El Mundo Psicológico de Kafka: La vida de Trabajo, Parte I

Cap 11

I

En los años que precedieron a Gran Guerra, Kafka trabó conocimiento con vanguardistas checos importantes que en ese entonces eran casi desconocidos, y asistió a las veladas que organizaba la señora Berta Fanta, esposa de un conocido farmacéuta, a las que concurrían personalidades del mundo intelectual de la ciudad. En esas reuniones se familiarizó con los fundamentos teóricos del socialismo y escuchó exposiciones sobre las teorías de la relatividad de Einstein, la teoría cuántica de Plank y el psicoanálisis freudiano. Es posible que en ese medio se interesara también por los asuntos religiosos que en su niñez le habían parecido indiferentes y aburridos. En estos círculos, que al igual que la literatura llenaban su espíritu, Kafka se familiarizó con los problemas más trascendentales de su tiempo, antes de comenzar a escribir sus principales obras. Pero, además de asistir a reuniones intelectuales, debía dedicar buena parte de su tiempo al trabajo más prosaico del Instituto de Seguros de Praga y a las actividades de negocios de su familia.

Las labores de Kafka en el Instituto le ocupaban solamente las horas de la mañana. Hacía el trámite de los recursos que interponían las empresas contra la adscripción de sus organizaciones a una determinada clase de riesgos profesionales; las asesoraba jurídicamente con eficiencia y preparaba las medidas de prevención contra los accidentes de trabajo. Contribuía además a la redacción de los informes anuales del Instituto y enviaba colaboraciones a los periódicos, que siempre publicaba con seudónimo. Con el correr del tiempo, calificaría despectivamente a la Compañía como un “nido de burócratas”, a pesar de que sus jefes siempre le trataron de manera bondadosa y cordial. En las tardes se ocupaba de vigilar las labores que se realizaban en el negocio de su padre, o se desempeñaba como supervisor de la fábrica de amianto de su cuñado Karl Hermann, en la que tenía una pequeña participación gracias a los aportes económicos paternos. Finalmente, dedicaba las horas de la noche a sus labores literarias en plena soledad. A lo largo de casi veinte años, no cesó nunca de protestar por esa forma “absurda” de vivir que no le permitía cumplir plenamente con su constante anhelo de escribir.

El ambiente de trabajo del negocio paterno, que conoció de cerca cuando cursaba la enseñanza secundaria y la carrera de Derecho, fue desastroso para su sensibilidad. A él refirió en la “Carta al padre”, en la siguiente forma: “Como poco a poco me infundiste terror en todos los sentidos, y el almacén y tú mismo eran para mí una sola cosa, tampoco me gustaba el almacén. Las cosas que al principio me parecieron naturales allí, luego me atormentaban; me avergonzaba especialmente tu manera de tratar al personal…. Te oía y te veía gritar, insultar y enfurecerte hasta un extremo que en mi opinión de entonces no tenía parangón en todo el mundo…. No sólo ha-bía insultos sino otras formas de tiranizar a la gente…. Allí mismo recibí la enseñanza de que podías ser injusto; por mí mismo no la hubiera advertido tan pronto, porque el sentimiento de culpa acumulado te daba la razón….. Una situación tal me hacía insoportable el almacén, me recordaba demasiado mi relación contigo…. Más tarde tuve miedo del establecimiento. Me parecía un trabajo excesivo para mis fuerzas ya que, según afirmabas, consumía incluso las tuyas….”.

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Kafka describió en sus “Diarios” el tedio, la monotonía, la tristeza y la desesperanza de los trabajadores de las fábricas. En algún escrito suyo, se refería a los obreros “como una muchedumbre que avanzaba a pasos minúsculos y cuyo canto era más uniforme que el de una sola voz humana”. Idéntica impresión a la que tuvo cuando empezó a escribir “La Condena”. Y en una entrada de sus “Diarios”, en febrero de 1912, señaló el aspecto sórdido de las fabricas de comienzos del siglo XIX, de acuerdo a la visión que se había formado de las trabajadoras en su trato cotidiano con ellas en los negocios familiares:

“Ayer en la fábrica. Las muchachas con sus vestidos intolerablemente sucios y sueltos, con el pelo revuelto como si acabasen de despertarse, con la expresión cerrada a causa del ruido incesante de las correas de transmisión y de las máquinas que a pesar de ser automáticas tienen imprevisibles paros bruscos; no son personas, no las saludamos, no les pedimos disculpas cuando tropezamos con ellas; si las llamamos para un pequeño trabajo, lo realizan, pero vuelven inmediatamente a la máquina; con un gesto de cabeza les indicamos donde deben colocarse; ahí están en enaguas, sometidas al más mínimo poder, y ni siquiera tienen la mente suficientemente serena para reconocer dicho poder y ganarse su aquiescencia con una mirada o unas inclinaciones.”

“Pero así que dan las seis, se llaman las unas a las otras, se quitan el polvo con un cepillo que recorre toda la sala y que las impacientes reclaman; se ponen las faldas por la cabeza y se lavan las manos lo mejor que pueden. A pesar de la palidez y de los dientes estropeados, pueden sonreír y menear sus anquilosados cuerpos. Ya no podemos tropezar con ellas, mirarlas, y pasarlas por alto; nos pegamos a las mugrientas cajas para dejarles libre el paso, nos quitamos el sombrero cuando nos dan las buenas noches, y no sabemos cómo portarnos cuando una nos sostiene el abrigo para que nos lo pongamos”. También para ellas, el último minuto de trabajo era el trampolín al buen humor….

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Las condiciones de trabajo en las fábricas, el trato despótico de los patronos y la desesperanza de los obreros afectaban severamente a Kafka. Pensaba que en la fábrica de su familia era un lugar equivocado para él y que nunca podría acostumbrarse a trabajar allí. A finales de 1911 escribió en los “Diarios”: “Cómo me tortura la fábrica…. No sé nada de su funcionamiento. Durante la inspección de hoy estuve dando vueltas inútilmente con la sensación de haber sido apaleado. Jamás me será posible conocer todos los detalles del funcionamiento de una fabrica. Y si lo consiguiera por medio de interminables preguntas, que concluirían por molestar a los operarios, ¿qué habría alcanzado con ello?…. El esfuerzo inútil hecho en la fábrica me quita además la posibilidad de disponer de unas horas vespertinas para mí, lo que conduce fatalmente al aniquilamiento de mi existencia que aun sin ese suceso, se va limitando más y más con el tiempo”.

En enero de 1915, anotaba: “Mientras tenga que ir a la fábrica no podré escribir nada. Creo que lo que siento ahora es una incapacidad especial para el trabajo. El contacto inmediato con la vida laboral, aunque interiormente no pueda sentirme más ajeno a ella, me quita toda visión de conjunto, como si estuviera en un desfiladero y además, anduviera con la cabeza baja”.

Su sentido social, dice Brod, afloraba cuando veía algún obrero mutilado a causa de las deficientes seguridades que le ofrecía el trabajo: “Qué modestos son estos hombres”, dijo alguna vez con cierta ironía. “En lugar de destruir el Instituto y aniquilarlo todo, vienen a pedirnos algo”. En julio de 1913, decía con tristeza: “He sollozado al enterarme del proceso de una tal Marie Abraham, de treinta y un años de edad, que a causa de la miseria y el hambre estranguló a su hijo de nueve meses con una corbata de hombre que usaba como liga. Una historia totalmente sintética”.

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