Evolución: Vida, Cuerpo y Mente

Capítulo 1

ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

(Rev. Col. Cardiología. Vol. 7: 123, No. 3, Junio, 1999).

A mediados del siglo XVII

A mediados del siglo XVII un célebre religioso inglés, el Arzobispo Ussher, calculó las generaciones que en la Biblia se extienden desde Adán hasta Jesús, y estableció que la creación del mundo se había efectuado en el año 4004 a.C. Otro clérigo, John Lightfoot, precisó aún mas la fecha del nacimiento del universo para situarla en el día 23 de octubre de ese año a las 9 a.m..

Se concedía la posibilidad de que pudiese existir un error de hasta cincuenta años, en exceso o defecto sobre esa fecha, pero en general se pensó que el año 4000 era el más adecuado, con el apoyo en la creencia popular de que la historia bíblica se podía dividir nítidamente en períodos de mil años.

En ese sentido se consideraba que a los seis días del Génesis seguían seis mil años, cuatro mil anteriores al nacimiento de Cristo y dos mil posteriores; y que la humanidad, como lo pensaba Lutero, estaba en su sexto y ultimo “día”. Para el reformador religioso la corrupción del hombre había alcanzado niveles tan altos que no era dable pensar que se pudiera llegar a completar el segundo milenio. La humanidad, pensó Lutero, terminaría su existencia antes de que se cumpliera un siglo.

Las razones por las cuales el arzobispo Ussher había agregado 4 años a los cuatro mil que pensó inicialmente, se basaban en los estudios de Johannes Kepler sobre los eclipses.

El célebre astrónomo consideró que un eclipse había sido la causa de la oscuridad del día de la muerte de Cristo, y al cotejar ese hecho con sus datos científicos, pensó que era necesario agregarle cuatro años adicionales a la cifra de cuatro mil del Arzobispo para que los cálculos fueran del todo satisfactorios.

No había pasado una década desde de la muerte de Ussher

No había pasado una década desde de la muerte de Ussher cuando el naturalista John Ray, especulando sobre la formación de las montañas y otros fenómenos geológicos de fácil observación, puso en duda la fecha establecida por el Arzobispo y señaló que la tierra se había formado por cambios graduales llevados a cabo durante tiempos prolongados, o por violentas catástrofes que los habían producido en un tiempo histórico de menor duración.

Los debates geológicos de los siglos XVIII y XIX se centraron en estos dos puntos de vista: Tiempo o Catástrofes, sostenidos con igual ardor por uniformistas y catastrofistas.

Desarrollo de la geología, a partir del siglo XVII

El desarrollo de la geología, a partir del siglo XVII, dio origen a diversas postulaciones en relación a los cambios experimentados por la corteza terrestre, postulaciones que intentaban ser compatibles con las enseñanzas del Génesis. Algunos de los catastrofistas sostenían que se habían presentado veintinueve catástrofes geológicas antes del Diluvio Universal, en cuya existencia creían a pie juntillas, pero que en los tiempos que corrían, el Creador actuaba sobre la tierra con menos energía que en los seis días de la Creación y que los cambios geológicos que se presentaban eran de menor cuantía, tales como la erupción de un volcán o el cambio del curso de un río.

Los llamados Vulcanistas pensaban que las erupciones volcánicas cambiaban la faz de la tierra en proporción a su magnitud, en tanto que los conocidos como Neptunistas sostenían su creencia en la acción modificadora de las aguas; les era, sin embargo, difícil explicar qué había ocurrido con el agua del Diluvio que había llegado a cubrir las cimas más altas de las montañas.

Imaginaban que las aguas poco a poco se habían filtrado hacia el interior de la tierra, o bien que un cuerpo celeste que había pasado cerca del planeta las había atraído hacia los espacios exteriores.

Los debates fueron vehementes pero condujeron, de todos modos, a que ambos grupos pensaran que si las rocas eran “sedimentarias”, es decir, formadas mediante lentos procesos de sedimentación por las aguas, o eran “ígneas”, es decir, debidas a la acción del fuego volcánico, de igual manera habían tardado largo tiempo en formarse.

A finales del siglo XVIII Georges Louis Leclerc, conde de Buffon:

Pensó que la tierra se había formado por materia proveniente del choque del sol con un cometa; que inicialmente era una esfera incandescente que se había venido enfriando hasta lograr alcanzar la temperatura actual en el curso de setenta y cinco mil años.

Los teólogos criticaron acerbamente esa posición porque consideraban que la Biblia y la geología no podían estar en contradicción y que los geólogos no podían apartarse de las enseñanzas del texto sagrado. Buffon se vio obligado a retractarse en su Historia Natural con las siguientes palabras: “No tengo intención de contradecir el texto de la Sagrada Escritura…..

Creo firmemente en todo lo contenido en ella en relación a la Creación…..y abandono todo lo concerniente a la formación de la tierra que se encuentra en mi libro y en general que pueda ser contrario a la narración de Moisés, habiendo presentado mi hipótesis sobre la formación de los planetas solo como una suposición de la filosofía”.

Por su parte, Georges Cuvier, paleontólogo francés posterior a Buffon, postuló la idea de que los fósiles extraídos de capas rocosas de la región aledaña a París, correspondían a animales extinguidos misteriosamente mucho tiempo antes, y que los estratos geológicos de rocas sedimentarias eran antiguos y se habían formado muchos miles de años atrás.

A mediados del siglo XIX los geólogos consideraban ya que la edad de la tierra era bastante antigua aunque sostenían que no sobrepasaba la cifra exigua de varios cientos de miles de años. Lord Kelvin, años después, amplió aún más la edad del planeta llevándola hasta el límite de los cien millones de años.

En las discusiones que se suscitaron desde el siglo XVII hasta finales del XIX:

Sobre las postulaciones de la ciencia y la autoridad de la Biblia sostenida por las diferentes Iglesias, las posiciones se tomaban con vehemencia y eran con frecuencia irreconciliables.

La importancia de la cuestión religiosa era más fuerte en Inglaterra que en el continente, donde la Revolución Francesa había establecido instituciones seculares. Hombres como Cuvier no temían ya a las autoridades eclesiásticas como había sido el caso de Buffon.

Pero en Inglaterra, se requería ser clérigo para ocupar posiciones académicas en las Universidades de Cambridge y de Oxford en donde no existían aún posiciones satisfactorias para los científicos. (Lea También: Los Fundamentos de la Relación Medico-Paciente)

Los debates geológicos de mediados del siglo XIX no cuestionaron la existencia de Dios, pero llegaron a admitir, gracias a los estudios de Sir Charles Lyell publicados en su tratado “Principles of Geology”, el concepto fundamental de esa ciencia: el Tiempo.

Sin admitir la necesidad de largos períodos de tiempo para la formación de los estratos geológicos, cualquier teoría que quisiera explicar la evolución de los animales y del hombre estaría destinada a fracasar. Ya para entonces se consideraba que los seis días del Génesis se referían a seis periodos cronológicos de duración no cuantificada.

Darwin, quien había estudiado geología y había publicado estudios sobre la formación de las rocas antes de estudiar la evolución de los seres vivos, necesitaba para sus planteamientos de millones de años, más allá de los 4004 del Arzobispo Ussher; no en otra forma le hubiera sido fácil explicar el desarrollo de estructuras tan delicadas y especializadas como el ojo de una mosca o el cerebro humano.

El aristócrata francés Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, caballero de Lamarck:

Publicó sus puntos de vista evolucionistas en su obra “Philosophie Zoologique”, aparecida en 1809, año del nacimiento de Darwin. La tesis central de su pensamiento era que las estructura de los animales se modificaba en el tiempo como respuesta a los cambios del medio ambiente y del hábitat, y que los caracteres adquiridos en la evolución de los seres vivos se transmitían a las generaciones siguientes por herencia.

