Mitología Griega, Destino Judeo-Cristiana e Islámica

Mitología Griega, Destino Judeo-Cristiana e Islámica

DR. GUILLERMO SÁNCHEZ MEDINA

Mitología griega y el destino

En el mito del destino según los griegos, “Por encima de todos los dioses estaba el Destino, – escribe ML Baudé – omnipotente divinidad nacida del Caos y de la Noche (la oscuridad, lo no conocido, lo no percibido visto), cuyas sentencias eran irrevocables, sin que nadie, ni Zeus (Júpiter) mismo, pudiese impedir su ejecución. Los romanos heredaron los mitos griegos y les dieron sus propios nombres. Con respecto al destino, éste era en parte ubicado en las Parcas diosas de los infiernos, dueña de la vida, de los hombres y por ende del destino.

“Representaban al Destino bajo la forma de un anciano ciego, teniendo un pié sobre el globo terráqueo y la cabeza rodeada con una aureola de estrellas para indicar que todo estaba a sus órdenes, el cielo, la tierra y los infiernos. En la mano tenía un libro y una urna que encerraba la muerte de todos los seres(Baudé, ML, 1879).

Sobre el ‘hado’, el ‘destino’, decían los griegos y los romanos: “volentes ducunt, nolen­tes trahunt, fata”. Los hados a los que aceptan su destino los conducen hacia él y a los que no lo aceptan los arrastran.

“El destino en los griegos se conecta con las ‘parcas’, eran llamadas así por ‘antífrasis’ de la palabra latina ‘parcere’ -perdonar- porque ellas no perdonaban a nadie. Las parcas eran tres diosas de los infiernos, dueñas de la vida de los hombres, cuya trama hilaban. ‘Clo­to’, que presidía el nacimiento tenía la rueca. ‘Laquesis’, daba vuelta al huso y ‘Atropos’, cortaba el hilo”, (487)

El mito del Destino hace relación al pasado, al presente y al futuro de los hechos que ocurren en la naturaleza. He aquí el acontecer del hombre, de su propio ser y de su entorno (tierra, fuego, agua y cielo).

El destino según la creencia judeo-cristiana e islámica y el mundo occidental

El judaísmo postula un Dios quien creó al universo y continúa gobernándolo; el mun­do es inteligible por que existe una inteligencia Divina, y Dios se rebeló en el monte Sinaí a Moisés con la ley en La Toráh que es la voluntad de Dios expresada en sus mandamientos y establecida una alianza o pacto” (Berí). Dios reconoce a Israel como su pueblo elegido. Aquí es necesario hacer la salvedad de cómo al ubicar la inteligencia en el Ser Supremo Dios, al hacerlo estamos deteniendo todo análisis y a la vez el sentido científico y filosófico que nos permite dudar, preguntarnos y quedar en la incertidumbre.

En la obra del autor “Ciencia, mitos y dioses” (2004) se trae textos del Toráh, de la Biblia, del Corán, así como diferentes mitos que han acompañado a la humanidad y se describe como nacieron las creencias en Dios construyéndose ese contexto por una gran necesidad de expli­car los hechos universales y así descubrir o ubicar el principio de causalidad; de tal manera sería como todo conduce a la determinación o al principio de causalidad y al destino del hombre en el cosmos.

El destino según la creencia cristiana también estaría determinada por Dios, pero con la salvedad de que nos queda la voluntad del libre albedrío también protegida por aquel el cual constituyó la trinidad padre, hijo (Jesucristo) y espíritu santo unidades substanciales de un ser único; obsérvese aquí que el espíritu aparece como una divinidad o parte distinta dife­renciada de Jesucristo hijo quien tiene una relación especial con su padre (488).

Por su parte el Corán como la palabra “creada por Dios” y revelada a Mahoma por medio del Arcán­gel Gabriel que lo hace infalible; así se cierran todas las posibilidades y análisis lógico, más cuando es un fundamento o principio de fe sin más cuestionamientos.

“En la oración ‘padre nuestro’ ,‘los cristianos’ piden al padre (dios) …‘hágase tu volun­tad’ no piden que se le ayude a hacer su propia voluntad sino que se someten a la voluntad del padre, dios que dicta el destino …`fiat voluntas tua’ y del mismo tenor son las palabras de Jesucristo crucificado: ‘¡si possibile est… transeat a me cáliz iste (si es posible…aleja de mí este cáliz, pero sólo si eso es posible).

Y la oración de sometimiento a la voluntad ‘divina’ o sea al destino trazado por dios pa­dre: ‘verumtamen non sicut ego volo, sed sicut tu! (en verdad ciertamente no como yo deseo sino como tú lo dispones)” (489).

