El Mundo Psicológico de Kafka: El Proceso, Parte IV y V

Cap 8

IV

Kafka relató magistralmente en “El Proceso” los pormenores del juicio a que fue sometido Joseph K., y las situaciones legales injustas que tuvo que afrontar. La Ley, para Kafka, tiene relación con un principio de justicia no escrito, anhelado por el hombre pero siempre inalcanzable y evasivo. Es, por otra parte, un signo de poder, un elemento de dominio, que unido a la arbitrariedad aparente que simboliza el tema de la novela, rige la existencia de los seres humanos.

En otras narraciones, Kafka se refirió a la Ley, la Justicia, y los problemas que se enfrentan los ciudadanos corrientes como consecuencia de la transgresión de las leyes. Su formación de abogado y su trabajo profesional en el Instituto de Seguros le permitían comprender muy bien las dificulta-des que experimenta el hombre en sus conflictos con la justicia.

Dos de sus relatos cortos tienen que ver directamente con el tema. En el primero, titulado “Sobre la cuestión de las leyes”, Kafka se refiere a algunas disposiciones legales, cuyo análisis le permite criticar con severidad las situación social imperante en las grandes ciudades del Imperio. Es un escrito en el que formula en lenguaje jurídico consideraciones socio-políticas sobre la política reinante a la caída de la monarquía y en los comienzos inestables de la naciente república checa. Así se expresa:

“En general, nuestras leyes no son conocidas; constituyen un secreto del pequeño grupo de aristócratas que nos gobierna. Aunque estamos convencidos de que estas antiguas leyes son cumplidas con exactitud, resulta en extremo mortificante verse regido por leyes que uno desconoce…. Las leyes son tan antiguas que los siglos han conducido a su interpretación; y esa in-terpretación se ha vuelto ley también. Pero las libertades posibles acerca de su interpretación se hallan muy restringidas aunque subsistan todavía. Por lo demás, la nobleza no tiene evidentemente ningún motivo para dejarse influir en su interpretación por su interés personal en perjuicio nuestro, ya que las leyes fueron establecidas desde su origen por ella misma….”. Y agrega: “Un partido, que junto a la creencia en las leyes, repudiara la nobleza, tendría inmediatamente a todo el pueblo a su lado; pero un partido semejante no puede surgir porque nadie se atreve a repudiar a la nobleza. Vivimos sobre el filo de esa cuchilla…. La única ley visible y exenta de duda que nos ha sido impuesta, es la nobleza. ¿Y de esta única ley habríamos de privarnos nosotros mismos?”.

El segundo relato, es la parábola “Ante la Ley”, que forma parte del célebre capítulo IX de “El Proceso”, y que fue publicada inicialmente como un cuento aislado. En esta narración, que recuerda los escritos posteriores de García Márquez, Joseph K. asiste a la catedral a mostrarle a un cliente del banco algunos monumentos artísticos. Allí entabla un diálogo con un sacerdote, que es además capellán de la cárcel, es decir, un funcionario del sistema, que sabe que el proceso de Joseph K. anda mal y que desde el comienzo se le considera culpable. “Sin embargo, no soy culpable, dijo Joseph K. Cómo puede ser siquiera culpable el ser humano? Eso es cierto, dijo el sacerdote, pero así suelen hablar los culpables”.

La conversación con el eclesiástico versa sobre una Justicia a la que no es posible engañar. “Al juzgar a la justicia te engañas”, le dice el capellán, y le relata en seguida una parábola referente al engaño: “Un hombre del campo se presenta ante un guardián para pedirle que le permita acceder a la Ley. El guardián le dice que en ese momento no le puede permitir la entrada: “Si tanto es tu deseo, haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Ante cada una de las salas, también hay guardianes; el uno más poderoso que el otro…. El campesino no había previsto tantas dificultades. La Ley, piensa, debería ser siempre accesible para todos y en todo momento…. El guardián le da un banco y le permite sentarse a un costado de la puerta. Allí permanece sentado días y años…. ” Durante largo tiempo, el campesino confía infructuosamente en poder acceder a la Ley, y envejece esperando. “Finalmente, su vista se debilita; no sabe si realmente se oscurece a su alrededor, o si son sólo los ojos que le engañan…. Antes de su muerte, se concentran en su cabeza las experiencias de tiempos pasados que toman forma en una única pregunta que hasta ahora no le había formulado al guardián: “Todos se esfuerzan por llegar a la Ley, dice el hombre, ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?” El guardián comprende que el hombre está para morir, y para que sus débiles oídos puedan oírlo, le grita: “Nadie podía pretenderlo porque esta entrada estaba reservada sólo para tí. Ahora, voy a cerrarla”.