Creía en el poder innato de la naturaleza conferido a ésta por Dios y en la realidad de la escala ascendente de los seres vivos cuya culminación era la especie humana.

Cien años antes de Lamarck se había puesto en duda la posibilidad de que los ratones se “crearan” en las camisas sucias y que los gusanos se originaran en las carnes podridas; se consideraba ya que en los puntos más bajos de la escala de la vida podrían surgir organismos vivos a partir de la materia inerte.

Aunque Lamarck creía que la fuerza propulsora de la escala vital era Dios, no aceptaba la creación instantánea de animales superiores como la que se describe en los primeros capítulos del Génesis. Los ingleses le tildaron por ello de ateo y su apoyo inicial a la Revolución Francesa no hizo otra cosa que aumentar el desagrado que por él sintieron los eclesiásticos y los aristócratas de Londres.

Charles Darwin publicó su libro “Origin of Species” en 1859, pero desde veinte años antes, venía desarrollando su teoría de la evolución basándose en tres hechos importantes:

En primer lugar, la superabundancia de las formas del reino animal y las finas gradaciones existentes entre ellas que las alejaban de las rígidas clasificaciones de Linneo; en segundo lugar, la excelente adaptación de cada organismo a su ambiente; y en tercero, el cambio permanente del mundo en que vivían las especies animales, como había tenido ocasión de observarlo en Sudamérica al presenciar la erupción de un volcán y al constatar los cambios geológicos ocasionados por un terremoto. Abandonó entonces la idea del carácter fijo de las especies y dedujo que cuando se producían cambios ambientales, los animales que se adaptaran al medio eran los que tenían más oportunidades de sobrevivir.

En su autobiografía se expresó en la siguiente forma: “La selección era la clave del éxito del hombre para lograr razas útiles de animales y plantas. Pero la forma en que la selección pudiera aplicarse a organismos que vivían en estado natural continuó siendo por algún tiempo un misterio para mí.

En 1838 leí, para distraerme, a Malthus en su “Ensayo sobre el Principio de la Población”, y estando bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que se encuentra en todas partes, por la larga observación continuada de los hábitos de los animales y las plantas, de inmediato pensé que en tales circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse y las desfavorables a destruirse. El resultado de esto sería la formación de una nueva especie”.

La revolución iniciada al divulgarse simultáneamente las teorías de Charles Darwin y Alfred Russell Wallace produjo amplias y candentes controversias:

En razón a que los conceptos científicos presentados no se habían definido del todo en la época de la publicación de las teorías evolucionistas. Por otra parte, se ocasionaron debates de orden religioso y moral en los cuales la posición de Darwin fue brillantemente defendida por Thomas Huxley.

Una bien conocida anécdota que ilustra el ambiente en que se desarrollaron las discusiones, fue el debate de 1860 entre Huxley y el obispo Samuel Wilberforce en el curso del cual éste preguntó al primero si era “por su abuelo o por su abuela que reclamaba descender del mono”.

Huxley replicó de inmediato diciendo que si se tratara de escoger entre tener por abuelo a un simio o a un hombre que utilizaba mal su elocuencia para introducir el ridículo en una discusión científica seria, no vacilaría en afirmar su preferencia por el simio.

La divulgación de las ideas de Darwin en Alemania estuvo tan llena de exagerado entusiasmo, que llevó a Ernest Haeckel a sostener que el darwinismo abría perspectivas enteramente nuevas al conocimiento humano. “El progreso, decía, es una ley natural que ningún poder humano, ni las armas de los tiranos, ni los anatemas de los sacerdotes, pueden lograr suprimir…

El estancarse es una regresión y la regresión trae consigo la muerte. El futuro pertenece sólo al progreso”. Haeckel utilizó las nuevas doctrinas como una arma contra la religión, y en especial contra el Cristianismo, lo que produjo contraataques en nombre de la fe y la moral tradicional.

Se temió que la nueva biología sirviera como trampolín a la acción política.

Los progresistas vieron en la nueva teoría un símbolo de su propia lucha para liberarse de la autoridad opresiva del estado y de la iglesia; lo que estaba en juego no era la veracidad de una teoría biológica sino la estabilidad misma de la sociedad. En esto estaba centrado el punto crucial del darwinismo que demandaba, para algunos, una nueva revisión de las propias actitudes fundamentales.

El doctor Sedgwick, antiguo profesor de geología de Darwin, le escribió lo siguiente: “Existe una parte metafísica o moral de la naturaleza al igual que una física. El hombre que niegue esto se encuentra en medio del fango de la locura.

La corona, la gloria de la ciencia orgánica, radica en establecer el vínculo entre lo material y lo moral…..Usted ha ignorado ese vínculo…..Si pudiese romperse, lo que gracias a Dios no es posible, la humanidad, en mi opinión, sufriría un daño que podría brutalizarla, y que hundiría a la raza humana en un grado tan bajo de degradación como no se ha visto desde que conocemos su historia”.

Asa Gray, profesor de Historia Natural de la Universidad de Harvard, devoto y ortodoxo cristiano, intento conciliar la selección natural y las creencias religiosas.

Por un lado, entendió las llamadas “leyes naturales” como instrumentos de creación de que se sirve Dios para ejercer su regular y providencial actividad.

“He llegado a aprender, decía, que es una concepción tan noble de la Deidad creer que Dios ha creado formas primarias capaces de autodesarrollarse en todas las demás formas necesarias, como creer que Dios ha requerido de actos frescos de su intervención para llenar las lagunas que El mismo ha hecho.”

Por otra parte, la existencia de variaciones de las especies, cuyas causas tanto Gray como Darwin ignoraban, eran atribuidas por el primero a la acción de Dios que las ordenaba para fines particulares, tesis que Darwin no compartía.

Para Gray, la selección natural, operando solamente por el azar, no podría haber producido la complejidad y el diseño adecuado de los organismos que se observan en la actualidad; concebía entonces como indispensable la acción divina para dirigir el sentido de cada variación, ordenada de acuerdo a los fines particulares del Creador.

Después de la muerte de Darwin en 1882 y de su entierro en la Abadía de Westminster, al lado de la tumba de Sir Isaac Newton, sus ideas evolucionistas fueron generalmente aceptadas aunque se siguió discutiendo la forma como ocurrían los cambios del proceso evolutivo. El progreso de las ciencias biológicas comenzó a desentrañar los mecanismos de la herencia y de la reproducción y sus sucesores continuaron sosteniendo la selección natural como el mecanismo más adecuado para explicar las variaciones de las especies.

Con el correr del tiempo aparecieron nuevas postulaciones científicas:

El botánico holandés Hugo De Vries, en su libro “La Teoría de la Mutación”, adelantó la idea de que los cambios evolutivos se producían por mutaciones repentinas y que éstas eran más importantes que el desarrollo gradual de la selección; para esto se apoyaba en las ideas de Mendel, cuyos estudios habían sido descubiertos cincuenta años después de su muerte y cuyos resultados experimentales habían sido debidamente comprobados.

Años más tarde, Stephen Jay Gould postuló como mecanismo de la evolución el equilibrio puntuado, según el cual “la historia de la evolución no es la de un desenvolvimiento constante, sino la de un equilibrio alterado sólo en raras ocasiones por rápidos y episódicos eventos de especiación.”

De acuerdo a esta idea, las especies una vez aparecidas cambian muy poco con el tiempo. Si se habla de invertebrados marinos, esto significa cinco o diez millones de años; pero es obvio que hay evolución y el cambio adaptativo parece estar asociado a episodios de especiación en un sentido formal.

Muy pronto los dos puntos de vista, el de la selección gradual y el de las mutaciones súbitas, fueron aceptados por algunos naturalistas como complementarios.

El desarrollo de la genética y los estudios sobre los cromosomas y los genes contenidos en ellos, llevados a cabo por diferentes investigadores, condujo a la síntesis establecida por Dobzhansky en su libro “Genetics and the Origin of Species”, que sirvió de puente entre los geneticistas experimentales y los naturalistas de viejo cuño.

