Sueño Premonitor

Ya cerca de 60 años de dedicarme al psicoanálisis me parece apenas justo que traiga mi experiencia con respecto a los sueños premonitores. En realidad mi consciencia no registra o no desea recordar sueños premonitores de pacientes, posiblemente se deba a que “mi mente se deja ir en la situación analítica sin luego tratar de comprobar tal o cual hecho de la vida real del paciente, sino más bien de la realidad interna”; esa es mi habitualidad técnica y mi actitud psicoanalítica. Sin embargo, no puedo dejar de olvidar un recuerdo que tuve en mi úl­tima sesión analítica en el primer análisis cuando en 1954 me encontraba en mi entrenamiento psicoanalítico realizando el análisis didáctico con la Profesora Margaret Steinbach.

Resulta que mi análisis estaba programado cinco veces a la semana a las cinco de la tarde; era un lunes 5 de abril y asistí a mi sesión como de costumbre; a ella le llevé el siguiente “sue­ño que luego consideré premonitorio”. El sueño consistía en que “asistía a un entierro; veía un carro mortuorio tirado por un caballo y atrás iba el ataúd; caminamos varias personas a lado y lado, yo estaba al lado izquierdo”; le decía yo a la analista: “me parecía que era usted la que iba en el féretro”; me angustiaba y no comprendía lo que sucedía; “veía su cara y su cuerpo delgado”; asocie angustiado que era el entierro de ella quien a la vez era parecida a mi padre; recordé varios entierros de personas importantes para mí, especialmente el de mi abue­la y abuelo, y de cómo cuando mi padre estuvo enfermo por un accidente de tránsito estuvo al límite de la muerte; mi fantasía volvía a la figura del analista y le pregunté en la sesión si estaba enferma (obviamente ella no respondió); luego continúe haciendo referencia a que el entierro aparecía en un campo y las personas que asistíamos eran los compañeros de análisis; todos estábamos en silencio; en un momento mi analista me dijo: “usted sueña con la muerte de la autoridad, de los mayores, de su padre, con los que ha tenido problemas”; le respondí: “sí he tenido problemas pero no para desear o soñar su muerte; no sé si mi padre estará en­fermo, no lo creo” (mi padre estaba en Colombia y yo en España), “pero la persona del sueño, estoy seguro, era usted la que moría”, ella respondió: “esos son sus deseos con respecto a su padre”; le repliqué: “puede ser pero en el sueño era usted, era su entierro”.

Ella insistió en mis fantasías y deseos con respecto a mi padre y yo le respondí: “No, me da pena, no quiero que sea usted pero es usted la que muere” (en ese momento me vino la fantasía de si alguien debía morir, quien de los dos tenía que ser: mi analista o mi padre). Mi angustia impidió una respuesta. Todo esto se lo comuniqué a la analista. Esa fue en realidad mi última sesión la del lunes; el martes acudí como de costumbre a las cinco de la tarde y la señorita asistente, al timbrar en la puerta, me respondió: “la doctora no lo puede atender hoy”, lo cual nunca había ocurrido; al día siguiente regresé y me sucedió lo mismo; el día miércoles en el hospital en donde trabajábamos algunos de los candidatos, ya se rumoraba que la analista estaba enferma y luego supimos en qué clínica estaba hospitalizada.

