Creencias religiosas espirituales, El Infierno

El Infierno

El término infierno viene del latín inférnum o ínferus: inferior, subterráneo, lugar en donde después de la muerte las almas de los pecadores sufren, son torturadas eternamente; es el Tártaro y/o el Hades de la mitología griega y el inframundo de las religiones paganas, equivalente a Gehena (proveniente del griego “ge”, “en”, “na” o “destrucción”) (es el infierno o purgatorio judío) y se acerca al Aides o el Sheol o Hinno (Jeremías 19, 6), lugar de los muertos para los egipcios y hebreos respectivamente; obviamente se opone al cielo cristiano, o al edén o al paraíso de otras creencias religiosas.

Se observa cómo, el uso de la terminología se realiza para enunciar al infierno con diferentes palabras provenientes de los griegos, arameos, israelitas y otros pueblos.

La cita sobre el infierno se hace en el Antiguo y Nuevo Testamento (Génesis, Jeremías y los Evangelios de Mateo, Lucas, Pablo en la carta a los Corintos, Apocalipsis, Epìstola de Santiago); en todos ellos encontramos que en el infierno está el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles como “un lugar de tormento, con un horno de fuego y un lago de fuego y azufre en donde el gusano no muere y el fuego nunca se apaga”, el fuego quema pero no se extingue.

El uso de la palabra “infierno” es variado y en ocasiones se habla de sepulcro, muerte, sepultura mortuoria o profundo, a punto de morir y abismo, o fosa u hoyo o caverna y albercas de fuego.

El término Aides siempre aparece en el Antiguo Testamento lo mismo ocurre con la palabra griega Gehena.

Existen también infiernos mayores y menores; la mayoría de las veces está en la profundidad, en el más abajo o inferior y cerca a los fuegos; sin embargo, en algunas creencias existe el infierno de los hielos, como lo puso Dante en sus poemas.

El cristianismo se basa más en el Nuevo Testamento y han aparecido una serie de hipótesis sobre su origen que lleva el nombre de “Apocatastasis” o restauración.

Existen teólogos que creían que la mayoría se condenaría al infierno; sin embargo, otros han sostenido que existe una razonable esperanza que las personas serán salvadas; por ejemplo el acto de amor que realizó Cristo en la cruz.

En la enciclopedia católica del Siglo XX se dice que: “teólogos son unánimes en enseñar que tales excepciones nunca ocurrieron y nunca ocurrirán, más el dogma católico no rechaza el suponer que Dios pueda, a veces, por una excepción liberar un alma del infierno”.

He aquí una ambigüedad y cierta contradicción. El teólogo jesuita Hans Küng rechaza la existencia del infierno, pues es incompatible con el amor de Dios, (33).

En los escritos de San Juan aparece lo siguiente: “si alguno oye mis palabras y no la guarda yo no lo ponderaré; el que no cree ya está juzgado”.

Lo que se supone es que el infierno no es una venganza divina y el cielo y el infierno no pertenecen al mismo nivel, ni son simétricos, ni exactamente opuestos; sin embargo, existe la causa y el efecto, el mal o el pecado y como consecuencia la culpa y el castigo.

De una u otra manera, existe un juicio de valores, un juicio final con la resurrección de los muertos para los cristianos, para obtener la misericordia de Dios y poder establecer la relación con Dios, ser salvados se requiere de arrepentirse de los pecados y creer, de corazón, en Dios.

De todas formas cielo e infierno serían opuestos y ambos son precristianos y procedentes de mitologías ya expuestas en otro lugar. En el Antiguo Testamento no se amenaza a los pecadores con el sufrimiento después de la muerte.

Sin embargo la posición judía es que para ellos el infierno es lugar de purificación, un castigo de un año, y para algunos eternamente.

En los sumerios 2750 a.C.

Se escribió en tablillas el mito de Gilgamesh en la Tablilla IX el personaje Gilgamesh deja de cuidarse de sí mismo, no solo por el duelo de su amigo Enkidú que ha muerto, sino porque se da cuenta que él también va a morir, lo cual le causa depresión y pánico; decide no seguir viviendo al menos que se le conceda la “vida eterna”, entonces emprende el más peligroso viaje posible, hacia donde se encuentra con Utnapishtin (gran rey antes del diluvio que está en un lugar lejano en los confines del mundo junto con su esposa y son los únicos mortales a los que los dioses han concedido la vida eterna).

Gilgamesh parte y llega al monte Mashu que resguarda la salud y puesta del sol, y es “el más allá”. En la tablilla X Gilgamesh llega a una posada y lo conducen al barquero Urshanabi quien lo lleva a la otra orilla de la vida pasando por las aguas de la muerte.