Estos, aceptaron que la herencia operaba a través de partículas muy pequeñas representadas por los genes. A su vez, los geneticistas aceptaron que los efectos obtenidos por los cambios ocasionados por los genes individuales eran pequeños y que las mutaciones súbitas no eran la fuerza propulsora de los cambios evolucionarios.

El darwinismo modificado, fue entonces explicado con amplitud por Julian Huxley, nieto de Sir Thomas, en su libro “Evolution. The modern Synthesis.”

Desde finales del siglo pasado se sabía que los núcleos de las células contenían ácido nucleico, sustancia rica en fósforo, antes desconocida; hacia 1930 se había establecido ya la existencia del ácido ribonucleico, o RNA, en el protoplasma celular, y del ácido desoxirribonucleico, o DNA, localizado exclusivamente en los cromosomas del núcleo.

Erwin Schrödinger en su libro “What is Life”, discutió la posibilidad de que los genes fueran portadores de información codificada y que, al igual que el código morse expresa letras mediante secuencias de puntos y rayas, el material genético podía estar formado por hileras de moléculas cuyo orden secuencial representaba la información.

En 1953 los científicos James Watson y Francis Crick, en Inglaterra, en una vertiginosa competencia contra-reloj con el profesor Linus Pauling, del Instituto Tecnológico de California, lograron determinar la estructura molecular del DNA y su forma de replicación. Por sus descubrimientos les fue otorgado el premio Nobel.

Ocho años después, Francois Jacob y Jacques Monod, en Francia, encontraron que el RNA actuaba como mensajero llevando una copia de las instrucciones del DNA a los ribosomas celulares, estructuras en las cuales las secuencias moleculares eran leídas y traducidas en proteínas.

La estructura del DNA es copia fiel del DNA fuente. Si se presentan variaciones entre un niño y sus padres, es porque el código genético heredado por el niño es una combinación de genes de ambos progenitores; mediante la reproducción sexual, los genes, como en una baraja, se mezclan para pasar de una generación a otra.

A partir de este tipo de estudios, y de allí en adelante, las investigaciones se centraron en el código genético mismo y en la posibilidad de adaptarlo a propósitos científicos específicos.

Un inmenso campo de investigación y aplicación práctica se ofrecía al mundo de la ciencia en el estudio íntimo de los elementos moleculares que tienen que ver con aspectos fundamentales de la vida misma.

El doctor Manfred Eigen, laureado con el Nobel de Química, consideró que el azar no es tan importante en el desarrollo evolutivo como se había pensado anteriormente; que por el hecho de que algunas estructuras químicas se formen con mayor facilidad que otras, y en razón a que algunas estructuras intermedias son más estables que otras, es posible concebir que pueda haber existido una especie de “selección natural” a nivel molecular.

Esto resultaría en que las estructuras químicas bastante complejas, necesarias para la vida, se formarían con más facilidad de lo que el simple azar pudiera sugerir y que en los albores de la historia de la tierra hubieran podido existir bloques químicos a partir de los cuales se hubiera llegado a la molécula final de DNA.

Los pasos intermedios de ese proceso aún permanecen en el misterio pero ya no es posible pensar que la molécula de DNA hubiera surgido exclusivamente por azar en un súbito instante.

Si las teorías de la selección natural se han llevado tan lejos en el campo de lo infinitamente pequeño, como diría Pascal, también se llevan en la actualidad al terreno de lo infinitamente grande, de lo universal.

En 1989, el físico norteamericano Lee Smolin contempló la posibilidad de que pudiera existir un mecanismo de selección natural que permitiera que ésta se hiciera extensiva al universo entero.

“Comparando los universos con los animales, y las propiedades de las partículas elementales con los genes, dice Smolin, ya tenía un mecanismo por el que la selección natural produciría universos con un conjunto de parámetros que llevaría a la máxima producción de agujeros negros, puesto que un agujero negro es la forma que tiene un universo para reproducirse.”

Los agujeros negros son las extrañas estructuras, postuladas por Stephen Hawking, que representan áreas del universo de una inmensa fuerza de gravedad, que permiten el ingreso a su interior de la materia y no permiten la emisión al exterior de fotones de luz.

Los agujeros negros se encuentran al parecer en todas las galaxias y su existencia es ya aceptada por la comunidad científica. Agrega Smolin que la idea de que hay principios de autoorganización a escala astronómica parece ser cierta y concluye diciendo: “La idea de que una galaxia es un sistema autoorganizado, más una ecología que un acumulo inerte de estrellas y gas, se ha difundido entre los astrónomos y físicos que estudian las galaxias.”

Las postulaciones científicas de Smolin han sido consideradas por algunos como “ideas prometedoras” y establecen el puente entre el nivel cuántico y el clásico en la física: de un lado Planck, iniciador de la mecánica cuántica y Heisenberg, quien postuló el principio de incertidumbre y con él las leyes de probabilidad que rigen en el orden de las partículas subatómicas, y del otro, Einstein, con sus teorías clásicas de la relatividad que no incluyen en su concepción las leyes posteriormente desarrolladas por la mecánica cuántica.

En 1959 Charles P. Snow publicó su libro “The two Cultures”:

En el que señaló la existencia de dos areas intelectuales, pobremente comunicadas entre sí, que agrupan de una lado a los hombres de letras y del otro a los hombres de ciencia.

Cuatro años después sugirió la idea de una “tercera cultura” que emergería y llenaría el vacío de comunicación entre los letrados y los científicos.

Entre los intelectuales de la tercera cultura incluyó a físicos como Paul Davies, Murray Gell-Mann, y Alan Guth, quien desarrolló la idea del universo inflacionario como nueva teoría acerca del origen del “big bang”; evolucionistas como Richard Hawkins, célebre por su libro “El gen egoísta”, y Stephen Jay Gould, quien postuló el equilibrio puntuado como mecanismo adicional de la evolución; filósofos como Roger Penrose, y Daniel Dennet que ha dedicado sus esfuerzos al estudio de la conciencia, o alma si se quiere; biólogos como Francisco Varela y Lynn Margulis; informáticos como Daniel Hillis y Roger Schank, y finalmente psicólogos como Nicholas Humphrey y Steven Pinker.

Las ideas de estos intelectuales, difundidas con éxito mediante libros bien escritos al alcance del público general, representan las nuevas fronteras del conocimiento en campos tan diversos como la biología evolutiva, la genética, la informática, la neurofisiología, la psicología y la física, en donde se plantean cuestiones fundamentales al Hombre como el origen del universo, la aparición de la vida y el desarrollo de la mente.

En un reciente libro editado por John Bruckman, se dice lo siguiente:

“La emergencia de la tercera cultura es la aparición de una nueva filosofía natural fundada en la comprensión de la importancia de la complejidad de la evolución. Los sistemas de gran complejidad, ya sean los organismos, el cerebro, la biosfera o el universo mismo, no han sido resultados de ningún proyecto, sino de la evolución.

Hay un nuevo conjunto de metáforas para describirnos a nosotros mismos, nuestras mentes, el universo y todas las cosas que sabemos de él, y son los intelectuales que han concebido estas nuevas ideas e imágenes, que escriben sus propios libros, los que dirigen el curso de los tiempos”.

Lynn Margulis, científica que ha revolucionado la biología moderna con sus estudios sobre las formas elementales de vida, señala la idea básica de la evolución a través de la selección natural al decir que, para Darwin, las poblaciones de organismos cambian gradualmente a medida que sus miembros van siendo suprimidos. Recuerda que Mendel, quien descubrió las leyes de la transmisión de los caracteres hereditarios, había dejado muy en claro que aunque estos caracteres se recombinan no cambian con el tiempo.

