Evolución: vida, cuerpo y mente

Capitulo 1

(Rev. Col. Cardiología. Vol. 7: 123, No. 3, Junio, 1999).

A mediados del siglo XVII un célebre religioso inglés, el Arzobispo Ussher, calculó las generaciones que en la Biblia se extienden desde Adán hasta Jesús, y estableció que la creación del mundo se había efectuado en el año 4004 a.C. Otro clérigo, John Lightfoot, precisó aún mas la fecha del nacimiento del universo para situarla en el día 23 de octubre de ese año a las 9 a.m.. Se concedía la posibilidad de que pudiese existir un error de hasta cincuenta años, en exceso o defecto sobre esa fecha, pero en general se pensó que el año 4000 era el más adecuado, con el apoyo en la creencia popular de que la historia bíblica se podía dividir nítidamente en períodos de mil años. En ese sentido se consideraba que a los seis días del Génesis seguían seis mil años, cuatro mil anteriores al nacimiento de Cristo y dos mil posteriores; y que la humanidad, como lo pensaba Lutero, estaba en su sexto y ultimo “día”. Para el reformador religioso la corrupción del hombre había alcanzado niveles tan altos que no era dable pensar que se pudiera llegar a completar el segundo milenio. La humanidad, pensó Lutero, terminaría su existencia antes de que se cumpliera un siglo. Las razones por las cuales el arzobispo Ussher había agregado 4 años a los cuatro mil que pensó inicialmente, se basaban en los estudios de Johannes Kepler sobre los eclipses. El célebre astrónomo consideró que un eclipse había sido la causa de la oscuridad del día de la muerte de Cristo, y al cotejar ese hecho con sus datos científicos, pensó que era necesario agregarle cuatro años adicionales a la cifra de cuatro mil del Arzobispo para que los cálculos fueran del todo satisfactorios.

No había pasado una década desde de la muerte de Ussher cuando el naturalista John Ray, especulando sobre la formación de las montañas y otros fenómenos geológicos de fácil observación, puso en duda la fecha establecida por el Arzobispo y señaló que la tierra se había formado por cambios graduales llevados a cabo durante tiempos prolongados, o por violentas catástrofes que los habían producido en un tiempo histórico de menor duración. Los debates geológicos de los siglos XVIII y XIX se centraron en estos dos puntos de vista: Tiempo o Catástrofes, sostenidos con igual ardor por uniformistas y catastrofistas.

El desarrollo de la geología, a partir del siglo XVII, dio origen a diversas postulaciones en relación a los cambios experimentados por la corteza terrestre, postulaciones que intentaban ser compatibles con las enseñanzas del Génesis. Algunos de los catastrofistas sostenían que se habían presentado veintinueve catástrofes geológicas antes del Diluvio Universal, en cuya existencia creían a pie juntillas, pero que en los tiempos que corrían, el Creador actuaba sobre la tierra con menos energía que en los seis días de la Creación y que los cambios geológicos que se presentaban eran de menor cuantía, tales como la erupción de un volcán o el cambio del curso de un río. Los llamados Vulcanistas pensaban que las erupciones volcánicas cambiaban la faz de la tierra en proporción a su magnitud, en tanto que los conocidos como Neptunistas sostenían su creencia en la acción modificadora de las aguas; les era, sin embargo, difícil explicar qué había ocurrido con el agua del Diluvio que había llegado a cubrir las cimas más altas de las montañas. Imaginaban que las aguas poco a poco se habían filtrado hacia el interior de la tierra, o bien que un cuerpo celeste que había pasado cerca del planeta las había atraído hacia los espacios exteriores. Los debates fueron vehementes pero condujeron, de todos modos, a que ambos grupos pensaran que si las rocas eran “sedimentarias”, es decir, formadas mediante lentos procesos de sedimentación por las aguas, o eran “ígneas”, es decir, debidas a la acción del fuego volcánico, de igual manera habían tardado largo tiempo en formarse.

