Medicina, Ética en Cirugía

J. Silva, MD., sec. (Hon.) *

HipocratesLa continua e inquietante decadencia actual de los valores de la vida humana, que arrastra hacia el abismo y contamina hasta los más pulcros estamentos de la Sociedad no sólo en el medio nacional sino en los diversos ámbitos internacionales, hace imperativa la promulgación de la ética en todos los niveles, incluido el nuestro, cuyo sólido fundamento lo constituye un claro sentido humanístico de la profesión, por cuanto su reconocido progreso científico y tecnológico, jamás podría sustentarse sobre bases ajenas a la moral y a las buenas costumbres.

Sea esta fugaz disquisición previa un argumento para intentar la presentación del tema propuesto, con criterio de síntesis, sin pretender enunciar los múltiples aspectos que lo identifican.

Parece útil iniciarla con las definiciones de los términos claves que tipifican tanto los conceptos filosóficos cuanto los de índole pragmática. Tales términos son: moral, deontología y ética.

La moral, atributo exclusivo del hombre, puede definirse como la ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia, representadas por la virtud o el vicio, que se practican en forma libre, no por la violencia o la fuerza, y que se sitúan por encima de cualquier interés particular o privado (4). Dicho en resumidos términos, es la relación entre la conducta libre del hombre y su fin último (17).

Moral es la relación entre la conducta libre del hombre y su fin último.

Ya desde el siglo V a. de c., la reconocida autoridad de Hipócrates (Fig.l) el “Padre de la Medicina”, había sostenido que la reputación del médico se basa en su devoción profesional y en la elevada calidad moral de su conducta; y eso también enseña en su famoso Juramento del Médico, difundido y acatado desde entonces por los médicos del mundo a través de los siglos.

La deontología se define como la ciencia o tratado de los deberes del hombre (2), a los cuales está obligado por los preceptos religiosos, sociales o profesionales, y por las leyes naturales o positivas que rigen las comunidades humanas, “cuya cohesión se consolida y sostiene gracias al respeto y preservación de la dignidad humana” (8).

La ética, a su vez es la ciencia que estudia la moralidad de los actos humanos (17). Por su carácter normativo, hace referencia específica a cada una de las actividades del hombre. Es así como el médico-cirujano, dada su condición humana, tendrá que ser moral en su conducta libre, y por su carácter de profesional de la medicina y la cirugía deberá cumplir, a demás, con la deontología médica y con la ética normativa de su profesión (3). Dicho en otros términos, la ética se erige sobre el pedestal de la moral y la deontología.

La deontología se define como la ciencia o tratado de los deberes del hombre.

Así concebida la ética médica, debe ser “el marco de inspiración y de referencia para todas las acciones concernientes a la formación, ejercicio y desarrollo de la profesión médica”, según concepto de la Asociación Latinoamericana de Academias Nacionales de Medicina (ALANAM).

La ética es la ciencia que estudia la moralidad de los actos humanos.

El descomunal desarrollo del conocimiento científico y. tecnológico alcanzado durante las últimas décadas, que ha propiciado un inusitado progreso de la medicina y la cirugía, dio origen a una nueva ciencia: la bioética que, según la Universidad de Georgetown, “es el estudio sistemático de la conducta humana en el área de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud, a la luz de los valores morales y8rincipios inmanentes que rigen la existencia del hombre” ). En ella la ciencia y la ética interaccionan en sus campos específicos, pero siempre sobre la premisa de que no se puede hacer ciencia sin ética.

Bioética es el estudio sistemático de la conducta humana en el área de la investigación en las ciencias de la vida y en el cuidado de la salud.

Vale anotar que la bioética fue sugerida hace ya 20 años, no por un filósofo, ni un teólogo ni un moralista, sino por un médico de la Universidad de Wisconsin, el oncólogo Van Rensselaer Potter, convencido de que “la ciencia sin conciencia no conduce sino a la ruina del hombre” (7). Ya propósito, sea esta la oportunidad de fijar el concepto de conciencia al definirla como del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar”(2).

Para captar cabalmente las diversas facetas del tema que nos ocupa, es necesario revisar, así sea fugazmente, lo que se entiende por medicina, médico y paciente (Fig.2) esa trilogía conocida en el mundo greco-romano como el “Triángulo Hipocrático”.

Triangulo Hipocrático

Conciencia es el conocimiento interior del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar.

La medicina y la cirugía son a la vez ciencia y arte por cuanto cumplen con el significado filosófico de cada uno de estos dos conceptos que en la práctica se hermanan con el fin de aliviar el sufrimiento humano que no es solamente corporal sino, en mucho, moral (5).

La medicina y la cirugía son a la vez ciencia y arte, que en la práctica se hermanan con el fin de curar o alivar el sufrimiento humano.

y quién es la persona que cumple tan noble misión, aun a riesgo de hacer suyo ese sufrimiento? La respuesta es obvia: el médico, término que cada vez que se pronuncie en esta disertación incluye también el de cirujano. La imagen de este personaje involucra diversos conceptos y variadas consideraciones individuales que obran como elementos im portantes en la práctica ética de la profesión: debe estar saturado por una vocación auténtica que lo convierte en verdadero misionero de la salud; con un talante decoroso y digno en su presentación, en su porte (5) y en su interrelación personal inspirada en la lealtad con sus pacientes, con sus colegas, con su familia, con su

El médico y cirujano es el profesional amante del saber y de sus semejantes, al servicio del enfermo, de la salud y de la comunidad.