Tablilla XII Gilgamesh baja al infierno en donde encuentra a su amigo Enkidú que por desobediencia no puede salir de allí y sucumbe; en el infierno está Rabisu de Energal, dios del infierno quien es un raptor, el cual ha abierto un orificio en el infierno y el fantasma de Enkidú sale como un soplo, y se abraza a su amigo Gilgamesh y le pide describir el infierno al cual responde: “si te digo las reglas del infierno que he visto, te sentarás a llorar” y dice además: “mi cuerpo, que tu corazón se complacían a acariciar… lo comen los gusanos… como grietas de la tierra…”, Gilgamesh sigue preguntando.

“¿…a quien tuvo un… dos… tres… cuatro… cinco…, seis hijos lo has visto tu?” Enkidú responde: “Sí, los he visto… por su yunta de cuatro mulas…”, “Al que golpeó un mástil… Murió de muerte prematura en su lecho nocturno… quien murió en la batalla… a aquel cuyo cadáver yace en la cepa… los has visto tu?”.

“Si, lo he visto,… no tienen su alma descanso en la tierra”. “¿A aquel que no tiene quien vea por su alma, lo has visto tu?”.

“Si, lo he visto”, responde Enkidú, “… come las sobras de las cazuelas, las migajas tiradas a la calle”, (Sánchez Medina, 2004). Obsérvese aquí que en el poema se explicita que el alma vive después de la muerte y la necesidad de cuidar de ella y de seguir una vida hasta cierto punto terrenal, más allá de la muerte con protección de las figuras maternas y del padre; al final Gilgamesh grita a su madre que lo libere de la angustia, de la confusión y caos de la muerte que en otras palabras es el infierno o el mundo de la culpa, el castigo, los cadáveres, la destrucción, la fragmentación, el terror y la crueldad.

Es así como aparece la esperanza (de la madre protectora o sus sustitutos) de que otros dioses puedan sacarlos o librarlos de allí.

Quiero resaltar aquí también cómo existen lo “conocido”, “lo oculto” y la “recuperación del conocimiento de todos los tiempos”, que es el de la vida y la muerte.

Gilgamesh, el gran héroe, poseía todo el conocimiento (nemequ), pero la verdad sobre la inmortalidad “no la conocía y no la conoció”. He ahí también la diferencia entre hombre, dios y animal. Los dioses y los animales no tienen conciencia de la muerte, los primeros porque no mueren y los segundos porque no tienen conciencia.

Los hombres y los animales se angustian ante la muerte, con la gran diferencia de que los primeros sí tienen conciencia del fin de la vida.

Ese es el límite en las características del animal, el hombre y los dioses, límite construido por el hombre para alimentarse de más vida y de inmortalidad. Así pues el límite de lo humano es también un modo de enfrentarse a la inmortalidad.

En el mito de Gilgamesh también vemos no sólo lo heroico sino el drama en la muerte de los personajes. Esto lo vemos en los mitos helénicos 2500 años después; sólo se salva en el mito sumerio el viejo paciente y sabio Utnapishtím quien es protegido por los dioses y conoce el secreto de la eternidad.

En los griegos, Platón aparece con el mito de Er o Érebo hijo del caos y personificación de la tiniebla infernal; de la unión de Erebo con la Noche nacieron el Eter y el Día, algunas veces las Esfinges, las cuales eran monstruos con cabeza de mujeres, alas, garras que chupaban la sangre; los ahuyentaba y perseguía la ninfa Carna.

Averno era el nombre antiguo de los griegos y romanos de un cráter y era la entrada al inframundo, a los infiernos.

Los griegos creían que las almas de los muertos permanecían en el Hades después de atravesar la laguna Estigia; allí no sufrían otro tormento que el de su exilio y separación de sus seres queridos.

Homero en el poema de la Odisea hace descender a su héroe al Hades; y, Odiseo el personaje conversa con los muertos de la guerra de Troya y con su propia madre.

Hades es regido por el Dios hijo de Titán Crono; los romanos lo adoptaron como Plutón (rey de los muertos) y quien custodia los metales preciosos.

Los otros personajes eran las Furias y las Moiras, las primeras permanecían bajo la tierra y atormentaban a los malos en vida, eran mujeres con cabellera de serpientes y eran también llamadas Erinias; en Roma se les denominaba Parcas y su tarea era hilar el hilo de la vida.

Hades era acompañado por Cervero, perro de tres cabezas y por Caronte barquero que conducía las almas al mundo subterráneo.