“Una flor blanca cruzada con una flor roja, dará una flor rosada y si una flor rosada se cruza con otra flor rosada, las flores resultantes son tan blancas, tan rojas o tan rosadas como las de las generaciones anteriores”. La mezcla o combinación que produce la flor rosada, es superficial; los genes son simplemente barajados para dar diferentes combinaciones, pero, iguales combinaciones generan exactamente los mismos tipos.

Señala Margulis como una de las principales intuiciones de Darwin, el reconocimiento de que todos los organismos tienen una ascendencia común.

Las poblaciones de organismos crecen y se reproducen a tasas insostenibles en el mundo real, como es el caso de la E. coli que se duplica cada veinte minutos. Son mas los que mueren sin llegar a reproducirse que los que completan su ciclo vital.

El hecho de que no todos los organismos que nacen, eclosionan o brotan puedan sobrevivir, es la selección natural. Los neodarwinistas, por su parte, sostuvieron que las variaciones de las especies tenían su origen en la mutación aleatoria, definiendo la variación como cualquier cambio genético.

En la década de los veinte, se descubrió que los rayos X incrementaban las mutaciones de las moscas de la fruta, pero que aisladas completamente de los rayos X, la radiación solar y otras perturbaciones ambientales, también se podían producir mutaciones espontaneas mensurables. Numerosos experimentos pusieron de manifiesto que al exponer las moscas de la fruta a los Rayos X o a determinadas sustancias químicas, se obtenían moscas muertas o enfermas pero no nuevas especies de moscas. Se estuvo de acuerdo en que los mutágenos producen una variación heredable y que la selección natural actúa sobre esta variación.

De dónde procede la variación útil sobre la que actúa la selección?

Al respecto, Margulis se expresa así: “La variación hereditaria más significativa procede de las fusiones; de lo que los rusos, especialmente Konstantin Mereschovsky, denomina simbionogénesis y el norteamericano Ivan Emmanuel Wallis llamaba simbionticismo.

Wallis aplicaba el término a la incorporación de sistemas genéticos microbianos en los progenitores de células animales o vegetales. El nuevo sistema genético, una fusión entre microbio y célula animal, o microbio y célula vegetal, es ciertamente distinto de la célula ancestral.

En analogía con la tecnología informática, en vez de partir de cero creando módulos totalmente nuevos, la idea de la simbiosis equivale al acoplamiento de módulos preexistentes. Las fusiones dan como resultado seres nuevos y más complejos”.

Es necesario volver un poco atrás para señalar que la ciencia actual acepta que la formación de la tierra tuvo lugar hace cuatro mil quinientos millones de años, período bastante más largo que los cien millones postulados por Lord Kelvin a finales del siglo pasado. Entre los 4500 y los 3900 millones de años, el planeta era una esfera de lava líquida que ardía por el calor desprendido de la desintegración del uranio, del torio y del potasio radioactivos de su núcleo.

El agua de la tierra, que salía vertiginosamente del interior del planeta en géisers gaseosos, estaba tan caliente que nunca caía a la superficie en forma de lluvia; permanecía en la parte alta de la atmósfera como vapor de agua incapaz de condensarse.

La atmósfera era espesa, con gran cantidad de cianuro y formaldehído, ambos venenosos. No había oxigeno respirable ni organismos capaces de producirlo y respirarlo.

Hace 3900 millones de años la superficie de la tierra se había enfriado ya lo suficiente como para formar una fina corteza sobre el manto aún fundido por debajo de ella.

Esa corteza, perforada desde el interior, recibió también del exterior impactos de grandes y pequeños meteoritos que se estrellaban contra la superficie caótica del planeta en la que formaban cráteres de los que salían columnas de polvo ricas en los materiales extraterrestres de los meteoritos.

Las nubes de polvo, arrastradas por vientos violentos, giraron vertiginosamente al rededor del globo durante meses antes de depositarse en la superficie, a tiempo que las actividades de fricción causaban tormentas asociadas a intensas manifestaciones eléctricas que se extendían por todas partes. Paulatinamente se fueron formando los continentes que sólo fueron identificables en su posición actual en el último diez por ciento de la historia planetaria.

Los gases ricos en carbono de la atmósfera, habrían reaccionado con los del interior de la tierra, ricos en hidrógeno. Dadas las condiciones de calor, humedad y fusión existentes en ese período geológico, los átomos de carbono, base de nuestra estructura química, se combinaron rápidamente con los de hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, fósforo y azufre. Estos seis tipos de átomos, son el común denominador químico de todas las formas de vida que existen en la actualidad y constituyen el 99 por ciento del peso seco de todo ser vivo.

En 1953 tuvo lugar un hecho científico de la mayor trascendencia cuando Stanley Miller:

De la Universidad de Chicago, bombardeó durante una semana un modelo de atmósfera primitiva formada artificialmente por amoníaco, vapor de agua, hidrógeno y metano, con descargas eléctricas semejantes a las de los rayos, y logró obtener dos aminoácidos, la alanina y la glicina, además de otras sustancias orgánicas que hasta entonces se creía que sólo eran producidas por las células vivas.

A partir de entonces se han obtenido ya casi todos los componentes de las moléculas complejas de las células, sometiendo mezclas de gases sencillos y substancias minerales a la acción defuentes de energía del tipo de descargas eléctricas, radiaciones ultravioleta y calor.

Los cuatro aminoácidos más abundantes en las proteínas de todos los organismos son los que se forman con más facilidad.

Se han descubierto moléculas similares al DNA formadas espontáneamente a partir de compuestos de carbono sencillos en ausencia total de células vivas o de compuestos complejos. El Nobel de Química, Manfred Eigen, ha obtenido en su laboratorio moléculas cortas de RNA que se han autorreplicado en ausencia total de células vivas. Sin embargo, todavía no se puede valorar de manera segura la generación espontánea de vida a partir de sustancias inanimadas.

Para Margulis:

La Tierra primitiva era el medio apropiado para la lenta elaboración de vida primitiva a partir de la materia inerte. Había transcurrido tiempo suficiente para que combinaciones moleculares propias de la vida surgieran de los enlaces químicos, favorecidas por el medio ambiente, rico en energía, que cambiaba de manera cíclica.

Algunas moléculas se transformaron en catalizadores de los procesos químicos y se formaron las primeras membranas que distinguían el “dentro” y el “fuera”, la primera distinción entre lo propio y lo distinto. Las membranas hicieron posible la existencia de la célula bacteriana, un pequeñísimo microcosmos.

Los primeros sistemas de tipo celular fueron lo que Ilya Prigonine, físico ruso-belga laureado con el Premio Nobel, ha llamado “estructuras disipativas”, nombre con el cual significa objetos o procesos que se organizan a sí mismos y que cambian espontáneamente de forma. Había comenzado el microcosmos de la tierra, la Edad de las Bacterias.

Desde entonces, las bacterias han perdurado en el planeta durante más de tres mil millones de años y representan el máximo triunfo de supervivencia de una forma orgánica de vida.

Algunas formas bacterianas se encuentran a profundidades enormes en el fondo de pozos petrolíferos y en la superficie abisal de los mares, sometidas a las temperaturas altísimas que reinan en las fisuras del fondo del mar, de donde escapan líquidos y gases del interior del planeta y en donde reinan presiones del orden de las 250 atmósferas. Recientemente, el geólogo T.

Gold, ha calculado que la biomasa bacteriana presente en la tierra a grandes profundidades es mayor que la biomasa de todas las especies animales y vegetales que se encuentran en la superficie del globo terráqueo. Son entonces las bacterias las formas de vida que han perdurado mas en el tiempo y cuya masa es muy superior a la de las demás formas de vida, sean ellas células nucleadas aisladas o bien organismos pluricelulares.

Hace más de 3500 millones de años, la marea evolutiva alcanzó el nivel de la vida tal como ahora la conocemos, la de la célula limitada por una membrana, con 5000 proteínas, que utiliza el RNA como mensajero y es gobernada por el DNA.

