El Temor a la Verdad. El Nirvana. Las Máscaras

Sin duda alguna ha existido el temor a la verdad en todo ser humano y a través de todos los tiempos. Ese temor se deja planteado en los mitos y leyendas (algunas ya expuestas), en los juegos de los niños, en las neurosis, psicosis y psicopatías, en los sueños y en el transcurso de los hechos cotidianos del hombre a través del tiempo. El ser humano se miente a sí mismo a cada momento para defenderse del temor a la muerte(333). Esta última no se puede pensar, y si la pensamos lo que nos produce es angustia. En cambio, es posible fantasear la eternidad como un presente continuo. Podemos planear y hasta representarnos en nuestra mente el tiempo, el mañana y el futuro, pero no nos es posible en realidad pensar qué es la muerte sino como un fin del ser y la existencia. El mismo arte y la creatividad han tratado (y tratan) de escaparse de la muerte. Por eso existe también toda una serie de recreaciones en que se disfraza el temor a la muerte334.

Los griegos, así como las distintas culturas orientales, africanas y precolombinas (toltecas, aztecas, mayas, tayronas, agustinianos, pijaos, calimas, tumacos, muiscas y quimbayas) fabricaron máscaras. Todos los pueblos construyen máscaras para ocultar la verdad, para adquirir el poder aun después de la muerte (335). Las máscaras precolombinas, y posiblemente también las de otras regiones, representan rostros idealizados (Chaves, M.A., 1977). Esto lo observamos en las diferentes culturas a través del tiempo. Según Conrad Preuss (citado por Chaves, M.A, 1977), los sacerdotes koguis (“mamas”), en un tiempo mítico en que aparecieron, “después de crear al mundo y al hombre, se quitaron sus rostros para que los mortales pudieran llevarlos como máscaras y estar en esta forma en condiciones de poder efectuar las ceremonias importantes en relación con la conservación del orden original”.

En realidad el ser humano siempre ha creado y se ha puesto máscaras desde distinta índole, desde aquellas gestuales hasta las que parecen parálisis facial en que el sujeto no se expresa anímicamente o que se expresa con la mímica dramática, cómica teatral. Esto aparece en el gesto, en la mirada, en la posición y movimiento corporal con que todo eso puede manifestar sus pensamientos, afectos y deseos, su actitud, su tono vital y sus propios valores, a la vez que sus temores o sus defensas ante ello en forma contrafóbica. Por ejemplo, poniéndose la máscara o el disfraz de o a lo que teme. A todo esto se le suma el vestir que es otra piel de manifestación de su ser en el mundo. De una u otra manera, son múltiples las formas de las máscaras que el ser humano puede utilizar con su propio rostro o con lo que su imaginario es capaz de representar para expresar sus deseos u ocultarlos. Aún la sociedad ha creado modas, y días especiales con fiestas en que se disfraza poniéndose caretas, o se tiñe la cara o se pone vestidos especiales para llamar la atención para causar miedo o lo contrario para atraer y ser foco de atención. Así como existe esa tendencia a ponerse la máscara, detrás de ella está la tendencia de manifestar lo reprimido, el impulso, el deseo que con el juego se permite reflejar. De una u otra manera, está la farsa, la trampa por el temor a ser rechazado si se conoce la verdad de sí mismo, por eso se dice coloquialmente “quítese las máscaras o se desenmascaró”.

En la elección del disfraz ya se está proyectando algún deseo. Desde antaño en la psicología de las masas se observa cómo el hombre primitivo se pintó la cara, bailó y expresó el deseo para comunicarse con el otro, su comunidad o los dioses, para festejar singularmente con actividades escénicas o ritualicas con un acontecer íntimo, en el cual reside, como ya se expresó anteriormente, el deseo, el temor, la fobia o la contrafobia, la defensa, y así se muestra lo que se es o no se es, o no se puede ser.