Nos desplazamos los candidatos a la clínica y solicitamos al Jefe de Clínica Quirúrgica y a quien la había operado de una cirugía intestinal y al Director General; pedimos nos explicara las causas de la enfermedad; preguntamos sobre su futuro y nos mostraron que era indefec­tible su deceso; se discutió quien debía anunciárselo; la doctora María Luisa Herreros quien trabajaba en el Departamento de Clínica Médica del profesor Gregorio Marañón, y al doctor Ramón Del Portillo, el mayor de todos los analizados, a él se les sumaba el Profesor Juan José Rof Carballo, ellos propusieron que alguien de nosotros se lo comunicara; al quedarnos en silencio una persona que se sumó a otra sugirió que fuera Sánchez Medina. Era la primera vez en mi vida que tenía que anunciar la muerte; recuerdo que tenía miedo, pero me armé de coraje pensando en el mañana y enfrentándome a la realidad; entré a su habitación y le dije a solas al lado de su cama: “¿Margarita cómo se siente?”; ella respondió: “regular”; entonces fue cuando le dije: “usted está muy grave, esto no lo va poder resistir, ¿qué quiere que le haga antes de morir?” Ella respondió: “no voy a morir”, yo continúe: “Margarita, desafortuna­damente para todos sí va a morir”; ella volvió a responder: “Guillermo, lo espero el Lunes a la hora de costumbre a su sesión”. Aquí me di cuenta que nada podía hacer, le vi la fuerza y deseos de vivir, pero al mismo tiempo la negación ante esa dramática realidad y recordé el sueño de cuatro días atrás; pensé cómo la mente de la analista podía negar el final, que todos veíamos venir; le cogí la mano, me despedí y tres horas más tarde moría a las 3:30 pm., en un día frío soleado de un viernes 9 de abril del año 1954. Así fue como también recordé el 9 de abril de 1948 en Bogotá cuando mataron al líder político socialista Jorge Eliecer Gaitán, el cual me había condecorado, como el mejor “boy scout” en 1940, ocho años atrás.

Por lo tanto en mi mente aparecía lo por mí vivido por esa misma fecha, hacía seis años atrás en el llamado “Bogotazo” cuando un revolucionario que en ese entonces no sabía quién era y luego vine a saberlo 20 años más tarde por un amigo psiquiatra que estuvo con él per­sonalmente ese día; había sido Fidel Castro, quien fue el que me disparó con un fusil cuando por la noche me desplazaba a mi casa, atravesando el Parque de la Independencia; vi la ráfaga aproximadamente a metro y medio de mi costado derecho, dejándome estupefacto, pero no dio en el blanco; el sujeto alto en camisa con voz caribeña pidió que me acercara con las manos en alto y me preguntó: “¿Qué hace usted?”, yo respondí: “soy estudiante”; luego preguntó: “¿a dónde va?”, respondí: “a mi casa”; entonces me dijo: “corra porque lo van a matar”; luego mis pies volaban en esa noche fría humeante, lluviosa por la carrera séptima y con la angustia de que en cualquier momento me iban a disparar, mis piernas me salvaron y llegué a mi casa sano y salvo. Sin embargo hoy día me queda la incógnita si el disparo había sido de advertencia o no, lo cierto fue que vi el fogonazo a una distancia corta en el suelo. Sigo preguntándome que había podido pasar todo el tiempo sin saber quién había sido y el azar determinista me condujo a resolver la incógnita a través de mi amigo y quien confirmara el personaje que yo había reconocido en una fotografía de ese entonces y que apareció en el periódico.

Aquí quiero hacer la aclaración cómo pude saber que había sido Fidel Castro, porque en el periódico El Tiempo; en el cual apareció una serie de fotografías del líder Cubano en dife­rentes épocas de la vida y una del año 1948; cuando la vi dije: “este fue quien me disparó el 9 de Abril”. Así también llegué a cómo esa fecha había sido fatídica para Colombia y al mismo tiempo me había salvado y en 1954 era un cambio de mi vida.