En el inframundo griego se plantea el gran foso de Tartaro, el río de fuego llamado Flegetonte que sirvió como prisión de los Titanes. El territorio de los muertos era gobernado por el dios Hades o Érebo y en donde estaba Estigia y Aqueronte; entre las almas condenadas se encontraba Tisio, Tántalo y Sisifo.

Aquí recuérdese que en los campos Eliseos moraban los muertos virtuosos iniciados a los misterios antiguos.

Los cinco ríos de Hades eran Aqueronte (la pena), Cocito (los lamentos), Felgetonte (fuego), Lete (olvido) y Estigia (odio).

Como ya se observó Ades es hijo de Cronos y Rea y fue devorado por su propio padre el cual sabia por Urano que uno de sus hijos lo destronaría; gracias a Zeus fue vomitado saliendo de su vientre; participó en la lucha contra los Titanes.

Ades después de una lucha desarma a Cronos gracias a un casco que lo hace invisible; y Zeus después de la victoria reparte el universo quedándole a Ades el mundo subterráneo, es el rey de los muertos.

El nombre de Ades significa invisible. Los romanos siguieron las creencias griegas, cambiaron los nombres de los dioses y continuaron con diferentes rituales, los cuales se expandieron por todo el imperio hasta la caída del mismo.

En el budismo aparece el infierno con el vocablo del sánscrito correspondiente al inframundo como Naraka que significa humano o del ser humano (“nara” igual a ser humano, y “aka” varón).

Esta creencia proviene de ciertas ideas del hinduismo y luego proyectado en el sigismo y yainismo. Naraka es un sitio de tormento.

También existen los términos Naraka en sánscrito; Niraya en palí; Nárók en thai; Neraka en malayo; Naraku en japonés; Narak en coreano; Nàlùojiā en chino; myal Ba en tibetano.

Naraka significa los seis reinos de la existencia de mayor sufrimiento en la creencia budista, doctrina que se extendió al oriente. Sin embargo, tiene una relación con el purgatorio; nótese que esta creencia emigró a la China, Japón, Corea, Malasia y obviamente en el Tibet.

Ese estado de Naraka es el resultado del karma de acuerdo a pensamientos, palabras y acciones. El reino de la creencia del Naraka está abajo en las cavernas, en el interior de la tierra.

Existen 8 Narakas helados y ardientes en donde el sadismo con esas temperaturas se expresa en forma escalofriante produciendo un dolor físico que nunca se acaba porque cuando se ha terminado una acción, se inicia otra de grandes sufrimientos con un tiempo eterno o de millones de años.

Los sufrimientos de los moradores del Naraka viven en el ya mencionado mundo subterráneo inframundo; mas existen los Pretas que viven en la tierra.

En la literatura budista aparece cómo los méritos en la vida pueden mitigar el sufrimiento del Naraka; y, aún el monje japonés Gen Shin escribió sobre los fundamentos de la salvación y así mismo lo hicieron los tibetanos en el escrito llamado “Ramrin”.

En todos ellos aparecen monstruos y todo ese mundo fantasmagórico de terror y sufrimiento.

Las religiones judeocristianas y la islámica tuvieron contacto con la religiosidad de la India y el budismo, de ahí que muchos actos y rituales y creencias se asemejan.

En el Corán como en el Nuevo Testamento aparece que en el primero Mahoma y Jesucristo fueron al infierno.

Siglo IX Al-asari hizo descripciones minuciosas y ricas en figuras que más tarde Ibn Arabi desarrolló aspectos teológicos.

El “Libro de la escala” de Mahoma proveniente con los diálogos con el Ángel Gabriel aparece una bestia llamada Alborac monstruo mezcla de asno, hombre y pájaro.

El profeta Mahoma al descender al infierno antes de penetrar al cielo pregunta al tesorero de aquel (el infierno): “¿cómo fue creado el infierno, cómo fueron creados los ángeles que allí moran y qué clase de vida llevan?” Se le respondió:

“El infierno fue creado al principio, Dios hizo prender fuego sobre él durante setenta mil años, hasta que estuviera al rojo vivo. A continuación, sobre este fuego prendió otro durante el mismo tiempo, hasta que todo se hizo blanco y sobre este otro, hasta que todo quedo completamente y más tenebroso que ninguna cosa.

Es un fuego que siempre permanece ardiendo intensamente en sí mismo y no provoca llama alguna. Sobre los ángeles del infierno,…. Dios los creó del fuego, se alimentan del fuego y si salieran simplemente del fuego, morirían al instante, ya que no pueden vivir sin el fuego.