En 1977, un paleontólogo de la Universidad de Harvard, el profesor Elso Barhoorn:

Estudió muestras de rocas extraídas de una montaña erosionada de Suráfrica cuyo estudio mostraba que se habían sedimentado 3400 millones de años atrás. En ellas descubrió estructuras globulares y filamentos que fueron considerados como los fósiles más antiguos encontrados en el planeta; eran restos fosilizados de organismos bacterianos que vivieron quinientos millones de años después de que se formaran las primeras rocas.

El hallazgo era sorprendente ya que hasta mediados del siglo se había considerado que la vida había aparecido hace 570 millones de años durante la llamada explosión cámbrica, así llamada en razón de que en rocas de esa etapa geológica se encuentran abundantes fósiles que hicieron que se hablara de ese tiempo como el del origen cámbrico de la vida.

Los hallazgos en Suráfrica sugieren que la transición de materia inanimada a bacterias duró menos tiempo que el que tomó el paso de las bacterias hasta los organismos superiores conocidos.

La vida ha sido compañera de la Tierra desde poco después de los comienzos del planeta sin que sea posible, incluso para los biólogos, dar una definición precisa de las diferencias entre sustancia viva e inerte.

Nuevas técnicas de investigación han permitido estudiar los “fósiles químicos”, así llamados en razón a que la presencia de determinados compuestos de carbono y de ciertas proporciones de isótopos de dichos elementos, se toman como indicios de vida primigenia.

Una vez aparecida la vida, se fueron desarrollando mecanismos más elaborados, del tipo de las fermentaciones, la fijación del nitrógeno y la fotosíntesis.

La fotosíntesis, sin duda alguna la innovación metabólica individual más importante en la historia de la vida en el planeta, tuvo su origen no en las plantas sino en las bacterias.

Posteriormente las bacterias, cuya reproducción era asexuada, pudieron reemplazar parte de sus genes dañados por la luz solar por otros sanos, procedentes de un virus, otra bacteria o desechos de DNA, con lo cual la nueva sexualidad bacteriana, anterior en dos mil millones de años a la sexualidad animal, permitió que toda suerte de bacterias pudieran continuar actuando en el juego evolutivo.

Hace 1500 millones de años la evolución bioquímica estaba por terminar y la superficie de la tierra y la atmósfera habían quedado fijadas tal como las conocemos en la actualidad.

Cuando el nivel de oxígeno atmosférico fue aumentando hasta alcanzar el 21 por ciento, se formó un nuevo tipo de célula, la eucariótica, al desarrollarse en su interior una estructura clave, el núcleo, y unas importantes características secundarias, las mitocondrias. Las nuevas células se formaron por un proceso fundamentalmente diferente al de la mutación simple o la transferencia genética bacteriana.

Para la doctora Margulis, el nuevo proceso fue la simbiosis. Se expresa así: “Procariontes independientes penetraron en el interior de otros para digerir los desechos de la célula que los albergaba; sus productos de desecho fueron utilizados a su vez como alimento por la célula huésped. Como resultado de esta íntima participación conjunta, se establecieron relaciones permanentes: las células de las siguientes generaciones eran células adaptadas a la vida en el interior de otras células.

Con el tiempo, estas poblaciones de bacterias que habían evolucionado conjuntamente, se convirtieron en comunidades de microorganismos con una interdependencia tan arraigada, que llegaron a ser organismos individuales estables o protistas.

La vida había dado otro paso más hacia adelante hacia el sinergismo de la simbiosis, dejando atrás el entramado de la libre transferencia genética. Se mezclaron organismos separados, creando nuevas unidades que eran superiores a la suma de sus componentes”.

Algunas de las predicciones científicas de Lynn Margulis han sido confirmadas.

Genetistas experimentales de la Fundación Rockefeller encontraron un DNA peculiar, exterior al núcleo, que puede interpretarse como un vestigio de antiguas bacterias invasoras cuya asociación, inicialmente agresiva, presagiaba ya la integración. Al respecto dice Margulis: “Todas las criaturas de la Tierra que en la actualidad parecen tan normales, desde las algas marinas a los erizos, al león marino y al marinero, están formadas por células con núcleo.

Las mismas células con núcleo son el resultado de fusiones de procariontes. Y toda célula con núcleo está repleta de mitocondrias de respiración profunda que en tiempos inmemoriales fueron bacterias”.

De la llamada explosión cámbrica que sobrevino hace quinientos ochenta millones de años, con una duración de cinco a diez millones, y de allí en adelante, quedan las estructuras fósiles de pequeños animales de cubierta dura formada por fosfato de calcio y quitina. Algunos de esos pequeños organismos como los trilobites, que reinaron por más de trescientos millones de años, se encuentran ocasionalmente entre nosotros en la región de Villa de Leyva.

Con el tiempo, hace quinientos millones de años, aparecieron los primeros animales dotados de espina dorsal de fosfato de calcio y una caja craneana que protegía el sistema nervioso primitivo. El desarrollo de las estructuras cerebrales en el ser humano ha sido de tal complejidad, que no podrían ser sustituidas por las más sofisticadas computadoras que la mente pueda concebir.

Desde el nacimiento y durante el proceso del crecimiento, el peso medio del cerebro humano actual se triplica en los dos primeros años de la vida, pasando de 350 gramos a más de mil, lo que indica la importancia de los procesos evolutivos que han conducido en nuestra especie al desarrollo de cerebros de mayor tamaño y complejidad que los propios de otros seres vivos.

Los primeros prehominidos aparecieron hace cuatro millones de años;

Hace dos millones se iniciaron los cambios estructurales que a la larga permitieron el desarrollo de la postura erguida y el lenguaje articulado. Se desconoce por qué desarrollaron nuestros antepasados una protolaringe que posteriormente sería el instrumento del habla, base y sustrato de la hominización.

La protolaringe formaba parte del bagaje físico de los homínidos exitosos y fue un requisito previo al instrumento insustituible e ineludible de la comunicación verbal.

El hombre de Neanderthal, antecesor colateral nuestro hace medio millón de años, anterior a la subespecie de Cromagnon a la que pertenecemos, poseía ya un cerebro muy desarrollado, lenguaje articulado y pautas sociales del tipo del culto a los muertos que sugieren su creencia en alguna forma de existencia después de la muerte, y un cierto nivel, así fuera elemental, de espiritualidad.

Lo impredecible de la evolución de los seres vivos lo sintetiza Stephen J. Gould en su libro “La grandeza de la Vida” con palabras que expresan su criterio evolucionista y organicista:

“Si un pequeño y singular linaje de peces no hubiera desarrollado aletas capaces de sostener su peso en el medio terrestre, aunque tales estructuras evolucionaron en lagos y mares, los vertebrados terrestres nunca hubieran visto la luz.

Si un enorme meteorito no hubiera desencadenado la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años, los mamíferos serían aún pequeños e insignificantes animales relegados a las fisuras e intersticios de un mundo de dinosaurios, incapaces de crecer hasta el tamaño requerido para albergar cerebros lo bastante grandes como para producir la conciencia de sí mismo.

Y si una pequeña y frágil población de protohumanos no hubiera sobrevivido a los mil trastornos y calamidades de un destino atroz, y por ende a la potencial extinción en las sabanas africanas, el Homo sapiens jamás habría hollado el suelo del planeta ni se habría dispersado por todo el globo.

Somos monumentales accidentes de un proceso impredecible y carente de impulso hacia la complejidad, no el resultado previsto de una serie de principios evolutivos ansiosos por engendrar un organismo que pudiera comprender la razón y el modo de su propia y necesaria construcción”

En las primeras etapas de la historia, especialmente en Grecia, se encuentran las primeras ideas sobre el alma y el cuerpo.

Es una época más mitológica que histórica, plena de relatos y leyendas de dioses, hombres y demonios. Es de interés, para el tema que nos ocupa, relatar brevemente el mito griego de Dionisio y los Titanes del siglo VI a.C., que representa la tradición conocida con el nombre de Orfismo, porque allí se plantea el antagonismo entre espíritu y materia.