Joseph K. y el sacerdote expresan en el diálogo sus opiniones dispares sobre la justicia y la interpretación de la Ley: “No hay que considerar ver-dadero todo lo que se dice, afirma el sacerdote. Es menester considerarlo sólo necesario”. “Sombría opinión es ésta, replica Joseph K. De este modo se hace participar a la mentira en el orden del mundo…..”. “Pertenezco a la justicia, dice el sacerdote. ¿Por qué entones habría de querer algo de tí? La justicia nada quiere de tí. Te acoge cuando vienes, y te deja ir cuando te marchas”.

***

Erich Fromm considera que “El Proceso”, para ser entendido, debe ser leído como si se tratara del relato de un sueño, un sueño largo y complicado, en el que los hechos externos que se desarrollan en el tiempo y el espacio son representaciones de los pensamientos y sentimientos internos del que sueña, es decir, de Joseph K. Para Fromm, la lucha de Joseph K. se establece entre la “Ley” que guarda en su corazón y la ley autoritaria del tribunal. Para Joseph K., ambas cosas son iguales, y precisamente porque no es capaz de hacer la distinción entre las dos, se confunde, sigue trabado en la lucha con la conciencia autoritaria y no se entiende a sí mismo.

Fromm considera en su estudio, que la novela no simboliza la confrontación edípica de padres e hijos, sino la lucha de un Yo confundido y débil contra la autoridad. Y termina su excelente análisis diciendo: “Toda su vida Joseph K. había estado buscando soluciones, o más bien tratando de que los demás se las dieran; al final, planteaba problemas y los planteaba adecuadamente. Sólo el terror a la muerte le otorgó el poder de percibir la posibilidad del amor y la amistad, y, paradójicamente, en el momento de morir tuvo, por primera vez, fe en la vida”.

V

Kafka expresó sus fantasías conscientes en sus obras, y ocasionalmente también en las cartas y en los “Diarios”. Sus escritos están impregnados a tal punto de lo onírico, que lo fantástico y lo real se hacen indistinguibles. En los “Diarios” aparecen, aquí y allá, innumerables sueños, muchos de los cuales, por su variedad y riqueza, constituyen por sí mismos verdaderas joyas de la literatura. En ellos aparecen espacios inmensos que recuerdan un poco a su novela “América”; teatros gigantescos en donde se representan dramas o comedias; reuniones alegres o tristes en los cafés de Praga con amigos aún vivos o ya desaparecidos; animales pequeños que se transforman en galgos que andan erguidos; buitres que muerden su garganta y mueren ahogados en su propia sangre; y además, breves instantes que se tornan nebulosos con rapidez al despertar y que dejan las sensaciones propias de lo efímero, de lo fugaz.

Una carta a Milena, escrita “un jueves en la mañana”, es una muestra excelente de las fantasías conscientes de Kafka. Dice así: “La calle es ruidosa; además están construyendo en la esquina opuesta. La casa de enfrente no es la iglesia rusa sino una casa de departamentos llenos de gente. No obstante, estar solo en una habitación es tal vez una condición necesaria de la vida; estar solo en la casa, una condición necesaria de la felicidad. Una condición, porque, de qué me serviría la casa si no viviera, si no tuviera una patria donde descansar….? Pero así, la casa forma parte de mi felicidad, todo en silencio, el cuarto de baño, la cocina, el vestíbulo y las tres habitaciones, sin ese ruido de las casas de departamentos, ese ambiente de burdel, ese incesto de cuerpos. Los pensamientos y los deseos irrefrenables, han perdido hace rato el dominio de sí mismos donde en todos los rincones, entre todos los muebles, surgen relaciones prohibidas, cosas impropias, fortuitas, criaturas ilícitas, y donde nada se parece nunca a tus silenciosos suburbios vacíos del domingo sino a los salvajes arrabales abarrotados y sofocantes de un ininterrumpido sábado en la tarde”.

En un corto relato, se narra un sueño de Joseph K., que bien puede haber sido del mismo Kafka, en el que el protagonista de “El Proceso” se encuentra de improviso en un cementerio ante el montículo de una tumba que ejerce sobre él una extraña fascinación. Dos hombres que aparecen en se-guida sostienen una lápida en el aire y la plantan en tierra firmemente al descubrir a Joseph K. Un tercer hombre, un artista, entra en escena para gravar una leyenda en la lápida que se inicia con las palabras: “Aquí yace”, inscritas con letras de oro purísimo. El artista quiere continuar escribiendo la leyenda, pero algo se lo impide; hondamente perplejo se vuelve hacia K., quien también participa de su perplejidad. Una campana fúnebre repica a lo lejos y cesa de hacerlo ante una señal del artista. Este logra inscribir una primera letra, la letra K, pero al llegar a la segunda, la J, el trazo se vuelve impreciso. El artista golpea entonces con furia el montículo de tierra, que rápidamente se deshace en el aire. Joseph K. comprendió muy tarde de lo que se trataba, y al caer hacia atrás en lo profundo de la tumba, “pudo ver su nombre que atravesaba rápidamente la lápida de espléndidos adornos. Encantado por esta visión, se despertó”.

DÉJANOS TU COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!