A finales del siglo XVIII Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, pensó que la tierra se había formado por materia proveniente del choque del sol con un cometa; que inicialmente era una esfera incandescente que se había venido enfriando hasta lograr alcanzar la temperatura actual en el curso de setenta y cinco mil años. Los teólogos criticaron acerbamente esa posición porque consideraban que la Biblia y la geología no podían estar en contradicción y que los geólogos no podían apartarse de las enseñanzas del texto sagrado. Buffon se vio obligado a retractarse en su Historia Natural con las siguientes palabras: “No tengo intención de contradecir el texto de la Sagrada Escritura…..Creo firmemente en todo lo contenido en ella en relación a la Creación…..y abandono todo lo concerniente a la formación de la tierra que se encuentra en mi libro y en general que pueda ser contrario a la narración de Moisés, habiendo presentado mi hipótesis sobre la formación de los planetas solo como una suposición de la filosofía”.

Por su parte, Georges Cuvier, paleontólogo francés posterior a Buffon, postuló la idea de que los fósiles extraídos de capas rocosas de la región aledaña a París, correspondían a animales extinguidos misteriosamente mucho tiempo antes, y que los estratos geológicos de rocas sedimentarias eran antiguos y se habían formado muchos miles de años atrás. A mediados del siglo XIX los geólogos consideraban ya que la edad de la tierra era bastante antigua aunque sostenían que no sobrepasaba la cifra exigua de varios cientos de miles de años. Lord Kelvin, años después, amplió aún más la edad del planeta llevándola hasta el límite de los cien millones de años.

En las discusiones que se suscitaron desde el siglo XVII hasta finales del XIX, sobre las postulaciones de la ciencia y la autoridad de la Biblia sostenida por las diferentes Iglesias, las posiciones se tomaban con vehemencia y eran con frecuencia irreconciliables. La importancia de la cuestión religiosa era más fuerte en Inglaterra que en el continente, donde la Revolución Francesa había establecido instituciones seculares. Hombres como Cuvier no temían ya a las autoridades eclesiásticas como había sido el caso de Buffon. Pero en Inglaterra, se requería ser clérigo para ocupar posiciones académicas en las Universidades de Cambridge y de Oxford en donde no existían aún posiciones satisfactorias para los científicos.

Los debates geológicos de mediados del siglo XIX no cuestionaron la existencia de Dios, pero llegaron a admitir, gracias a los estudios de Sir Charles Lyell publicados en su tratado “Principles of Geology”, el concepto fundamental de esa ciencia: el Tiempo. Sin admitir la necesidad de largos períodos de tiempo para la formación de los estratos geológicos, cualquier teoría que quisiera explicar la evolución de los animales y del hombre estaría destinada a fracasar. Ya para entonces se consideraba que los seis días del Génesis se referían a seis periodos cronológicos de duración no cuantificada. Darwin, quien había estudiado geología y había publicado estudios sobre la formación de las rocas antes de estudiar la evolución de los seres vivos, necesitaba para sus planteamientos de millones de años, más allá de los 4004 del Arzobispo Ussher; no en otra forma le hubiera sido fácil explicar el desarrollo de estructuras tan delicadas y especializadas como el ojo de una mosca o el cerebro humano.

El aristócrata francés Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, caballero de Lamarck, publicó sus puntos de vista evolucionistas en su obra “Philosophie Zoologique”, aparecida en 1809, año del nacimiento de Darwin. La tesis central de su pensamiento era que las estructura de los animales se modificaba en el tiempo como respuesta a los cambios del medio ambiente y del hábitat, y que los caracteres adquiridos en la evolución de los seres vivos se transmitían a las generaciones siguientes por herencia. Creía en el poder innato de la naturaleza conferido a ésta por Dios y en la realidad de la escala ascendente de los seres vivos cuya culminación era la especie humana.

Cien años antes de Lamarck se había puesto en duda la posibilidad de que los ratones se “crearan” en las camisas sucias y que los gusanos se originaran en las carnes podridas; se consideraba ya que en los puntos más bajos de la escala de la vida podrían surgir organismos vivos a partir de la materia inerte. Aunque Lamarck creía que la fuerza propulsora de la escala vital era Dios, no aceptaba la creación instantánea de animales superiores como la que se describe en los primeros capítulos del Génesis. Los ingleses le tildaron por ello de ateo y su apoyo inicial a la Revolución Francesa no hizo otra cosa que aumentar el desagrado que por él sintieron los eclesiásticos y los aristócratas de Londres.