Si hacemos una correlación de diferentes mitos en diferentes épocas, podemos obser­var cierto desarrollo cronológico de creencias y personajes míticos; por ejemplo, en el cris­tianismo el concepto Dios-Hombre que ya aparecía en los egipcios, o el personaje de Cristo, en alguna de sus manifestaciones, que aparecen en el budismo; obviamente los cristianos tomaron del judaísmo muchas de sus creencias y estos últimos al ser monoteístas lo trajeron de los egipcios con Akenatón; téngase en cuenta que los mismos vedas y egipcios ya tenían la tendencia monoteísta como Dios de los dioses (Sánchez Medina G., 2004). Aún más, se cree que en las sagradas o antiguas escrituras aparece el porvenir del hombre, es decir su destino.

Cristianismo, islamismo, hinduismo, confusionismo y taoismo, budismo, shintoismo, si­gismo, judaísmo, zoroastrismo, en total son 3.893.150.000 o más creyentes; ninguno de estas creencias y religiones tiene la respuesta exacta del destino.

Como ya se expresó, en la obra citada entre los primeros escritos se cuentan los de Kagèmnj, documentos donde aparecen “enseñanzas” con conceptos sobre el comporta­miento que debe tener el ser humano. Luego, en otros textos, aparecen interpretaciones de diferentes fenómenos humanos. Así, en el Kybalión se presentan “siete principios: el mentalismo” (490), la correspondencia, la vibración, la polaridad, el ritmo, la causa y efecto y la generación.

El nombrado Kybalión son los escritos de Hermes Trismegisto, el “tres veces grande”. Dichos principios han ido evolucionando a través de los siglos, y para comprobar sus evidencias se han escrito diferentes textos.

He aquí otra pregunta: ¿qué tiene que ver toda esta interrelación de hechos con el concepto de Dios? La respuesta se inicia para el lector, cómo a través de la obra se puede observar que muchas veces se ha llegado a ese término y además con el plan­teamiento de cómo por diferentes caminos se llega a lo mismo, a la idea y al concepto de Dios (¿como otro destino?).

Uno de estos caminos es el de los mitos y leyendas y otro es el de las normas, leyes y su historia. También hay que tomar en consideración la necesidad de explicar los diferentes fenómenos que conducen a la existencia, a la creación, al encuentro de las esencias y a la realidad del hombre que piensa, de su ser en la vida, y de un orden interno y externo en el que se incluye lo moral.

En los textos anteriores se hacía referencia a diferentes creencias religiosas, las cuales plasmaron sus interpretaciones del origen del universo conocido y del hombre, y hasta cierto punto el sentido de la vida, y, con ello el destino de sí mismo, del ser en el mundo; con ello aparece el principio de causalidad; sin embargo, con todo aquello nos quedamos en la creencia, en las interpretaciones teñidas de magia y omnipotencia, de explicaciones subjetivas y denominaciones como puntos de apoyo existencial.

Por lo tanto todas estas consideraciones pertenecen a la necesidad religiosa y espiritual para responder parte de las nueve preguntas, las cuales podrían resolver las incógnitas de los hechos del ser en el mundo: ¿qué, por qué, para qué, quién, cómo, cuándo, cuánto y dónde vivimos? y, así el azar determinista y el destino.

Aquí se impone otra pregunta: si acaso el hombre no pensara, ¿podría cuestionarse la existencia de causa y efecto, de principios de generación, de ritmos y polaridades, de vibraciones y correspondencias?

La respuesta es negativa, porque si el hombre piensa acerca de lo que percibe, es consciente de sus propias percepciones y se da cuenta de los diferentes cambios internos y externos; entonces se podrá preguntar: “¿de dónde vengo y para dónde voy?; ¿qué son energía y materia?; ¿qué es existencia?; ¿qué es la naturaleza íntima, lo conocible y lo incognoscible?; ¿qué son y por qué aparecen la intuición y la necesidad de explicaciones esenciales, así como de volverse a ligar en sus concepciones y explicar lo finito y lo infinito, lo mutable y lo inmutable, los ciclos de evolución e involución, la vida y la muerte, lo corporal y lo mental y lo trascenden­te?”.

Además nos preguntamos ¿cómo es que existe un universo conocido y otro descono­cido?, y ¿cómo el hombre crea sus imágenes mentales, la concepción del tiempo y del cosmos, como también las comparaciones y las identidades de género y más allá de él, en el adentro y afuera, en diferentes espacios?