equipo de trabajo, con la Sociedad y consigo mismo (6); debe permanecer animado siempre por un sentimiento de bondad, ajeno al mercantilismo materialista que aúpa al enriquecimiento rápido, a la utilización de métodos indebidos de promoción y propaganda y aun al criminal procedimiento de indicar y ejecutar deliberadamente intervenciones quirúrgicas innecesarias; fijará los justos honorarios profesionales ciñéndose a parámetros relacionados con la complejidad del procedimiento médico quirúrgico, la severidad del proceso patológico y la duración de la atención médica; la experiencia profesional del cirujano, las capacidades económicas del paciente y las normas trazadas sobre la materia por las leyes generales y los reglamentos de las entidades de asistencia social, siempre que éstas también se ciñan a los parámetros mencionados; procurará, como un imperativo moral, el incremento y la actualización de los conocimientos medico quirúrgicos durante todo el transcurso de su vida profesional, acicateado por un permanente deseo de aprender sin presumir sabio, distinguiéndose tan sólo como un “amante del saber”, tal como lo dijera Pitágoras hace ya 25 siglos, con profundo significado filosófico.

El médico-cirujano vivirá inspirado por un sincero ánimo de servicio (Fig.3) que lo lleve al conocimiento de que su razón de ser es el paciente con quien cumple el “acto médico” dentro de un ambiente dc calor humano que es lo que caracteriza cl verdadero espíritu de la medicina y de la cirugía, nunca sustituible por el maquinismo tecnológico, con el cual se podrá diagnosticar la enfermedad y, en algunos casos, tratarla, mas no atender al ser humano que la padece en quien casi siempre es más reconfortante y saludable el consuelo y el apoyo moral que la receta computadorizada o el frío bisturí (5)

Médico Cirujano

El “Acto Médico” es un acto humano, y por lo tanto libre, dirigido por la inteligencia, la voluntad y la recta información del médico y por las del paciente, cuando sea posible, cuyo fin es la salud integral de éste, mediante el empleo de métodos moral y científicamente válidos, en los que debe prevalecer la pericia, la prudencia y la diligencia del médico que lo ejecuta.

La modestia y la diligencia son virtudes preciosas del médico- cirujano auténtico, opuestas a la arrogancia y a la im prudencia que pueden inducir a la audacia temeraria; no olvidar nunca que la grandeza es sinónimo de sencillez (5). Bien conocido es el viejo aforismo de que al paciente, a quien le asiste el derecho a la salud y a la vida dentro del respeto y preservación de la dignidad humana, se le debe curar cuando esto sea posible, aliviar cada vez que el dolor y el sufrimiento lo mortifiquen, pero dar consuelo y esperanza, siempre.

Todo esto lo logra el médico-cirujano siendo humano, amable, estudioso y honesto. Pero ese seráfico ser, dirían algunos, no será más bien una utopía? Es posible que así sea si no se hace un alto en nuestra marcha, desbocada a veces, para reexaminar con autocrítica desprevenida y sincera las sombras que comienzan a desdibujar la pulcra imagen del médico y del cirujano en el sagrado ejercicio de su profesión, contaminado en muchos casos por una sociedad que menosprecia cada día más los valores morales, éticos, religiosos, culturales y cívicos, sustituyendo todo, como en el pasaje bíblico, por la adoración del becerro de oro levantado en enhiesto pedestal y entronizado en lo más profundo de su corazón.

Paciente o enfermo es la persona que sufre física y moralmente, cuya curación o alivio es función primordial del médico y cirujano.

Ya hemos hecho repetidas alusiones al paciente, esa persona que sufre física y moralmente, y cuya curación o alivio es función primordial del médico-cirujano, quien para lograr tal objetivo debe tomar en cuenta la norma de oro de la naturaleza humana: “trata a los demás cómo quisieras que te trataran a tí” (7), respetando siempre la autonomía y el consentimiento informado del paciente; o bien, para los que creemos que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, no sólo como individuo sino como familia y sociedad, bastaría recordar aquella sentencia evangélica (Fig 4) en la que Jesucristo, refiriéndose a un grupo de enfermos y menesterosos, promulgó con solemnidad ante sus seguidores: “Todo lo que hiciéreis con cualquiera de estos hermanos míos, conmigo lo heréis; mas, siempre que dejáreis de hacerlo con alguno de ellos, conmigo mismo lo dejaréis de hacer” (Mal. XXV, 40 Y 45) (8).

Jesucristo con enfermos y menesterosos
Con pesar debemos reconocer que las Facultades de Medicina cuya multiplicación numérica ha sido desaforada en los últimos 20 años, especialmente en nuestras naciones latinoamericanas, no siempre se preocupan lo suficiente por controlar el desproporcionado aumento del número de egresados, frente a la demanda laboral de la profesión, ni por modelar y estructurar sólidos cimientos éticos en sus alumnos, olvidando que uno de los tres objetivos básicos de la educación es el desarrollo de actitudes morales en los estudiantes cuya formación humanística los capacite para desempeñarse honestamente en su doble condición de hombres y de profesionales (9); y esto ocurre a pesar de que en muchas naciones, entre ellas Colombia, se establece explícitamente en sus leyes, la obligatoriedad de la enseñanza de la ética médica en dichos centros de educación superior (13).

Cuando estas omisiones se cometen, no es raro observar la infracción de los postulados de la ética médica y quirúrgica por parte de algunos egresados de las Facultades de Medicina. Este hecho, y la circunstancia de que al médico honesto en ocasiones no se le tolera la involuntaria y eventual equivocación, a pesar de su humana condición falible, dio origen en buena hora, a la integración de Tribunales de Ética Médica que estudian y juzgan la conducta de los médicos y cirujanos, cuando alguien cree que han faltado a las normas que rigen el ejercicio de la profesión (5\ sobre la premisa de que en estos juzgamientos deben prevalecer los deberes del médico sobre los derechos del gremio.

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