Charles Darwin publicó su libro “Origin of Species” en 1859, pero desde veinte años antes, venía desarrollando su teoría de la evolución basándose en tres hechos importantes: en primer lugar, la superabundancia de las formas del reino animal y las finas gradaciones existentes entre ellas que las alejaban de las rígidas clasificaciones de Linneo; en segundo lugar, la excelente adaptación de cada organismo a su ambiente; y en tercero, el cambio permanente del mundo en que vivían las especies animales, como había tenido ocasión de observarlo en Sudamérica al presenciar la erupción de un volcán y al constatar los cambios geológicos ocasionados por un terremoto. Abandonó entonces la idea del carácter fijo de las especies y dedujo que cuando se producían cambios ambientales, los animales que se adaptaran al medio eran los que tenían más oportunidades de sobrevivir. En su autobiografía se expresó en la siguiente forma: “La selección era la clave del éxito del hombre para lograr razas útiles de animales y plantas. Pero la forma en que la selección pudiera aplicarse a organismos que vivían en estado natural continuó siendo por algún tiempo un misterio para mí. En 1838 leí, para distraerme, a Malthus en su “Ensayo sobre el Principio de la Población”, y estando bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que se encuentra en todas partes, por la larga observación continuada de los hábitos de los animales y las plantas, de inmediato pensé que en tales circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse y las desfavorables a destruirse. El resultado de esto sería la formación de una nueva especie”.

La revolución iniciada al divulgarse simultáneamente las teorías de Charles Darwin y Alfred Russell Wallace produjo amplias y candentes controversias, en razón a que los conceptos científicos presentados no se habían definido del todo en la época de la publicación de las teorías evolucionistas. Por otra parte, se ocasionaron debates de orden religioso y moral en los cuales la posición de Darwin fue brillantemente defendida por Thomas Huxley. Una bien conocida anécdota que ilustra el ambiente en que se desarrollaron las discusiones, fue el debate de 1860 entre Huxley y el obispo Samuel Wilberforce en el curso del cual éste preguntó al primero si era “por su abuelo o por su abuela que reclamaba descender del mono”. Huxley replicó de inmediato diciendo que si se tratara de escoger entre tener por abuelo a un simio o a un hombre que utilizaba mal su elocuencia para introducir el ridículo en una discusión científica seria, no vacilaría en afirmar su preferencia por el simio.

La divulgación de las ideas de Darwin en Alemania estuvo tan llena de exagerado entusiasmo, que llevó a Ernest Haeckel a sostener que el darwinismo abría perspectivas enteramente nuevas al conocimiento humano. “El progreso, decía, es una ley natural que ningún poder humano, ni las armas de los tiranos, ni los anatemas de los sacerdotes, pueden lograr suprimir… El estancarse es una regresión y la regresión trae consigo la muerte. El futuro pertenece sólo al progreso”. Haeckel utilizó las nuevas doctrinas como una arma contra la religión, y en especial contra el Cristianismo, lo que produjo contraataques en nombre de la fe y la moral tradicional.

Se temió que la nueva biología sirviera como trampolín a la acción política. Los progresistas vieron en la nueva teoría un símbolo de su propia lucha para liberarse de la autoridad opresiva del estado y de la iglesia; lo que estaba en juego no era la veracidad de una teoría biológica sino la estabilidad misma de la sociedad. En esto estaba centrado el punto crucial del darwinismo que demandaba, para algunos, una nueva revisión de las propias actitudes fundamentales. El doctor Sedgwick, antiguo profesor de geología de Darwin, le escribió lo siguiente: “Existe una parte metafísica o moral de la naturaleza al igual que una física. El hombre que niegue esto se encuentra en medio del fango de la locura. La corona, la gloria de la ciencia orgánica, radica en establecer el vínculo entre lo material y lo moral…..Usted ha ignorado ese vínculo…..Si pudiese romperse, lo que gracias a Dios no es posible, la humanidad, en mi opinión, sufriría un daño que podría brutalizarla, y que hundiría a la raza humana en un grado tan bajo de degradación como no se ha visto desde que conocemos su historia”.