Según relata el mito, al comienzo de los tiempos sólo existía Phanes, un ser que combinaba los dos sexos.

De Phanes nace Urano quien engendra a Kronos, padre de Zeus. Kronos castra a Urano de cuya sangre nacen los Titanes, seres malvados que quieren dominar el cosmos. Zeus, líder de los dioses celestiales, los vence y se traga a Phanes incorporando en sí mismo el principio original para convertirse en el dios creador, productor de todas las cosas renovadas, incluyendo a los Titanes. Zeus es también en el padre de Dionisio.

Por odio a Zeus y envidia de la felicidad del infante, los Titanes distraen a Dionisio con un espejo deslumbrante y lo atrapan para despedazarlo y devorarlo. Pero Atenea, diosa celestial de la sabiduría, rescata el corazón del niño llevándoselo a Zeus quien se lo come y lo incorpora. Zeus copula entonces con la mortal doncella Semelle quien da a luz nuevamente a Dionisio.

Feliz por la resurrección de su hijo, Zeus procede a castigar a los Titanes asesinos convirtiéndolos en ceniza con la ayuda de sus rayos; de las cenizas de los pérfidos, se origina la raza humana.

El mito del Orfismo propone para la humanidad una naturaleza dual, un dualismo tanto material como espiritual. Nuestra parte material deriva de los malvados Titanes, en tanto que la espiritual procede del Dionisio que ellos han devorado. El alma divina está en permanente conflicto con el cuerpo malvado que la encierra.

El alma es inmortal pero atrapada y prisionera en el cuerpo mortal y nuestra misión en la tierra sería escapar de la celda corporal a través de los rituales de la purificación.

Dos siglos más tarde, la visión del alma buena y el cuerpo malo, se encontró con las ideas mazdaistas de dos espíritus en conflicto, el bueno y el malo.

Gradualmente las dos creencias se combinaron quedando el cuerpo material sometidos al poder del espíritu de la maldad y el alma bajo la jurisdicción del espíritu del bien.

La idea de que el cuerpo era producto del mal cósmico se extendió ampliamente, influyendo en las creencias judías, gnósticas y cristianas.

La concepción del cuerpo como elemento malo condujo a que la sexualidad humana fuera considerada pecaminosa en los siglos siguientes, tal como se advierte claramente en la forma como se la concibió durante la Edad Media y en la Europa victoriana del siglo XIX.

En el siglo XVII aparece René Descartes, uno de los filósofos que más influiría en el pensamiento europeo de su siglo y de los trescientos cincuenta años siguientes.

Al igual que las religiones tradicionales de occidente, que concibieron el cuerpo y el alma como entidades separadas, Descartes postuló la existencia de dos entidades: una “res extensa” de orden material, con dimensiones a lo largo, lo ancho y lo profundo, que sería el sustrato de todas las cosas inorgánicas y de las orgánicas del mundo vegetal y animal; y una “res cogitans” inmaterial, el pensamiento, de origen divino, solamente presente en el hombre.

Res cogitans y res extensa, sustentan los planteamientos filosóficos cartesianos sobre alma y el cuerpo, que son considerados como entidades substancialmente diferentes.

La tesis cartesiana: “Pienso, luego existo”, la más famosa quizás de la historia de la filosofía, apareció en francés en el “Discurso del método” en 1637, y en latín en los “Principios de filosofía”, siete años más tarde.

La afirmación de Descartes, que buscaba un fundamento lógico para su filosofía, no era distinta de la de San Agustín, quien en el siglo V había dicho: “Me engaño, luego existo”.

La afirmación sugiere que pensar y conciencia de pensar son los substratos reales del ser. Descartes imaginó que la acción de pensar era una actividad propia de la mente o res cogitans diferente del cuerpo no pensante. Este, como res extensa, tiene ubicación espacial y partes que podrían repararse o reemplazarse como cualquier mecanismo de relojería.

A partir de su forma de concebir el cuerpo, se originaron ideas que condujeron cincuenta años más tarde a la publicación de “El Hombre Máquina”, por Julien de la Mettrie, y que en el siglo XX llevaron a la fabricación de órganos artificiales cuyo empleo es de uso corriente en la medicina de nuestros días.

Hoy entendemos que mucho antes de la aparición del hombre los seres eran sencillamente seres. Creemos que en algún punto de la evolución surgió una conciencia elemental; más adelante una mente simple y después, gracias a una mayor complejidad de la mente en el curso del proceso evolutivo, apareció la posibilidad de pensar y de utilizar el lenguaje para comunicar y organizar mejor el pensamiento.

Es decir, que en un comienzo primero fue el ser y sólo más tarde el pensar. Lo señala Antonio Damasio con las siguientes palabras: “Somos y después pensamos, y sólo pensamos en la medida en que somos, puesto que el pensamiento es en realidad causado por las estructuras y las operaciones del ser”.

El error de Descartes, para Damasio:

Radica en “la separación abismal entre el cuerpo y la mente, entre lo material de que está hecho el cuerpo, medible, dimensionado, operado mecánicamente e infinitamente divisible, por un lado, y la esencia de la mente que no se puede medir, no tiene dimensiones, es asimétrica e indivisible.

Además, la sugerencia de que el razonamiento y el juicio moral y el sufrimiento que proviene del dolor físico o de la conmoción emocional, puedan existir separados del cuerpo. Más específicamente, que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y funcionamiento de un organismo biológico”.

Descartes pensaba que el calor hacía mover la sangre, y que unas partículas pequeñas de ésta se destilaban en “espíritus animales” que a su vez podían mover los músculos.

Estos aspectos concretos, en los que estaba equivocado, fueron ya resueltos satisfactoriamente, pero en otras de sus postulaciones, relacionadas con aspectos de la mente, el cerebro y el cuerpo, el error cartesiano continúa teniendo alguna influencia. En el sentir de algunos, sin embargo, las opiniones del filósofo aún se consideran viables y sin necesidad de ser reexaminadas.

La idea de Descartes de una mente separada del cuerpo, fue el origen de la metáfora de la mente como un programa informático. De allí que muchos científicos cognitivos hayan intentado comprenderla sin apelar a la neurobiología, o a los conocimientos derivados de la neuroanatomía, la neurofisiología y la neuroquímica.

La idea de la mente separada del cuerpo ha modelado la forma en que la medicina enfoca el estudio y el tratamiento de las enfermedades y la escisión cartesiana impregna aún la investigación y la práctica médica.

Como resultado, las consecuencias psicológicas de las enfermedades del cuerpo se suelen pasar por alto y sólo se tienen en cuenta en segunda instancia; más desatendida todavía por los médicos es la situación inversa, la de los efectos sobre el cuerpo del conflicto psicológico. Descartes contribuyó a modificar el curso de la medicina al desviarla del enfoque en el organismo mismo, que había imperado desde Hipócrates hasta el Renacimiento, destruyendo la idea aristotélica que concibe al Hombre como una “unidad psicobiológica”.

En el estado actual de la evolución del cerebro humano es interesante conocer algunas de las ideas que se tienen acerca de cómo opera el proceso de razonar y de pensar. Albert Einstein, por ejemplo, en célebre carta dirigida a Jacques Admard, decía lo siguiente: “Las palabras o el lenguaje, ya sea en forma escrita u oral, no desempeñan para mí ningún papel importante en los mecanismos del pensamiento.

Las entidades psíquicas que parecen ser los elementos del pensamiento son determinados signos o imágenes más o menos claras que pueden ser reproducidas o combinadas a voluntad”.

Afirmaba que para él no existía una diferencia esencial entre la simple asociación o combinación de elementos reproducibles y el conocimiento en sí. Einstein creía que su proceso de elaboración del pensamiento se desarrollaba por medio de un juego bastante impreciso entre esos elementos.