Volviendo a la muerte de mi analista, este relato lo consigné en la obra “Psicoanálisis, Ayer, Hoy y mañana. Historia del psicoanálisis”, (página 74, 1991). Este sueño evidente­mente no fue bien analizado por mi analista, pues pensaba que yo transfería el deseo incons­ciente edípico de la muerte de mi padre en ella, y a la vez me lo devolvía (contenido latente y manifiesto); en el sueño yo estaba a la izquierda del cajón y en la realidad de la situación analítica (el diván estaba a la izquierda de ella); en realidad había una similitud en la facies de mi padre y de mi analista con expresiones duras, rígidas y penetrantes; los personajes candi­datos-analizados eran los mismos que asistimos a las honras fúnebres. Sin embargo, más de 50 años después sigo sintiendo la vivencia auténtica del sueño. ¿Por qué ocurrió esto? Pienso que mi mente en la relación transferencial, bien podía estar proyectando el deseo del crimen Edípico al analista en forma muy inconsciente, y por eso el grupo analítico inconscientemente me eligió para proferir la sentencia de muerte; sin embargo, a la vez, mi mente percibió los elementos que iba a ocurrir como una “premonición”, más cuando la misma escena que viví en el sueño se repitió en el entierro al día siguiente sábado 10 de Abril en una tarde fría, sola en que veía ese horizonte del campo seco castellano dejando un silencio largo.

Desde el punto de vista psicoanalítico, nos podemos preguntar si ¿existe la premonición o no? Personalmente no la puedo negar y puedo entenderla por mi vínculo profundo con mi analista en mi relación transferencial en la que pudo haber una sincronía y sintonía, más no la sintopía entre los dos; más existe otro elemento la escena del carruaje tirado por los caballos y los analistas a lado y lado; esa escena con sus imágenes vividas estuvo en mi mente antes que ocurriera; aquí podemos entender cómo mi mente estuvo en una atemporo espacialidad y ubicó dentro de un espacio y tiempo, el hecho. En el sueño no apareció la escena en donde se vivió cómo el ministro protestante de túnica negra, alto y rubio pronunciaba las palabras finales y terminó echando la tierra encima del cajón en el fondo de un hueco del cementerio protestante de Castilla. Personalmente me quedé en un vacío, con una soledad y tristeza muy profunda. Luego me dediqué a trabajar intensamente en mi tesis doctoral dirigido por el Pro­fesor Don Gregorio Marañón sobre “Psicosomática de la insuficiencia suprarrenal”, la cual presenté el 30 de Abril del mismo año y me dispuse a conseguir un nuevo analista, lo cual hice en Nueva York (441).

Un sueño premonitor de un accidente

En diciembre del año 2008 ocurrió que una señora soñó que iba manejando un automóvil BMW y tenía que frenar en una bajada y los frenos le fallaban, angustiándose ella por que corría el peligro de un accidente grave atropellando algún transeúnte o ella estrellándose se despertó. Al contar el sueño le dijo el esposo que debería tener mucho cuidado al manejar y debería mandar a revisar el automóvil; sin embargo, ella anotó que éste había salido del taller hacía 8 días con una revisión completa.

Una semana más tarde comunicó la señora a su esposo que tendría que hacer una dili­gencia y al conocer en dónde tendría que ir le dijo: “no te vayas en el automóvil tómate un taxi”. Dos horas más tarde el esposo es llamado por un extraño preguntando por él y comu­nicando que su señora se había estrellado pero a ella no le había pasado nada; el marido se desplazó inmediatamente y encontró que en la bajada por una calle empinada los frenos le habían fallado y su señora tuvo que estrellarse contra los andenes, esquivar a los transeúntes y otros vehículos; finalmente el BMW se detuvo puesto que las llantas se habían estallado y ella había hecho una maniobra cruzando por una calle empinada deteniéndose con el motor apagado. El peligro de muerte fue muy alto, las personas que miraron la maniobra gritaban, los niños salieron corriendo, pero a nadie le ocurrió nada y sólo la señora sufrió el trauma psíquico y el automóvil terminó nuevamente en el taller. El sueño acaecido en la semana anterior había sido premonitor de lo que ocurrió. Este es sólo un caso entre tantos en que se salva o no el soñante.


441 Podría a estas alturas de mi vida, después de los ochenta años utilizar la censura de mi conciencia y no traer tres experiencias personales y así no mostrarme; esto no ocurre porque prefiero ser fidedigno y que el lector pueda evaluar, criticar, reflexionar, cuestionar la experiencia auténtica que dejo consignada en estos textos para que otros la juzguen.

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