Asa Gray, profesor de Historia Natural de la Universidad de Harvard, devoto y ortodoxo cristiano, intento conciliar la selección natural y las creencias religiosas. Por un lado, entendió las llamadas “leyes naturales” como instrumentos de creación de que se sirve Dios para ejercer su regular y providencial actividad. “He llegado a aprender, decía, que es una concepción tan noble de la Deidad creer que Dios ha creado formas primarias capaces de autodesarrollarse en todas las demás formas necesarias, como creer que Dios ha requerido de actos frescos de su intervención para llenar las lagunas que El mismo ha hecho.” Por otra parte, la existencia de variaciones de las especies, cuyas causas tanto Gray como Darwin ignoraban, eran atribuidas por el primero a la acción de Dios que las ordenaba para fines particulares, tesis que Darwin no compartía. Para Gray, la selección natural, operando solamente por el azar, no podría haber producido la complejidad y el diseño adecuado de los organismos que se observan en la actualidad; concebía entonces como indispensable la acción divina para dirigir el sentido de cada variación, ordenada de acuerdo a los fines particulares del Creador.

Después de la muerte de Darwin en 1882 y de su entierro en la Abadía de Westminster, al lado de la tumba de Sir Isaac Newton, sus ideas evolucionistas fueron generalmente aceptadas aunque se siguió discutiendo la forma como ocurrían los cambios del proceso evolutivo. El progreso de las ciencias biológicas comenzó a desentrañar los mecanismos de la herencia y de la reproducción y sus sucesores continuaron sosteniendo la selección natural como el mecanismo más adecuado para explicar las variaciones de las especies.

Con el correr del tiempo aparecieron nuevas postulaciones científicas: El botánico holandés Hugo De Vries, en su libro “La Teoría de la Mutación”, adelantó la idea de que los cambios evolutivos se producían por mutaciones repentinas y que éstas eran más importantes que el desarrollo gradual de la selección; para esto se apoyaba en las ideas de Mendel, cuyos estudios habían sido descubiertos cincuenta años después de su muerte y cuyos resultados experimentales habían sido debidamente comprobados. Años más tarde, Stephen Jay Gould postuló como mecanismo de la evolución el equilibrio puntuado, según el cual “la historia de la evolución no es la de un desenvolvimiento constante, sino la de un equilibrio alterado sólo en raras ocasiones por rápidos y episódicos eventos de especiación.” De acuerdo a esta idea, las especies una vez aparecidas cambian muy poco con el tiempo. Si se habla de invertebrados marinos, esto significa cinco o diez millones de años; pero es obvio que hay evolución y el cambio adaptativo parece estar asociado a episodios de especiación en un sentido formal. Muy pronto los dos puntos de vista, el de la selección gradual y el de las mutaciones súbitas, fueron aceptados por algunos naturalistas como complementarios.

El desarrollo de la genética y los estudios sobre los cromosomas y los genes contenidos en ellos, llevados a cabo por diferentes investigadores, condujo a la síntesis establecida por Dobzhansky en su libro “Genetics and the Origin of Species”, que sirvió de puente entre los geneticistas experimentales y los naturalistas de viejo cuño. Estos, aceptaron que la herencia operaba a través de partículas muy pequeñas representadas por los genes. A su vez, los geneticistas aceptaron que los efectos obtenidos por los cambios ocasionados por los genes individuales eran pequeños y que las mutaciones súbitas no eran la fuerza propulsora de los cambios evolucionarios. El darwinismo modificado, fue entonces explicado con amplitud por Julian Huxley, nieto de Sir Thomas, en su libro “Evolution. The modern Synthesis.”

Desde finales del siglo pasado se sabía que los núcleos de las células contenían ácido nucleico, sustancia rica en fósforo, antes desconocida; hacia 1930 se había establecido ya la existencia del ácido ribonucleico, o RNA, en el protoplasma celular, y del ácido desoxirribonucleico, o DNA, localizado exclusivamente en los cromosomas del núcleo. Erwin Schrödinger en su libro “What is Life”, discutió la posibilidad de que los genes fueran portadores de información codificada y que, al igual que el código morse expresa letras mediante secuencias de puntos y rayas, el material genético podía estar formado por hileras de moléculas cuyo orden secuencial representaba la información.