Otra pregunta, con frecuencia se nos vie­ne a la mente: ¿quiénes somos? y aún ¿para qué estamos en esta vida? La respuesta a estas tres últimas preguntas ha sido motivo de múltiples reflexiones del hombre en dife­rentes épocas y perspectivas a través del tiempo.

Finalmente nos quedamos con límites en las respuestas muy sencillas; somos seres humanos en evolución que vamos como todo a un final y luego a la transformación y nuevamente a la continuación del ser en el mundo con la multiplicación de la especie y la aparición del hombre en la tierra o en el universo hasta que llegue el fin del sistema solar y/o nuestra galaxia; esto es otro hecho como tantos otros que nos permite pensar, conocer, ser conscientes y vivir el placer de estar vivos para ayudar a la naturaleza y propio destino, aquí ahora, con nuestro ser o hacer parte de ella en el cosmos; con este tipo de respuesta podría ce­rrarse el ciclo del ser en el universo.

Sin embargo, podemos imaginar que pueden existir seres semejantes, disímiles o muy diferentes con consciencias distintas en otros lugares de nuestra galaxia u otras lejanas; esto es otra posibilidad de un paralelismo en la evo­lución; de todas maneras, ubicamos al ser consciente en el cosmos, y éste en el infinito incógnito. De esa misma manera se conciben la realidad e irrealidad relativa, los sueños y ensueños.

Cuando no se puede ser se crea una nueva ilusión, más cuando existen un sentido y un significado común e individual en un sí mismo propio y colectivo. De la misma manera se adelantan preguntas y explicaciones sobre lo irreal y lo ilusorio, el principio y el fin, el todo y la nada, las partículas subatómicas y la energía cósmica como constantes efectivas y participativas.

Así se llega a lo que Heráclito (ca. 500 a. C.) postuló como “energía infinita”, que más tarde Herbert Spencer (1820-1903) explicó como la energía de la cual proceden todas las cosas y por la cual podemos transfor­marlas. A esa energía Freud le dio el nombre libido.

He aquí otra pregunta: ¿por qué necesitamos de Dios? La respuesta deviene, nueva­mente de la necesidad de controlar y explicar nuestras grandes energías para vivir o para morir, y algo más: la necesidad de una concepción de la ya mencionada “inmortalidad”, de una identificación con el TODO, con el espíritu creador.

A pesar de que los filósofos e ideólogos explican que el hombre es parte del TODO, del Dios Creador, llegamos sin embargo en todos estos debates conceptuales a la conclusión de que hay que responder: el hombre no es Él, sino “algo semejante a Él o a una parte de Él”.

De tal manera, si somos una parte y somos semejantes, nos identificamos y podemos tener, hasta cierto punto, una “parte inmortal”: he ahí nuestra esperanza ante la nada. Es así como en el mito de Gilgamesh encontramos que éste era “dos terceras partes dios y una tercera parte hombre”. (ver “Ciencia, Mitos y Dioses”, 2004).

Aquí nos podemos preguntar nuevamente si pueden existir más preguntas de causa y efecto, de complejidad y de correspondencia, así como de otras clases que no voy a mencionar aquí. La respuesta es que las preguntas son múltiples, y llegamos al punto de que no puede haber respuestas, y más aún cuando hay mundos desconocidos.

En efecto, po­demos llamar Dios a cualquier cosa, si nos place; al mismo hombre mortal lo podemos mitificar metafóricamente y jerarquizar, ubicándolo en una posición superior por su conocimiento, por sus sentimientos, por su actuación, por su vibración, por sus ritmos o polaridades organizadas y hasta por su género. Es así como podemos concebir al hom­bre hecho Dios o al Dios hecho hombre o mujer, con lo cual entramos en la dimensión de un equilibrio.


487 Aporte Italo Di Ruggiero (2010)
488 La relación padre- hijo es la base de la identificación.
489 Aporte Italo Di Ruggiero (2010)
490 El “principio del mentalismo” postula que “todo es mente y el universo es infinito y mental”, como una mente universal. Sin embargo, en este principio está postulado el poder de la energía y de la materia, como también las partículas subatómicas, los espacios vacíos y los huecos negros. En estos últimos conceptos se incluyen las leyes del universo y la llamada fuerza cosmológica, que contiene y cohesiona todo. ¿Qué entendemos por poder? Se trata del dominio o de la facultad que tiene el hombre para mandar o ejecutar un acto. Por esto se habla de poder del Estado, poder de un Gobierno, poder absoluto, arbitrario, despótico, constituyente, ejecutivo, espiritual, judicial, legislativo, real, parcial, total, temporal, público, natural y sobrenatural y el del conocimiento en general o científico en especial. (véase capítulo VI Op. cit.).

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