Analizando el proceso desde el punto de vista psicológico, concluía: “Este juego combinatorio parece ser la característica esencial en el pensamiento productivo antes de que se dé cualquier conexión con la construcción lógica de las palabras u otro tipo de signos que se puedan comunicar a los demás”.

Los científicos y filósofos de la Tercera Cultura se han preocupado por estudiar las relaciones de la mente con el cuerpo.

Algunos han intentado, infructuosamente, buscar mediante sistemas científicos, las raíces del alma y su existencia misma. Francis Crick, laureado con el Premio Nobel por sus estudios sobre la replicación del DNA, tituló su libro “The astonisghing Hypothesis”, con un subtítulo, en mi sentir, equivocado: “la búsqueda científica del alma”. A la inversa, se podría decir algo similar de uno que rezara así: “aproximación filosófica a los nucleótidos”.

El vigoroso debate sobre el problema mente-cuerpo ocupa un puesto central en la filosofía contemporánea. Lo crucial estriba en saber si un programa científico relacionado con una descripción y explicación de la naturaleza, totalmente independiente de la mente, pueda extenderse sin modificaciones fundamentales a la descripción y explicación de la mente misma.

Recientemente, los doctores Richard Warner y Tadeusz Szuba editaron un libro titulado “El Problema Mente-Cuerpo”, en el que más de treinta profesionales de diversas disciplinas, escogidos en forma arbitraria entre los representantes más connotados de la ciencia norteamericana, expusieron sus puntos de vista.

Algunas de sus ideas, que señalo sintéticamente a continuación, muestran la complejidad del asunto y los diversos enfoques y opiniones que hoy, como hace cientos de años, se vienen planteando para resolver la incógnita de qué es el Hombre.

El primer tema que se pone a consideración es el significado de lo mental y de lo físico.

En otras palabras: son los estados mentales y los estados físicos diferentes, o corresponden a una misma cosa? Para los fisicistas, que son materialistas y no dualistas, todos los estados mentales, con sus propiedades, procesos y operaciones, son en principio idénticos a los estados físicos, con sus respectivas propiedades, procesos y operaciones.

Consideran que tal como las experiencias se aceptan como procesos físicos que tienen lugar en el cerebro, las creencias y los deseos son también estados físicos del cerebro.

Los funcionalistas consideran que el principal problema del dualismo ha sido su incapacidad de dar cuenta de la causación mental. Si la mente no es física, dicen, no tiene posición en el espacio físico.

Cómo puede entonces dar origen a comportamientos que sí tienen posición espacial? Esta tesis había sido ya expuesta por Demócrito, en Grecia, quien resolvía el problema señalando que el alma era en esencia una forma tenue de materia que podía actuar sobre los cuerpos confiriéndoles el movimiento, es decir la vida.

Ya a comienzos del siglo XX, John B. Watson, de la Universidad de Johns Hopkins, había sugerido que el comportamiento no tiene causas mentales; que la conducta de un organismo tal como se la observa, responde a estímulos que actúan como agentes causales de la conducta.

A pesar de la posición radical de conductistas como Watson, la idea de las causas mentales está profundamente incrustada en nuestro lenguaje cotidiano y en nuestras maneras de entender y comprender a los demás.

Los filósofos Paul y Patricia Churchland, que pertenecen a una escuela reduccionista de teorías:

Se preguntan si es posible aceptar una reducción de los fenómenos psicológicos a fenómenos neurobiológicos y neurocomputacionales.

Sostienen, a mi modo de ver adecuadamente que para describir los fenómenos, los reduccionistas plantean una relación entre marcos conceptuales diferentes más bien que una relación entre campos distintos de esos mismos fenómenos.

Creen que reducir la psicología a la neurociencia sería un asunto largo y complicado; que la psicología no desaparecerá en ese proceso reduccionista, ni se transformará en objeto de explicaciones neurológicas.

Concluyen diciendo que si se tiene en cuenta la complejidad actual, la reducción no significaría el dominio de la psicología por la neurociencia, o viceversa, sino más bien el establecimiento de un buen matrimonio madurado con seguridad.

Para algunos investigadores el problema mente-cuerpo no estriba en saber cómo puede una mente no física interactuar sobre un cuerpo físico, sino cómo las mentes pueden formar parte de una realidad fundamentalmente física. En términos generales, es el problema de saber si las características distintivas de lo mental, como intencionalidad, conciencia y subjetividad, pueden tener un lugar en un mundo que ve las mentes como productos de evolución biológica, poseedoras de un substrato físico-químico al igual que muchos otros fenómenos biológicos.

Al señalar las áreas de investigación de la filosofía contemporánea:

Como la intencionalidad, la representación mental, la naturaleza de la conciencia y la subjetividad, Sidney Schoemaker indica que estos terrenos de investigación están llenos de intuiciones cartesianas.

“Para comenzar, dice, la gente parece tener un acceso privilegiado a sus propios estados mentales difícil de conciliar con la visión materialista de la naturaleza de los mismos. Uno sabe lo que piensa y siente y normalmente cree y desea, sin necesidad de dar más piso a ese conocimiento con evidencias de la propia conducta y de las circunstancias corporales….; estando consciente de los propios estados mentales, ciertamente no se tiene conciencia de ellos como estados físicos de cualquier naturaleza que sea”.

Considera que el funcionalismo puede aceptar la intuición cartesiana de que algunos estados mentales son totalmente íntimos del ser y que las creencias introspectivas sobre nuestras propias sensaciones y pensamientos son casi siempre correctas. En este aspecto, el funcionalismo, que es materialista, considera compatibles con su modo de pensar las intuiciones cartesianas.

Para el filósofo Thomas Nagel, todavía no disponemos de una teoría adecuada sobre el lugar que ocupa la mente en el orden natural. Sabemos que procesos mentales conscientes ocurren como parte de la vida animal y que, además, están íntimamente relacionados con la conducta y con la actividad física de nuestro sistema nervioso; pero no entendemos porqué existen esas relaciones particulares.

Piensa Nagel que el problema fundamental radica en el área de la conciencia y que el funcionalismo no resuelve el problema. Para este filósofo, una teoría general del lugar de la mente en el orden natural implica relacionar sistemáticamente tres cosas: la organización funcional, la constitución física y la subjetividad.

Una teoría que explique la relación entre conducta, conciencia y cerebro, no podría surgir de la aplicación de los actuales métodos de explicación.

Lo que ha conducido a que la física moderna sea una realidad, es el método de investigar el mundo físico en forma independiente a como aparece a nuestros sentidos; investigarlo como un dominio objetivo independiente de nuestras mentes. Pero los métodos clásicos de la ciencia física tienen sus límites.

En el campo de lo mental, deben tenerse en cuenta esas limitaciones como desafíos para desarrollar nuevas formas de conocimiento apropiadas a un tema cuya exclusión de la ciencia física fue esencial para su progreso. La posición filosófica de Nagel le inclina hacia el monismo de Spínoza, que considera lo físico y lo mental como descripciones incompletas de una realidad más fundamental.

Piensa, en conclusión, que mientras no descubramos un sistema que nos coloque a horcajadas entre los límites de la realidad física objetiva espacio-temporal y los contenidos subjetivos de la experiencia, no podremos decir que estamos en posesión de las herramientas intelectuales básicas para una comprensión adecuada de la vida consciente.

Algunos filósofos materialistas agnósticos consideran que los fenómenos experienciales son fenómenos físicos incapaces de ser explicados por la física actual.

Sugieren entonces, sabiamente, seguir el consejo de James Maxwell de mantenerse en un estado de “ignorancia cuidadosamente consciente”, como preludio a cualquier avance real del conocimiento. Los materialistas, en general, tienden a pensar que los cerebros están formados por partículas físicas cuyas estructuras y movimientos particulares constituyen el pensamiento.