En 1953 los científicos James Watson y Francis Crick, en Inglaterra, en una vertiginosa competencia contra-reloj con el profesor Linus Pauling, del Instituto Tecnológico de California, lograron determinar la estructura molecular del DNA y su forma de replicación. Por sus descubrimientos les fue otorgado el premio Nobel. Ocho años después, Francois Jacob y Jacques Monod, en Francia, encontraron que el RNA actuaba como mensajero llevando una copia de las instrucciones del DNA a los ribosomas celulares, estructuras en las cuales las secuencias moleculares eran leídas y traducidas en proteínas. La estructura del DNA es copia fiel del DNA fuente. Si se presentan variaciones entre un niño y sus padres, es porque el código genético heredado por el niño es una combinación de genes de ambos progenitores; mediante la reproducción sexual, los genes, como en una baraja, se mezclan para pasar de una generación a otra.

A partir de este tipo de estudios, y de allí en adelante, las investigaciones se centraron en el código genético mismo y en la posibilidad de adaptarlo a propósitos científicos específicos. Un inmenso campo de investigación y aplicación práctica se ofrecía al mundo de la ciencia en el estudio íntimo de los elementos moleculares que tienen que ver con aspectos fundamentales de la vida misma. El doctor Manfred Eigen, laureado con el Nobel de Química, consideró que el azar no es tan importante en el desarrollo evolutivo como se había pensado anteriormente; que por el hecho de que algunas estructuras químicas se formen con mayor facilidad que otras, y en razón a que algunas estructuras intermedias son más estables que otras, es posible concebir que pueda haber existido una especie de “selección natural” a nivel molecular. Esto resultaría en que las estructuras químicas bastante complejas, necesarias para la vida, se formarían con más facilidad de lo que el simple azar pudiera sugerir y que en los albores de la historia de la tierra hubieran podido existir bloques químicos a partir de los cuales se hubiera llegado a la molécula final de DNA. Los pasos intermedios de ese proceso aún permanecen en el misterio pero ya no es posible pensar que la molécula de DNA hubiera surgido exclusivamente por azar en un súbito instante.

Si las teorías de la selección natural se han llevado tan lejos en el campo de lo infinitamente pequeño, como diría Pascal, también se llevan en la actualidad al terreno de lo infinitamente grande, de lo universal. En 1989, el físico norteamericano Lee Smolin contempló la posibilidad de que pudiera existir un mecanismo de selección natural que permitiera que ésta se hiciera extensiva al universo entero. “Comparando los universos con los animales, y las propiedades de las partículas elementales con los genes, dice Smolin, ya tenía un mecanismo por el que la selección natural produciría universos con un conjunto de parámetros que llevaría a la máxima producción de agujeros negros, puesto que un agujero negro es la forma que tiene un universo para reproducirse.” Los agujeros negros son las extrañas estructuras, postuladas por Stephen Hawking, que representan áreas del universo de una inmensa fuerza de gravedad, que permiten el ingreso a su interior de la materia y no permiten la emisión al exterior de fotones de luz. Los agujeros negros se encuentran al parecer en todas las galaxias y su existencia es ya aceptada por la comunidad científica. Agrega Smolin que la idea de que hay principios de autoorganización a escala astronómica parece ser cierta y concluye diciendo: “La idea de que una galaxia es un sistema autoorganizado, más una ecología que un acumulo inerte de estrellas y gas, se ha difundido entre los astrónomos y físicos que estudian las galaxias.” Las postulaciones científicas de Smolin han sido consideradas por algunos como “ideas prometedoras” y establecen el puente entre el nivel cuántico y el clásico en la física: de un lado Planck, iniciador de la mecánica cuántica y Heisenberg, quien postuló el principio de incertidumbre y con él las leyes de probabilidad que rigen en el orden de las partículas subatómicas, y del otro, Einstein, con sus teorías clásicas de la relatividad que no incluyen en su concepción las leyes posteriormente desarrolladas por la mecánica cuántica.

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