El Hombrecito, 1 Parte

Dr. JULIO E. SANCHEZ ARBELAEZ

El jefe de la consulta externa, es magro y ascético. Al mirarlo caminar por las calles, uno no puede menos de pensar que es médico. Y chapado a la antigua. También tiene una terminología muy especial: “El indio y el tornillo son incompatibles” es su estribillo favorito. Nadie sabia realmente qué quería decir con esto, hasta cuando se demostró palpablemente.

Todo comenzó una tarde, cuando la rutina de urgencias se vio interrumpida por la llegada de un cortejo campesino. A primera vista parecía que se trataba de un herido, porque lo bajaron de un Ford modelo 46 negro, lo que en policlínica se conocía como fatídicos carros de la violencia, para no olvidar que los pájaros del occidente se transportaban siempre en ellos. (Lea también: El Hombrecito, 2 Parte)

Pero no, era un hombrecito, de escasos treinta años pero que aparentaba cincuenta. Los dientes cariados no dejaban duda acerca de la desnutrición y las palmas y plantas llenas de callosidades evidenciaban la honradez.

Respiraba apenas fatigosamente; los ojos entrecerrados no permitían siquiera el examen de las pupilas, un color azuloso se extendía por las comisuras labiales y los surcos nasogenianos que aleteaban dificultosamente.

De vez en cuando un súbito espasmo de efímera duración estremecía toda su magra arquitectura. Unas manchas pequeñitas como rosetas cubrían toda la superficie cutánea que dejaba al descubierto la camisa deshilachada y el pantalón de dril, mojado éste por un liquido sanguinolento cuyo acre olor no dejaba duda de su procedencia.

El interno, Del Valle, acucioso como siempre preguntó:

-¿Qué le pasó al hombrecito?

-Le picó una culebra, dijo el que parecía ser cabeza de familia.

-¿Hace cuánto?

– Tres horas doctor. Fue en el corte de don Jesús María en Belén y nosotros lo alzamos ahí mismo.

-Pero ha debido ser una culebra la verraca, pensó Del Valle, en voz alta.

-No señor. Chiquitica. Ella alcanzó a matar y aquí se la traigo dijo sacando del líchigo, un pequeño envoltorio de papel periódico del que efectivamente desenredó un animalito de escasos quince centímetros de longitud, de vivos colores con la pequeña cabeza aplastada.

-Eso qué es, una rabo de ají?, dijo Del Valle displicente.

-No doctor. Y la didáctica del campesino antioqueño afloró en seguida. La cola de la rabo de ají termina en punta y las cintas no son a los largo del cuerpo. Esta es una coral.

-Que verraca volvió a pensar en voz alta, Del Valle.

-La madre María, más práctica, intervino dulcemente: Qué le hacemos doctor?

-Por lo pronto llamar al padre Mejía para que le aplique los santos sahumerios intravenosos (el chiste por lo repetido ya no escandalizaba a la monja) porque este blanco se nos va. Y cójale una vena con una dextrosa para tenerla disponible.

Mejía fue alguna vez en un año santo a Roma y a su paso por España quedó hablando andaluz. Mientras oficiaba brevemente, porque el culto no se avenía con sus maneras de gran señor, notó la perplejidad del médico interno.

-Hombre! Tu debes recordar que Restrepo trabajó en el bajo Cauca de Antioquia y es experto en culebras.

Llámalo.

-Claro! Yo sí soy pendejo. Hoyes jueves, jueves 3:30. Debe estar operando. Y se precipitó al teléfono. Aló? Déme la sala de cirugía. Me importa un chocho que esté ocupado.

Siguió un breve forcejeo verbal, porque era evidente que el jefe estaba en mitad de una operación muy delicada pero al final Restrepo fue puesto al habla. Con la rapidez que el caso requería fue puesto al corriente de la situación y prometió estar en policlínica en cuanto terminara.

Diez minutos después hizo su aparición con los modales teatrales que a pesar de no habérselos enseñado nadie. son consustanciales con todos los cirujanos. La amplia blusa verde, ligeramente salpicada de sangre, la gorra encasquetada hasta los ojos y la mascarilla colgada al cuello. Alto, desgarbado, autosuficiente, no saludó.

Hizo dos o tres preguntas rutinarias, mientras examinaba al hombrecito, con una meticulosidad y rapidez fruto de su larga experiencia como médico de urgencias.

-y es una coral? Seguro doctor. Aquí está la culebra. Restrepo la miró, la escarbó con una pinza, mientras Mejía con la pipa entre los dientes, despojado ya de los arreos que poco o nada le atraían, le preguntó ceceando: Tú qué opinas?

-Que nos jodimos monseñor, yo sé mucho de mapaná y verrugoso, que no tiene ciencia. No es sino tener a la mano el suero antiofídico. Pero este avichucho no figura en mis libros.

Después de una corta invectiva sobre los poderes centrales que en lugar de hacer avanzar la salud pública. la echaban hacia atrás y de musitar unas cuantas órdenes rutinarias para tratar al menos de mantener al hombrecito con vida, se dirigió al cura: caminá monseñor (siempre lo llamaba así para recordarle que no era más que un simple capellán de hospital) vamos a tomar café.

Mientras saboreaban el café, su mente trabajaba febrilmente, repasando los titulos que habría que consultar en la biblioteca. Súbitamente soltó el pocillo. Claro hombre! Givive.

– Yeso qué droga es?

-Qué droga ni que pan caliente, pendejo! Givive es un abogado importantísimo de Manizales, filósofo y no sé cuántas cosas más que con un viejo Tinoco de Barranquilla es el tipo que más sabe de culebras en este país. Hace poco se ganó un jurgo de plata en el programa ese de televisión donde hacen preguntas y respuestas.

La señorita del conmutador encarnó la burocracia en seguida. Doctor, tengo prohibido pasar llamadas a larga distancia.

-Qué prohibido ni qué tres culos. Yo soy el jefe de cirugía y en ausencia del director soy el que mando. O me pasa esa llamada, vieja asquerosa o te hago sacar de aquí.

-A quién en Manizales?, respondió la operaria por lo visto acostumbrada a esta jerga poco hipocrática.

Aló? Operadora y aquí la voz se tornó melosa, señorita, yo soy el doctor Restrepo de Pereira. Soyel cirujano de Telecom, el que las opera a ustedes cuando se enferman. Tengo un caso tieso aquí y necesito a Givive. Que usted es amiga de él?

-Aló? Doctor Gilberto, la voz se tornó profesional. Usted no me conoce, perdóneme, soy el doctor Restrepo de Pereira, cirujano y tengo un hombrecito picado por una culebra. Sí señor, en coma y no sabemos qué hacer con él.

Que si tengo la culebra? Sí doctor, un momento. Ya la traen doctor. Ya doctor. Mide quince centímetros exactos, sí, delgada como un rejo, sí señor. Las rayas? a lo largo. La cabeza? No doctor, no hay cabeza; el hombrecito se la aplastó con el machete. “Micrurus” dice usted? Mortal? Y qué hacemos con el hombrecito. Te-nerlo vivo?

-Como mi Dios nos ayude? Si ese señor se fue a vivir a otra parte doctor. Me vuelve a llamar? Gracias doctor. Es usted muy amable. Adiós doctor. Restrepo no se tomó el trabajo de dar explicaciones a Mejía. Colgó el teléfono o mejor lo tiró y grito a la operadora: Mis muchachos, todos y a Escobar sobre todo a éste.

-Está dando anestesia doctor.

-Que lo reemplacen. Es una orden. Estoy en la cafetería.

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