Sus postulaciones, originadas en el mecanicismo del siglo XVII, los han llevado a sostener que cualquier proceso de pensar está formado por un grupo de operaciones que tomadas aisladamente no son actos de pensamiento, pero que cuando se presentan simultáneamente, en el orden adecuado, constituyen el pensamiento verdadero.

El filósofo Colin MacGinn adopta una posición evolucionista.

Sostiene que en virtud de alguna propiedad de la materia organizada, algunas partículas de ésta evolucionaron hacia formas de vida. La conciencia sería un desarrollo biológico ulterior susceptible de explicaciones naturales que en el momento nos son desconocidas. “La conciencia, dice, es un fenómeno que se origina en forma natural a partir de ciertas formas organizadas de materia”.

Es pesimista acerca de la posibilidad de llegar a solucionar el problema mente-cuerpo, pero optimista en cuanto a eliminar lo que llama la perplejidad filosófica.

En su opinión, el problema mente-cuerpo, estimado como el problema de emergencia de la conciencia a partir de la materia es difícil de entender, pero que en realidad no hay nada misterioso en la generación de la conciencia en el cerebro; la conciencia aparece tempranamente en la historia de la evolución y se la encuentra en todos los niveles del reino animal.

Los genes, piensa, tienen la información codificada necesaria para construir organismos con ciertas características corpóreas y mentales, entre ellas la conciencia; en consecuencia, deben tener principios codificados que les permiten manufacturar estados de conciencia a partir de materiales físicos.

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A mediados del siglo XX se popularizó el término “filosofía de la mente” gracias al libro “The Concept of Mind”, en el cual su autor, el doctor Gilbert Ryle, entabló una polémica a propósito de la idea cartesiana de que los estados mentales eran estados de una sustancia inmaterial.

El debate condujo a reducir los eventos mentales a pautas conductuales. Se dijo luego que se debía interpretar la noción de experiencia o de conciencia, como la adquisición de conocimiento sobre nuestros propios estados mentales.

En el desarrollo de esta filosofía de la mente, surgió un movimiento contrario al énfasis en la fisiología que reclamaba una cierta autonomía para lo psicológico.

En la actualidad, la filosofía de la mente se centra en el estudio de las representaciones mentales a través de múltiples teorías, analizadas especialmente por los filósofos Stephen Stich y John Searle, quienes piensan que no todos los problemas son de orden neurobiológico sino filosóficos o psicológicos, o que forman parte del dominio de la ciencia cognitiva en general.

Investigan sobre la naturaleza de los fenómenos mentales conscientes y cómo se relacionan con el inconsciente y concluyen que, demostrada la incoherencia del dualismo, el monismo y el materialismo puro están equivocados y no dan soluciones para entender el problema mente-cuerpo.

El filósofo y naturalista Daniel Dennett, ha publicado dos libros titulados “Conciencia y Contenido” y “La Conciencia explicada”. En el último expresa lo siguiente:

“El problema de la mente no debe ser divorciado del problema de la persona. Estimar los “problemas de la mente” sólo puede consistir en considerar lo que una persona hace, piensa, experimenta; las mentes no pueden ser examinadas como entidades separables sin que esto nos lleve inevitablemente a los espíritus cartesianos……

Un examen de los cuerpos y su funcionamiento nunca nos llevará al tema de la mente en absoluto…..

Los pensamientos no sólo no deben ser identificados con procesos físicos en el cerebro, sino que tampoco deben serlo con estados o acontecimientos lógicos o funcionales en un sistema intencional, realizados físicamente en el sistema nervioso del cuerpo…..

La historia ordinaria de las actividades mentales de una persona no puede ponerse en correspondencia precisa con la historia de los acontecimientos en el cuerpo de esa persona….”

Finalmente, Erwin Schrödinger en su libro “Qué es la Vida”:

Considera que la materia viva, si bien no elude las leyes de la física tal como están establecidas hasta la fecha, está probablemente sometida a otras leyes físicas que nos son desconocidas, pero que una vez descubiertas entraran a formar parte tan integral de esta ciencia como las anteriores.

La sucesión de acontecimientos en el ciclo vital de un organismo exhibe una regularidad y un orden admirables, no rivalizado por nada de lo que observamos en la materia inanimada y ese orden existente puede mantenerse a sí mismo y producir acontecimientos ordenados.

La conciencia, para Schrödinger, se encuentra en íntima conexión con el estado físico de una región limitada de materia, el cuerpo, del cual depende.

Existe una gran pluralidad de cuerpos similares y en consecuencia una gran pluralidad de mentes o conciencias. Esto conduce casi de inmediato a la idea de la existencia de tantas almas como cuerpos, y al problema de si son mortales como el cuerpo, o inmortales y capaces de existir por sí mismas.

La ciencia, según las ideas expresadas por Schrödinger en su libro “La Naturaleza y los griegos”, proporciona una imagen científica muy deficiente del mundo real.

“La ciencia suministra mucha información factual, pone toda nuestra experiencia en un orden admirablemente consistente, pero es horriblemente muda acerca de todas y cada una de las cosas que están realmente cerca de nuestro corazón, las que realmente nos interesan.

No nos puede decir una palabra acerca de rojo y azul, amargo y dulce, dolor físico y placer físico; no sabe nada de bello y feo, bueno o malo, Dios y eternidad.

La ciencia pretende en ocasiones contestar a preguntas en estos campos, pero las respuestas son a menudo tan endebles que ni siquiera las tomamos en serio”. Y añade: “La imagen científica del mundo,…..permite imaginar el despliegue total de las cosas, como un mecanismo de relojería en el que todo lo que la ciencia conoce funcionaría con exactitud, como el reloj mismo; sin que en conexión con él, se dieran conciencia, voluntad, deber, dolor, placer y responsabilidad, que de hecho sí operan.

La razón de esta desconcertante situación, es justamente que para el propósito de construir la imagen del mundo externo, hemos utilizado un procedimiento muy simplificado que consiste en desconectar nuestra personalidad; la hemos cambiado de lugar, se ha evaporado y se ha hecho ostensiblemente innecesaria.

En particular, y es lo importante, es la razón de que la visión científica del mundo no contenga en sí misma valores éticos, ni valores estéticos, ni una sola palabra acerca de nuestra finalidad última, y nada de Dios, si lo prefieren. “De dónde vengo, adónde voy”. Esta es la gran pregunta insondable, la misma para cada uno de nosotros.

La ciencia no tiene respuesta a eso, aunque constituya el peldaño más alto que hemos sido capaces de establecer en el camino del conocimiento seguro e incontrovertible”

Al lado de las consideraciones científicas anteriores, están las de muchos filósofos:

Fundadores de religiones, literatos y poetas, artistas y hombres de bien, y de aquellos para quienes, más allá de lo físico, de lo orgánico y del psiquismo, existe el terreno de lo espiritual y el campo de los sentimientos religiosos en donde las consideraciones puramente materialistas no pueden ofrecer explicaciones atinadas; en donde se encuentra la creatividad y la belleza de las manifestaciones artísticas de la pintura, la escultura y la música.

Aquellas regiones del espíritu en las que tienen oportunidad de nacer y florecer las más altas y nobles concepciones del ser humano, y en donde se cosechan las mejores y las más bellas producciones de la humanidad.

Las regiones del orden superior, a donde la evolución nos ha conducido; desde la materia inanimada y las formas de vida orgánicas, hasta la mente y la conciencia; y más allá de ellas, al fértil campo espiritual en el que se desarrolla en toda su amplitud el ser humano. El increíble orden de la vida, la mente y el cuerpo, cuya evolución apenas empezamos a comprender, y el del espíritu humano que nos hace sentir pequeños frente a la magnitud inmensa de lo creado.

Orden del cosmos que no admite situaciones caóticas carentes de explicación; el mismo orden que permitió a Einstein afirmar en alguna ocasión la seguridad que sentía de que Dios no juega a los dados con el Universo.

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