Dios los creó sordos y mudos e infundió en su corazón tal insensibilidad y tanta crueldad que nadie podría expresarlo.; no saben hacer otra cosa que torturar y atormentar con crueldad a los pecadores.

Son insensibles con la humildad de los pecadores y los atormentan golpeándolos con enormes mazos de hierro (Corán: En verdad hemos enviado al infierno a nuestros ángeles fuertes insensibles y crueles para que cumplan y respeten nuestras órdenes y nos obedezcan en todo lo que les hemos mandado). Empezamos a vislumbrar la terrible dureza del castigo”, (34).

Obsérvese que los que van al infierno son los infieles. En la creencia islámica Dios vuelve a recomponer para que vuelvan a sufrir más.

Las tierras del infierno son también siete, cada una impide la muerte y obliga al sufrimiento con sus especialidades especialmente con el fuego. También son siete las puertas del infierno y en cada puerta hay 70 mil montañas, 70 mil fuentes de ríos de fuego.

Estas creencias y otras más asociadas, se encuentran en los textos, en las conversaciones de Mahoma con el ángel Gabriel, no existiendo “ni un átomo de misericordia y compasión”.

Los adúlteros, usureros, los que no oraron los infieles van al infierno. En el islamismo también se ve la aberrante crueldad sádica punitiva de gran intensidad por toda la eternidad.

En los judeocristianos el infierno aparece pero con menor intensidad. El concepto de infierno para los judeocristianos también tiene confluencias con el egipcio y mesopotámico; sin embargo, los hebreos tienen una concepción ambigua sobre el infierno, lo cual aparece en el antiguo testamento, pues aquel, “el infierno es la morada de los muertos o Sheol, el punto de cita de todos los vivos” (Job 30, 23).

Es también “una sobra de existencia sin valor y alegría que reúne las sombras y se imagina como un agujero, un pozo o una fosa de una noche sombría”. (Job 10,21s).

Allí no se puede alabar a Dios, ni esperar su justicia, es el desamparo total. Los poderes infernales no tienen fuerzas opuestas, es el lugar de los pecadores, (aquí podría plantearse todos los conceptos de pecados según cada una de las religiones de lo cual no pretendo hacer este estudio).

En el Antiguo Testamento se hace alusión no solamente a las puertas de Sheol que Ezequiel ve, sino a la consunción de Sodoma y Gomorra por las llamas (Génesis 19, 23; Am 4,11; Sal 11,6); así mismo la devastación del paraje de Tofet en el valle de Gehana.

La muerte en el fuego es proveniente de Yahvé (Génesis 19, 24).

De la misma manera, el infierno se presenta como un abismo sin fondo y lluvia de fuego y el ardor de la ira y soplo de Yahvé; es el horror eterno y él arma a la creación para castigar a los enemigos (Sab 5, 15 ss).

En el Corán se plantea el juicio final, las malas y buenas acciones, las primeras a la izquierda y las segundas a la derecha, se menciona las montañas, ciudades, castillos, casas y lechos de fuego.

Para los cristianos el infierno proveniente de las creencias judaicas y tienen un salto puesto que se habla de “perder el alma y el cuerpo” (Mateo 10, 28), sin embargo, en el Nuevo Testamento en el mismo escrito de Mateo aparece el Señor quien declara: “no os conozco… arrojadlos fuera a las tinieblas” (25, 12 y 25, 30).

Dentro de la misma concepción Jesucristo como otros casos, descendió a los infiernos, lo que significa “la muerte del hombre y su triunfo sobre la misma con la resurrección”, “subiendo por encima de todos los cielos”. Según los textos, la humanidad condenada por Adán es redimida de los infiernos adquiriendo el don de la vida eterna, gracias a Cristo; sin embargo, “los que no obedecen a su evangelio… son castigados con una pérdida eterna…” (2Tes 1, 8 s).

En la segunda audiencia de Juan Pablo II del miércoles 28 de Junio de 1999 tocó el tema sobre: “el infierno como rechazo definitivo de Dios”.

Allí se plantea que es “el Dios padre bueno y misericordioso. No se trata de un castigo de Dios infringido desde el exterior, sino del desarrollo de premisas ya puestas por el hombre en esta vida.

La misma dimensión de infelicidad conlleva esta oscura condición…en un infierno el cual es consecuencia del pecado mismo que se vuelve contra quien lo comete y a la vez quien rechaza la misericordia. Las escrituras se utiliza un lenguaje simbólico en que los muertos se reunían en el Sheol, una fosa, de donde no se puede salir y no es posible dar gloria a Dios.