La verdad es que vivimos en el ahora, y que en el después está el final, la muerte y ese es el final del ser en su destino de la vida terrenal. Este hecho nos lleva a sentir y percibir angustia. El futuro es una expectación, una ilusión que alimentamos y una posibilidad incierta. Por eso, la fantasía inconsciente manipula el tiempo, la realidad y la verdad de los hechos para no sentir o vivir la posibilidad de ese fin, de la nada y de la muerte. De ahí que los dioses (hechos por el hombre) sean inmortales, y que los mortales quieran ser dioses robándoles a éstos la inmortalidad y desmintiendo la realidad en contra de esa verdad dolorosa. La verdad es que llegamos a esa situación límite cuando sentimos la vida amenazada y en la espera de la nada. Esto hace que se desmienta y se niegue el tiempo mediante la creación del concepto mítico del nirvana.

El concepto de “nirvana” implica para algunos una atemporalidad y una placentera inmutabilidad, y para otros un eterno presente. La fantasía del “Reino de los Cielos” se presenta como una expectación que ha de ser realizada en el futuro. Así mismo, el denominado “Juicio Final” del Nuevo Testamento implica la espera de un acabar, de un fin, pero con un veredicto sobre lo acontecido desde la creación hasta ese fin. Si nos preguntamos qué habría antes de la “Creación” y qué habrá después del “Juicio Final”, nos tocará o bien cambiar el tiempo concebido por el hombre por uno externo físico o bien entrar en el monocronismo.

Entre la creación y el fin sí estaría el tiempo múltiple del ser humano. Por lo tanto, los límites del tiempo están determinados por el hombre mismo. El juicio final expresa un límite en la rueda de la vida del hinduismo; aquí podríamos relacionarlo con todos los conceptos de espacio temporalidad y de llegar también a un “sin-fin”. Cuando decimos que llegamos a conclusiones en una discusión de postulados nos ubicamos en un momento, en una pausa de ese proceso discursivo conceptual. Por eso, los mismos pensamientos ubicados en un modelo nos delimitan, sin dejar nuestro arbitrio, el continuo cambio y movimiento en que nos situamos cuando recorremos los números. Cuando ponemos nuestra atención en un número, éste se nos fija temporalmente en la conciencia. El continuo moverse de un número a otros nos lleva a una desubicación y confusión. El movimiento puede ser progresivo o regresivo si se le pone respectivamente el valor más (+) o el menos (-). En ambos casos llegamos al concepto de que antes y después (creación y fin) está la eternidad. Hay quien se refiere a que el tiempo y el espacio están llenos de objetos y objetivos, “que no tienen valor sino en razón de sus efectos y en sus efectos” (Hoffding, H., 1909).

Un recurso empleado por el hombre para escapar a su angustia y confusión en el origen y el fin es la concepción de unidad de contrarios: el todo y la nada, el tiempo y el espacio, la esperanza y la paz o sus contrarios, lo activo y lo pasivo, lo masculino y lo femenino. En una palabra, en cambio de dos (uno y otro diferente) se encuentra una unidad en la que el “uno” se fusiona con el “todo”. En la fantasía son igualmente posibles “nada” y “todo”: así se llega al ucronismo, a la utopía, a la inmortalidad omnipotente y omnisapiente que se encuentra en ese concepto del todo y del poder de la creación que es lo máximo que el hombre desea; de aquí, antes o después se parte a los sueños y a los mitos como otra posibilidad de vivir más allá de lo conocido.

Una de las maneras como Sigmund Freud se acercó al conocimiento del ser humano fue a través de los mitos, así lo comunicó en los diversos trabajos que realizó en los que trajo a colación este tema.


333 Este temor también se observa en el pensamiento del enfermo ante la posibilidad de morir. Para el curioso de estas ideas consultar las obras Ideas de Vida y Muerte. A. De Francisco, 2001; “Acerca de la muerte”. Curso de Tanatología, Sánchez T. F., 2002.
334 Ver obra del autor Creación Arte y Psiquis, 2003.
335 Recuérdese su relación con el origen del teatro y especial con la tragedia.

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