos Reyes de Valledupar y, por la época a que aludo, era el doctor Juan Bautista Pavegeau la persona más acatada y querida de sus moradores y de quienes habitaban la región circunvecina. Médico, lo mismo que su padre, de quien heredara la pobretona clientela, el doctor Juan, como lo llamaban cariñosamente sus coterráneos, venía de aquel señor Pavageau, por muchos años vice-cónsul de Francia en Cartagena, que figura en el testamento del Libertador por cuanto éste le confió el cuidado de su archivo personal.

Los antecesores de los Pavageau habían sido colonos franceses en Santo Domingo, desde donde sus descendientes se fueron a Francia o se vinieron a Jamaica, a raíz de las guerras de independencia. De su padre Tomás sacó el doctor Pavageau el hilillo de sangre negra que le corría por las venas, el cual era notorio en su cabello risado, precozmente canoso, y en ciertos rasgos de la fisonomía, bastante angulosa y siempre austera, aunque comprensiva y bondadosa con sus pacientes, notoria en la expresión de los ojos castaños que miraban detrás de gruesos lentes sin aro.

El respeto y el cariño colectivos hacia el doctor Pavageau tenían su razón de ser en la libertad y desvelo con que el generoso galeno ejercía su noble profesión. De ello daba fe su jornada de todos los días. Cristiano viejo, se levantaba muy temprano para oír la misa del alba. De regreso a la casa, lo esperaban el desayuno frugal y el clamor de quienes lo requerían.

También encontraba a la puerta, ya pronto y enjaezado, el manso caballo que lo conducía al través de la población, en un diario peregrinaje del cual sólo recogía la satisfacción del deber cumplido y la gratitud de las gentes. En las ocasiones en que salía a pie, portaba sobrio bastón, único signo distintivo que se permitía y, en verdad, recurso indispensable por la cortedad de su vista.

En cada casa visitada el doctor Juan descendía de la cabalgadura, amarraba ésta del cabestro a los barrotes de una ventana, penetraba a la habitación ordinariamente a oscuras donde yacía el paciente y llevaba a cabo minuciosa y concienzudamente el acto clínico, clave del buen ejercicio de la medicina. Por esa época, el interrogatorio minucioso del enfermo y sus familiares, el ojo zahorí, el oído educado y atento, el tacto sutil, debían ser suficientes para aprehender cuanto denotara de anormal la historia y el exterior del cuerpo, así como los cambios del estado y funcionamiento de los órganos internos.

Fuera del termómetro y del estetoscopio de Laenec, no había otro instrumento al alcance del médico practicante, y hasta las oscilaciones de la tensión arterial debía apreciarlas la pulpa de los dedos. De allí que el doctor Pavageau interrogara con cuidado, escudriñara con esmero y palpara y auscultara poniendo en ello los cinco sentidos.

La hora del crepúsculo hallaba al doctor Juan repitiendo incansablemente el monótono recorrido. Si un caso de urgencia lo reclamaba en el curso de la noche, de ordinario parturientas en trance desesperado, el doctor Juan acudía aprisa, y entonces alguien tenía que alumbrarle el camino con humeante lámpara de petróleo, y prestarle apoyo para que salvara los malos pasos. En las noches sin luna, la ciudad no contaba con otra luz que la de las estrellas, e implicaba cierta temeridad arriesgarse por sus calles escabrosas.

De médico a boticario

Después de cada salida el doctor Juan cambiaba los hábitos de médico por los de boticario. Y, en ocasiones, por los de odontólogo. Nadie en la ciudad barruntaba acerca de tales menesteres y el bueno de nuestro hombre había echado sobre sí la responsabilidad de llenar semejantes vacíos en la difícil vida colectiva. Como odontólogo se limitaba a extraer piezas dentarias, lo cual se practicaba entonces sin anestesia.

Se me olvidaba decir que el doctor Pavageau habitaba una vieja casona colonial, existente aún, que ocupa una de las esquinas de la plaza mayor. La fachada que mira hacia ésta se compone de pesada arquería de calicanto y encima un balcón, cuyo tejadillo se apoya en columnas de madera. Del lado de la calle, el balcón es volado y lo sostienen gruesos canes empotrados en el muro. Como las viviendas de su estilo, la casa tenía habitaciones amplísimas y recámaras penumbrosas. La escalera principal, encajonada entre dos paredes, no desentona en el conjunto de memorable prestancia.

El doctor Juan tenía el consultorio y la botica en la planta baja, y allí pasaba no pocas horas componiendo las fórmulas magistrales que él mismo prescribía. A mí me encantaba contemplarlo tomando las medicinas de aquellos hermosos frascos de antaño, en los que el nombre del remedio estaba enmarcado entre arabescos de colores y gruesas líneas doradas al fuego.

Manejaba cuidadosamente la balanza cuyo equilibrio sus ojos miopes adivinaban más que percibían y mezclaba sabiamente polvos, hojas secas, elíxires, tinturas, jarabes, en los morteros de porcelana o en las copas de vidrio graduadas. ¡Cuántas drogas olvidadas, en las que nuestros antecesores ponían toda su fe y no pocas esperanzas! A la memoria me vienen unos cuantos nombres de sabor exótico, a cuyo conjuro mi imaginación infantil exaltada por la fiebre, emprendía viajes por países de susto o de agradables quimeras: el acónito, eIjaborandi, la quinquina, el árnica, la genciana, la cáscara sagrada, el hamamelis, el cólquico, el eneldo.

Los he mencionado exprofeso porque sé que los labios de algunos colegas se fruncirán con irónica sonrisa. Salta a la vista la pobreza de los recursos terapéuticos de hace cincuenta años en comparación con los que ahora manejamos. Más de uno de nosotros se preguntará cómo hacían para curar quienes nos antecedieron en la práctica de la medicina con medios tan menguados. Lo cierto es que curaban.

Curaban con todas las limitaciones que el vocablo entraña. Ocurre que aún hoy, y seguramente así será mañana, llenamos nuestra misión, mitad a base de conocimientos científicos sólidamente establecidos, y mitad merced a la decidida voluntad de curar que nos posee, como encarnaba el dios en la Sibila. Bendita voluntad que nos permite inducir en los demás el deseo de luchar contra las inmanentes amenazas de la muerte, y triunfar sobre el dolor casi siempre, y con frecuencia sobre la enfermedad y la invalidez.


*Conferencia dictada el Día del Médico
** Académico Honorario

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