En el Nuevo Testamento se proyecta una nueva luz en Cristo con su resurrección venciendo la muerte y extendiendo su poder liberador también en el reino de los muertos.

Existe la redención, el ofrecimiento de salvación y corresponde al hombre a acogerse con libertad; sin embargo, el infierno es lugar de pena definitiva sin posibilidad de retorno o mitigación del dolor” (Cf. Le 16, 19-31).

En la Apocalipsis se habla del lago del fuego, de una segunda muerte, de una ruina eterna, “alejados de la presencia del señor y de la gloria de su poder” (2Tes 1, 9).

Para Juan Pablo II el infierno es más que un lugar una situación en que se encuentra quien libre y definitivamente se aleja de Dios y “morir en pecado mortal sin arrepentimiento ni acogerse al amor misericordioso de Dios, significa seguir separado de él para siempre en el infierno”. La condenación consiste en el alejamiento definitivo de Dios.

Se plantea cómo en la fe cristiana enseña el “sí” y el “no”, o el “o”, como posibilidad real de decisión. Todas las escrituras no pueden ni deben crear psicosis o angustia, sino más una exhortación necesaria y saludable a la libertad en comunión con la Trinidad.

Esta perspectiva llena de esperanza permanece en el anuncio cristiano; y, la tradición litúrgica de la iglesia dice: “Acepta, Señor, en tu bondad esta ofrenda de tus ciervos y de toda tu familia santa, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos dentro de tus elegidos”.

En las religiones orientales y del este asiático existen el hinduismo, budismo, hainismo, sigismo, taoísmo, shintoísmo, confucianismo y todos creen que la vida es un tránsito y existen reencarnaciones.

En el poema épico del sánscrito llamado “Majávharata” dice: “el infierno tiene tres puertas la lujuria, la cólera y la avaricia; y, el infierno aparece después de reencarnar y pasar los karmas”.

En el politeísmo existen diversos dioses y divinidades con sus jerarquías

Egipcios y griegos produjeron sus diferentes escritos y costumbres; en los primeros está el Duat, el libro de Amduat, el de las cavernas, las puertas y el libro de los muertos; primero, se menciona el “juicio” de Osiris, el espíritu del difunto debería de ambular; segundo “el viaje al otro mundo” se hace con una serie de sortilegios.

En el tercero hay “premios y castigos” que se padecen, en el cuarto se debe pasar por una serie de puertas y etapas en el viaje y se requiere reconocer a la deidad y en el último es el texto funerario con fórmulas mágicas y sortilegios que ayudan a superar el juicio de Osiris y viajar al Aarú.

En todos estos textos se encuentra la libertad de decisión para actuar, sin embargo, hay que recabar sobre esa libertad y esas decisiones que muchas veces no le acompaña la libertad; además, para el cristiano no puede apartarse del evangelio, sin el riesgo de la ruina eterna.

Un aspecto a hacer énfasis es cómo todas esas creencias se fueron tejiendo a través de los tiempos de su propia cultura en la historia de cada pueblo.

Podemos concluir que el infierno es la relación de y con Dios, del hombre mismo y del amor, así como de la esperanza y de la vida quedando el ser en la nada, en la no existencia, en la soledad absoluta sin amor y, como describe J. Razitger en “La Muerte y el Más allá” evocando a “el niño que debe pasar solo por la noche por un bosque oscuro… con pavor,… y el miedo en sí mismo…”.

Aquí me permito plantear que el terror, las ansiedades primitivas en el inconsciente pueden hacerse conscientes directa o indirectamente a través de sus derivados y provienen de lo profundo, del sí mismo que es el que se violenta y destruye su propia existencia en sus esencias; más aún, a todo esto el hombre con su fe y creencia se defiende de esa muerte interna.

Francois Varillon escribió el libro “Joie de croire, Joie de vivre” (Felicidad de creer y felicidad de vivir), (Varillon, 1999); allí presenta no solamente la temática sino las reflexiones teológicas, las condiciones de la grandeza de nuestra libertad, la temática del infierno y Dios, y el Cristo revelado, Dios y hombre.


33 “En el Evangelio de San Juan, los que se salvan serán solamente 144 mil. Cifra que aceptó Calvino en su reforma religiosa (puro determinismo). Para Juan Pablo II el infierno no es un lugar sino un estado de ‘falta de Dios’”, (De Francisco, 2012).
34 https://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/audiences/1999/documents/hf_jp-ii_aud_28071999_sp.html#top

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